jueves, 19 de noviembre de 2015

Episodio LII

Episodio LII
Nuestro héroe, va en busca de la salvación del rey y del destino de Castilla.

El unitario, luego de entrarse de lo dicho por Brumma, se dirigió lo más rápido posible hacia el castillo. Estaba lejos todavía y su agitación no le permitía apresurarse como él quisiera. 
Sus piernas temblaban entre cada paso, cada respiración... Su corazón agitado no lo hacía sentir resguardado. Su temor aumentaba con vehemencia. Él era capaz de enfrentarse a ese condenado líder, ese execrable protestante que lo único que consiguió fue fundar temor, agonía y recelo en el pueblo de Castilla.
No tenía tiempo, el Rey Francisco se encontraba junto a él y su salud no le favorecía, era un blanco perfecto.
Su ajetreo no le impidió arribar al Castillo. La muerte, la sangre, la inquietud, la amargura y el desconsuelo inundaban el ambiente.
¡Qué ruina! exclamó horrorizado.
Murriel vio muchos de los civiles aclamando por ayuda, el joven se sentía impotente al ver todo ese panorama. Buscó a Larry con su mirada, pero no pudo alcanzar a verlo. Un suspiro fuerte salió de sus labios. Los guardias continuaban dando pelea, el unitario quedó impresionado por tanta sangre derramada.
Sangre de héroes murmuró para sí para después ver caer a un guardia al suelo, a quien le habían atravesado una espada en sus intimidades. El mismo pegó un fuerte aullido de dolor. Su última mirada la dirigió a Murriel quien lo observaba pasmado.
Esto ha de tener que parar. ¡Malditos! dijo con impotencia.
Su admirado rey volvió a su mente. Debía frenar primero la locura de su posible asesinato. El unitario deseaba salvar a Castilla, pero su galopante corazón exigía ir hacia el rescate de su rey.
Entró aceleradamente por la puerta principal del castillo sin importar quien pudiera detenerlo.
Varios protestantes se encontraban dentro, ocasionando fuertes estragos en el mismo.
Sequetina, quien se encontraba en una esquina vio pasar al unitario como un santiamén. Dándose cuenta de sus intenciones, lo persiguió.
La duquesa corría detrás de Murriel, subiendo por las escaleras hacia el camino de la habitación LX donde el rey había sido visto la última vez por ambos.
¡Es un miserable campesino! le gritó mientras subían las escaleras.
Murriel ignoró su comentario sin perturbar su camino.
¡Jamás permitiré que perjudique nuestro plan! agregó enfadada.
Al llegar a destino, el lapso de tiempo parecía haberse detenido. El rey y Camnes seguían enfrentados. Este último observó espantado quienes se atrevieron a interrumpir su gran maniobra. Reconoció al unitario y una sonrisa sarcástica de victoria apareció en su rostro.
Murriel y Francisco se miraron atónitos. El rey le dirigió una mirada solemne. Un brillo escéptico apareció en sus pupilas.
Lo lamento, Murriel. Cuide de Castilla pudo decir en un susurro. 
¡Su Majestad! exclamó el unitario totalmente pasmado ante la escena.
Miró a Sequetina quien lo retenía para no irrumpir a Camnes y luego desvió su vista para posarla en la fría y excéntrica mirada del protestante, quien no borraba su ladina sonrisa. Miradas llenas de ambición y anhelo de poder. Incapaces de tener piedad o clemencia.
El rey se contuvo con la reacción del unitario, una fuerza interna se apoderó de él y a la vez una misma debilidad. Su cuerpo no le permitía hacer más.
Si Murriel intervenía, lo más probable es que en pocos segundos su cuerpo yacería muerto frente de él. Al menos eso era lo que suponía. El rey tomó una decisión poco honrosa y fácil, pero creía que era la mejor para esos momentos y quiso poner en manifiesto que el destino de Castilla se encontraría en manos de su preciado unitario. 
El monarca finalmente cerró sus ojos esperando la muerte. Camnes hizo un movimiento rápido con su espada, ninguno de los individuos allí presentes pudo siquiera notarlo. La corona no tardo en caerse con gran imparcialidad.
Un grito desgarrador de espanto y desconsuelo se hizo escuchar. Murriel no podía interpretar con claridad los hechos.
En esos instantes eternos no podría trascender otro hecho, la situación había culminado. El rey había muerto.
