Donde continúa el milagroso encuentro entre Murriel y el rey.
En la habitación
del rey, se encontraban nuestro héroe junto al monarca y la duquesa mirando
consternada la situación, sin poder comprender como pudo ser tan ingenua en
creer que su encuentro anterior no iba a suceder estando el joven tan cerca del rey. Ella solamente quería que el sienta ese deseo colosal para luego
rematárselo y romperle esa ilusión, sin pretender que posibilidad de que ambos
se conocieran se cumpla. Suspirando, la duquesa observó como el rey comenzó su
conversación.
—¿Cuál es su nombre, joven? —preguntó el rey a Murriel
El joven miró a la duquesa y esta le hizo un gesto de reverencia para que la imitara y se
presentara formalmente delante del rey.
—Mi nombre es... Mu... Murriel —dijo titubeando.
—¿Murriel? —sonrió el señor del trono—. Mire que nombre tan simpático, jamás le he oído.
Murriel abrió grande
sus ojos, estaba realmente nervioso, no sabía cómo actuar ante tal figura
importante de la realeza y por sobre todo, por lo emocionante que era para él
tal situación.
—Yo lo he de considerar un nombre corriente, su Majestad —sólo contestó
agachando la mirada.
—Murriel —hizo un gesto pensativo—. Si usted cambiara su posición enfrentándose hacia los
demás. Mucho más erguido, su percepción hacia la gente, cambiaría notablemente —le sugirió.
Murriel sonrió inquieto.
El rey se acercó al
muchacho posicionándose a su lado, enseñándole la manera de pararse hacia los
demás, otorgándole unos pequeños consejos.
—Escuche con atención joven, según he oído de un sabio una
vez, que si miramos mucho hacia bajo no podrá adquirir todo el panorama ni
estar alerta a lo que sucede en nuestro alrededor. Al mirar hacia delante, todo se convierte en nuevo mundo
para nuestro ser. Al decirle esto, espero que pueda cambiar su postura, más
allá de los dolores que esta pueda provocarle —rio ante su último comentario.
Murriel asentía a
todo lo dicho por su ídolo.
—Usted tiene que demostrarse que tiene la seguridad
suficiente para abarcar cualquier confrontación que pueda provocar dicha o
desgracia en su vida. Deje fluir sus sentimientos.
Murriel estaba
impresionado. Ni en sus locos sueños se hubiera imaginado que tendría esa conversación
con el rey, había una conexión especial entre estos particulares seres, la cual,
era sorprendente para ambos.
—Es para mí un placer, recibir tales sugerencias de usted, Majestad —contestó feliz.
El rey le sonrió
apacible - Regresando a nuestro asunto ¿Cuál es su
urgencia, joven? —repuso el rey.
La duquesa revoleaba los ojos, sintiéndose completamente fastidiada y superada por esa circunstancia, que por un falso movimiento suyo, terminó ocurriendo.
Murriel se acercó al trono del rey donde este se había sentado nuevamente.
—Pues... yo he venido aquí a ser su fiel servidor, su plebeyo, estoy dispuesto a ayudarle desde mis capacidades y posibilidades. Quizás no sean muchas pero... para servirle estoy, su Majestad —contestó nervioso haciendo una reverencia de manera graciosa sin darse cuenta.
El rey volvió a reír
fuertemente mirando a la duquesa de manera cómplice. Esta rio forzosamente. Murriel se sentía aún más nervioso.
—Lo que quiero decir, es que yo he de adquirir
conocimientos de mi abuelo. Se cortar madera y… El rey lo interrumpió.
—Me ha de gustar su
actitud, muchacho – Dijo el hombre impresionado por la espontaneidad de
Murriel.
—Muchas gracias, su Majestad —sonrió Murriel.
—Pero voy a tener
que rechazar su petición —dijo fingiendo un
semblante serio.
—Oh, claro. He de
comprender… Majestad —contestó
tristemente el joven.
Se sentía
completamente inservible. Completamente desilusionado, su mente daba vueltas
pensando en lo rápido que habían sucedido las cosas, y mucho sentido tenía. La
vida no quería alargarle más la ilusión a algo que nunca podría obtener.
