Episodio VI
Donde continúa el banquete, añadiendo una breve presentación de un nuevo
personaje que quizás llegue a importarle al lector.
Cerca del pueblo de Castilla, se encontraba una mujer muy particular, de unos cincuenta y tantos.
Esta mujer era
conocida, hace mucho tiempo no había sido vista ya que muchos le temían.
Estatura mediana,
pelo rojizo, nariz respingada, ojos miel los cuales podían hipnotizar a
cualquiera, eran una de las características de Brumma.
Al enterarse sobre
los últimos acontecimientos del reino se interesó en ir al banquete, aunque no
estaba demasiado segura. Ella era una bruja. Nadie sabía qué tipo de
intenciones tenía, pero si muchos poderes y magia negra, era capaz de hacer
cosas que ni ella misma imaginaba. Temerosa y ya decidida, dejando de lado su
mastuerza inseguridad, salió de su cabaña, tapando su rostro con una tela y un
sombrero encamino hacia el castillo. Se sentía liberada al salir después de
tanto tiempo. Brumma estaba dispuesta a cambiar su destino y ser considerada
como una civil más.
Los banquetes solían celebrarse en la sala principal, que era habilitaba para el evento, con caballetes y tableros, hacían las largas mesas cubriéndolas con manteles. En esta ocasión, el acontecimiento sería fuera del Castillo, donde todos los civiles tanto campesinos como aldeanos pudieran concurrir a él. La generosidad del rey, sobrepasaba el límite de cualquier tipo de poder gubernamental y estereotipo.
El banquete dio
comienzo, todos los comensales y civiles se encontraban reunidos esperando la
llegada de su rey. Un barón se acercó para dar el discurso en su lugar,
hablando acerca del origen de tal festejo, agradeciendo al pueblo de Castilla
por toda su unión y voluntad. Murriel se sentía ajeno a toda esa situación, ya
que el cómo recién llegado no comprendía ciertas clausulas y costumbres del
reino. Luego de finalizar, todos aplaudieron demostrando el gran respeto
concebido hacia el monarca.
Un plebeyo dio
inicio al banquete. Todos comenzaron a reunirse en la mesa principal para
saborear todo lo que se encontraba en ella.
—¿Por qué no habrá salido el rey a dar el
discurso? —preguntó Murriel preocupado.
—No lo sé. A veces envía a los barones o
duques a hacerlo en su lugar. Desea incluirlos.
—Es extraño.
—¿Por qué dice eso, amigo? —preguntó Larry.
—Nunca he conocido un rey así. Es decir, por
lo que veo y usted me ha relatado, es un rey quien sobrepasa lo especial —sonrió.
—Lo es, Murriel. Y no se preocupe, cumpliremos
con su deseo.
—¿Cree
que es apropiado?
—¿Por qué no lo sería? ¿Se ha arrepentido
acaso?
—No es ese el motivo, Larry. Es sólo…
Larry se acercó a él
arqueando una ceja —¿Sólo? ¿Acaso el miedo le ataca, amigo mío?
—¡No! —contestó rápidamente.
—Entonces iremos ahora —lo desafió.
—¿No es demasiado pronto?
—¿Realmente cree que puede ser pronto para intentar
cumplir su sueño?
Murriel hizo un
gesto confuso.
—Yo creo que no debe hacerse esperar,
Murriel. Cuanto más pronto sea, más liberara dentro de sí el deseo que le
persigue. Hágalo realidad – Lo arrastró.
—Espere ¿A dónde me lleva?
—Conozco un buen atajo para entrar al
castillo. Seguro estoy de que el rey está allí todavía.
Mientras se
dirigían en camino al atajo afamado de Larry, Murriel se chocó con una persona
particular.
—Le ofrezco mis disculpas, señora.
La mujer lo miró
impasiblemente. Era imposible descifrar su mirada, parecía tan pura y tan
contrariada a la vez que Murriel quedó algo petrificado ante ella.
