Episodio XXXI
Episodio donde surge una pequeña disputa entre Larry y
Murriel respecto a las inseguridades del último mencionado, concluyendo en un
discurso alentador.
Regresando al reino de Castilla, los jóvenes se encontraban trabajando como era costumbre en sus días. Sin embargo, Murriel había cambiado su actitud, su paranoia había repercutido tanto en sí, que no solía medir sus acciones.
Larry observando el
semblante de su amigo, quien permanecía bastante incauto en sus pensamientos,
decidió indagar un poco.
—¿Le
sucede algo, Murriel? —preguntó Larry.
El hizo caso omiso
al comentario de su amigo y continuó cavando.
Larry suspiró.
Hace días que él estaba así. Luego del entredicho que tuvieron con el rey, el
joven no volvió a ser el mismo. Murriel no quiso hablar de ello, pero se notaba
que algo lo había afectado.
Larry le arrebató
la excavadora de las manos de Murriel —¡Termine con esta bufonada! —exclamó y
Murriel lo miró sorprendido—. Ajeno
seré de lo que le ha sucedido con su Majestad, pero deje a un lado esa actitud
tan enojosa —lo retó.
—No entiende, amigo.
—¿Acaso cree que no tengo la capacidad para entenderle? —le cuestionó indignado.
—No le
he dicho eso, Larry.
—Lo
que puedo estar seguro de entender, es que hasta que no supere sus miedos nadie
le devolverá la paz. Deje de infestar al que le quiere.
—¿Acaso cree que yo le infesto a los demás? —le discutió.
—Está temiblemente ofuscado con esos desgraciados
protestantes. ¡Mire a su alrededor! La gente ni se le acerca, esta con una
humorada espantosa, mi amigo.
Murriel observó a
los campesinos quienes se encontraban cerca de ellos, los mismos los miraban de
manera inquietante. Recurriendo a sus recuerdos, pudo notar que ya nadie se le
acercaba como antes, ni siquiera el simpático de Tom, quien siempre le pedía
jugar. Estaba tan absorto en sus pensamientos y preocupaciones que dejo de lado
al pueblo de Castilla, sintiendo decepción por sí mismo, había fracasado como
unitario. Larry lo miraba acongojado, intentando comprenderlo.
—No
estoy para que mis pensamientos me guíen de ese modo. Debemos continuar
buscando a los protestantes —contestó evadiendo los sentimientos que lo
acarreaban.
—Murriel —posó una mano sobre el hombro de éste—. No sabemos cómo proseguir.
¿Dónde quiere usted buscarlos?
—¡Dónde sea! —clavó lo más profundo y fuerte que pudo el hacha descargando así
su fatal cólera.
—Sólo
le suplico calma, amigo —intentó consolarlo.
—Eso
es imposible —contestó el sin saciar su rabia.
—¿Qué
le ha sucedido con el rey, Murriel?
—Hablar sobre ello me es lastimoso.
—¿Tan
grave pudo haber sido? Es el unitario, usted es un gran unitario —le sonrió.
—No he
de merecer este cargo. Le he discutido a su Majestad.
—Los
nervios le traicionan amigo. Es una mala época para todos. Le confirmo que no
sólo usted está preocupado por la posible aparición de los protestantes.
—Mi
labor esta en defender a todos los civiles de castilla, a todos aquellos
indefensos niños y mujeres, a todos los hombres que entregan su alma por aguardar
por sus familias. Yo debería haber sido como ellos, nombrado un simple plebeyo
o quedarme como cuando usted me encontró, un campesino —contestó afligido el
unitario.
—No he
de entenderle, la poca seguridad que tiene en su ser me sorprende.
—He
contradicho al rey, le he desobedecido. El no deseaba que me entrometa en este
asunto, le he dicho lo que debería hacer, faltándole a su Majestad.
—Murriel —apoyó nuevamente su mano sobre el hombro de su amigo—. Yo he de
considerar que está poniendo esta situación a una altura que no lo merece. Su
pesadumbre le está absorbiendo. Yo siempre seré el testigo del amor y
admiración que siente por su Majestad y todo lo que ha hecho por el pueblo de
Castilla.
—No le
creo. No puedo concebir mi acto, no puedo asimilarlo como un bien.
—Se ha
equivocado ¿le está prohibido cometer errores?
—Puedo
cometerlos.
—Eso
le digo, mi amigo. ¿Acaso ese error opacaría todo lo hecho últimamente?
Murriel comenzaba a sentir que esa sensación
amarga y agria estaba cesando, se había dejado dominar por el miedo y el
desazón que le produjeron los protestantes, aturdiéndose a sí mismo con hechos
aún no vividos, previniendo sobre el que podría pasar, en lugar de reforzar su
fortaleza y que lo vean fuerte y protector, como el unitario que ha deseado ser
desde que fue proclamado.
—¿Quiere que pregunte a nuestra gente? —se levantó Larry alzando su tono de
voz.
—No me
haga esto amigo, sabe que detesto los… —sin poder terminar la frase, su amigo
Larry estaba charlando con otros campesinos quienes estaban cerca.
—Usted
no ha de cambiar jamás —una sonrisa se dibujo en los labios del unitario.
—Usted, señor. Usted, joven. Usted fiel diligente de castilla —empezó Larry— ¿Qué ven en este joven? —señalando a Murriel— ¿Qué logran contemplar de
nuestro unitario?
Más civiles
comenzaron a acercárseles, poniendo la atención en las palabras prodigadas por
Larry.
—¡Pare
con esto, amigo! —exclamó Murriel.
—¿Por
qué he de hacerlo? Le quiero demostrar lo gozosos que estamos de tenerle.
Los civiles
comenzaron a aplaudir fuertemente halagando al unitario. Murriel se sorprendió ante tal acto tan genuino y espontáneo.
—Ciego
he de estar al no verles, al no valorarles. Agradecido estoy con ustedes,
pueblo de Castilla, mi pueblo. Les protegeré con mi vida. Ningún cretino
perturbará nuestra paz, nuestra unión vencerá a cualquier indigno individuo que
intente irrumpirla. Les juro, que mi pelea no será en vano. Los protestantes se
irán al mismo infierno.
La gente asombrada,
lo halagaba y aclamaba. Su primer discurso hecho realidad gracias a su
compañero, su amigo quien jamás desconfió de su vigor para hacerle honor a su
cargo de unitario.
Sequetina, presenciando
lo sucedido, gruñó con mucha fuerza demostrando su presuntuosa irritación ante
lo visto. Su análisis no le permitía comprender por qué el unitario había
logrado mucho más de lo que ella pudo lograr en todo esos años perteneciendo a
la nobleza. Sus quejas eran permanentes y jamás dejó de lado a las mismas con
Camnes. Estaba tan atosigada, tan alarmada con el tema, que la poca información
que podía conseguir sobre el rey, no modificaba en nada al líder de Non Regnum.
Con esto último relatado, nos despedimos de este episodio procurando dejarlo
para el siguiente.