—Lo siento Majestad,
creo que me he apresurado… comprendo que no estoy a las alturas para... —siendo interrumpido nuevamente.
—No será mi plebeyo
por otro motivo, muchacho. Si es que usted está de acuerdo en ser mi unitario —sugirió mientras se levantaba del trono.
La duquesa quedó desconcertada
tanto o más que Murriel, no podía creer lo impulsivo que era el rey y tampoco
pudo evitar que la ira haga enrojecer sus mejillas.
—¿U... unitario? -
Preguntó intrigado.
—Los unitarios son
pocos aquí —explicó el rey—. Por eso deseo que usted sea uno, me inspira mucha seguridad y le noto
capaz de serlo.
Murriel hizo un
gesto de confusión para luego preguntar —¿Qué significa ser
unitario?
—Verá muchacho, hay
muchos conceptos sobre eso —empezó a explicar
el rey mientras lo rodeaba caminando por su habitación—.
En nuestro
reino, unitario es quien aporta al pueblo de una manera más sencilla. Su
objetivo, es mantener al reino unido y centralizado. Muchas veces ocurre que
hay diferencias de opiniones en cuanto al gobierno. Es común que esto suceda,
todos somos individuos con diferentes prototipos, pero la idea aquí, no es
dividirnos y armar distintos bandos para atacarnos entre nosotros e ir a la
toma de poder. Nuestro objetivo, es unificar esos ideales y crearlo en uno muy
fuerte para así mejorar la calidad del mismo —concluyó el rey.
Murriel quedó
impresionado, comprendía su significado pero no se imaginaba a él como a uno
—¿Cuál sería mi labor? —preguntó confundido.
—¿Cuál sería mi labor? —preguntó confundido.
La duquesa revoleaba los ojos nuevamente, pensando sin poder entender como cualquiera podría ser tan influyente en su reino y como cualquiera podría tener poder de convencimiento para con los civiles.
—¡Qué desfachatez! —murmuró indignada.
—Siempre estará conmigo muchacho, hasta que se sienta seguro, es pura y exclusiva libertad para proponer ideas y soluciones sobre los problemas que afectan a nuestro pueblo. Si usted lo desea, puede ir conociendo con más detalle la calidad de vida de los civiles, enfocándote más aún en sus necesidades —contestó el rey poniendo una mano en su hombro.
—Pero… Majestad.
Usted a penas si me ha conocido ¿Por qué ha de confiar en mí como para
regalarme esta posición?
—Sé lo extraño y
apresurado que puede parecer esto. Pero si hay algo en lo que yo he de tener
mucha facilidad, es de conocer a las personas con mirarlas a sus ojos y de esa
manera puedo saber si puedo confiar en ellas. Claro que no siempre le acierto —rio—. Pero no creo que me vaya a equivocar con usted.
—Majestad… yo soy
muy torpe y lo último que querría es defraudarle. Conformado estaría con ser su
plebeyo, mi sueño al conocerlo se ha concluido.
—¿Acaso usted tiene
solo un sueño, Murriel? —preguntó dejándolo
sorprendido—. Y no debe usted
preocuparse, un unitario no es un labor formal ni tampoco pertenece a la
nobleza. Pero entre nosotros le digo, que podría confiarle más a usted como
unitario que a uno de mis nobles. Se lo extraño que puede sonar eso, pero una
persona quien está en total interacción con los civiles es la que me interesa.
Sequetina, quien
estaba en un rincón, quería escuchar lo que el rey decía, pero lo último dicho
por el monarca no puedo entenderlo ya que hablaba en un tono muy bajo. Más
alterada eso la ponía.
—Comprendo,
entonces —sonrió—. Prometo que intentaré hacerlo, y le agradezco de lo más profundo de mi
ser esta oportunidad, su Majestad.
La duquesa ya no quería
estar presente allí, sintiéndose completamente desprestigiada. Ella que siempre
había estado a su lado. A pesar que ser duquesa seguía siendo altamente superior
que ser unitario, ella notaba la confianza que depositaba el rey en el muchacho
recién llegado y eso la hacía enfurecer aún más.
