Donde nuestro héroe manifiesta su total
frustración. Se incluye, además, una concisa información acerca de la
determinación del destino de Sequetina.
A unos metros de la plebe, se encontraba el unitario desanimado y
afligido. Murriel hizo su trabajo, cumplió con lo encomendado. Defender el
reino y pueblo de Castilla, pero no podría explicarse ni así mismo lo ocurrido.
Ajeno a lo que sucedía con el susodicho reino, no sabría cómo dilucidar que el
pueblo se había quedado sin su rey.
Lágrimas gruesas y detonantes salían de los ojos del muchacho. Se dejó
caer mientras intentaba sostenerse de un árbol. Sus sollozos agudizaban. Un
sentimiento amargo se apoderó de él sin permitirle confinarlo. Sus alborotados
cabellos se movían al son del viento. Su rostro expresaba pesadumbre y un
poderoso dolor lo embargaba.
En esos momentos, nadie podría aliviarlo. Iba intercalando entre
silencios y resonantes lamentos. Su razón y alma no querían hacerle ver en la
realidad que se encontraba. Su única sedación ante tanto dolor era que, a pesar
de todos los impedimentos, salvó a Castilla de una terrible catástrofe y
posible tiranía. Pudo comprender muy vagamente para su estado que el rey había
hecho perder su vida para salvar la de Castilla, depositando la mayor confianza
en él, su unitario. Hasta el presente día, Murriel no podía compendiar el
porqué de dicha confianza pero sabía que hay cosas que no tienen ningún tipo de
explicación cuando de sensaciones, químicas y sentimientos se trata. El rey
además de ser un hombre por sobre todo inteligente, valiente y capaz de manejar
un reino entero, en muchas ocasiones actuaba con su corazón e impulsos
sinceros, y en base a ellos, tomaba sus decisiones. El mismo era consciente de
lo arriesgado que era tal cosa, sin embargo, cada paso propinado lo hacía con
seguridad y creyendo que todo podía traer un exquisito beneficio a Castilla.
Todos estos pensamientos pasaban por la cabeza del joven, intentando deambular
por sus propias distinciones. De repente, notó como el viento percutía aún más
fuerte sobre su cara y como de a poco su dolor se iba apagando para ser
reemplazaba por una sensación de paz por algunos instantes.
Larry corrió desesperado en busca de su amigo,
preocupado sobre si hubiese salido herido o que finalidad tuvo, luego de tal
devastación. Temía por su vida y su salud.
Luego de varios minutos, finalmente lo encontró.
Desdichado, aciago. Sus ojos hinchados habían delatado las lágrimas que había
derramado.
Palideció al verlo en ese estado.
—Murriel —se paró frente a él.
—Larry... déjeme solo, le pido.
—¿Qué ha sucedió allí dentro? —preguntó el chico
agachándose a su altura y mirándolo fijamente.
Murriel seguía con su mirada perdida —No he de
querer hablar de esto, no ahora, le suplico.
—Y yo le he de suplicar a usted, Murriel. Le he estado
buscando desde que vi a Tom. No he de saber más nada.
—Y yo le pido a usted, que no me encargue a mi ser el
que brinde tal noticia desalmada —Larry abrió sus ojos desconcertado ante
lo dicho. Su joven amigo lo miró como si su vida acabara en pocos instantes.
—Si una noticia usted tiene y más aun considerándola
baja y mala, ya ha de enterarse todo Castilla —contestó turbado— ¿Acaso ha de
tener que ver con el rey, Murriel?
Murriel sólo lo miró con consternación y
pesadumbre reafirmando con solo una mirada desmoralizada.
—¡Maldito sea el destino! —se agarró la cabeza.
Sin poder creerlo, comenzó a caminar hacia Murriel, apoyando su mano en el hombro de este. Una torrencial lluvia se originó fuertemente mientras ambos jóvenes se intentaban convencer que todo era una cruel y vil jugada de sus pensamientos.
Sin poder creerlo, comenzó a caminar hacia Murriel, apoyando su mano en el hombro de este. Una torrencial lluvia se originó fuertemente mientras ambos jóvenes se intentaban convencer que todo era una cruel y vil jugada de sus pensamientos.
Larry hizo un gesto de resignación y el unitario
solo sonrió forzosamente para luego mirar hacia el cielo, luego murmuró unas
palabras acerca de que no defraudaría los deseos que tenía el Rey.
Larry le dio una palmada en su espalda y ambos
se retiraron del lugar para regresar con los demás civiles.
Regresando a Sequetina, luego de haber
perpetuado en ese lugar tan aberrante, feo y obscuro para una dama, como ella se
solía llamar, pasó a ser una criada de una familia en otro pueblo, lejos de Castilla,
como así lo había determinado el consejo. Su fracaso había sido inaplazable,
jamás iba a poder olvidar el terrible error que cometió. Todo por una
aspiración al poder, un inútil afán de obtener algo que jamás podría consumar.
Su remordimiento no la dejaría en paz, por el resto de su vida.
Antes de delimitar su destino, ella se dirigió
quebrantada a la tumba de su casi considerado padre con un fuerte dolor
aquejándola desde el comienzo de su perturbador plan. Su agonía no cesaba ni
jamás lo haría. Lo que más la afligía, era que esté donde esté, el rey, jamás
la perdonaría.
Sin relatar más de lo sucedido, nos apartamos del vigente episodio.
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