jueves, 26 de marzo de 2015

Episodio XI

Episodio XI
Donde continúa el milagroso encuentro entre Murriel y el rey.
  
En la habitación del rey, se encontraban nuestro héroe junto al monarca y la duquesa mirando consternada la situación, sin poder comprender como pudo ser tan ingenua en creer que su encuentro anterior no iba a suceder estando el joven tan cerca del rey. Ella solamente quería que el sienta ese deseo colosal para luego rematárselo y romperle esa ilusión, sin pretender que posibilidad de que ambos se conocieran se cumpla. Suspirando, la duquesa observó como el rey comenzó su conversación.

¿Cuál es su nombre, joven? preguntó el rey a Murriel
El joven miró a la duquesa y esta le hizo un gesto de reverencia para que la imitara y se presentara formalmente delante del rey.
Mi nombre es... Mu... Murriel dijo titubeando.
¿Murriel? sonrió el señor del trono. Mire que nombre tan simpático, jamás le he oído.
Murriel abrió grande sus ojos, estaba realmente nervioso, no sabía cómo actuar ante tal figura importante de la realeza y por sobre todo, por lo emocionante que era para él tal situación.
Yo lo he de considerar un nombre corriente, su Majestad sólo contestó agachando la mirada.
Murriel hizo un gesto pensativo. Si usted cambiara su posición enfrentándose hacia los demás. Mucho más erguido, su percepción hacia la gente, cambiaría notablemente le sugirió.
Murriel sonrió inquieto.
El rey se acercó al muchacho posicionándose a su lado, enseñándole la manera de pararse hacia los demás, otorgándole unos pequeños consejos.
Escuche con atención joven, según he oído de un sabio una vez, que si miramos mucho hacia bajo no podrá adquirir todo el panorama ni estar alerta a lo que sucede en nuestro alrededor. Al mirar hacia delante, todo se convierte en nuevo mundo para nuestro ser. Al decirle esto, espero que pueda cambiar su postura, más allá de los dolores que esta pueda provocarle rio ante su último comentario.
Murriel asentía a todo lo dicho por su ídolo.
Usted tiene que demostrarse que tiene la seguridad suficiente para abarcar cualquier confrontación que pueda provocar dicha o desgracia en su vida. Deje fluir sus sentimientos.
Murriel estaba impresionado. Ni en sus locos sueños se hubiera imaginado que tendría esa conversación con el rey, había una conexión especial entre estos particulares seres, la cual, era sorprendente para ambos.
Es para mí un placer, recibir tales sugerencias de usted, Majestad contestó feliz.
El rey le sonrió apacible - Regresando a nuestro asunto ¿Cuál es su urgencia, joven? repuso el rey.  

La duquesa revoleaba los ojos, sintiéndose completamente fastidiada y superada por esa circunstancia, que por un falso movimiento suyo, terminó ocurriendo.

Murriel se acercó al trono del rey donde este se había sentado nuevamente.
            