—Algún día me
vengare de esto, maldito rey gordinflón —susurró ella
mientras se retiraba.
El banquete seguía
en su curso. El rey iría a saludar a sus comensales para luego enseñarle a su
reciente proclamado unitario los sectores del castillo.
—¿Hacia dónde va? —le preguntó el rey al ver la intención de Murriel al querer retirarse.
—Pues… su Majestad,
usted irá a presentarse al banquete con el pueblo —contestó nervioso—. Debo de unirme a ellos.
—Acompáñeme
Murriel.
—Su Majestad.
—No se niegue —le pidió—. Acompáñeme como
mi fiel unitario.
Para Murriel ocurría
todo demasiado rápido. No se sentía aún parte de ese ambiente, aunque lo fuera,
de cierto modo. Sin embargo, su felicidad no cabía en su pecho. Ha conocido al rey,
y no solo eso, se había convertido en su fiel unitario. Su abuelo estaría muy
orgulloso de él.
El rey hizo de su
presencia. Los comensales quienes eran campesinos, aldeanos, barones, duques, condes,
clérigos y entre otros personajes de la nobleza, conformaron un silencio tenaz
al notar su acercamiento.
Murriel, quien se
encontraba a su lado izquierdo, distanciado unos metros del rey, sudando como
si fuese su último minuto de vida, sonreía forzosamente. Al lado derecho del rey
se encontraba Sequetina simulando su típica simpatía.
Murriel decidió
retirarse para pasar desapercibido, el sentía que no sería justo con el resto
de los civiles estar a la par del rey, al menos, no todavía. No llegaba a comprender
todos los hechos, habían sucedido demasiado veloces como para que su mente
pudiera enjuiciarlo. Las gotas de sudor rodaban por su jovial rostro haciéndolo
brillar con la luz del sol.
El rey dio su discurso. Al hablar, los civiles
quedaban embelesados ante sus palabras. Su manera de expresarse, sus
gesticulaciones y su intacta majestuosidad al parlar era algo que podría
apoderarse de cualquiera quien lo escuchara. No existían motivos para no
admirar a ese hombre tan valiente y capaz de llevar su reinado, alguien quien
jamás se echaría atrás ni simularía nada cierto que haya salido de su boca.
Temía haberlo asustado, después de todo, no era más que un joven inexperto, pero con un potencial que no había percibido en alguien jamás. Sonrió al darse cuenta de su humildad. Ese hecho demostró que le importaba su pueblo y que no necesitaba ser presentado formalmente para realizar su nueva labor de unitario.
Larry codeo a su amigo sin dejar de observar al rey.
—¿Qué pasa? —preguntó algo enfadado Murriel—El rey le esta sonriendo —le comunicó.
—Sí —sonrió el también—. Me ha declarado su unitario —disparó.
—¡¿Cómo?! —le preguntó en tono alto.
Murriel asintió con su cabeza sin borrar su honrada sonrisa.
—¿Por qué no me lo ha
contado antes?
—¿Y en qué momento quería usted que lo hiciera? —lo miró incrédulo.
Larry se calló. Prefirió seguir escuchando el
discurso del rey y luego hablaría con su amigo acerca de lo que había vivido en
ese castillo. Al parecer, había muchas novedades. Su semblante cambio al
recordar la conversación con su compañero, Asier. Esperaría un poco, quería
dejar disfrutar a su amigo de sus nuevos acontecimientos. Sería lo mejor.
Además, tampoco estaba tan seguro de esa información.—¿Y en qué momento quería usted que lo hiciera? —lo miró incrédulo.
El rey finalizó su agradable discurso para luego agradecerles a todos los presentes por haber asistido. El banquete continuó sin mayores percances. Larry, Murriel y el resto de los comensales disfrutaron lo que quedaba de él. El rey se fue satisfecho de allí, no sin antes contemplar una vez más, a su reciente proclamado unitario por quien sentía una confianza innata desde la primera vez que percibió lealtad en sus ojos.
Con tal demostración, finalizamos junto con el discurso del rey, el episodio reciente.