Episodio XXIX
Episodio por demás
largo, donde se realizará una posible
concertación con la bruja de Castilla.
Como lo relatado en el episodio anterior, describiendo los últimos actos de los hombres de Camnes, quienes como principal y nuevo objetivo era portear la bruja a su líder. No tardaron en discernir la cabaña de la mujer, dudando si ingresar abruptamente. Bruma, concentrada en su nueva brujería, la cual consistía en curarse su espantoso dolor de cabeza. La mujer, era una bruja bastante particular, en su aspecto no se notaba en demasía, pero sus poderes reflejaban que no era una mujer ordinaria. Muchos desconfiaban de ella, ya que según decían, con su mirada podía atravesar los ojos de su víctima y apoderarse de ellos infiltrándose en su alma. Algunos creían que estaba creando un nuevo embrujo; otros solo creían que lo hacía para causar temor y así obtener fruto de sus hechizos. Había muchas teorías sobre ella, pero nadie logró conocerla en realidad. Nadie se animaba a acercársele y preguntarle que sentimientos la acarreaban. Los civiles y aldeanos solo suponían sin indagar más sobre esa mujer que logró fundar pánico en su entorno.
Con el tiempo, se convirtió en
una persona ermitaña, no volvió a salir de su cabaña después de aquella
humillación que padeció en el reino. Prácticamente, la echaron a patadas sin
permitirle defenderse ante aquel acto.
Ella conocía y apreciaba al rey, no ha tenido contacto alguno con él pero si estaba informada respecto a su
personalidad y su mandato en el reino. Lo admiraba. Sin embargo, una profunda
decepción la embargó cuando el rey no la ayudó ante aquella escena patética y
desagradable que tuvo que vivir, ella se preguntaba si no había igualdad para
todos, jamás nadie intento comprenderla realmente. Al sentirse tan defraudada,
cayó en una desesperación desdeñosa, alejando a todo aquel que intentara
acercarse. Sus actos eran a causa de miedo, el cual ella confirmaba sentir,
como todo el mundo sentía por ella. El rey por su
parte, no hizo nada para detener aquel incidente y como resultado su apreció
hacia él disminuyó considerablemente. A estas alturas, nadie comprenderá por que
el rey no accionó a tiempo.
Brumma no dejaba de recordar
lo sucedido aquel día. Esas miradas frías clavadas en su más profundo ser.
"Lárguese
de aquí, bruja de los demonios. Nadie le quiere en este pueblo" resonaba una y otra vez en su cabeza.
Buscando al rey con su mirada, ambos la
cruzaron directamente mientras ella sollozaba y sufría los daños propinados por
su pueblo, el rey, evadiéndola ásperamente no infirió en lo sucedido.
Sacudió su cabeza intentando
despejar aquellos pensamientos que la martirizaban. Mientras tanto, revolvía
una y otra vez su olla mezclando hierbas, flores y especias para su latoso
dolor de cabeza.
En esos momentos, se percató de haber escuchado un sonido. Alguien estaba allí afuera, su
presentimiento la hacía sentir segura de ello, preguntándose quienes podrían
ser los impertinentes, ya que hace tiempo nadie la visitaba. Tomó una de sus cucharas de madera y se acercó hacia
la entrada de su cabaña.
—¿Quién se
encuentra allí? —preguntó temerosa.
—Señora Brumma —se animó a hablar uno de los hombres de Camnes.
—¿Quién es
usted, que quiere? —preguntó fríamente.
—Estamos
ávidos en hablar con usted. Le pido que oprima su miedo, no le haremos daño.
Venimos en nombre de nuestro líder, Camnes. Aguardamos por su recibimiento —repuso el hombre.
Brumma quedó pensativa, preguntándose
nuevamente quienes serían y de que líder le hablaban. Seguidamente recordó que
había estado escuchando disquisiciones acerca de tal hombre y de su supuesto
partido, y la disconformidad profesada por el reino. El miedo la requisaba,
pero dispuso en hablar con esos hombres para atender sus necesidades creyendo
que sería fácil concretar con ella para luego se retiraran rápidamente.
—Pueden pasar,
señores —dijo mientras abría la puerta de su humilde cabaña.