Pues... yo he venido aquí a ser su fiel servidor, su plebeyo, estoy dispuesto a ayudarle desde mis capacidades y posibilidades. Quizás no sean muchas pero... para servirle estoy, su Majestad contestó nervioso haciendo una reverencia  de manera graciosa sin darse cuenta.
El rey volvió a reír fuertemente mirando a la duquesa de manera cómplice. Esta rio forzosamente. Murriel se sentía aún más nervioso.
Lo que quiero decir, es que yo he de adquirir conocimientos de mi abuelo. Se cortar madera y… El rey lo interrumpió.
Me ha de gustar su actitud, muchacho – Dijo el hombre impresionado por la espontaneidad de Murriel. 
Muchas gracias, su Majestad sonrió Murriel.
Pero voy a tener que rechazar su petición dijo fingiendo un semblante serio.
Oh, claro. He de comprender… Majestad contestó tristemente el joven.
Se sentía completamente inservible. Completamente desilusionado, su mente daba vueltas pensando en lo rápido que habían sucedido las cosas, y mucho sentido tenía. La vida no quería alargarle más la ilusión a algo que nunca podría obtener.
Lo siento Majestad, creo que me he apresurado… comprendo que no estoy a las alturas para... siendo interrumpido nuevamente.
No será mi plebeyo por otro motivo, muchacho. Si es que usted está de acuerdo en ser mi unitario sugirió mientras se levantaba del trono.
La duquesa quedó desconcertada tanto o más que Murriel, no podía creer lo impulsivo que era el rey y tampoco pudo evitar que la ira haga enrojecer sus mejillas.
¿U... unitario? - Preguntó intrigado.
Los unitarios son pocos aquí explicó el rey. Por eso deseo que usted sea uno, me inspira mucha seguridad y le noto capaz de serlo.
Murriel hizo un gesto de confusión para luego preguntar ¿Qué significa ser unitario?
Verá muchacho, hay muchos conceptos sobre eso empezó a explicar el rey mientras lo rodeaba caminando por su habitación. En nuestro reino, unitario es quien aporta al pueblo de una manera más sencilla. Su objetivo, es mantener al reino unido y centralizado. Muchas veces ocurre que hay diferencias de opiniones en cuanto al gobierno. Es común que esto suceda, todos somos individuos con diferentes prototipos, pero la idea aquí, no es dividirnos y armar distintos bandos para atacarnos entre nosotros e ir a la toma de poder. Nuestro objetivo, es unificar esos ideales y crearlo en uno muy fuerte para así mejorar la calidad del mismo concluyó el rey.
Murriel quedó impresionado, comprendía su significado pero no se imaginaba a él como a uno
¿Cuál sería mi labor? preguntó confundido.

La duquesa revoleaba los ojos nuevamente, pensando sin poder entender como cualquiera podría ser tan influyente en su reino y como cualquiera podría tener poder de convencimiento para con los civiles. 
¡Qué desfachatez! murmuró indignada.

Siempre estará conmigo muchacho, hasta que se sienta seguro, es pura y exclusiva libertad para proponer ideas y soluciones sobre los problemas que afectan a nuestro pueblo. Si usted lo desea, puede ir conociendo con más detalle la calidad de vida de los civiles, enfocándote más aún en sus necesidades contestó el rey poniendo una mano en su hombro.
Pero… Majestad. Usted a penas si me ha conocido ¿Por qué ha de confiar en mí como para regalarme esta posición?
Sé lo extraño y apresurado que puede parecer esto. Pero si hay algo en lo que yo he de tener mucha facilidad, es de conocer a las personas con mirarlas a sus ojos y de esa manera puedo saber si puedo confiar en ellas. Claro que no siempre le acierto rio—. Pero no creo que me vaya a equivocar con usted.
Majestad… yo soy muy torpe y lo último que querría es defraudarle. Conformado estaría con ser su plebeyo, mi sueño al conocerlo se ha concluido.
¿Acaso usted tiene solo un sueño, Murriel? preguntó dejándolo sorprendido. Y no debe usted preocuparse, un unitario no es un labor formal ni tampoco pertenece a la nobleza. Pero entre nosotros le digo, que podría confiarle más a usted como unitario que a uno de mis nobles. Se lo extraño que puede sonar eso, pero una persona quien está en total interacción con los civiles es la que me interesa.
Sequetina, quien estaba en un rincón, quería escuchar lo que el rey decía, pero lo último dicho por el monarca no puedo entenderlo ya que hablaba en un tono muy bajo. Más alterada eso la ponía.
Comprendo, entonces sonrió. Prometo que intentaré hacerlo, y le agradezco de lo más profundo de mi ser esta oportunidad, su Majestad.
La duquesa ya no quería estar presente allí, sintiéndose completamente desprestigiada. Ella que siempre había estado a su lado. A pesar que ser duquesa seguía siendo altamente superior que ser unitario, ella notaba la confianza que depositaba el rey en el muchacho recién llegado y eso la hacía enfurecer aún más.
Algún día me vengare de esto, maldito rey gordinflón susurró ella mientras se retiraba.
El banquete seguía en su curso. El rey iría a saludar a sus comensales para luego enseñarle a su reciente proclamado unitario los sectores del castillo.
¿Hacia dónde va? le preguntó el rey al ver la intención de Murriel al querer retirarse.
Pues… su Majestad, usted irá a presentarse al banquete con el pueblo contestó nervioso. Debo de unirme a ellos.
Acompáñeme Murriel.
Su Majestad.
No se niegue le pidió. Acompáñeme como mi fiel unitario.
Para Murriel ocurría todo demasiado rápido. No se sentía aún parte de ese ambiente, aunque lo fuera, de cierto modo. Sin embargo, su felicidad no cabía en su pecho. Ha conocido al rey, y no solo eso, se había convertido en su fiel unitario. Su abuelo estaría muy orgulloso de él.
El rey hizo de su presencia. Los comensales quienes eran campesinos, aldeanos, barones, duques, condes, clérigos y entre otros personajes de la nobleza, conformaron un silencio tenaz al notar su acercamiento.
Murriel, quien se encontraba a su lado izquierdo, distanciado unos metros del rey, sudando como si fuese su último minuto de vida, sonreía forzosamente. Al lado derecho del rey se encontraba Sequetina simulando su típica simpatía.
Murriel decidió retirarse para pasar desapercibido, el sentía que no sería justo con el resto de los civiles estar a la par del rey, al menos, no todavía. No llegaba a comprender todos los hechos, habían sucedido demasiado veloces como para que su mente pudiera enjuiciarlo. Las gotas de sudor rodaban por su jovial rostro haciéndolo brillar con la luz del sol.
El rey dio su discurso. Al hablar, los civiles quedaban embelesados ante sus palabras. Su manera de expresarse, sus gesticulaciones y su intacta majestuosidad al parlar era algo que podría apoderarse de cualquiera quien lo escuchara. No existían motivos para no admirar a ese hombre tan valiente y capaz de llevar su reinado, alguien quien jamás se echaría atrás ni simularía nada cierto que haya salido de su boca.

