Episodio IX
Donde se contrarían nuevamente las emociones de Murriel a las relatadas
en el episodio anterior.
El rey había escuchado la conversación de ese impredecible joven. Hacía mucho tiempo que no sentía tanta sinceridad, no se trataba de famas absurdas ni de poder consumado, era un sueño, un simple sueño de un joven que compartía con su abuelo, hizo enternecer al rey. Un fuerte sentimiento lo asedió. Ansias extrañas por abrazarlo. Meditó si salir a aquel encuentro que tenía el muchacho con uno de sus monarcas, pero desistió. Era una sensación suya, solo eso, no podría seguir dejándose llevar por sus sorpresivos e innecesarios impulsos. El tiempo le había demostrado que eso ocasionaba una debilidad ofuscante.
Sequetina y el conde quedaron en silencio. Murriel sentía incomodidad, decepción, desilusión y
un fuerte dolor provocado por el sueño frustrado, el cual, su abuelo le había
hecho nacer en su corazón.
—Nuevamente me disculpo por mi intromisión y por haberle hecho perder su tiempo, Alteza —hizo una reverencia—. Me retiro.
—Joven —lo detuvo el conde.
Murriel giró para
clavar su desilusionada y fugaz mirada en el conde.
—¿Está usted seguro que no desea hacer
ninguna otra petición? Es una oportunidad que debería considerar y redituar —volvió a insistir el conde sonriendo victoriosamente. Lo que Murriel no supo
cómo interpretar.
—No,
su Alteza —rectificó—. Mi gratitud hacia usted nuevamente.
Murriel sentía que
el conde se estaba burlando de él. El solo quería conocer al rey. Su primordial
deseo era ser su plebeyo, pero siquiera pudo mirarlo a los ojos. Su deseo
anhelado lo sentía hecho pedazos. Sin embargo, aunque él se sintiera un civil
ordinario, no permitiría que lo humillen de tal forma, aceptando algo que no
ambicionaba.
Con una pequeña e
inquieta lágrima que despedía de sus ojos, intentó retirarse nuevamente con la
frente en alto.
El rey consideró
nuevamente en presentarse, sus fieles e inocentes palabras habían tocado su
benévolo corazón.
—Joven
civil —se escuchó una voz gruesa y vigorosa a la vez.
Murriel quien estaba de espaldas, apretó fuertemente sus puños preguntándose si estos individuos de la nobleza pretendían seguir divirtiéndose con él. Giró nuevamente su cuerpo entero clavando su mirada hacia la figura que había aparecido de repente. Su semblante serio, perturbado y abrumador había cambiado a uno maravillado y fascinado.
Una fiel y exuberante sonrisa se dibujo en los
labios del rey al notar la sorpresa del joven. Una Alegría inmensa se coló en
su corazón al ver tal pura y sincera imagen.
La duquesa llevó sus manos a su jovial y bello
rostro. No se percató de que el rey podría salir de su habitación, a quien tan
concentrado había dejado analizando unos documentos. Que mala fortuna la suya.
La mirada de ambos podría interpretarla hasta el ser más inocente.
—¿Su Majestad? —se animó a hablar Murriel.
El rey Francisco asintió.
—Su Majestad, no era necesario que usted
intervenga en este asunto. Está muy ocupado usted, mi señor…
El rey lo interrumpió con un gesto silencioso —Gonzalo. Puede retirarse—. Ordenó amablemente sin mirarlo.
—Con permiso, su Majestad – Dijo sin remedio
alguno mirando la palidez de la duquesa quien aclamaba parar ese disparate.
Sequetina indignada quiso retirarse cuando el rey la detuvo —Usted no, mi bella dama.
Ella lo miró desorientaba y desistió en
obedecerlo sin reparo.
Murriel siguió contemplando al rey sin salir de
su asombro, su sonrisa se había agrandado tanto que podía confundirse con la
forma de la media luna.
—Joven civil, sígame, por favor —le indicó.
Entraron a una habitación descomunal donde se
encontraba el típico trono usado por el rey. El mismo solía sentarse allí, para
leer sus documentos. El rey al observarlo pensó que era un joven
sencillo. Hace mucho tiempo que no había visto a alguien con esas
características tan particulares. Aparentaba ser un muchacho común e ingenuo
aunque algo desalineado y su imagen no tenía un porte apreciable. A pesar de
ello, mantenía una sonrisa, diferente a esas sonrisas mentirosas e hipócritas
que solía notar en los iguales con los cuales trataba; sonrisas exageradas y
forzadas. La sonrisa de aquel muchacho era distinta, demostraba emoción, alegría
en el estado más puro de su sentimiento, tiñéndola con desazón.
Abandonamos temporalmente a nuestro héroe
manteniendo la expectativa de que sucederá con su tan esperado encuentro, para
dar lugar a lo ocurrido con el personaje del cual se hablará en el episodio
siguiente.
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