Donde
otro encuentro se hace presente en nuestra historia.
Nuestro
héroe, continuaba buscando a la bruja, recorriendo unas cuantas cabañas. En el
camino consultó con algunos aldeanos quienes le daban ciertas indicaciones,
aunque no muy concretas. Al acumular varios datos sueltos, intentó dar
resultado a una sola conclusión.
El
joven unitario continuaba preocupado por la salud de su rey, el recuerdo de la
ayuda pedida por el mismo le generó aún muchas más energías para continuar con
su búsqueda; el temor, ya no pertenecía a las emociones de Murriel en ese
momento. La cabaña no se encontraba lejos. No quedaban demasiadas opciones. Se
arriesgó en abrir varias cabañas, las cuales su mayoría, se encontraban vacías
y abandonadas. A Murriel, ya no le importaba ser impertinente. Le importaba más
encontrar una solución a toda la contingencia que estaba viviendo Castilla. Sin
demasiadas cabañas por hurgar; al final, pudo ver una cabaña particular donde
provenía una extraña luz brillante salir de la misma, el joven se acercó
intrigado. Mientras se estaba acercando, frenó de repente al notar la cercanía
de alguien más. Se trataba de un hombre algo forzudo, con pelo alborotado y
desaseado, su sonrisa dejaba notar su despareja dentadura. El unitario
presintió que era posible que se tratase de un protestaste de Non Regnum.
Comprendía lo dicho por su amigo Larry, la bruja, definitivamente estaría
aliada con ellos. Deseaba confirmar lo pensado, sin embargo, tendría que ser
cuidadoso al acercarse al lugar ya que ese hombre podría intentar matarlo. Murriel
se guardó en un lugar, esperando las siguientes acciones del hombre, el mismo
aparentaba intentar entrar a la cabaña a la fuerza, pero por algo inexplicable,
su auge no alcanzaba para entrar en ella. Mientras tanto, la resplandeciente
energía seguía culminando. El unitario al notar aquello, decidió salir de su
refugio para ir al acecho de la bruja. El tiempo corría y no permitiría que
sigan interviniendo en su cometido. Al acercarse, el hombre se encontraba de
espaldas, y el mismo, al sentir unos pasos detrás de sí, giró apresuradamente,
acertando con la apariencia del unitario frente suyo. El protestante sonrió
chasqueado creyendo que tendría a un blanco muy factible para derrocar de
inmediato.
—¿Qué
hace usted aquí, joven? —preguntó el forzudo hombre.
—No creo
que eso le incumba a usted —contestó Murriel con tono
desafiante.
—Veo que
tiene astucia al contestarme —dijo sin borrar su sonrisa—. Debe
retirarse de aquí o quizás podría pasarle algo poco agradable.
—No ha
de darme miedo usted —dijo el unitario con un poco de
temor disimulado.
El
hombre dio unos pasos hacia él, intentando apalearlo. Murriel consiguió eludir
el golpe.
—¡Bravo,
usted se ha salvado! —rio fuertemente.
—Usted,
desgraciado protestante ¿Qué le han hecho a mi pueblo?
—¿Qué he
escuchado? ¿Cómo una persona tan insignificante como usted nombra como propio a
un pueblo?
—Se ve
que usted no entiende de sentimientos. Y yo he de encargarme del pueblo de
castilla por que el unitario soy de ella —repuso
con orgullo.
Al
hombre se le abrieron los ojos de sorpresa, recordando cuantas veces su líder
nombraba al afamado unitario y las ganas que tenía este de terminarlo.
—Mal ha
hecho usted joven, al definirme su identidad.
El
protestante sacó su espada atinando a hincarla en el pecho de Murriel, el mismo
al percatarse del tanteo, se corrió débilmente hacia el lado contrario.
Mientras el joven se alejaba del hombre, este mismo se adelantaba a la par de
él.
—Mi
líder siempre ha querido matarle a usted, unitario —dijo el
protestante aproximándose.
—No he
de entender la manía de ese hombre conmigo.
—Es que
usted es un entrometido, como una piedra molesta en nuestra suela.
—Que mal
pensar de esa forma.
—Usted,
desgraciado unitario no va a decirnos como hemos de pensar —dijo
con rabia—. Ahora dese la vuelta y déjeme hacer el trabajo más fácil y
no correrle como un nene chiquito.
—Jamás
dejaría matarme, sin antes salvar a mi pueblo, maldito miserable —espetó
Murriel.
El
forzudo protestante no hizo más que sonreír y continuar con su acecho.
Murriel
pudo rehuir a los golpes dados por el hombre. Luego de unos minutos, el
protestante se agotó de tanto fallo y pudo agarrar a Murriel del cogote.
—¡Aquí
le tengo bien apabullado, unitario! —exclamó con soberbia.
—¿Acaso
usted intentará eliminarme? —preguntó Murriel con voz
acojonada.
—¿Y que
cree usted? —sonrió vil.
Murriel
se sentía atrapado, no le surgía ninguno plan para salir del atisbo, el rey
apareció en su mente de repente.
—Por
supuesto que le mataré. No sólo a usted, a la gente que se entrometa en nuestro
camino, su pueblo mendigo y desgraciado no ha de merecer otra cosa que castigos —dijo el
hombre con ira—. No olvidemos a su rey, su inútil monarca, el será quien
morirá luego de que acabe con su vida.
Un
repentino temblor de golpe comenzó a sentirse. Murriel y el hombre se miraron
estupefactos.
—¿Ha de
continuar? —se indignó el hombre soltando
al unitario.
Murriel
comenzó a toser y tomarse del cuello intentando recuperar su respiración.
—Esto no
ha de significar su salvación —dijo acercándose nuevamente
hacia él, al estar a pocos pasos, otro temblor se sintió causando un fuerte
dolor de cabeza en el protestante.
—¡Maldita
condena! —exclamó el hombre agarrándose desesperadamente la cabeza— ¿Qué
ha de pasarme?
Murriel
quedó atónito, cuando iba a acercarse al hombre quien estaba tirado en el
suelo, éste mismo comenzó a soltar alaridos de dolor.
—Creo
que el destino no le permite a usted matarme —le dijo
sonriendo Murriel.
El
forzudo protestante se levantó como pudo y comenzó a caminar hacia el camino
del Castillo parloteando quejidos y lamentos.
—Qué
gracia ha causado en mí ese hombre —dijo Murriel para si en tono
cómico.
Su
recuerdo de la situación actual en la que Castilla padecía logró cambiar su
semblante a uno serio. Observó la cabaña que estaba a unos metros de él.
Curioso decidió en acercarse intuyendo que sería la bruja quien estaría allí
por todas las indicaciones recibidas.
Su
valentía lo llevó más allá. Se animó y abrió con descaro la puerta de la cabaña.
Un
leve frío recorrió su cuerpo. La mujer, quien estaba de espaldas, giró
alertadamente para encontrarse con la fría mirada del unitario.
Esa
mirada no expresaba más que aborrecimiento, tristeza y aflicción.
—¡Joven! —sonrió
con sinceridad Brumma— ¿Qué cuestión le trae su
visita? —preguntó la bruja observando las facciones de Murriel y
analizando su interior.
—Considero
que no ha de ser necesario decirle a que he venido —la miró
amenazante.
Brumma
agachó la cabeza. No tenía escape. No tenía las suficientes palabras
reconfortantes para aplacar el daño que había ocasionado.
Murriel
la observó detenidamente. La mujer padecía de una tristeza atroz. En ese
momento Murriel pudo sentir como la lástima se colaba entre la furia e irá que
había sentido hace segundos atrás.
La
bruja se acercó unos metros hacia donde el unitario se encontraba, delicada y
lentamente fue agachándose apoyando sus rodillas sobre la áspera paja.
Murriel
quedó anonadado ante tal reacción, sin comprender lo que la mujer estaba
haciendo.
Brumma
había percibido inmediatamente la energía que traía el joven. Luego de unos
segundos, comenzó a levantarse hasta volver a cruzar mirada con el confundido
unitario.
—¿Qué ha
de significar esto? —cuestionó Murriel cuando los
dedos de la mujer se apoyaron suavemente sobre su boca.
—No
hable más, Murriel. Deje fluir su preciada energía.
—¡Suelte! —exclamó
el apartando la mano de ella— ¿Qué quiere decirme con
eso? —preguntó con furor.
Murriel,
sin salir de su asombro, notó como la bruja cerraba y abría los ojos
apaciblemente, un aura de paz los envolvió a ambos. Su furia y aborrecimiento
habían desaparecido de inmediato de su frustrado corazón.
—Sólo le
pido que se acerque un poco más a mí, joven —le
indicó la bruja.
Murriel
comenzó a acercarse con desconfianza. Luego de unos pocos instantes, vio un
aura muy particular que salía de sus manos —¿Qué ha
de significar? ¿Usted lo sabe? —preguntó Murriel sin dejar de
observar sus manos. Nunca había podido ver al aura tan cerca para poder
apreciarla.
—Significa
que en usted yace un poder inmenso de gran vigor —le
aclaró.—Esto ha de parecerme increíble, siempre que me sucede, no he de
saber cómo reaccionar —le comentó a la bruja sin dejar
de mirar la poderosa aura.
—Es lo
que sale de usted, muchacho. Como puede apreciar, yo también poseo el mismo
poder que el suyo —sonrió Brumma—. Tiene
un poder especial y único, por eso es que le llame y elegí —le dijo
con un tono sereno.
—¿Por qué ha de llamarme a mí? ¿Acaso soy una prueba de sus
conjuros? —preguntó inquisidor.
—¿Cómo se le ocurre, joven?
—¿Y que
ha sucedió allá fuera hace unos momentos? ¿O acaso me va a decir que ese
temblor fue producido por la naturaleza? —cuestionó
el unitario.
—Lo he
hecho para salvarle, esos hombres son peligrosos para usted —le
contestó Brumma maternal, mientras se le acercaba a acariciar su mejilla.
Murriel
la alejó apartando su mano de él y la miró amenazante.
—¿Cómo
puede decir usted eso? Gracias a sus condenados embrujos que Castilla esta en
este estado lamentable —dijo algo agitado.
—Le pido
quietud, muchacho.
—¡Quietud
mis cuernos! —exclamó nervioso.
—Debe
saber, que yo nunca he querido hacer daño a Castilla —contestó
desviando su mirada y evitando que unas lágrimas asomaran sus ojos.
—No ha
de interesarme lo que dice, debe reparar el daño que ha hecho —le
exigió el unitario.
—Sólo
usted podrá hacer eso, joven. En usted es en quienes ellos confían. Percibo un
ilimitado poder dentro suyo.
—Yo no.
Sólo soy un unitario que desea ayudar a su gente, al rey y a quien lo necesite.
¡Un bledo me interesa este maldito poder! —gritó— ¿Para
qué he de quererlo si sólo puede causar dolencias?
—No
entiende, muchacho. No es como usted dice, ese poder es maravilloso, demuestra
lo bello de su ser —explicó con fascinación.
—No le
he encontrado lo bueno a esto. Usted es bruja y tiene un poder parecido ¿eso me
hace un brujo a mí también? No he deseado esto ¿Por qué me sucede?
Brumma
lo miró apacible. Comprendía la confusión del joven y se sentía en
responsabilidad de explicarle que era lo que le ocurría. De alguna manera, ella
fue impulsora de que su poder se magnifique al descubrir esa energía interna,
ella intervino para que el poder de Murriel acrecenté y active.
—Le diré —comenzó—. Yo
puedo ver y notar acerca del poder que tiene cada ser humano, sobre todos
aquellos con los que me encuentro o me visitan. Algunos son más ordinarios que
otros. Pero usted Murriel, tiene un potencial especial, su pasión y amor por
cualquier ser viviente le ha transformado en lo que es en la actualidad. Su
voluntad, solidaridad, sin importar cualquier consecuencia con tal de
conseguir bondadosamente su objetivo. Es incapaz de desertar a alguien. Pero no
sólo fue eso lo que le brindó a usted el privilegio de poseer el poder que
tiene.
