Episodio LIV
Donde Castilla recibe una noticia poco agradable. Se
recalca, además, el arrepentimiento y siguiente presente de Sequetina.
La batalla había finalizado y se llevó varias vidas. Heridos por doquier
en todos los rincones del Castillo, algunos aún se encontraban con vida
agonizando por el dolor que transitaba por su cuerpo, y quienes habían
sobrevivido estaban fuera del castillo. Muchos protestantes habían escapado. Sólo
unos pocos quedaron en el reino camuflándose entre la muchedumbre.
Los civiles estaban muy nerviosos y alterados por todo lo sucedido.
Luego de ver al Castillo en el aire, muchos comenzaron a hablar acerca de la famosa
leyenda y otros tantos, sólo quedaron extasiados ante lo visto. Con el tumulto,
los guardias que habían quedado con vida detuvieron a la multitud quienes
intentaban acceder al Castillo. Con mucha oblación lograron mantenerlos calmos
por varios momentos. Todos estaban expectantes a que el rey pronto saliera a
dar las noticias respecto a los resultados de la batalla, esperando que el
triunfo de Castilla sea ratificado. Sin embargo, tal cosa nunca sucedió. El
tiempo pasaba y no había rastros del monarca, lo que empezó a preocupar a los
civiles temiendo por la integridad de este. La nobleza se encontraba guardada
en la habitación CM. Luego de un tiempo considerado, cuando el ruido ceso y la
paz se hizo notar, ordenaron que un grupo de guardias visite la habitación LX
donde sabían que allí se había armado un gran conflicto y querían convalidar lo
que ya temían. Los guardias no se hicieron esperar para colapsar el castillo.
Inmediatamente subieron hacia la habitación del rey para encontrarse con un
panorama poco deleitoso.
Sequetina estaba atada de pies y manos con gruesas y pesadas cadenas. La
mujer expresaba sonidos de tormento. Los cuerpos fallecidos de Camnes y el rey
divididos por la habitación.
—¿Qué ha
sucedido? —preguntó un guardia con impresión.
Luego
posó su afligida mirada en la corona y el cuerpo fallecido del rey. El guardia
dejo sus armaduras para acercarse lentamente hacia el moribundo cuerpo.
Se
agachó sin escarmiento. Tomó una de sus muñecas, abrió sus ojos penosamente
para caer en la realidad.
—Su Majestad —dijo en un tono compungido y desalentado.
Sus
compañeros lo observaban aseados esperando la confirmación que ya todos
intuían.
El
guardia se levantó y los miró.
—El rey ha
muerto.
Un penetrante dolor se apoderó del lugar, dejando a todos sin habla. El silencio fue protagonista por unos momentos.
Un penetrante dolor se apoderó del lugar, dejando a todos sin habla. El silencio fue protagonista por unos momentos.
—Nuestro deber es informar al pueblo, quien
espera ansioso por saber lo ocurrido —rompió uno el silencio.
—O lo correcto quizás sea, que un miembro de
la nobleza de tal triste noticia —agregó otro guardia.
—Nuestro trabajo ha de ser proteger al reino
y su Majestad —señaló con pesadumbre mirando al rey—. No hemos cumplido,
aunque si hemos luchado.
—Considero tomar una decisión al respecto e
informarle al consejo sobre este espantoso suceso.
—¿Qué
haremos con estos individuos? —se animó a preguntar un guardia señalando al
cadáver de Camnes y a Sequetina.
—Tómenlos para llevarlos al lugar donde deben pertenecer —indicó el guardia
quien iba al mando.
La
duquesa seguía con lágrimas en sus ojos. Comenzó a suplicarles a los guardias
que la liberaran diciendo que poco tenía que ver con lo sucedido aclamando
respeto por ser la duquesa de Castilla. Los guardias solo la miraron sin
obedecerla. La traición de Sequetina se hizo pública por el relato que dio Tom
al grupo de guardias luego de salir del Castillo junto a nuestro héroe. Sin
poder creer en sus palabras, el niño como prueba describió el cuadro en que
había quedado el lugar para que crean en sus dichos. Tal noticia inundó de
desilusión a los fieles servidores del rey, sabiendo los sentimientos del
monarca por la duquesa e intuyendo el tormento que este habría vivido al
enterarse que su mano derecha lo había traicionado vilmente. Lo que Tom jamás
había mencionado, era la muerte del rey. Aunque muchos lo habían cuestionado al respecto, el niño solo decía que no sabía
más sobre el asunto. Sin más divagaciones al respecto, los guardias obedecieron para preparar el entierro Camnes
y trasladar a Sequetina al calabozo correspondiente, hasta saber que
dictaminaría el consejo sobre su paradero. Algunos guardias habían sentido la
necesidad de asesinarla, pero se detuvieron ya que Sequetina aún era un miembro
activo de la nobleza hasta que no sea despojada formalmente de la misma.
Cuando
los guardias salieron del Castillo, los civiles se enmudecieron al verlos,
Sequetina iba amarrada acompañada por dos guardias y demostrando la clara
traición que esta tuvo con el pueblo entero de Castilla y su bondadoso monarca.
Las caras de las personas solo indicaban decepción, sintiéndose enteramente
defraudados por la duquesa. No necesitaban ningún tipo de palabras para ese
momento, con divisar tal cuadro y sus expresiones, hablaban por sí solas.
Solamente hacía falta una reconfirmación de los que todos ya intuían, la misma
fue dada por un guardia, declarando vaporosamente que el rey ya no pertenecía a
este mundo. El guardia que sostenía a la duquesa comenzó a hablar con amargura
– Palabras no han de alcanzar para exponer todas nuestras emociones. Solo hemos
de decir que esta mujer – Adelantando a Sequetina unos pasos a la fuerza – Ha
sido la auténtica traidora.
Los
civiles comenzaron a silbar y vociferar su insatisfacción por lo ocurrido y
hasta algunos exigiendo la pronta muerte de la mujer. Los guardias frenaron la
multitud, sin haber prevenido que la situación se les saldría de las manos.
Como pudieron, los guardias esquivaron a la masa para llevarse a la duquesa al
calabozo, para que luego el consejo tome una decisión sobre su destino.
Las
miradas de desengaño y deshonra dirigidas hacia Sequetina golpeaban fuertemente
en su razón. La mujer solo los observó sintiendo como un arrepentimiento
llegaba hasta su garganta, para manifestarlo en diligentes lágrimas que
conminaban salir de sus ojos. Su mirada la dirigió hacia el suelo sin poder
mantenerla por mucho tiempo más, su vergüenza era considerable, pero su dolor y
pesadumbre dominaban por completo su disuadido corazón.
La
mujer fue trasladada rápidamente a un calabozo, con una respectiva vigilancia. Por
otra parte, todo el pueblo de Castilla ya estaba enterado del reciente
fallecimiento de su monarca, también acerca del famoso protestante que ocasionado
todos los estragos sufridos.
Con
esta breve pero relevante información respecto a la actual situación de
Castilla y de algunos personajes, partimos del episodio, dejando otra jugosa y
quizás virtuosa indagación para el episodio siguiente.
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