Los hombres ingresaron
temerosamente a la cabaña de la mujer. Era chiquita, pero bien decorada, no parecía
para nada una vivienda característica de una bruja. Contenía algunos pequeños
adornos, parecían manualidades hechas por ella, utilizando flores, varios
jarrones y objetos creados muy llamativos.
—Muy bien —comenzó a hablar Brumma— ¿Qué codician sus almas obtener de esta indefensa
mujer?
Uno de los hombres empujó a
otro para que comenzara a hablar —Explíqueme porque yo debo afrontar este
asunto —murmuró Chrossa quejándose con semblante timorato.
—Puedo
olisquear un cuantioso acobardamiento —se burló su otro compañero.
Chrossa suspiró resignado a
enfrentar el a la bruja y comunicarle el recado de su líder, tragando su
cortedad.
Brumma lo miró incrédulamente
preguntándose si acaso esos individuos temían de ella, sentía que esa imagen que
todo el mundo atesoraba sobre ella, no desaparecería jamás.
—Señores míos,
agotada esta mi paciencia —dijo Brumma ardorosa— ¿O pues tienen miedo que les
cocine en mi sopa? —rio ella haciendo que Chrossa retrocediera.
—Conjeturas
falsas son las que usted dice, señora —sólo alcanzó a decir, preguntándose por
que Camnes los mandaría a hablar con aquella bruja que sus pensamientos
consideraban desagradable. Uno de sus compañeros se interpuso entre
Chrossa y Brumma, suspiró para el comenzar a hablar de una vez—. Le precisamos,
señora. Nuestro señor Camnes es quien le precisa.
Brumma arqueó una ceja —¿Necesita
de mí? ¿Y el motivo de su tan repentina necesidad?
—Pues verá —continuó
el hombre quien para presentarlo, era Luife—. Nos hemos enterado de los grandes
poderes que usted posee. También hemos de saber que usted no sale de aquí y que
le han despojado de ese maldito pueblo. Sin embargo, creo que usted podría
obtener ventaja si viene con nosotros.
—¿Y cuál sería
dicha ventaja? —preguntó curiosa.
—Conocemos sus
sentimientos, señora Brumma. Hemos de saber la desmesurada humillación por la
que ha que ha pasado y destacando el rey, el espléndido rey —dijo irónico—. Del
que tanto todo el mundo implora y admira, el que tanto dice ayudar, confirmamos
que con usted, fue lo último que hizo —la miró fijo— ¿O acaso mis palabras
son equívocas?
Brumma agachó la cabeza —Lo que usted dice mi estimado, es la verdad. Sin embargo, no he de comprender
en que se relaciona aquello con mi presunto beneficio al ayudarlos.
—Le entiendo —se acercó más a ella—. Usted tiene unos poderes extraordinarios. Nosotros necesitamos
esos poderes para lograr nuestro cometido.
—¿Y
cuál sería ese cometido? —preguntó arqueando una ceja.
—Despojar al rey de su trono y que el mismo
lo deleite nuestro señor, y entonces…
Brumma lo interrumpió —¿Por qué, señor? ¿Qué les ha hecho el rey Francisco a ustedes?
—Oh, ha de
parecer que le estima demasiado.
—Le respeto —sólo dijo.
—Nosotros no
estamos de acuerdo con su política —disparó—. No creemos en que ayudando en
tal proceder a los civiles se obtengan tantos beneficios como él así lo asevera.
Entiendo que la igualdad parece la "ideal" pero muy lejos de aquella
sustantividad están, señora. Hay tranzas, sobornos y estafas en demasía. El
poder, sigue superando junto con la ambición cualquier barrera que se les
interponga. Cada uno debe ocupar el lugar que le es merecido. ¿O acaso es honrado
que un insignificante aldeano, campesino o civil tenga el mismo privilegio que
un barón o un duque? ¿No le parece a usted un acto insensato? ¿En qué reputación
ha quedado nuestra nobleza? - Explicó el hombre sintiéndose como su señor por
su forma en el habla. Era evidente que las influencias de su líder habían
congeniado con su ser.
—Pero... —intentó decir Brumma.
