Episodio LIII
Donde comienza el enfrentamiento más esperado de
nuestra historia.
La vida del rey había terminado. Sólo unos pocos
minutos pudo Murriel mirarlo con vida. El sentía el deber de cumplir lo que el
rey le había encargado; proteger a Castilla. Luego del escaso pero significante
diálogo que mantuvo con el líder de los protestantes pudo sentir como su
sangre hervía manifestando una vehemente furia. Ya había sentido tal
sentimiento antes, pero con menos magnitud y grado, ese hombre había
desenterrado la energía que quedaba para representarla en su universalidad.
Flotó un castillo en el aire.
—He elevado el castillo al aire —susurraba
para sí con sus ojos cerrados.
Al abrir sus ojos nuevamente, sentía una
adicción para sí mismo mirarse cuando el aura lo rodeaba, pudo notar como la
misma salía de su interior. Sabía que no era dañina o al menos sus intenciones
no la inclinaban hacia ese camino. Sólo debía aprender a controlarla. Sin
embargo, captó algo parecido al susto en la mirada del protestante. Estaba
seguro de que creía que lo lastimaría con ese poder extraordinario. Se sintió
victorioso, pero de inmediato cayó espantosamente a la realidad, recordando la
reciente muerte de su rey. La conmoción lo invadió una vez más. El unitario cayó al piso debilitado. Al levantar su
mirada lentamente, pudo inspeccionar a Camnes deslumbrado por lo visto y a
Sequetina se le habían secado hasta las lágrimas observándolo con la boca
abierta.
El líder gruñó y se arrimó al unitario
agresivamente. El joven se levantó de golpe con ahínco quedando enfrentado con
Camnes. La
potente y fría mirada del fortachón quedó clavada en el unitario, quien también
se la sostenía no dejándose intimidar.
Sequetina salió de su perplejidad y quedó
observándolos esperando por lo que pudiera pasar. Dudaba de su intromisión en
el asunto, se acercó solamente unos pasos. Cuando la joven mujer intentó decir
palabra, el ruido de la espada del líder, interrumpió su acto.
—Le noto temor, unitario —dijo Camnes sin
apartarle la mirada.
—Se equivoca —contestó Murriel—. Mi
aborrecimiento hacia usted, supera cualquier otro tipo de emoción que yo
pudiera sentir.
—¿Quiere hacerle compañía a su patoso rey? —Camnes le guiñó un ojo con ironía y luego lo tomó fuerte del cuello. El joven
no se movía ni hablaba.
—¿Acaso cree que con esos poderes suyos e insignificantes
podría conseguir algo? —Camnes gruñó al no tener respuesta del unitario—. ¡Hable!
Murriel seguía mirándolo con cara de
circunstancias y sin demostrar emoción alguna, lo que hizo rabiar más al líder
de Non Regnum.
Mientras tanto, Sequetina caminó hacia ellos
para interceder en la situación.
—Ni se le ocurra por un segundo, Alteza —dijo entre dientes Camnes— ¡Le he dicho que no interceda en este asunto! –
Gritó fuertemente desviando su mirada hacia ella.
—Usted es un obcecado, este asunto también me
ha de concernir. ¿Por qué quiere excluirme?
—Ya no me sirve, si por mi fuere podría irse
al mismo infierno —contestó mientras seguía sujetando a Murriel de su cuello y
posar nuevamente su mirada en el sonriendo.
—Maldito sea usted, le detesto Camnes, desde
el día que le conocí, le detesto —respondió nerviosa y con voz temblorosa.
—Tanto que decía admirarme —rio punzante—. No ha de interesarme lo que diga usted, mujer.
—Y en cuanto a la recompensa que dijo usted
darme ¡Cúmplala! Ya ha matado al rey.
—No he de tolerar que continúen con sus iniquidades —dijo Murriel sorpresivamente soltándose con una fuerza impenetrable del
agarre del líder. El mismo quedó sorprendido ante tal acto, creyendo que el
joven era alguien débil y carente de fuerza.
El fortachón le dirigió una mirada de demencia y
cólera a la vez. Por primera vez sentía que no podía tener control de una
situación.
—¡Me fastidie ya de sus imbecilidades! —gritó Camnes.