Francisco miró hacia su costado izquierdo pero lo encontró vacío, Murriel no estaba a su lado.
Temía haberlo asustado, después de todo, no era más que un joven inexperto, pero con un potencial que no había percibido en alguien jamás. Sonrió al darse cuenta de su humildad. Ese hecho demostró que le importaba su pueblo y que no necesitaba ser presentado formalmente para realizar su nueva labor de unitario.


Al encontrarlo entre la muchedumbre le dirigió una sonrisa veraz.
Larry codeo a su amigo sin dejar de observar al rey.
¿Qué pasa? preguntó algo enfadado MurrielEl rey le esta sonriendo le comunicó.
sonrió el también. Me ha declarado su unitario disparó.
¡¿Cómo?! le preguntó en tono alto. 
Murriel asintió con su cabeza sin borrar su honrada sonrisa.
¿Por qué no me lo ha contado antes?
¿Y en qué momento quería usted que lo hiciera? lo miró incrédulo.
Larry se calló. Prefirió seguir escuchando el discurso del rey y luego hablaría con su amigo acerca de lo que había vivido en ese castillo. Al parecer, había muchas novedades. Su semblante cambio al recordar la conversación con su compañero, Asier. Esperaría un poco, quería dejar disfrutar a su amigo de sus nuevos acontecimientos. Sería lo mejor. Además, tampoco estaba tan seguro de esa información.
El rey finalizó su agradable discurso para luego agradecerles a todos los presentes por haber asistido. El banquete continuó sin mayores percances. Larry, Murriel y el resto de los comensales disfrutaron lo que quedaba de él. El rey se fue satisfecho de allí, no sin antes contemplar una vez más, a su reciente proclamado unitario por quien sentía una confianza innata desde la primera vez que percibió lealtad en sus ojos.
Con tal demostración, finalizamos junto con el discurso del rey, el episodio reciente.

jueves, 19 de marzo de 2015

Episodio X

Episodio X
Episodio corto donde se relata una información que pudiera ser valiosa para el futuro de nuestros personajes.

Larry estaba intrigado acerca del destino de su amigo. Preguntándose si habría conseguido su sueño. Luego, se decidió a comer nuevamente al ser tentado por un guardia quien engullía como si fuese su último día de vida. Un joven campesino se le acercó con semblante abstraído.
  
Compañero Larry lo saludó.
Buenos días, Asier le devolvió el saludo sin dejar de comer.
Su apetito es enorme se rio.
Larry asintió orgulloso y con comida en la boca dijo Paraíso para mi paladar.
Oiga lo golpeo levemente en la espalda—. Tengo algo que contarle.
Larry solo asentía sin mirarlo.
¡Deténgase con tu glotonería y présteme atención! dijo alterado.
Larry dejó lo que le quedaba de su bocado en la mesa.
¿Por qué tanto fardo? preguntó algo enojado.
El reinado se encuentra en peligro disparó.
¿Y qué quiere decir con eso? arqueó una ceja.
Hoy a la mañana, cuando se puso el sol, mis compañeros y yo salimos a buscar provisiones, cuando vimos un grupo de hombres no tan lejos de aquí. Hombres que jamás habían estado antes explicó denotando su voz temblorosa.
Larry lo miró sin demostrar ningún sentimiento. Se acercó hacia él, poso ambas manos sobre su hombro y dijo: Mi querido Asier ¿Por esa simpleza ha interrumpido mi comida?
No sea imbécil, Larry.
¿Por qué me ofende con tal insulto e imprudencia? dijo burlón imitando a la nobleza. Mientras su mano sostenía su pecho.
¿Podré mantener una charla seria con usted alguna vez? preguntó agarrándose la cabeza.
No lo sé, Asier. Sigo sin comprender su mensaje.
Asier llevo sus manos a su rostro con gesto de negación.
¿Desea que sea mucho más directo?
Larry asintió.
Protestantes, Larry. En el pueblo han aparecido protestantes.
¿Y cómo es que está seguro de ello?
Uno de mis compañeros fue a averiguar acerca de esa manada quienes estaban husmeando en el pueblo. No son parte de nosotros, eso lo percibíamos. Sin embargo, desaparecieron de un momento a otro sin darnos cuenta.
Larry quedó pensativo por unos momentos.
Averiguaré dijo sin demasiada importancia.
No. No lo haga, Larry. Es mejor dejar esto en manos de nuestros superiores.
Está dentro de nuestra labor, Asier.
No. No lo está. Considero mejor advertir a los civiles.
Averigüe antes de accionar. No debería inculcar ya el pánico en los civiles.
Si han de ser lo que sospechamos, no pasará mucho para que nos ataquen.
Por ahora averigüemos sobre los susodichos. Estemos seguros sobre su objetivo. Y luego deberemos advertir al pueblo de Castilla.

Nada de eso sucedió todavía, ya que Larry no estaba completamente seguro de lo dicho por su compañero. Continuó disfrutando del banquete engullendo como si no hubiera sido conocedor de la información que le fue dicha anteriormente. 

Episodio IX

Episodio IX
Donde se contrarían nuevamente las emociones de Murriel a las relatadas en el episodio anterior.

El rey había escuchado la conversación de ese impredecible joven. Hacía mucho tiempo que no sentía tanta sinceridad, no se trataba de famas absurdas ni de poder consumado, era un sueño, un simple sueño de un joven que compartía con su abuelo, hizo enternecer al rey. Un fuerte sentimiento lo asedió. Ansias extrañas por abrazarlo. Meditó si salir a aquel encuentro que tenía el muchacho con uno de sus monarcas, pero desistió. Era una sensación suya, solo eso, no podría seguir dejándose llevar por sus sorpresivos e innecesarios impulsos. El tiempo le había demostrado que eso ocasionaba una debilidad ofuscante.
Sequetina y el conde quedaron en silencio. Murriel sentía incomodidad, decepción, desilusión y un fuerte dolor provocado por el sueño frustrado, el cual, su abuelo le había hecho nacer en su corazón.

Nuevamente me disculpo por mi intromisión y por haberle hecho perder su tiempo, Alteza
hizo una reverencia—. Me retiro.
Joven lo detuvo el conde.
Murriel giró para clavar su desilusionada y fugaz mirada en el conde.
¿Está usted seguro que no desea hacer ninguna otra petición? Es una oportunidad que debería considerar y redituar volvió a insistir el conde sonriendo victoriosamente. Lo que Murriel no supo cómo interpretar.
No, su Alteza rectificó—. Mi gratitud hacia usted nuevamente.
Murriel sentía que el conde se estaba burlando de él. El solo quería conocer al rey. Su primordial deseo era ser su plebeyo, pero siquiera pudo mirarlo a los ojos. Su deseo anhelado lo sentía hecho pedazos. Sin embargo, aunque él se sintiera un civil ordinario, no permitiría que lo humillen de tal forma, aceptando algo que no ambicionaba.
Con una pequeña e inquieta lágrima que despedía de sus ojos, intentó retirarse nuevamente con la frente en alto.
El rey consideró nuevamente en presentarse, sus fieles e inocentes palabras habían tocado su benévolo corazón.
Joven civil se escuchó una voz gruesa y vigorosa a la vez.