—Contésteme —la interrumpió— ¿Acaso con usted existió la igualdad que con tanta
parla se le ha dedicado? ¿O es que no le juzgaron y la echaron como un cacharro
de mugre? ¿Le parece a usted que a eso merezca el juicio de igualdad? Yo lo
difiero y lo haré mientras mi corazón siga palpitando —rio irónicamente—. Es
solo un muestrario disfrazado. Un camuflaje propinado por ese maldito rey para
dogmatizarles a todos que en su ser existe bondad, la cual, si todos han de
acordar conmigo, no coexiste. Sus hombres asentían afirmativamente.
—Son atrevidos
al hablar con ese proceder, señores. No le correspondo en ese pensamiento lo
que ha dicho señor…
—Luife —completó
el sonriendo—. Si comparto con usted señora, que podemos estar equivocados en
cuanto a la conducta del rey. Sin embargo, notamos muchas contradicciones en
cuanto a sus valores. En todo este tiempo, antes de hacernos presentes en el
reino, le hemos analizado profundamente y créanos señora, que tenemos suficientes
motivos para llegar a dicha conclusión. Estamos a favor de la justicia, pero no
de la igualdad en cuanto a cargos. La función de los aldeanos y campesinos, es
trabajar para ganarse su pan y a su vez, servir al reino como así desde todos
los tiempos ha sido. Cada uno perteneciente a su puesto. Inaudito veo que la Nobleza se mezcle con esos individuos. Considero mejor y más honroso exponer
las cosas con su verdad, y mostrar la realidad; antes que camuflar todas esas
patrañas de igualdad que no logran cumplirse, todo lo contrario; estimula a más
estafas y traiciones hacia el pueblo. Esa vertiginosa infamia con nosotros al
mando, terminaría inmediatamente —finalizó con una sonrisa triunfante.
—¿Su cabeza
está hecha de canto3, mis señores? Conceder progreso en el pueblo es
el básico propósito, no cavilar solo en ustedes. He de considerarlo en extremo
codicioso y avaro.
—Soy entendido
de que no he logrado persuadirla. Aunque puedo asegurarle, señora Brumma, que
en sus ojos acierto su dolor y le noto un profundo resentimiento, el cual se
asoma tan despacio pero a la vez tan penetrante y lastimoso que ni usted lo
puede contrastar.
Brumma lo observó
intimidada y casi al descubierto, sintiendo sus emociones enteramente desnudas
ante ese hombre.
—Pierda su incauto temor que al rey no le
ocurrirá ninguna desgracia —mintió—. Nuestra intención, no es llegar por
medios perversos ni dañinos. Sin embargo, no consideramos otro camino el cual
se puede concretar con su ayuda.
—¿En que
debería aportar yo?
—Primeramente,
acompañarnos. Debatirá con Camnes, nuestro líder, el le explicará cual sería su
colaboración en este asunto —dijo ofreciendo su mano.
—Aún no lo sé —Brumma se dio vuelta—. Mi desconfianza impide aceptar su propuesta ¿Si acaso
me tienden una trampa?
Los hombres comenzaron a reír.
—¿Cree usted
que nos serviría, señora Brumma? Nuestro objetivo es derrocar al rey, no a
usted —hizo un gesto incitándola a que vaya con ellos.
Brumma apretaba sus puños.
No sabía qué hacer realmente. Era cierto lo que decía aquel hombre, ella seguía
dolida y enfadada. El rey no hizo nada para evitarlo ni tampoco les interesó jamás
lo que fue de su vida. Probaría en visitar a Camnes y así rectificar hacia
dónde irían sus valores. Quizás realmente ayudándolos podía regresar al pueblo,
o al menos, ser respetada. Según ella creía, el rey no saldría lastimado por
cualesquiera fuera el trato que hicieran. Ingenua ante las palabras de Luife,
tomó la determinación de acompañarlos, eludiendo sus pesados sentimientos.
—Le acepto su
invitación, señor —repuso.
—Deseoso de que tales palabras salgan de su
boca —sonrió Luife.
En este lapso, un giro
radical se presentaría, donde las cosas comenzarían a tornarse hacia otro
camino, el cual la balanza indica, sería más favorable para los protestantes.
Mientras caminaban silenciosamente, abandonamos el presente episodio con la imagen de Brumma vacilando entre el poder sugestivo y el sufrimiento honrado.
Mientras caminaban silenciosamente, abandonamos el presente episodio con la imagen de Brumma vacilando entre el poder sugestivo y el sufrimiento honrado.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario