Episodio VII
Continuación del
hecho que relatado en el episodio anterior.
Las cosquillas que se apropiaron del cuerpo de Larry no eran más que nervios producidos ante la mirada inquisitiva de la duquesa.
—¡Duquesa! —exclamaron ambos jóvenes al unísono.
—¿Otra vez usted, campesino? —lo indagó a Murriel.
—¿Otra vez usted, campesino? —lo indagó a Murriel.
Murriel y Larry se miraron refulgiendo miedo en
sus ojos. Esa mujer, podría ponerlos en diferentes sentimientos relacionados
con nervios, pavor, pánico o cualquier palabra semejante, alternando el turno
de los mismos como si de una ruleta se tratara.
Larry golpeó sutilmente a su amigo para que
comience la parla.
—Su Alteza. Disculpe nuestra intromisión.
—Veo
que no desiste en su deseo de conocer a nuestro rey —repuso la mujer—. Pues…
—¿Acaso
mis palabras han dicho algo que no fuese cierto?
—No, su Alteza. Quiero decir, es usted dueña de la razón —contestó resignado Murriel.
Sequetina no se sentía de humor para tolerar las
sandeces de esos campesinos. Particularmente de Murriel a quien tomaba como un
muchacho insistente, inoportuno y pesado para encontrarse en un mismo lugar con
él.
Una pronta resolución llegó rápidamente a la
mente de Sequetina, quien deseaba deshacerse de nuestro héroe a quien ella, no
le tenía el menor afecto.
—Agracie
el favor de esperarme usted un segundo aquí, campesino —le ordenó la duquesa
mientras se retiraba. Murriel le dirigió una mirada asesina a su
amigo.
—Su
mirada me incomoda, amigo.
—¿Y cómo
no hacerlo? De su extravagante cerebro salió tal idea arriesgada —dijo
sarcástico.
—Normalmente en estos eventos no hay nadie de la nobleza merodeando por el
castillo, exceptuando la cocina —se defendió Larry—. Me extraña que la duquesa
haya aparecido justo en este preciso momento.
—Y ya
hemos encontrado problemas.
—¿Qué
le ha hecho pensar tal cosa?
—La
duquesa fue en busca de un guardia, estoy seguro. Será la primera vez que
conoceré un calabozo. ¿Cómo lograre soportar tal tortura?
—Es
usted un perseguido. Imposible que eso suceda.
—Se
toma todo muy tranquilamente, amigo.
Minutos más tarde, la duquesa regresó hacia los
jóvenes. El ruido que propinaban sus zapatos puntiagudos contra la fina madera,
los hizo observarla con detenimiento.
—Joven
campesino —dijo mirándolo a Murriel.
—A sus órdenes,
duquesa —hizo una reverencia graciosa, ya que Murriel no sabía todavía como
presentarse ante la nobleza.
Larry largo una risa ahogada. Sequetina rodó sus
ojos demostrando su antipatía hacia el joven.
—Desean
recibirle —dijo sin aclarar más. Murriel cambió su notable cara de preocupación a
una de ensoñación. Larry le dirigió una mirada de orgullo.
—¿Es
cierto lo que he escuchado?La duquesa asintió.
—Usted —lo miró despectivamente a Larry—. Regrese a sus labores.
—Así lo
haré, su Alteza —contestó Larry sin evitar su egregio fastidio—. Merece usted más
que cualquier ser viviente esta oportunidad, aprovéchela, Murriel —le susurró
en el oído a su amigo. Se retiró haciendo una reverencia.
Luego de tal despedida, la felicidad que
despedía Murriel de sus gentiles ojos no alcanzaría las palabras para describir
tal sentimiento. Tampoco serian suficientes para que se entienda con exactitud
lo que nuestro querido héroe estaba albergando en su corazón, dejando a
exclusiva responsabilidad del lector imaginárselo.
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