Episodio XXX
Donde continúa la definición de la alianza entre la
bruja y los protestantes. Agregando además, la particular conversación entre
Camnes y Brumma.
Brumma siguió a los hombres. Había uno de ellos que le llamaba particularmente su atención, Luife. No era otro de los "súbditos" de su líder. Aparentaba ser uno más pero su presencia era engañosa, no sabía cómo era su relación, pero se notaba que seguían paso a paso las órdenes de su líder.
Para
Brumma, Luife era un hombre decidido y con convicción, a pesar de las
influencias de Camnes, poseía una manera muy personal al hablar y argumentar
acerca de sus actos o del motivo por el cual pertenece a tal partido,
defendiéndolo como si su vida propia lo fuera. El hombre, disponía de una
inverosímil mente pensante, demostrando que jamás se quedaría callado ante
cualquier situación que lo involucre. Con tales pensamientos y deducciones,
Brumma continuaba caminando en silencio y observando la actitud del resto de
los compañeros. Non Regnum, ese partido le hacía palpitar su corazón con tan
solo escucharlo, sabiendo lo poderoso y brioso que este podría ser sin siquiera
imaginar el grado de tales características. Una especie de intriga se asomo por
sus pensamientos, acerca del líder.
Se
alejaron unas millas de su cabaña. Aunque vivían relativamente cerca, a solo
unas pocas millas de distancia, la mujer la sintió como una caminada larga y
pesada.
—Aquí, señora Brumma. Nuestro líder Camnes le está
esperando —habló Luife.
La
bruja adelantó el paso e ingreso a la cabaña de sus futuros socios. Sentía una
sensación extraña al encontrarse en situación semejante, sin poder creer como
terminaron atosigando su mente hasta convencerla de llegar hasta allí. Era
evidente, que el reino de Castilla subestimaba a esos individuos, quienes
podrían impregnarse tanto en la mente del ser débil como el que aparenta ser
fuerte. Sin más preámbulos, Brumma volvió en sí misma para atender a quien la
recibiría.
Al
ingresar, divisó los carteles hechos de madera indicando el nuevo partido. Non
Regnum, ajena totalmente a su significado, sin importarle saberlo tampoco;
deseosa solo por charlar con Camnes y terminar con ese asunto que la agobiaba.
—Señor, aquí tenemos
a la bruja —dijo uno de los hombres sin prevenir la mirada que le lanzó Brumma
al referirse a ella tan despectivamente.
Luife
le dio un codazo —Sea más respetuoso, bruto —le retó en un susurro.
Camnes
la vio y quedó sorprendido por su apariencia, no era como él la imaginaba o
como solía imaginar a las brujas. A pesar de que se notaba que era una mujer
grande, su cabello rojizo, sus ojos marrones claros penetrantes la hacían lucir
bella. Apenas algunas arrugas se notaban en su rostro. Sin embargo, sus rasgos
maduros delataban que era una señora de edad.
—Bienvenida a mí aposento, señora —Camnes ofreció su mano.
Brumma
estrechó su mano con el líder un poco extrañada por su recibimiento.
—Gusto tengo al conocerle, señor Camnes —dijo con la
misma cortesía.
—Usted… la bruja del pueblo. Gran sorpresa me he
llevado al enterarme de su existencia, señora.
Ella
negó con su cabeza —Yo no he de pertenecer a ningún pueblo, señor Camnes.
Camnes
sonrió —Estoy al tanto sobre el episodio que vivió en el pueblo de Castilla,
no se preocupe. Después de todo, nosotros seguimos perteneciendo aquí aunque no
seamos parte de esa asquerosa comunidad de inútiles e ignorantes —describió
agriamente.
Brumma
solo lo observó. Ella poco deseosa de deplorar a nadie, solo quería saber el
cometido que tenían para ella y qué clase de permutas podrían ellos hacer.
—No se le nota mujer de muchas palabras, me agrada —se
acercó hacia ella—. Voy al asunto. Le necesitamos, señora. Es decir,
necesitamos de sus grandes poderes y dotes de bruja. Siendo íntegramente
directo; nuestro fin es derrocar al rey y desplazarlo de su trono con todo lo
que ello conlleva. Francamente, difícil se nos ha hecho concordar una buena
estrategia, hemos fallado al enfrentarlos directamente. Por estos motivos
señora Brumma, le precisamos osadamente.
—Sus
hombres algo de esto que usted me dice me han comentado. ¿Cómo han fallado? —cuestionó asombrada— ¿Ya le han enfrentado a su Majestad?
Camnes
sonrió irónicamente acercándose aún más hacia la mujer, provocando que esta
recule unos pasos.
—Mi
querida señora, le debo decir con todo mi respeto, que aquí —apretó tanto
fuerte sus dientes contra sus labios consiguiendo que su borde inferior
sangrase tan arduamente que Brumma no pudo ocultar su previo alarido. Ambos
cruzaron sus intensas miradas.
—Aquí…
¡Nadie le llama Majestad a ese impúdico individuo, esa poca cosa!
—Señor, no quise que mis palabras resulten un motivo para su malestar, pero no
he de comprender. ¿Acaso tanto le odia?
—¿Tan
poco observadora ha resultado ser? Señora, no quiero que mis lastimosos oídos
vuelvan a escuchar semejante burlada.
Brumma se acercó a
Camnes para alivianar la situación —Le curaré esa herida.
Camnes la apartó
brutalmente —No necesito sus estúpidos hechizos para curarme, necesito que los
use para algo más sustancial, derrocar a ese maldito rey que en una farsa
realidad el vive —dijo exasperado.
—¿Cómo
dice usted? ¿Farsa realidad?
Luife se arrimó
hacia ella para alejarla un poco de su líder, quien se había vuelto un poco
desquiciado, algo que solía sucederle cuando muchas emociones colapsaban dentro
de sí.
—Señora Brumma, no le cuestione más y haga lo que mi señor le pide.
—Mire…
señor Camnes, yo he venido aquí para escuchar su oferta, no deseo importunarlo
ni que me hagan perder el tiempo —repuso seria.
—En
eso hemos de coincidir, señora. Admito que tengo un temperamento difícil de
dominar. Sin embargo, no tolero las faltas de idoneidad respecto a lo que cada
ser merece. Ese maldito rey, tiene que ser derrocado.
Los demás hombres
reían y alababan a su líder apoyando su emoción aún más y alimentando su furia
para continuar con su cometido. Brumma, algo asustada, quería salir
inmediatamente de ese lugar, considerándolos personas lunáticas y pérfidas.
—Dígame, señor Camnes ¿Qué tipo de hechizo desearía que hiciese yo? —preguntó con la
esperanza de finalizar su charla.
—A
este punto quería llegar. Hemos escuchado que usted
una vez casi destroza el pueblo entero de Castilla ocasionando un impetuoso
temblor.
Brumma
abrió sus ojos sorprendida —Así fue, señor. Eso ha sucedido hace mucho tiempo.
Fue algo imprevisto, un hechizo fallado. Culpable me he sentido por
ocasionarlo. Por fortuna de esta vida, he podido pararlo a tiempo.
—Así que ha logrado realizarlo —sonrió el—. Quiero ese
mismo, señora, pero aumentando aún más el impacto.
Brumma
se le dio la espalda —No puedo siquiera contemplar en hacer una cosa semejante
nuevamente.
Camnes
se acercó y le tocó su hombro —Si puede, mi señora.
Se
enfrentó a él y le dijo decidida - ¡No puede obligarme!
—Ha ha ha —rio—. Creo que usted, brujita, no se ha de
enterar con quien pretende enfrentarse —dijo burlón mirando a sus hombres.
Estos mismos acompañaban su intimidación, posicionándose algunos detrás de ella
y en sus costados rodeándola para evitar su posible intento de escape.
—Yo quedé en acompañarles y escucharle a usted su
oferta —dijo con voz temblorosa—. Jamás acepte en un principio —intentó
defenderse y luego miró a Luife. Este mismo le dirigió una sonrisa sardónica.
—Usted aceptó venir con nosotros. Sabía cuál era
nuestro objetivo, por lo tanto ¿Qué diablos ha de importar el medio por el cual
lo haga? ¿O es que no está capacitada para volverlo a ocasionar?
—Necesitaría tiempo. Sin embargo, no es ese el mi
motivo del rechazo, Señor Camnes. Muchos civiles se encontrarían en peligro. El
reino...
—¿Y es que eso que le importa a usted? —la interrumpió— ¿O ellos pensaron en usted cuando le humillaron y echaron peor que a un ladrón?
Brumma
negó con su cabeza. Se sentía atrapada. Camnes a pesar de ser un patán para
ella, le debía conceder la razón. En ningún momento aclaró que había la
posibilidad de rechazarlos. Ella percibía la ambición que yacía en sus almas y
esa sed de venganza y poder que los embargaba. Si se negaba, quizás la matarían,
y no existía nadie quien pudiera salvarla, ni quien lloraría por su ida o la
recordaría. Lo último que quería era morir de esa manera tan indignante. Levantando
nuevamente su mirada, la mujer examinó la espera de Camnes por su respuesta,
mirándola amenazadoramente.
—Acepto —contestó al fin lagrimeando con tapujo.
—Obediente ha sido la bruja —dijo sonriendo—. Le
felicito por tomar... —acercó su boca a la oreja de ella—. La mejor decisión de
su vida —le susurró.
—Sólo le pido que sea más específico con el tipo de
hechizo que usted desea.
—¿Sabe una cosa? Son de mi agrado las mujeres tan
decididas como usted. Pero ¿No se le olvida algo, mi señora?
Brumma
lo miró intrigada.
—¿No ansía saber acaso, el beneficio que obtendrá con
este encargo?
La
mujer solo asintió insegura.
El líder posó su
típica sonrisa falaz —Como puede usted notar,
no somos ningunos estafadores. No somos tan malos como así nos han teñido —comenzaron a reír todos—. Si de mi sale una promesa, la cumplo y no hay
excepción que valga y lo mismo pretendo de los demás. Ahora, si la otra parte
no cumple —suspiró—. Mi generosidad la estrangulo como aquel que me ha
traicionado. En fin, señora mía, al
realizar esta pequeña labor para nosotros, usted recibirá nuestra protección.
Le garantizamos mantenerla el anonimato, no quedará expuesta. Y otra cosa, si
las cosas suceden según lo planeado y logramos derrocar a ese maldito rey,
usted volverá al pueblo y no solo eso, será una superior en frente de todos
esos malditos civiles quienes alguna vez le despojaron. Su puesto lo arreglaremos
más adelante. ¿Es un trato? —le ofreció su mano.
—Le voy a ser sincera, Señor Camnes —evadiendo la mano
del líder—. Poco me interesa lo que me dice, solo he aceptado para que me dejen
en paz. Lo único que deseo de lo que usted me ha ofrecido, es quedar en el
anonimato, si algún civil llegara a enterarse…
—Puras sandeces —la interrumpió— ¿Me va a decir
señora, que no ansia en tener un poco de poder, el cual jamás ha saboreado en
toda su vida? Disculpe pero no he de creerle.
—No me conoce —se defendió.
—Sí le conozco, y más de lo que podría sospechar. Sus
ojos son los únicos que no me han mentido. Usted quiere vengarse de alguna
manera y quiere demostrar que vale más de lo que esos miserables le hicieron
sentir ¿O estoy erróneo, señora Brumma? - Le preguntó intentando hurgar y
manipular sus sentimientos. Camnes sabía cómo maniobrar frente a esa clase de
personas como Brumma. Las sensibles, las correctas, eran las más predecibles.
Para Camnes, ese tipo de personas mostraban una debilidad fácil de detectar y
Brumma, definitivamente era una de ellas.
La
mujer desvió su mirada. Ese hombre lograba causar remolinos en su corazón,
lograba despertar esa furia que tenía tan reprimida.
Camnes
nuevamente ofreció su mano esperando una absoluta positiva.
—Acepto —dijo, dándole la mano a su nuevo ahora líder
y señor.
—Perfecto —repuso el—. Comencemos con nuestra
estrategia.
Una
pequeña lágrima rodó por las mejillas de Brumma. Mientras iniciaron su
nuevo análisis con su ahora nueva integrante, los dejaremos por unos momentos
para regresar hacia otro punto importante de nuestra historia, abandonando así
este episodio.
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