Murriel respiraba agitado, su poder seguía
intacto. Sabía que sus reacciones dependerían de que tal poder fluya dentro de
sí.
—No podrá contar más sus segundos, unitario —espetó con tono amenazante Camnes volviendo a mostrar su filosa espada.
Mientras, fuera del castillo la gente había quedado asombrada por lo
visto. Larry sonrió deduciendo de qué se trataba. Murriel tenía algo especial y
causaba revuelo a quienes estuvieran a su alrededor.
—Señor Larry —se acercó Tom.
—¿Qué sucede, amigo? —se agachó Larry y le acaricio tiernamente
su cabeza.
—¿Dónde está el señor Murriel?
—En el castillo, Tom. Pero no debe preocuparse, pronto saldrá y
volverá a unirse con nosotros.
—Pero el debe estar en problemas, con ese señor malo. Yo quiero
ayudarle.
—No, Tom. No podremos hacer nada. Los guardias han impedido la
entrada al castillo, los civiles han de seguir confusos por todo lo sucedido.
El niño miró a Larry y luego desvió su mirada al Castillo. Era muy
observador para su corta edad y había podido ver la evolución del unitario.
Admiraba su astucia.
Tom se soltó del agarre de Larry para ir corriendo hacia un guardia, y
como pudo, le sacó su espada e ingreso velozmente al castillo.
—¡Oiga niño! —gritó el
guardia. Cuando más civiles se le venían encima, tuvo que frenarlos.
—¡Tom, Tom! —corrió Larry tras él, pero nadie lo había podido
detener.
—¡Déjeme entrar, señor! —exigió Larry a un guardia. El mismo lo
detuvo inmediatamente negándole la entrada.
Camnes
iba acercándose lentamente sujetando su espada. Murriel trago en seco al
entender que las intenciones del líder eran verdaderas. No podía negar que en
esos momentos el miedo lo había paralizado. Cerró sus ojos esperando que su
poder lo ayude nuevamente, pero en esos instantes parecía no surtir efecto, lo
que lo desconcertó por completo. Intentó recordar las palabras de Brumma,
refiriéndose a cómo utilizar su poder, pero era evidente que no sabía cómo
ponerlo en práctica. Las veces que había emergido de su interior, era de manera
espontánea sin que su mente lo hubiera planeado.
—¡Por
favor! —murmuraba para si Murriel— ¿Por qué no ha de ocurrir ahora?
—¿Acaso que le sucede unitario? ¿Problemas? —se burló Camnes.
—Salga
de mí, le suplico que lo haga —volvió a pedir en voz baja.
El
líder levanto su espada posicionándose frente a Murriel, el mismo al sentir la
cercanía de su presencia abrió sus ojos para encontrarse con la espada del
fortachón en dirección a él quedándose inmóvil por algunos segundos.
Sequetina
volvió a acercarse a Camnes repentinamente ubicándose detrás de él. El líder de
Non Regnum gritó fuertemente con mucha saña apartando una vez más a la mujer,
quien seguía empecinada por ser parte del plan, aunque sea de la manera más
deshonrosa y miserable. Quería sentirse parte de la situación, aunque el líder
no se lo permitiera.
—Ha de
ser usted un ruin y bandido —dijo la duquesa con irritación.
—No es
momento para sus soserías —profirió Camnes—. Deje que haga lo que hace tiempo
mis deseos han pedido. Aniquilar a este desgraciado —dijo con vesania mirando
a Murriel.
El
unitario se encontraba impávido aun sintiéndose débil. Al ver que la espada de
Camnes se acercaba, con sus pocas fuerzas pudo apartarse para que este falle en
su puntería, provocando que la locura y sus ansias de matarlo aumenten.
—¿Acaso
escapa, unitario? —preguntó socarrón, mientras observaba como el joven se levantaba con
mucho sacrificio para irse hacia otro rincón de la habitación—. No creo que pueda
huir mucho más. Su vida terminará en pocos minutos.
El
grito de Camnes se hizo escuchar aproximándose nuevamente hacia nuestro héroe.
Murriel se sentía aprisionado, el líder iba directo a clavarle su espada de la
manera más salvaje que podría entrever. Tragó en seco sintiéndose completamente
impotente. De repente, giró su cabeza hacia la puerta de la habitación donde
Tom entro por ella, Murriel abrió sus ojos sorpresivamente.
—Aquí
tiene, señor Murriel, debe salvarse —el niño con dificultad le lanzó una
espada. Murriel la tomó con ambos brazos y la ubicó frente a su cuerpo
esperando por el ataque del líder.
En
pocos segundos, Camnes chocó su espada con la de el sintiendo el fracaso de su
objetivo una vez más.
—¿Qué
ha de hacer ese condenado niño aquí entrometiéndose en mi propósito? —cuestionó Camnes manteniendo su espada contra la del unitario con mucha fuerza.
Murriel reculó hacia la pared por tal ímpetu, mientras continuaba como podía
haciéndole frente con su reciente espada y manteniéndola como su única defensa.
—Váyase de aquí, Tom, ha de ser peligroso para usted —le suplicó con voz agitada y
sin desligar su mirada de Camnes.
El
niño quedó mirando a Murriel por unos momentos mientras este continuaba
peleando con el protestante. El joven le insistió que se retirara ya que era
una situación compleja y peligrosa para un niño como él. Tom no quería irse, ya
que deseaba poder ayudar a su héroe de alguna manera, pero fue adentrándose más
a la habitación hasta llegar donde se encontraba Sequetina, quien seguía
mirando con bronca e impotencia.
—¿Qué
intenta hacer unitario? ¿Acaso no ve cómo terminará su destino? ¿Por qué ha de
desistir tanto?
—Debo
de proteger al reino de Castilla. Usted no alcanzará el trono tan sencillamente.
Camnes,
manifestó toda su ira interior traspasándola a la fuerza con que manejaba su
espada. En varias oportunidades, el líder aprisionó a Murriel sin permitirle
una salida. Mirándolo pérfidamente, el unitario pudo escapar de ciertos agarres.
—Tom —lo miraba mientras intentaba escapar del ataque de Camnes— ¡Váyase! —exclamó.
El
niño sólo negó con su cabeza, aumentando la preocupación de Murriel. Sabía que
el líder era capaz de hacer lo que sea necesario para obtener su cometido. La
mirada rabiosa de Camnes no se apartaba de la figura de nuestro héroe. Quería
comprender el porqué de tales poderes. Brumma se le vino a su mente en un
parpadeo, creía que algo tenía que ver con ella, hasta conjeturó que la misma
le había otorgado tales poderes. Sin embargo, él no iba a demostrar rendición
ni mucho menos debilidad frente al unitario. Quería vencerlo, su obsesión pasó
a ser una finalidad clave para magnificar su victoria.
—La
fortuna no siempre estará de su lado, unitario —dijo punzante el fortachón—. No vaya a creer que siempre se liberará de mis ataques, generoso estoy siendo
con usted.
—Creo
que no ha de comprender. Poco se de espadas, pero mucho he de saber de
justicias.
—Muchas idioteces han de salir de su boca —bufó Camnes—. Mi paciencia ha
agotado.
—¡Señor Murriel! —gritó Tom corriendo hacia donde estaba el unitario e
interponiéndose entre la espada de Camnes y el joven, evitando que la misma
traspase el cuerpo de nuestro héroe.
Camnes,
por un impulso donde un poco de sensatez demostraba tener su lunática mente,
frenó el destino de su movimiento.
—¡Maldito sea niño! —lo empujó con violencia— ¿Le defiende un niño unitario? —dijo con malicia.
Murriel
quedó pasmado por el shock que le había provocado tal situación. Un alivio
llego hacia sus emociones cuando vio que no le había ocurrido nada a Tom.
—No se
meta Tom, le suplico, váyase —volvió a pedir nervioso.
—No me
iré, usted es mi amigo y le defenderé —dijo el niño audaz.
—Ha de
ser patético unitario. ¿Por qué no lucha de una vez? —dijo mientras clavaba la
punta de su espada en el cuello de Murriel.
Tom
abrió sus ojos con sorpresa, su cuerpito comenzó a temblar y comenzó a gritar
que dejará en paz al joven y que no le hiciera daño. El protestante le devolvió
el grito diciéndole palabras poco apropiadas. Sin embargo, Tom quedó mirándolo
con furia e intento entrometerse nuevamente. Murriel hizo un movimiento para
apartar a Camnes de Tom, lo que provocó que el líder aproveche la situación
para aprisionarlo una vez más.
—¡No!
¡Déjelo, maldito señor! —gritó el niño con lágrimas en sus ojos. Desvío su
mirada a la duquesa, quien se encontraba en un rincón observando la escena y
esperando el punto justo para involucrarse. El miedo de que Camnes la vuelva a
lastimar, le impidió hacerlo. Sin embargo, continuaba con su expectativa. Vio
como Tom la miraba esperando que lo ayude. La mujer revoleó sus ojos y se
lo llevo con ella, diciéndole que no siga mediando entre ellos que podría ser
peligroso. En realidad, Sequetina deseaba que Camnes note que lo estaba
ayudando y mostrando su utilidad frente a él, pero el hombre seguía concentrado
en el unitario sin importarle lo que sucedía a su alrededor. A Tom no le
importó las palabras de la bella mujer, así que la arrastró con él hacia donde
se encontraba el protestante aprisionando a Murriel.
—Niño
¿qué hace? Ya déjeme —se quejaba poniendo su fuerza para que no la siga
arrastrando. Tom continuó haciéndolo hasta que por fin llegaron hacia ambos
hombres.
—No
podrá escapar ahora, miserable unitario —esperó Camnes—. No dejaré que siga arruinando
mis planes.
Murriel
sentía que se le acortaba su respiración, sus ojos posaron en Tom quien estaba
cercano junto con la duquesa. Su mirada la situó nuevamente en Camnes quien lo
seguía mirando desquiciado. Cerró sus ojos esperando por una salvación.
Una
idea paso por su mente. Como pudo, comenzó a hablar provocando la ira de
Camnes. Su voz sólo la podía escuchar el protestante por el sacrificio que este
hacía para soltar cada palabra. Murriel sólo le pudo decir lo poco astuto que
era y que su afán de poder lo hacía ver como un mísero desgraciado, agregando
además que nunca llegaría a las alturas de su rey. El líder no pudo congeniar
tales palabras aprisionándolo aún más fuerte con su bronca y alegando insultos
contra el reciente monarca fallecido, su labor y el pueblo de Castilla. Su
manera tan peculiar y lastimosa de decirlo, estimuló en Murriel mucha más ira,
olvidando todo el pesar que sentía físicamente. Camnes estaba cerca de
estrangularlo y preparando su espada para dar su impacto final cuando una fuerte
aura lo desplazó fuertemente hacia la otra punta de la habitación.
—¡Condenado sea usted! —gritó rábido.
Sequetina
y Tom también acompañaron a Camnes por la vigorosidad del aura sin afectarlos
demasiado como al líder.
—¡Tom! —exclamó el unitario intentando acercarse a él preocupado.
Camnes,
se apresuró por tomar al niño y posicionar su espada en su cuello. Sequetina se
alejó unos metros asustada.
—Si se
sigue acercando unitario, haré que este niño pase al otro mundo —amenazó
Camnes.
—Él no
ha de tener que ver en nuestro asunto. ¡Suéltele! —exigió manifestando una
gran congoja.
—Ahora
si le he atrapado. Le recomiendo, que desde este instante empiece a obedecer si
quiere que este niño siga viendo el sol.
—Le
suplico señor que separe al niño de nuestras disputas, le prometo que no
seguirá dándole impedimentos.
El
protestante presionó aún más su espada en el débil cuello de Tom provocando que
este de un bramido de dolor.
—¡Ya
paré! —exclamó exasperado Murriel.
Con desespero, agarró fuertemente a Sequetina y también ubicó su espada en el cuello de la mujer. —Si usted le intenta matar, yo eliminaré a su socia.
Con desespero, agarró fuertemente a Sequetina y también ubicó su espada en el cuello de la mujer. —Si usted le intenta matar, yo eliminaré a su socia.
El
líder de Non Regnum comenzó a reír fuertemente por unos segundos.
—¿Acaso cree usted que me está amenazando? —ironizó— ¡Al diablo con esa
mujer! No ha de importarme lo que haga con ella. Es inservible y poco agradable
a mi vista, si quiere matarle, dichoso seré de presenciarlo.
