Episodio LII
Nuestro héroe, va en busca de la salvación del rey y del
destino de Castilla.
El unitario, luego de entrarse de lo dicho por Brumma, se dirigió lo más rápido posible hacia el castillo. Estaba lejos todavía y su agitación no le permitía apresurarse como él quisiera.
Sus piernas temblaban
entre cada paso, cada respiración... Su corazón agitado no lo hacía sentir
resguardado. Su temor aumentaba con vehemencia. Él era capaz de enfrentarse a
ese condenado líder, ese execrable protestante que lo único que consiguió fue
fundar temor, agonía y recelo en el pueblo de Castilla.
No tenía tiempo,
el Rey Francisco se encontraba junto a él y su salud no le favorecía, era un
blanco perfecto.
Su ajetreo no le impidió
arribar al Castillo. La muerte, la sangre, la inquietud, la amargura y el
desconsuelo inundaban el ambiente.
—¡Qué ruina! —exclamó horrorizado.
Murriel vio muchos
de los civiles aclamando por ayuda, el joven se sentía impotente al ver todo
ese panorama. Buscó a Larry con su mirada, pero no pudo alcanzar a verlo. Un
suspiro fuerte salió de sus labios. Los guardias continuaban dando pelea, el
unitario quedó impresionado por tanta sangre derramada.
—Sangre de héroes —murmuró para sí para después ver caer a un guardia al suelo,
a quien le habían atravesado una espada en sus intimidades. El mismo pegó un
fuerte aullido de dolor. Su última mirada la dirigió a Murriel quien lo
observaba pasmado.
—Esto
ha de tener que parar. ¡Malditos! —dijo con impotencia.
Su admirado rey
volvió a su mente. Debía frenar primero la locura de su posible asesinato. El
unitario deseaba salvar a Castilla, pero su galopante corazón exigía ir hacia el
rescate de su rey.
Entró
aceleradamente por la puerta principal del castillo sin importar quien pudiera
detenerlo.
Varios
protestantes se encontraban dentro, ocasionando fuertes estragos en el mismo.
Sequetina, quien
se encontraba en una esquina vio pasar al unitario como un santiamén. Dándose
cuenta de sus intenciones, lo persiguió.
La duquesa corría
detrás de Murriel, subiendo por las escaleras hacia el camino de la habitación
LX donde el rey había sido visto la última vez por ambos.
—¡Es un
miserable campesino! —le gritó mientras subían las escaleras.
Murriel ignoró su
comentario sin perturbar su camino.
—¡Jamás
permitiré que perjudique nuestro plan! —agregó enfadada.
Al llegar a
destino, el lapso de tiempo parecía haberse detenido. El rey y Camnes seguían enfrentados.
Este último observó espantado quienes se atrevieron a interrumpir su gran
maniobra. Reconoció al unitario y una sonrisa sarcástica de victoria apareció
en su rostro.
Murriel y Francisco
se miraron atónitos. El rey le dirigió una mirada solemne. Un brillo escéptico apareció
en sus pupilas.
—Lo lamento,
Murriel. Cuide de Castilla —pudo decir en un susurro.
—¡Su Majestad! —exclamó el unitario
totalmente pasmado ante la escena.
Miró a Sequetina
quien lo retenía para no irrumpir a Camnes y luego desvió su vista para posarla
en la fría y excéntrica mirada del protestante, quien no borraba su ladina
sonrisa. Miradas llenas de ambición y anhelo de poder. Incapaces de tener
piedad o clemencia.
El rey se contuvo con
la reacción del unitario, una fuerza interna se apoderó de él y a la vez una
misma debilidad. Su cuerpo no le permitía hacer más.
Si Murriel intervenía,
lo más probable es que en pocos segundos su cuerpo yacería muerto frente de él.
Al menos eso era lo que suponía. El rey tomó una decisión poco honrosa y fácil,
pero creía que era la mejor para esos momentos y quiso poner en manifiesto que
el destino de Castilla se encontraría en manos de su preciado unitario.
El monarca
finalmente cerró sus ojos esperando la muerte. Camnes hizo un movimiento rápido con su espada, ninguno
de los individuos allí presentes pudo siquiera notarlo. La corona no tardo en caerse con gran imparcialidad.
Un grito
desgarrador de espanto y desconsuelo se hizo escuchar. Murriel no podía
interpretar con claridad los hechos.
En esos instantes
eternos no podría trascender otro hecho, la situación había culminado. El rey había
muerto.
Murriel
quedó estático por unos instantes. No podía procesar lo ocurrido. El cuerpo del
rey cayó seguido de la corona percutiendo vigorosamente contra el suelo. La
pesadez de su cuerpo se hizo notar con naturalidad demostrando que su cuerpo ya
no tenía vida.