—¿Y cuál
sería el motivo?
—Enséñeme
sus manos.
Murriel
le hizo caso y quedó impresionado.
—Toda
esta aura especial que sale de usted, reflejan sus emociones y sentimientos,
cuando estos mismos sobrepasaban el nivel natural, se convierte en una poderosa
aura, la que te otorga una fuerza interna, y de la cual, puede hacer uso de la
misma…
—¿Fuerza
interna? —la interrumpió sin poder creerlo.
Brumma
asintió —Eso se debe a que sus sentimientos se encuentran en un nivel
superior a cualquier ser humano. No puedo revelarle los poderes de los brujos,
ni como nos hemos preparado para esto, pero lo que sí puedo afirmar, es que si
usted lo desea puede ser parte. Puede curar o destruir, puede elegir el camino
que más corresponden a sus emociones, y estoy segura de que usted escogerá el
correcto congruente a sus principios —explicó esbozando una leal
sonrisa en sus labios.
—Comprendo
más de que se trata este asunto. Sin embargo, sigo sin poder creer que esto me
haya sucedido a mi ¿Qué cosas podré hacer con este poder? —preguntó.
—Lo que
desee. Eso es parte de usted, descubrir cómo usarlo y el motivo del mismo —le
dijo. Brumma tomo unas plantas llamadas mundrisas, las cuales sólo poseían los
brujos y las apoyó en la palma de Murriel, logrando que ambas ingresaran
internamente en el chico. El aura había desaparecido junto con las plantas.
—¿Qué ha
pasado ahora? —preguntó mirando para todos
lados confundido.
Brumma
sonrió ampliamente —La maduración de su poder. Vaya
a enfrentar a Camnes, ya está usted preparado para hacerlo, y salvar al rey.
—¿Salvar
al rey? ¿Por qué debo salvarle? ¿Qué ocurrió con él? —preguntó
acercándose desesperado.
—El
líder de los protestantes, Camnes, va a matarlo, ese era su objetivo inicial.
No pierda tiempo conmigo, muchacho. Mi trabajo ha concluido, he intensificado y
granado su poder. Usted sabrá cómo controlarlo —le
informó.
—¡Ese
desgraciado! —gritó exasperado— ¿Cómo
pude ser tan ingenuo? ¿Cómo he pensado que no podría estar en peligro? Debí
haberme quedado con él y no obedecerle.
—Ha
hecho bien, usted. Podrá salvarle si se apresura. ¡Corra muchacho! —lo
incentivó la bruja—. Usted es la única
salvación para Castilla, le confío y brindaré mis energías.
—¿Cómo
puedo saber yo que no es un engaño suyo? Usted estaba aliada con ellos ¿Por qué
ahora ha cambiado de parecer?
—Nunca
he cambiado, muchacho. He tenido un momento de debilidad, mi miseria es grande
y me he unido con la miseria de ellos, porque ese es el resultado de todo. Me
he dado cuenta de que la ambición no es el verdadero poder, si no un espejismo
para caer en el abismo.
Murriel
presintió en los ojos de su ex contrincante que le estaba diciendo la verdad, de
todas formas, no podría hacer otra cosa en esos momentos.
—Lo haré —contestó.
—Vaya
por el camino derecho al lago, llegará mucho más rápido —le
sonrió.
—Brumma —la
llamó y la mujer lo miró fijo—, gracias.
—Le
brindo mis energías, joven —le dijo Brumma mientras el
unitario se alejaba.
En
el momento que siguió, dio paso para que el unitario desaparezca rápidamente de
allí y detener la aberrante acción llevada a cabo por los protestantes.
—Salve a
Castilla Unitario —murmuró Brumma.
Con
esta imagen propia y peculiar, nos despedimos de Brumma. Luego, se retornará a
lo acontecido con nuestro héroe, no sin antes relatar que ha pasado con el rey
y nuestro considerado villano.
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