Murriel quien estaba de espaldas, apretó fuertemente sus puños preguntándose si estos individuos de la nobleza pretendían seguir divirtiéndose con él. Giró nuevamente su cuerpo entero clavando su mirada hacia la figura que había aparecido de repente. Su semblante serio, perturbado y abrumador había cambiado a uno maravillado y fascinado.
Una fiel y exuberante sonrisa se dibujo en los labios del rey al notar la sorpresa del joven. Una Alegría inmensa se coló en su corazón al ver tal pura y sincera imagen. 
La duquesa llevó sus manos a su jovial y bello rostro. No se percató de que el rey podría salir de su habitación, a quien tan concentrado había dejado analizando unos documentos. Que mala fortuna la suya. La mirada de ambos podría interpretarla hasta el ser más inocente.

¿Su Majestad? se animó a hablar Murriel.
El rey Francisco asintió.
Su Majestad, no era necesario que usted intervenga en este asunto. Está muy ocupado usted, mi señor…
El rey lo interrumpió con un gesto silencioso Gonzalo. Puede retirarse—. Ordenó amablemente sin mirarlo. 
Con permiso, su Majestad – Dijo sin remedio alguno mirando la palidez de la duquesa quien aclamaba parar ese disparate.
Sequetina indignada quiso retirarse cuando el rey la detuvo Usted no, mi bella dama.
Ella lo miró desorientaba y desistió en obedecerlo sin reparo. 
Murriel siguió contemplando al rey sin salir de su asombro, su sonrisa se había agrandado tanto que podía confundirse con la forma de la media luna.

Joven civil, sígame, por favor le indicó.
Entraron a una habitación descomunal donde se encontraba el típico trono usado por el rey. El mismo solía sentarse allí, para leer sus documentos. El rey al observarlo pensó que era un joven sencillo. Hace mucho tiempo que no había visto a alguien con esas características tan particulares. Aparentaba ser un muchacho común e ingenuo aunque algo desalineado y su imagen no tenía un porte apreciable. A pesar de ello, mantenía una sonrisa, diferente a esas sonrisas mentirosas e hipócritas que solía notar en los iguales con los cuales trataba; sonrisas exageradas y forzadas. La sonrisa de aquel muchacho era distinta, demostraba emoción, alegría en el estado más puro de su sentimiento, tiñéndola con desazón.

Abandonamos temporalmente a nuestro héroe manteniendo la expectativa de que sucederá con su tan esperado encuentro, para dar lugar a lo ocurrido con el personaje del cual se hablará en el episodio siguiente.

jueves, 12 de marzo de 2015

Episodio VIII


Episodio VIII
Donde ocurre un hecho que podría realizar un cambio drástico en el ánimo de Murriel.

Las puertas se abrieron, dando paso a la duquesa, acompañada por el joven soñador.
Al ingresar a la sala principal del Castillo quedó anonadado ante la belleza del mismo. Siguiendo cada paso de la duquesa, observaba su interior. El amplio lugar lograba hacerlo sentir la necesidad de no abandonarlo. Murriel lo sentía acogedor. Enormes murallas lo acompañaban con elegantes escaleras continuas en cada esquina, cada una dirigiendo a un lugar distinto. Relojes en números romanos se encontraban en cada dirección.
V, X, LX y CM eran las escaleras del castillo, cada una dirigía a un lugar diferente y tenían un significado especial. El rey las había "bautizado", para diferenciarlas entre ellas y poder guiar a sus fieles sirvientes y plebeyos a la dirección correcta.
  
Por aquí le indicó la bella duquesa.

Murriel la siguió sin dejar de lado su emoción y satisfacción de haber conseguido entrar allí y cumplir su principal objetivo. Ser un plebeyo del rey.
La mujer se daba vuelta de vez en cuando espiando como el chico miraba cada rincón del castillo con devoción.
Esta poso una gran sonrisa en sus labios, ya que ansiaba poder sacar algo de provecho sobre la situación. Una idea se le había ocurrido al ver al joven campesino. Y tomaría una decisión respecto al destino del ser que la acompañaba.  Murriel y la duquesa subieron por la escalera LX. Una alfombra suave y rígida podía sentir el joven en sus pies, su calzado tenía varios agujeros, por lo tanto podía apreciar su textura. Su color rojo fuerte, marcaba la realeza del castillo.
Murriel era testigo del regalo que le estaba otorgando la vida, sintiendo el que no podía esta, ser más generosa.
Al llegar a destino, notó una figura irreconocible para su perspicacia. La duquesa notó la inverosímil emoción de Murriel, posando una segunda sonrisa en sus labios.
La figura se acercó hacia ambos para exhibirse con claridad. Un hombre de estatura media, delgado, pelo negro, largo y enrulado, sus ojos eran del mismo color de su cabello, su traje rojo a rayas de seda delataba su perteneciente posición en la nobleza.
Murriel palideció cambiando completamente el aspecto y expresión de su rostro. Desvió su mirada a la duquesa, demostrándole confusión. Esta misma pudo apreciar la fiel decepción aparente del joven. Sonrió con fingida ingenuidad ante tal acto.
  
¿Quién es usted? preguntó con desconcierto.
Más respeto con el conde Gonzalo Augusto le dijo Sequetina ásperamente. 
Lo… lo lamento, su Alteza hizo una reverencia. El conde miró de manera cómplice a la duquesa. Seguiría sus indicaciones, pensando que no era otro más que los frecuentes fanáticos del rey Francisco. 
La duquesa me ha comentado sobre lo que le urge a usted, joven campesino. Murriel observó a la duquesa desengañado. Sentía que ella estaba divirtiéndose con él. 
Le he notado, su Alteza le respondió.     
Ha estado insistiendo con ver al rey ¿Errado estoy?     
No, Alteza contestó manteniendo seriedad.     
Es usted muy afortunado. Por lo general no se conceden peticiones como estas. Quizás no
verá al rey, pero podrá usted discutir conmigo acerca de lo que le preocupa. ¿Algún inconveniente con su labor?    
No, su Alteza. Agradezco que se haya tomado su tiempo para hablar conmigo, un simple campesino y civil. Mi única petición solo era conocer al rey.     
El rey no es el único en tratar con los campesinos, joven. Todos podemos resolver inconvenientes. Su majestad se encuentra ocupado.     
Con todo el respeto que su Alteza me pueda ofrendar. Yo no necesito charlar con la nobleza. Yo deseo conocer al rey.

Sequetina observaba la situación bastante mortificada. Ese muchacho tenía algo especial, no para ella, pero si lo sería para el rey, si llegara a verlo como ella lo estaba viendo en ese momento. Tendría que impedir su encuentro, ese joven era demasiado persistente e inoportuno. Ella conocía al rey como la palma de su mano, y las características de Murriel, concordaban a lo que el rey siempre buscaba en las personas. Esas majaderías. 
¿Por qué tanta insistencia tiene en conocer al rey, joven? le preguntó el conde interesado.
No creo que pueda entender, su Alteza. Agradezco su preocupación pero mi deseo es hablar con el rey una tristeza lo invadió de repente. El conde se acercó con un gesto de consuelo.
Murriel suspiró profundamente Yo sé que soy un simple y corriente civil comenzó a explicar con congoja—. Pero créame que no solo hago esto por mí, lo hago por mi abuelo fallecido quien me enseñó a seguir a pesar de las circunstancias, gracias a él, yo estoy aquí ahora. Es un sueño compartido con él y aunque me cueste, seguiré intentándolo explicó emocionado haciendo que el conde se sintiera conmovido por unos momentos.

Sin embargo, tal conmoción no alcanzaba para conceder el deseo demandado por el joven, sus sentimientos se veían reemplazados por otros, los cuales esta vez, no se necesitan demasiadas palabras para describirlos, dejando nuevamente en manos del lector deducirl
os.