El
unitario se deshizo reciamente del agarre de la duquesa, dejando a esta
desconcertada frente a la situación. No imaginaba tal arranque, no imaginaba
que así sería la muerte de ese hombre, el cual la cuido desde siempre, cuando
apenas ella era una niña. Aquel hombre con el cual se fundió en miles de
abrazos, y descargo miles de frustraciones.
Sequetina
estaba horrorizada. Su poder la cegó, y un remordimiento impetuoso la invadió.
Ella había ayudado a que la vida del rey llegara a su fin. No pudo evitar que
gruesas lágrimas escaparan de sus bellos ojos, llenos de contrición. Su orgullo
no le permitía demostrar tal sentimiento, pero de lo que si estaba segura, era que
quería al rey.
—Camnes... —susurró Sequetina mientras observaba al humilde unitario
acercarse con cara de desolación.
—¿Qué quiere Alteza? —se acercó hacia ella el fortachón agitado y pensando en
su próximo ataque.
—Explíqueme una cosa, cretino ¿Necesario lo veía usted, aniquilarlo de tal
forma?
—¿Y cómo quería que lo hiciese? ¿Concediendo sus últimas plegarias?
Sequetina
le dirigió una mirada de desaprobación.
—No he de ver necesario esa función tan humillante —contestó la mujer con lágrimas
acarreando sus ojos.
—Conteste lo siguiente usted, Alteza ¿Se ha arrepentido? Si así me lo llega a
confirmar, no tendré más paciencia con usted. Le aniquilaré si de eso depende
conseguir lo que pretendo —Camnes se acercó hacia ella violentamente.
Sequetina
le propinó un fuerte golpe en su cara, lo cual provocó más ira en el
protestante. La tomó fuertemente de los brazos para sacudirla rudamente.
—¡Ya
suelte, maldito sea usted! —gritaba la duquesa.
Unos fuertes bramidos de dolor se escucharon interrumpiendo su discusión y enfrentamiento. Miraron hacia el unitario quien se encontraba afligido.
Unos fuertes bramidos de dolor se escucharon interrumpiendo su discusión y enfrentamiento. Miraron hacia el unitario quien se encontraba afligido.
—Rey —murmuró Murriel al acercarse al cuerpo fallecido
del hombre. El dolor era inquietante. Tomó la mano izquierda del hombre para
guardarla entre sus dos palmas. El calor de su mano seguía indemne, lo que hizo
estremecer al unitario.
El comprendió
porque permitió que Camnes lo matara. Entendió que fue por él, para salvarlo,
para resguardarlo de tal tormento. Sabía que su confianza era tan pura y sus
sentimientos hacia el tan traslucidos que no tenía miedo de morir. El
considerado maravilloso monarca, tomó la decisión de entregar su vida, creyendo
fielmente que Castilla se resguardaría ante Murriel, logrando que este
recapacite para no dejarse vencer ante una ambición de poder sin sentido. Una
mezcla de sentimientos penetró en su corazón. Lágrimas lacerantes cubrieron
el rostro del joven.
Camnes
observó a Murriel, sonriendo perversamente —Ese maldito y estúpido unitario —dijo con rabia—. Debo de terminar el trabajo más fácil —dicho eso, sacó
nuevamente su espada para acercarse al joven quien muy abatido se encontraba en
el piso, sosteniendo fuertemente la mano del rey; como si esta fuera a darle la
fortaleza que necesitaba.
—¡Espere Camnes! —gritó Sequetina— ¿Qué hará usted? —lo frenó—. Considero
que ya ha sido suficiente, pare, le suplico —dijo la mujer mirando horrorizaba
la espada del fortachón.
—Cierre su pico, Alteza. Ahora viene usted con la sensiblería ridícula. Le recuerdo
que usted ha ayudado a concretar este acto. Usted tiene su parte culpable por
la muerte del imbécil rey —la apartó a un lado—. Le pido que no se meta en mis
asuntos. Si algo de juicio queda en su mente, me haría usted caso para no tener
el mismo destino que estos infelices.
—No le mate, Camnes —intentó nuevamente detenerlo cuando el líder le
propinó un fuerte golpe tirándola al suelo.
—¡He dicho que no se entrometa! —gritó exasperado— ¿Acaso idiota es?
Murriel
se levantó con mucho esfuerzo mirando a ambos impasiblemente.
—Es una renegada e ingrata —dijo refiriéndose a la duquesa, sin mirarla a los
ojos—. Después de todo lo que le ha brindado a usted, lo que le ha querido. No
he de creer esto… —sus sollozos aumentaron—. Majestad... —dijo mirando al rey. Volvió
a caer en el piso con su aberrante tristeza.