Murriel quedó estático por unos instantes. No podía procesar lo ocurrido. El cuerpo del rey cayó seguido de la corona percutiendo vigorosamente contra el suelo. La pesadez de su cuerpo se hizo notar con naturalidad demostrando que su cuerpo ya no tenía vida. 
El unitario se deshizo reciamente del agarre de la duquesa, dejando a esta desconcertada frente a la situación. No imaginaba tal arranque, no imaginaba que así sería la muerte de ese hombre, el cual la cuido desde siempre, cuando apenas ella era una niña. Aquel hombre con el cual se fundió en miles de abrazos, y descargo miles de frustraciones. 
Sequetina estaba horrorizada. Su poder la cegó, y un remordimiento impetuoso la invadió. Ella había ayudado a que la vida del rey llegara a su fin. No pudo evitar que gruesas lágrimas escaparan de sus bellos ojos, llenos de contrición. Su orgullo no le permitía demostrar tal sentimiento, pero de lo que si estaba segura, era que quería al rey.
Camnes... susurró Sequetina mientras observaba al humilde unitario acercarse con cara de desolación.
¿Qué quiere Alteza? se acercó hacia ella el fortachón agitado y pensando en su próximo ataque.
Explíqueme una cosa, cretino ¿Necesario lo veía usted, aniquilarlo de tal forma?  
¿Y cómo quería que lo hiciese? ¿Concediendo sus últimas plegarias?
Sequetina le dirigió una mirada de desaprobación.
No he de ver necesario esa función tan humillante contestó la mujer con lágrimas acarreando sus ojos. 
Conteste lo siguiente usted, Alteza ¿Se ha arrepentido? Si así me lo llega a confirmar, no tendré más paciencia con usted. Le aniquilaré si de eso depende conseguir lo que pretendo Camnes se acercó hacia ella violentamente.
Sequetina le propinó un fuerte golpe en su cara, lo cual provocó más ira en el protestante. La tomó fuertemente de los brazos para sacudirla rudamente.
¡Ya suelte, maldito sea usted! gritaba la duquesa.
Unos fuertes bramidos de dolor se escucharon interrumpiendo su discusión y enfrentamiento. Miraron hacia el unitario quien se encontraba afligido.
Rey murmuró Murriel al acercarse al cuerpo fallecido del hombre. El dolor era inquietante. Tomó la mano izquierda del hombre para guardarla entre sus dos palmas. El calor de su mano seguía indemne, lo que hizo estremecer al unitario.
El comprendió porque permitió que Camnes lo matara. Entendió que fue por él, para salvarlo, para resguardarlo de tal tormento. Sabía que su confianza era tan pura y sus sentimientos hacia el tan traslucidos que no tenía miedo de morir. El considerado maravilloso monarca, tomó la decisión de entregar su vida, creyendo fielmente que Castilla se resguardaría ante Murriel, logrando que este recapacite para no dejarse vencer ante una ambición de poder sin sentido. Una mezcla de sentimientos penetró en su corazón. Lágrimas lacerantes cubrieron el rostro del joven. 
Camnes observó a Murriel, sonriendo perversamente Ese maldito y estúpido unitario dijo con rabia—. Debo de terminar el trabajo más fácil dicho eso, sacó nuevamente su espada para acercarse al joven quien muy abatido se encontraba en el piso, sosteniendo fuertemente la mano del rey; como si esta fuera a darle la fortaleza que necesitaba.
¡Espere Camnes! gritó Sequetina ¿Qué hará usted? lo frenó—. Considero que ya ha sido suficiente, pare, le suplico dijo la mujer mirando horrorizaba la espada del fortachón.
Cierre su pico, Alteza. Ahora viene usted con la sensiblería ridícula. Le recuerdo que usted ha ayudado a concretar este acto. Usted tiene su parte culpable por la muerte del imbécil rey la apartó a un lado—. Le pido que no se meta en mis asuntos. Si algo de juicio queda en su mente, me haría usted caso para no tener el mismo destino que estos infelices. 
No le mate, Camnes intentó nuevamente detenerlo cuando el líder le propinó un fuerte golpe tirándola al suelo.
¡He dicho que no se entrometa! gritó exasperado ¿Acaso idiota es? 
Murriel se levantó con mucho esfuerzo mirando a ambos impasiblemente. 
Es una renegada e ingrata dijo refiriéndose a la duquesa, sin mirarla a los ojos—. Después de todo lo que le ha brindado a usted, lo que le ha querido. No he de creer esto… sus sollozos aumentaron—. Majestad... dijo mirando al rey. Volvió a caer en el piso con su aberrante tristeza.