Sequetina
al escuchar tales palabras en esa situación límite, cayó en una fuerte y
condenada realidad. Ella sabía lo poco que le importaba a Camnes y lo egoísta
que este era. Pero siempre creyó que le era útil y esencial en algún punto de
sus pensamientos. No podía aceptar lo que había escuchado, sintiéndose
completamente estafada.
—¡Es
usted un maldito, Camnes! ¿Cómo ha de decir eso con todo lo que le he ayudado? —exclamó Sequetina mientras sentía el frio metal de la espada sobre su cuello.
—Es
usted una crédula. Nunca ha de importarme, siempre le he utilizado y ni para
eso me ha traído beneficios. Jamás ha valido para la nobleza y por eso su
ridículo Rey jamás le ha tomado en cuenta. Es un caso perdido, mujer. Si muere,
favor les haría a todos.
—¿Cómo
puede decir usted eso, desgraciado e idiota? —contestó desmoralizada y
angustiada.
—¡Mátele, unitario! Es una de las cosas que le pido para poder salvar a su niño —dijo sonriendo.
Murriel
quedó pasmado ante tanta malicia. Muy lejos estaba de poder negociar con
Camnes, era evidente que lo único que le interesaba era el trono sin importar
por cuánta sangre tendría que pasar para conseguirlo.
Sequetina
abrió sus ojos como platos, con padecimiento movió sus ojos hacia el unitario
quien estaba conmocionado y perplejo. La duquesa comenzó a tiritar sin que
Murriel la suelte de su agarre. El joven tragó en seco sintiéndose
completamente perdido. Quería rescatar a Tom de las manos del protestante, pero
para siquiera estar cerca de aquello, debería matar a la duquesa primero.
—¿Necesario cree usted llegar a estas instancias? —se le ocurrió decir.
—¿Acaso no es de su amenaza de lo que estamos hablando, unitario? —remató
Camnes mostrando sus dientes – Sabia lo cobarde que podía llegar a ser usted.
—¡Ha
de ser un demente y cretino, Camnes! —gritó Sequetina.
—Le suplico
que calle a esa mujer cortándole su maldita garganta. No he de querer
escucharla más —pidió exhausto el fortachón.
—Si le
mato ¿soltará usted a Tom? —se animó a preguntar Murriel.
—¿Qué
dice usted campesino? ¿Acaso cree que me matará?
—Deje
su parla, Alteza —le dijo el joven aprisionando la espada. La bronca que
sentía el ex campesino en esos momentos no le permitía comportarse como él
quisiera. Sin embargo, sabría que no existía otra solución posible. Mostrarse
fuerte y autoritario frente a Camnes podría llegar a acercarse a una futura
resolución.
—Estoy
empezando a notarle agallas —sonrió pérfido—. Espero que sepa utilizarlas.
—Suelte a Tom, desgraciado.
—Mate
a la duquesa, y estaremos más cerca —contestó el protestante insistente con su
idea.
—¡Infeliz! – gritó ahogadamente la mujer como pudo sin ser soltada por Murriel.
—Sus
actos patéticos le han llevado a donde está usted ahora, Alteza —ironizó el
fortachón—. No debe de esperar más en esta vida.
—Le
vuelvo a repetir que suelte a Tom. No mataré a nadie en vano de no asegurarme
lo que hará.
—Podremos seguir por largo rato en esta situación si así lo desea, unitario. Yo
no me echo atrás con mis decisiones. Negocios son negocios. ¿Por qué no ha de
aceptar? ¿Qué le puede importar a usted la vida de una renegada y delatora?
—No ha
de interesarle a usted como me he de manejar. No pensamos de la misma manera.
Le repito que suelte al niño o quizás sea a usted a quien asesine – Respondió
Murriel con la mayor valentía que podría conferir.
—¿De
qué me está usted hablando? —rio fuertemente— ¿Acaso cree que podría siquiera
tocarme un pelo con su escasa fuerza? ¿Con esa absurda energía suya?
Tom
tenía sus ojitos llenos de lágrimas. No quería que a su considerado amigo y
héroe le pasara alguna desgracia. El niño empezó a analizar si pudiera buscar
alguna salvación para ambos, pensando en cómo podría escapar del agarre de
Camnes.
—¿Por
qué acaso los negocios sólo le benefician a usted? —lo indagó el unitario.
—No sabe
ver todo lo que un negocio implica. La vida de este niño ¿acaso no le es
suficiente?
—Deje
libre a toda Castilla —exigió con firmeza.
Camnes
abrió sus ojos de sorpresa y comenzó a reír con fuerza e intensidad ante las
palabras dichas por Murriel. El joven sabía lo lejos que estaba de cumplirse
aquel pedido. Sin embargo, sentía que su deber era imponerse y sostener al
reino.
—Me ha
de divertir en demasía, unitario. Le he dicho lo que puedo ofrecer. La vida de
la duquesa y otros asuntos por la vida de este niño —lo miró apretándolo más
contra sí.
—¿Acaso cree que estúpido he de ser? —habló con bronca Murriel—. No creo en sus
palabras.
—Si
así lo desea usted. Empezaré matando al niño y luego dichoso continuaré con
usted.
—¡Suelte,
desgraciado! —gritó levantándose de repente y llevando a Sequetina con él.
Camnes lo frenó con su espada sin dejar de tener a Tom con su otro brazo.
El
niño comenzó a moverse inquieto provocando molestia en Camnes quien le disparó
algunos gritos para detenerlo. Luego de unos pocos segundos, consiguió
reprimirlo y estrecharlo más contra su cuerpo. Tom dijo en vos audible que
poseía un tesoro del rey, mostrando unas piedritas que tenía encima. El líder
lo observó curioso aflojando su agarre para poder ver con exactitud lo que le
era mostrado. El niño aprovechó ese momento para soltarse de su agarre con una
admirable velocidad.
—¡Detestable niño! —gritó.
El
pequeño fue corriendo rápidamente sin que el fortachón pueda atraparlo
nuevamente ubicándose detrás de su héroe.
El
unitario soltó a la duquesa y esta misma cayó al suelo abrumada. Su mirada se
posó inmediatamente en el líder de Non Regnum.
Murriel
tomó al niño y lo fundió en un fuerte abrazo. Lo examinó en su totalidad para
verificar que no tenga ninguna lesión.
—¿Se
encuentra bien, Tom?
El
niño movió su cabeza afirmativamente y luego volvió a abrazar al unitario —No
quiero que ese señor le haga algo malo.
—Tom —cerró sus ojos apaciblemente ignorando completamente la presencia de Camnes.
—¿Qué
función tan patética ha de ser esta? —interrumpió el líder la tierna escena
con su sombría voz.
—He de
recordar lo poco que ha vivido usted realmente. El poder sólo le ciega a las
verdaderas y valerosas cosas de la vida —contestó Murriel soltándose del
abrazo del niño para pararse frente al líder.
—¿Cree
usted que con esas baraturas va a turbarme? ¡Astroso unitario!
—No he
de buscar yo eso. Nada me serviría tal cosa —el joven lo amenazó con su espada
demostrando toda su osadía apuntando al cuello de Camnes.
El
líder dejó relucir nuevamente su sádica sonrisa —La he de dicho que nada que
provenga de usted, podría turbarme —lo miró fijo cambiando su semblante
repentinamente—. Esta vez, la fortuna no estará a su lado —el fortachón apretó
el filo de la espada de Murriel con una fuerza impenetrable.
—¡Déjelo en paz, señor maldito! —gritó Tom intentando frenar a Camnes,
pegándole en sus piernas.
—No
moleste, niño —con su otra mano lo empujo quedando a poca distancia de
Sequetina, quien seguía mirando al protestante mientras su irá iba en aumento.
Murriel
hizo toda la fuerza que pudo para quitar la mano del líder de su espada, pero
todos sus intentos fallaban con cada movimiento.
—No ha
de poder conmigo, unitario —dijo retador. De repente le arrebató su espada tirándola
al suelo intensamente. Tomó al unitario por su cuello nuevamente con intención
de estrangularlo.
El
joven miró al niño quien estaba aterrado. La duquesa estaba en estado de
parálisis o eso al menos demostraba. Murriel con la fuerza que podía conferir
apretó los brazos del fortachón quien lo seguía presionando con intensidad.
—No
creo que esta vez pueda escapar de la muerte —le dijo Camnes impetuosamente
arrinconándolo contra la pared.
Los
gritos de Tom no tardaron en hacerse escuchar. El líder aprisionaba mucho más a
Murriel dejando a este sin aire. El joven intentaba escaparse de su agarre,
pero esta vez le era muy lioso.
—Va a
morir unitario. Al fin podré ejecutarlo y muy dichoso estoy por eso —sonrió
mientras seguía acogotándolo.
Tom
siguió gritando desesperado y con mucho temor. Pedía ayuda a Sequetina quien
observaba la escena de manera intrincada. La mujer sin hacerle caso al niño se
dirigió hacia el cuerpo fallecido del rey. Quedó contemplándolo por unos
minutos mientras Camnes continuaba con su laborioso objetivo.
El
niño rabioso se acercó hacia el fortachón sigilosamente.
Murriel
estaba de a poco quedándose sin respiración, sus ojos comenzaron a cerrarse, su
vida se estaba acabando. Se sentía completamente impotente, el no poder cumplir
con lo que su rey le había encomendado y como todos a esta altura sabemos sobre
tal pacto, era el resguardo y la salvación de Castilla. Nuestro héroe comenzó a
decaer lentamente sintiendo la pesadez de su cuerpo. Tom con su corazón
acelerado gritó lastimosamente. Camnes empezó a reír tenaz, gozando del
momento. Su fastidioso ego se había elevado por los aires.
Tom
lloraba con desespero suplicando al líder que suelte a su amigo y deje de
hacerle tanto daño. Camnes con orgullo seguía sonriendo insidiosamente.
El
fortachón miró su espada y volvió a sonreír, era una de las pocas cosas que
podía amar en el mundo, su interminable lucha y su poderosa espada. De pronto
soltó violentamente al unitario para concretar su tarea de la manera que él
creía más victoriosa.
—Mi
remate final. Su muerte se definirá, con mi activa y valerosa espada —Camnes
besó su preciada pieza de metal para acercarse un poco más a Murriel.
El
joven abrió sus ojos con un mesurado esfuerzo, pudiendo divisar sin mucha
claridad la imagen del líder apuntando hacia él.
—¡No! —gritó Tom en un fuerte alarido— ¡Señor Murriel!
—Al
fin terminaré con su inútil vida, unitario —dijo Camnes mientras su espada iba
en dirección hacia el pecho del joven.
Unos
fuertes gritos se hicieron escuchar. La sangre comenzó a exhibirse frente a quien
pudiera observar tal acto atroz. El unitario abrió sus ojos con sorpresa.
Camnes lo miró por segundos, los cuales parecían eternos. Con desilusión y
desconcierto miró como una espada estaba atravesando salvajemente su cuerpo
dejándolo en un estado de completa turbación. Sus rodillas tocaron el suelo
para luego dejar caer su pesado y entero cuerpo. La sangre comenzaba a fluir y
esparcirse por el lugar. Sequetina quien había sido la autora de tal escena, sacó
violentamente la espada del cuerpo de su exlíder para mirar a la misma con
cierto regocijo y satisfacción. El unitario la miró pasmado, y Tom quedó
detenido en su lugar presenciando todo lo sucedido como si una fuerte ráfaga
hubiera pasado por su inofensivo corazón. Su palpitación había disminuido
considerablemente al captar que su joven amigo y héroe seguía con vida.
La
duquesa miró al unitario con cara de triunfo para luego decir —No debe de
agradecerme.
Murriel
sólo la observó con desaprobación e inmediatamente abrió sus brazos para
recibir a Tom y fundirse en un conmovedor abrazo. Sequetina observó el cadáver
del líder sintiéndose liberada.
—Murriel —habló la mujer.
El
joven sólo posó su mirada en ella sin comprender todavía el trance por el que
pasaba.
—Le
ofrezco un pacto —continuó esperando una respuesta del unitario.
Murriel
se acercó hacia ella y negó con su cabeza —No deseo nada de usted, su
deslealtad no merece más que ser desterrada de este reino.
—Pero
le he salvado la vida, ingrato.
—Lo ha
hecho por usted, bien muerto me ha querido hace pocos minutos —espetó el joven—. No crea que será merecedora del perdón por lo cometido hace unos momentos. Mi
posición no se removerá.
—No he
de comprender su rechazo. Poco me interesa, ahora. Seré la mejor duquesa del
reino de Castilla, sin Camnes mi situación se revierte —sonrió.