—No hay cuidado —respondió la mujer
misteriosa.
Murriel solo le sonrió.
La mujer sorprendida de tal gesto, se sintió agradecida, nunca la habían
tratado tan amablemente en el reino.
El joven iba a
retirarse cuando ella lo tomo del brazo —Gracias —le devolvió la sonrisa.
—Murriel ¿Por qué se ha detenido? ¿Qué
sucede? —se acercó Larry sorprendido
ante la escena.
—Na… nada —titubeó.
Murriel y la mujer
mantuvieron la mirada por unos instantes, Mientras Larry se llevaba a su amigo
presurosamente.
Brumma, por
primera vez después de mucho tiempo, había sentido una paz excéntrica que hizo
estremecer hasta el último pelo de su piel.
—Ese
muchacho —murmuró. Sonrió nuevamente y
luego se dirigió hacia la mesa de aperitivos.
—¿Se encuentra bien, Murriel? Esa mujer le
dejo abrumado —rio ante su comentario.
—No es eso —respondió Murriel —. He de sentir
unos escalofríos raros.
—Algunas veces se comporta extraño, amigo.
—Esa mujer tenía una mirada extraña —le
remató—. No sé porqué su tacto me produjo esta sensación tan rara.
—Mejor sigamos con nuestro cometido. Procuremos
ingresar al castillo —contestó intentando dispersar los pensamientos de su
amigo.
La duquesa se encontraba seria en una esquina,
observando cómo los comensales y campesinos engullían. Miraba a todos
despectivamente, ella nunca había estado de acuerdo respecto a tal festejo,
pero el rey así lo había impuesto. Mucha mezcla entre la nobleza y los civiles
no iba a traer buenos resultados, según ella. De repente, desvió su mirada
hacia dos jóvenes quienes aparentaban con actitud sospechosa.
—El
joven de ayer —murmuró. La duquesa se dispuso a seguirlos. No quería otros
entrometidos campesinos en su castillo.
—¿Qué
camino hemos tomado, Larry?
—Por
aquí ingresan los cocineros, sirvientes y plebeyos.
—¿Plebeyos? —preguntó con una sonrisa.
—Así es, no se distraiga, debemos procurar que
no se den cuenta.
Un cocinero se acerco hacia ellos entregándoles
bandejas y utensilios.
—¡A
lavar! ¡Rápido! —ordenó.
Ambos muchachos se rieron ante la confusión.
Para Murriel era emocionante haber ingresado al Castillo. Deseaba conocer el
salón principal.
—Murriel, escúcheme bien, iremos primero a la cocina a dejar esto —dijo señalando
las cosas—. Luego iremos directo al salón principal.
—¿Cree que
podremos entrar factiblemente?
—Mantenga su confianza en mí —le guiñó un ojo.
Hicieron lo que Larry sugirió. Dejaron las
bandejas y utensilios en la cocina, se escabulleron rápidamente cuando un
plebeyo intento frenarlos, estos lo miraron y salieron corriendo como un
santiamén.
—¡Están
entrando al castillo! —gritó el plebeyo.
—¿Tan
entrometido tenía que ser? ¡¿Por qué no cierra su boca?! —le gritó Larry sin
frenar su recorrido.
Murriel no podía creer lo que estaba haciendo.
Jamás en su vida había hecho semejante cosa, estaba osando a enfrentar su
sueño.
A punto de llegar a la entrada principal,
escapando de todo aquel quien deseaba detenerlos, una persona los detuvo en
seco con semblante serio lo cual provocó una sorpresa ante los individuos
quienes estaban seguros de conseguir su cometido. A veces, uno puede creer
llegar a un lugar, el cual luego se puede tornar inalcanzable y la frustración
puede apoderarse de todos nuestros sentidos sin poder echarle la culpa a la
fortuna o al destino. Esto mismo, sintieron ambos jóvenes al no caer en que
consecuencia podría traer tal presencia. Con esta sensación, dejaremos este
episodio para seguirlo en el siguiente.
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