El líder comenzó a reír fuertemente y luego agrego: —Su rey ha sido un entero imbécil. Su preciada e inocente
hija fue la más desleal.
—¡Ya calla Camnes! —gritó ella con sollozos intercalados.
—Si sigue trayendo problemas, olvidará que algún día ha sido duquesa.
—No le creo capaz de matarme.
El
unitario atendía a lo que ambos hacían, negando con su cabeza. Luego posó una
vez más su mirada en el rey —Le prometo Majestad, que no permitiré que
destruyan su pueblo.
—¿Qué he escuchado? —preguntó irónico el líder— ¿Cree que no soy capaz?
¿Sólo porque es usted? —rio nuevamente— ¿Acaso todavía no me conoce, Alteza? Si debe morir para que pueda alcanzar lo que deseo, no
me temblará mi pulso.
—¡Abandone este lugar, señor! —exclamó Murriel—. O no responderé de mis
actos.
—¿Qué ha de decir este muñeco hediondo? ¿Sabe usted quién soy?
—Un pobre desgraciado. Quien no es capaz de conseguir sus caprichos e intenta
buscar víctimas para tapar el vacío y desconsuelo causado por su fracaso —le
dijo sin propinar ninguna conmoción.
—Usted y este maldito pueblo son un fracaso. Conmigo al poder, todo sería
distinto, el pueblo se comportaría sin todas estas payasadas que engendraba su
absurdo y menguado rey. Su legado no era mucho más que un fiasco.
Murriel
apretó impetuosamente sus puños, una furia imperiosa recorrió su cuerpo. El
amor profesado hacia su rey no podía ser manchado ni insultado. Esa misma
sensación que había sentido días atrás, horas atrás e inclusive momentos atrás
volvió aparecer como una energética erupción dentro de sí.
—Me canse de esta función pusilánime. Ahora es su turno, unitario —dijo
acercándose hacia Murriel mientras este seguía con sus puños apretados y su
mirada fija. Cerró sus ojos como si fuera a concentrarse para hacer algo
inesperado.
El
fortachón se aproximaba con una malévola y tajante sonrisa. De un momento a
otro se detuvo estupefacto dejando caer su filosa espada.
Sequetina
miraba totalmente asombrada. Un aura indescriptible emergía de las manos de
Murriel. Su cuerpo sin consistencia comenzó a elevarse unos metros del suelo.
Nadie salía de su desconcierto.
Se empezó
a sentir otro temblor similar al anterior, pero a diferencia que este era mucho
más inocuo.
—¡¿Qué diablos es esto?! —exclamó Camnes.
Murriel continuaba con su poderosa aura
suspirando como si de una intensa energía se liberara.
Mientras eso ocurría en el castillo, fuera del
mismo, también los civiles contemplaban su
comportamiento. De pronto, el castillo iba ascendiendo de manera pacífica sin
causar ningún efecto a su alrededor. Todo seguía intacto. El castillo logró
elevarse a varios metros del suelo permaneciendo en el aire por unos cuantos
segundos.
La
gente seguía sin salir de su estupor. Un espectáculo deslumbrante era lo que
presenciaban, quedando boquiabiertos ante aquello.
Un
hombre de avanzada edad se animó a hablar, alegando que el fin de la guerra
había llegado, los de su alrededor lo miraron confusos cuestionándolo. El
hombre les explicó sobre la leyenda conocida dejándolos conmocionados y
preguntándose qué sería de la vida de su rey y si el mismo estaría con vida.
Larry
se había recuperado de su estado, disfrutando también de tal visión, sus ojos
irradiaban fascinación, quedando embelesado.
—Murriel —murmuró sonriendo.
—¿Dónde está
Murriel? —se acercó Tom preocupado.
—En todas partes —le contestó sin dejar de lado su admiración.
El
niño lo miró extrañado.
—¿Ve
el castillo, Tom? ¿Lo puede ver en el aire?
—Claro
que si le veo, yo ciego no estoy —dijo el niño inocentemente.
—El
señor Murriel es quien lo ha hecho —le sonrió acariciando
su pequeña cabeza.
El niño contempló junto a Larry y los demás civiles el
estado del castillo sonriendo boyante.
El
castillo de a poco fue descendiendo para ubicarse nuevamente en su
correspondiente lugar, mientras cada uno de los expectantes lo seguía con su
mirada.
Al
hacerlo, todos comenzaron a gritar e incluido los protestantes y pocos guardias
que quedaban, dejaron de luchar. Tal como así la leyenda lo había dicho, la
guerra había terminado. Sin embargo, había un enfrentamiento que aún quedaba
pendiente, el cual no alcanzaría este episodio para relatarlo como el lector lo
merece, esperando por el siguiente.
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