—¿Cómo
ha de poder hablar así? El rey acaba de morir. Jamás permitiré que continúe
ensuciando Castilla.
—¡Déjeme en paz! —exclamó resentida y con congoja—. Aunque no vaya a creerlo mi
arrepentimiento presente está.
—Sus
palabras poco valor tienen ahora —el unitario la tomó de sus brazos y la sentó
en una silla de madera que se encontraba en una esquina de la habitación.
—¿Qué
cree que hace, unitario? —cuestionó la mujer sin comprender la actitud del
héroe.
—Señor
Murriel —se acercó el niño confundido.
—Tom,
alcánceme unas cadenas, en la siguiente habitación podrá encontrarlas —pidió
con tono neutro el joven.
El
niño solo asintió y obedeció el pedido de su héroe. Salió corriendo de la
habitación.
—¡Suelte, campesino! —gritó rabiosa Sequetina.
—Le
convendría guardarse, su situación podría empeorar. Poco agradable será cuando
la nobleza y todo el pueblo de Castilla se entere que usted ha sido la traidora
de su rey —le dijo desafiante —. Y que por su culpa el muerto se encuentra —agregó con aflicción.
—¡No
ha de ser mi culpa! —exclamó tendinosa la mujer—. Unitario, piense en lo que
hará. Piense que podríamos juntos mejorar y sacar adelante el reinado de
Castilla – La voz de la duquesa se escuchaba de manera desesperante – Debe
creer en mi arrepentimiento. Yo le he querido mucho a nuestro rey…
—¡Ya
calle! Usted no es más que una falsa persona —la interrumpió mientras sostenía
sus manos firmemente esperando impaciente por las cadenas que Tom le
traería.
—¡No
puede decirme eso! —exclamó la mujer—. Yo sigo siendo la duquesa de Castilla,
usted no me arrebatará mi posición.
—En
eso tiene la razón usted —contestó el unitario mientras seguía reteniéndola—. Castilla, la nobleza y el pueblo le despojaran de su posición.
—¡Maldito sea!
—Hubiera analizado mucho mejor sus acciones. El rey ha muerto decepcionado de
usted, y no sabe cuánto le quería, soy testigo de ello —dijo con pesar.
Sequetina
dejo escapar hirientes lágrimas. Cuando iba a hablarle nuevamente a Murriel,
Tom apareció con una pesada cadena.
—Aquí
tiene, señor Murriel —se acercó el niño entregando la cadena.
—Le
agradezco, Tom —cogió el objeto y empezó a atar a Sequetina.
—Unitario… ¿qué hace? Le suplico que piense y medite al respecto. Se lo mal que
me he comportado, yo amo al rey, siempre lo he sentido como mi padre. ¡Suelte,
por favor!
El
joven sujeto la cadena de manera consistente.
—Muy
tarde es para arrepentirse. Si todavía le queda amor hacia él, soporte lo que
merece —contestó afligido—. Tom, vaya afuera, espere en las columnas, ahora
voy con usted.
—Unitario le suplico su perdón. Si usted me perdona, es como si el rey lo
hiciera, le prometo mi pronto cambio…
—¡Basta! No quiero escucharle más. Espero no tener más noticias sobre usted —la
interrumpió—. Por fortuna del pueblo de Castilla, usted ya no pertenecerá más
en el —dirigió su mirada hacia el cuerpo sin vida del rey, se acercó y deposito
un beso en su frente.
Sonrió
para luego levantarse y retirarse de la habitación.
—No se
vaya unitario, le suplico… ¡desáteme! —gritó exasperada.
El
joven sólo la miró por pocos segundos y cruzó la puerta para ir en su encuentro
con Tom.
—¡UNITARIO!
Los
gritos y llantos invadieron el lugar. Murriel y el niño salieron por otra
salida del castillo, donde no iban a ser vistos por los civiles. Los sollozos
de la mujer se escuchaban lastimosamente. Por primera vez, el unitario se
sentía inmune ante el sufrimiento ajeno, comprendiendo que existían personas
capaces de merecerlo.
Sin
alargar más este episodio nos retiramos junto a nuestro héroe, quien se alejó
para llorar y descargar su frustración ante una de las peores muertes padecidas
en su vida.
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