El líder comenzó a reír fuertemente y luego agrego: Su rey ha sido un entero imbécil. Su preciada e inocente hija fue la más desleal.
¡Ya calla Camnes! gritó ella con sollozos intercalados.
Si sigue trayendo problemas, olvidará que algún día ha sido duquesa.
No le creo capaz de matarme.
El unitario atendía a lo que ambos hacían, negando con su cabeza. Luego posó una vez más su mirada en el rey Le prometo Majestad, que no permitiré que destruyan su pueblo. 
¿Qué he escuchado? preguntó irónico el líder ¿Cree que no soy capaz? ¿Sólo porque es usted? rio nuevamente ¿Acaso todavía no me conoce, Alteza? Si debe morir para que pueda alcanzar lo que deseo, no me temblará mi pulso.
¡Abandone este lugar, señor! exclamó Murriel—. O no responderé de mis actos.  
¿Qué ha de decir este muñeco hediondo? ¿Sabe usted quién soy?   
Un pobre desgraciado. Quien no es capaz de conseguir sus caprichos e intenta buscar víctimas para tapar el vacío y desconsuelo causado por su fracaso le dijo sin propinar ninguna conmoción.
Usted y este maldito pueblo son un fracaso. Conmigo al poder, todo sería distinto, el pueblo se comportaría sin todas estas payasadas que engendraba su absurdo y menguado rey. Su legado no era mucho más que un fiasco.
Murriel apretó impetuosamente sus puños, una furia imperiosa recorrió su cuerpo. El amor profesado hacia su rey no podía ser manchado ni insultado. Esa misma sensación que había sentido días atrás, horas atrás e inclusive momentos atrás volvió aparecer como una energética erupción dentro de sí.
Me canse de esta función pusilánime. Ahora es su turno, unitario dijo acercándose hacia Murriel mientras este seguía con sus puños apretados y su mirada fija. Cerró sus ojos como si fuera a concentrarse para hacer algo inesperado.
El fortachón se aproximaba con una malévola y tajante sonrisa. De un momento a otro se detuvo estupefacto dejando caer su filosa espada.
Sequetina miraba totalmente asombrada. Un aura indescriptible emergía de las manos de Murriel. Su cuerpo sin consistencia comenzó a elevarse unos metros del suelo. Nadie salía de su desconcierto.
Se empezó a sentir otro temblor similar al anterior, pero a diferencia que este era mucho más inocuo.
¡¿Qué diablos es esto?! exclamó Camnes.
Murriel continuaba con su poderosa aura suspirando como si de una intensa energía se liberara.
Mientras eso ocurría en el castillo, fuera del mismo, también los civiles contemplaban su comportamiento. De pronto, el castillo iba ascendiendo de manera pacífica sin causar ningún efecto a su alrededor. Todo seguía intacto. El castillo logró elevarse a varios metros del suelo permaneciendo en el aire por unos cuantos segundos.
La gente seguía sin salir de su estupor. Un espectáculo deslumbrante era lo que presenciaban, quedando boquiabiertos ante aquello.
Un hombre de avanzada edad se animó a hablar, alegando que el fin de la guerra había llegado, los de su alrededor lo miraron confusos cuestionándolo. El hombre les explicó sobre la leyenda conocida dejándolos conmocionados y preguntándose qué sería de la vida de su rey y si el mismo estaría con vida.
Larry se había recuperado de su estado, disfrutando también de tal visión, sus ojos irradiaban fascinación, quedando embelesado.  
Murriel murmuró sonriendo.
¿Dónde está Murriel? se acercó Tom preocupado.
En todas partes le contestó sin dejar de lado su admiración.
El niño lo miró extrañado.
¿Ve el castillo, Tom? ¿Lo puede ver en el aire?
Claro que si le veo, yo ciego no estoy dijo el niño inocentemente.
El señor Murriel es quien lo ha hecho le sonrió acariciando su pequeña cabeza. 
El niño contempló junto a Larry y los demás civiles el estado del castillo sonriendo boyante. 
El castillo de a poco fue descendiendo para ubicarse nuevamente en su correspondiente lugar, mientras cada uno de los expectantes lo seguía con su mirada. 
Al hacerlo, todos comenzaron a gritar e incluido los protestantes y pocos guardias que quedaban, dejaron de luchar. Tal como así la leyenda lo había dicho, la guerra había terminado. Sin embargo, había un enfrentamiento que aún quedaba pendiente, el cual no alcanzaría este episodio para relatarlo como el lector lo merece, esperando por el siguiente. 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario