lunes, 18 de enero de 2016

Episodio LIX

Episodio LIX.
Adiós a nuestro héroe. Adiós al lector.

Muchas emociones, sensaciones y sentimientos han surgido durante esta historia. Costándome despedir del lector, le confieso también que si ha llegado hasta estas instancias, muy dichoso se siente mi corazón. No queriendo alargar demasiado la partida, les obsequio aquí, los últimos párrafos para despedir a nuestro héroe. 

El sol fue saliendo tranquilamente dando vida a un nuevo amanecer. Un joven monarca se acercó a una tumba. Un sentimiento agridulce lo invadió. Los recuerdos llegaron a su mente sin poder dominarlos, su mirada perdida en aquella lápida lo golpeó nuevamente a la realidad.
Su discernimiento había incrementado y su dolor poco a poco había cesado.
Tantos momentos vividos con ese hombre, ese ser tan poderoso y sabio que logró erradicar en él la inseguridad y la cobardía para darle lugar a un nuevo y gran comienzo en su vida.
Ese gran humano que, a pesar de sus enigmas, pudo enfrentarlos sin desasosiego. La energía que el emanaba podía sentirla hasta el más codicioso de los individuos. Ese gran hombre fue como su padre, su amigo y su confidente; fue capaz de cambiar radicalmente su vida.
El joven se acercó lentamente a la tumba, unas leves y veleidosas lágrimas cubrieron sus bermejas mejillas. 
Su Majestad —enunció en tono puro—. No sabe la gran falta que usted nos hace. Sólo su recuerdo intacto nos hace seguir sin su presencia.
Un fuerte viento acechó al muchacho levantando su esplendorosa capa dejándolo en un estado sublime de consternación. Una sonrisa apareció de repente en sus labios sintiendo una energía que lo llenaba de una manera cautivadora.
Tomó su corona apartándola de su cabeza, se agachó paulatinamente, situándola en frente de la tumba.
Usted siempre será nuestro rey —susurró mientras se levantaba.
Sacó una bella rosa para colocarla en el hueco de la dorada corona.
Continuó contemplando la tumba de su amado rey por unos segundos más, para luego retirarse brindando una última mirada.
El respeto que le profesaba ni la propia muerte podría batirlo. 
Podía imaginar quizás un mundo sin él, sin su bondad, sin su generosidad o su apacibilidad. Lo que no era capaz de imaginar, era un mundo sin la memoria de su nombre, sin el recuerdo del hombre que alguna vez fue y se adentró en cada corazón y alma que reclamaba su ayuda. Porque él era un hombre y no uno cualquiera, era un rey… El rey de Castilla. Él era quien se encontraba en el fulgor de cada amanecer. Ese hombre quien confió en él para así demostrarle que puede concluir con su deseo. Aunque ahora él es rey de Castilla, siempre se sentiría como el simple confidente de ese monarca rememorado. El causaba una pelicular sensación en quienes lo encontraban en su vida. Y eso se debía al efecto de un unitario. 

FIN.

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