Donde el implacable deseo de Camnes de asesinar
a nuestro rey se intensifica. Agregando sucesos ocurridos dentro del castillo.
Los destrozos continuaban haciéndose presentes
dentro del castillo. La cantidad de guardias y defensores del mismo, habían
disminuido inesperadamente. Non Regnum era el autor de toda aquella catástrofe.
La duquesa seguía conmocionada; era la primera vez en su vida que veía tanta
sangre derramada. Las estructuras del castillo estaban deterioradas, la muerte
era la protagonista del ambiente.
El fortachón, con unas pocas marcas y moretones
en su rostro por las peleas que había tenido, se acercó nuevamente hacia la
duquesa, quien lo observaba inquisitivamente.
—¡Alteza! —exclamó el líder agitado.
—Señor, le he de ver muy vibrante —dijo la
mujer.
—No me han de interesar sus patosos
comentarios en este momento —dijo el hombre con tono descentrado— ¿Dónde se
encuentra su patético rey? —preguntó sin vueltas.
—Le diré, pero sólo si me permite que le
acompañe.
—Nada de eso, mujer. De esto he de encargarme
yo – Se negó Camnes.
—Pero señor, sin mi usted no hubiera llegado
hasta aquí. Usted debe de permitirme estar presente en este asunto.
Camnes tomó fuertemente por el brazo a la
duquesa aumentando su impaciencia.
—Lo último que deseo es que una mujer tan
inservible como usted participe de este asunto y menos toleraré que bregue con
sus reproches.
—¡Maldito sea, usted! —gritó Sequetina. El
agarre de Camnes aumento su intensidad, provocándole aun más dolor —¡Suelte!
—Si eso quiere, déjeme vivir mi momento en
quietud —dijo con una mirada pérfida, la cual hizo estremecer a la mujer.
Sequetina con temor, señaló el lugar donde
se encontraba el Rey Francisco, la habitación LX. Camnes siguió con la mirada
el dedo de la mujer para luego posar otra malévola sonrisa.
Sequetina lo detuvo agarrando su brazo —Camnes —habló bajo—. Sólo espero que los planes salgan como lo hemos acordado y
cumpla con su promesa.
El se soltó bruscamente de su agarre y, sin decir nada, subió
las escaleras salteando algunas de las mismas.
Los guardias continuaban haciendo lo posible
para defender su castillo, su pueblo y sobre todo, a su rey. Muchos continuaban
luchando, haciendo su último sacrificio, sin rendirse por más que el dolor les consumiera
hasta sus entrañas. Su resistencia era tan persistente, que alborotaba la
actitud de algunos hombres enemigos.
—No derrotarán nuestro ímpetu —dijo un
guardia.
—¿Acaso cree usted que siquiera nos causa un
mínimo temor?
El guardia quedó mirándolo de manera violenta.
—No he creído que este castillo poseyera
guardias tan flojos —se burló uno de los hombres de Non Regnum.
—Eso sólo lo cree usted —sonrió el guardia.
Mostró su filosa espada con intenciones de terminar con la vida de su oponente.
El adversario abrió sus ojos demostrando un
particular asombro, mirando fijo al guardia. Este último sentía tener el total
dominio de la situación.
Levanto su espada con toda su fuerza conferida,
con el empeño de ser su ataque final hacia su contrincante.
Un filo valeroso le atravesó el cuerpo dejando
pasmada a la víctima segundos antes de confinar su vida. El guardia miró con
aturdimiento al hombre de Non Regnum, para luego trasladar su mirada hacia su
cuerpo. La espada atravesada salió del hombre, quien luego cayó tullido al
suelo. La sangre se hizo ver diseminada alrededor del cuerpo del guardia.
—¡Señor Luife! —exclamó su compañero
sorprendido.
Luife sólo sonrió de medio lado —La confianza
ciega, prevalece entre los mediocres —dijo mirando al reciente fallecido para
luego continuar con la su ardua lucha.
El rey se estaba frotando débilmente su pecho,
era un dolor intenso que no lo dejaba en paz. Su cara palidecía en cada segundo
que pasaba. Cada vez que intentaba levantarse, una ráfaga de dolor lo aquejaba
impidiendo que lo haga. Sus extremidades a veces no le respondían, jamás en
todo su mandato se había sentido de tal forma. No podía siquiera ayudar, se
sentía un completo inútil. Sólo se llenaba de esperanza el saber que Murriel lo
estaba reemplazando de alguna manera.
Su rostro palideció aún más al recordar esa
mirada penetrante de Sequetina. Ni siquiera lo ayudó. Pareciera que al venir
ese temblor ella había cambiado radicalmente, su confusión no lo dejo analizar
más allá respecto a la actitud de la joven y bella duquesa.
Con todo el esfuerzo que su cuerpo le permitía
adjudicar, consiguió pararse delicadamente. Su mano seguía apoyada en su pecho,
como si su vida dependiera de ello, como si con eso pudiera calmar el dolor que
no cesaba.
Al caminar unos pasos hacia la puerta, el ruido
de un acero chocando contra las paredes le hizo alzar su mirada, encontrándose
con otra no muy agradable.
La espada de Camnes estaba horizontalmente
apoyada en las paredes de la puerta. El fortachón le dedico una sutil pero
sarcástica sonrisa que hizo estremecer al rey. Al notar esto, Camnes levantó
sus cejas sin desaparecer su sonrisa, disfrutando del momento pródigamente.
El rey, no tenía posibilidad alguna de rehuir
de su acecho. Camnes lo notaba perdido. Su satisfacción era insuperable.
Interrumpimos este tan esperado encuentro, poniendo fin al vigente episodio. Dejando a ambos hombres divagar entre sus pensamientos, para luego volver con más espíritu que lo esperado.
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