jueves, 12 de marzo de 2015

Episodio VIII


Episodio VIII
Donde ocurre un hecho que podría realizar un cambio drástico en el ánimo de Murriel.

Las puertas se abrieron, dando paso a la duquesa, acompañada por el joven soñador.
Al ingresar a la sala principal del Castillo quedó anonadado ante la belleza del mismo. Siguiendo cada paso de la duquesa, observaba su interior. El amplio lugar lograba hacerlo sentir la necesidad de no abandonarlo. Murriel lo sentía acogedor. Enormes murallas lo acompañaban con elegantes escaleras continuas en cada esquina, cada una dirigiendo a un lugar distinto. Relojes en números romanos se encontraban en cada dirección.
V, X, LX y CM eran las escaleras del castillo, cada una dirigía a un lugar diferente y tenían un significado especial. El rey las había "bautizado", para diferenciarlas entre ellas y poder guiar a sus fieles sirvientes y plebeyos a la dirección correcta.
  
Por aquí le indicó la bella duquesa.

Murriel la siguió sin dejar de lado su emoción y satisfacción de haber conseguido entrar allí y cumplir su principal objetivo. Ser un plebeyo del rey.
La mujer se daba vuelta de vez en cuando espiando como el chico miraba cada rincón del castillo con devoción.
Esta poso una gran sonrisa en sus labios, ya que ansiaba poder sacar algo de provecho sobre la situación. Una idea se le había ocurrido al ver al joven campesino. Y tomaría una decisión respecto al destino del ser que la acompañaba.  Murriel y la duquesa subieron por la escalera LX. Una alfombra suave y rígida podía sentir el joven en sus pies, su calzado tenía varios agujeros, por lo tanto podía apreciar su textura. Su color rojo fuerte, marcaba la realeza del castillo.
Murriel era testigo del regalo que le estaba otorgando la vida, sintiendo el que no podía esta, ser más generosa.
Al llegar a destino, notó una figura irreconocible para su perspicacia. La duquesa notó la inverosímil emoción de Murriel, posando una segunda sonrisa en sus labios.
La figura se acercó hacia ambos para exhibirse con claridad. Un hombre de estatura media, delgado, pelo negro, largo y enrulado, sus ojos eran del mismo color de su cabello, su traje rojo a rayas de seda delataba su perteneciente posición en la nobleza.
Murriel palideció cambiando completamente el aspecto y expresión de su rostro. Desvió su mirada a la duquesa, demostrándole confusión. Esta misma pudo apreciar la fiel decepción aparente del joven. Sonrió con fingida ingenuidad ante tal acto.
  
¿Quién es usted? preguntó con desconcierto.
Más respeto con el conde Gonzalo Augusto le dijo Sequetina ásperamente. 
Lo… lo lamento, su Alteza hizo una reverencia. El conde miró de manera cómplice a la duquesa. Seguiría sus indicaciones, pensando que no era otro más que los frecuentes fanáticos del rey Francisco. 
La duquesa me ha comentado sobre lo que le urge a usted, joven campesino. Murriel observó a la duquesa desengañado. Sentía que ella estaba divirtiéndose con él. 
Le he notado, su Alteza le respondió.     
Ha estado insistiendo con ver al rey ¿Errado estoy?     
No, Alteza contestó manteniendo seriedad.     
Es usted muy afortunado. Por lo general no se conceden peticiones como estas. Quizás no
verá al rey, pero podrá usted discutir conmigo acerca de lo que le preocupa. ¿Algún inconveniente con su labor?    
No, su Alteza. Agradezco que se haya tomado su tiempo para hablar conmigo, un simple campesino y civil. Mi única petición solo era conocer al rey.     
El rey no es el único en tratar con los campesinos, joven. Todos podemos resolver inconvenientes. Su majestad se encuentra ocupado.     
Con todo el respeto que su Alteza me pueda ofrendar. Yo no necesito charlar con la nobleza. Yo deseo conocer al rey.

Sequetina observaba la situación bastante mortificada. Ese muchacho tenía algo especial, no para ella, pero si lo sería para el rey, si llegara a verlo como ella lo estaba viendo en ese momento. Tendría que impedir su encuentro, ese joven era demasiado persistente e inoportuno. Ella conocía al rey como la palma de su mano, y las características de Murriel, concordaban a lo que el rey siempre buscaba en las personas. Esas majaderías. 
¿Por qué tanta insistencia tiene en conocer al rey, joven? le preguntó el conde interesado.
No creo que pueda entender, su Alteza. Agradezco su preocupación pero mi deseo es hablar con el rey una tristeza lo invadió de repente. El conde se acercó con un gesto de consuelo.
Murriel suspiró profundamente Yo sé que soy un simple y corriente civil comenzó a explicar con congoja—. Pero créame que no solo hago esto por mí, lo hago por mi abuelo fallecido quien me enseñó a seguir a pesar de las circunstancias, gracias a él, yo estoy aquí ahora. Es un sueño compartido con él y aunque me cueste, seguiré intentándolo explicó emocionado haciendo que el conde se sintiera conmovido por unos momentos.

Sin embargo, tal conmoción no alcanzaba para conceder el deseo demandado por el joven, sus sentimientos se veían reemplazados por otros, los cuales esta vez, no se necesitan demasiadas palabras para describirlos, dejando nuevamente en manos del lector deducirl
os.

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