Episodio XLVI
Una batalla acaba de comenzar. Sentimientos
de Brumma y la liberación enérgica de nuestro héroe.
Gracias al hechizo
de Brumma, la batalla pudo dar su comienzo. Para realizarlo, la bruja tuvo que
utilizar casi la mayor cantidad de energía interna que poseía.
Estaba
estupefacta, el impacto había sido mucho más grande de lo que ella esperaba.
Sus ojos los seguía manteniendo cerrados. La tierra temblaba como si fuera un
terremoto de 7.5 grados. Camnes le había
pedido exclusivamente que lo mantenga con tal intensidad durante un largo
período de tiempo, eran minutos, pero para ella, eran interminables.
Su pelo se movía
al compás del viento, sus gemidos se hacían cada vez más elevados. Una rebelde
lágrima rodó por su mejilla. Su arrepentimiento la había corrido hace un tiempo,
pero tarde había llegado a su corazón.
Los alaridos de la
gente se hacían cada vez más fuertes e intensos, retumbaban en su cabeza como
taladros.
—¡No! ¡No! —gritaba alterada. Su poder era inmenso, había
superado sus propios límites.
La mujer no podía
tener más control de lo que estaba sucediendo, un desgarro similar a un potente
dolor sentía hasta sus entrañas. Creía en el Karma y sabía que no podría
escapar de tener el castigo merecido.
Por otro lado, Murriel con esfuerzo se levantó del piso apoyándose en la ventana. Donde podía divisar todo el caos que inundaba al pueblo. Se sentía impotente, su deber era estar ahí y ayudarlos, aunque sabía que su rey era quien necesitaba su ayuda en esos momentos.
El monarca libró
un lacerante sonido de dolor.—¿Qué le sucede, su Majestad? —Murriel fue
inmediatamente a asistirlo.
El rey, intentaba
contestar pero su tartamudeo no se lo permitía, su respiración se cortaba. Le
estaba agarrando otro ataque al corazón.
—Resista, por favor —dijo desesperado intentando
levantarlo.
Sequetina los
observaba sin hacer nada. No pensaba ayudarlo.
—¿Y usted no hará nada para ayudar a su Majestad? —la
retó el unitario mientras veía como la duquesa intentaba pararse.
—¡No! —sonrió maliciosa.
—¡Es usted una…! —no pudo terminar la frase ya que el
rey dio otro grito de dolor.
—Majestad, míreme, le suplico que me mire —dijo Murriel posicionándose frente
del rey.
Francisco sonrió
forzosamente intentando ahogar el dolor que sentía. Su pueblo estaba viviendo
uno de los peores momentos.
—Yo le
ayudare a usted, y haré lo que me ha pedido, auxiliar a su pueblo. Si mi vida
he de dar, la daré, pero nosotros como sea, ganaremos esta batalla.
Sequetina comenzó
a reír fuertemente, mientras sacudía su elegante traje. La frialdad que
asestaba su miraba, impregnaba en el rey como si su alma fuera escurrida y su
corazón cortado en miles de pedazos.
—Hija… —pronunció el rey.
—No
diga eso, rey miserable. Usted jamás ha confiado en mí, jamás me ha dado lo que
al imbécil que tiene a su lado.
—¿Qué
está diciendo, duquesa? —intervino Murriel con tono sorpresivo.
Otro temblor aún
más fuerte que los anteriores se hizo presente.
—Murriel —habló nuevamente el rey con esfuerzo—. Le pido que vaya con mi
pueblo.
—No le
dejaré solo con esta especie de sierpe.
—Cierre usted su pico, campesino desgraciado.
—Le
suplico, no preste atención a nada más —volvió a insistir el rey.
—Pero Majestad, la duquesa…
—Yo me
encargaré de ella —lo interrumpió el rey—. Confío en usted, mi unitario —le
sonrió provocando al joven una mezcla de sentimientos puros y perturbadores.
—Haré
lo que usted me pida, su Majestad.
—Le
agradezco, muchacho.
El joven unitario
besó al rey en su frente para destinarle luego, otras de sus efusivas sonrisas
– Ganaremos, su Majestad.
—Jamás
podrá ganar usted una batalla como esta, campesino débil e insulso —habló la
duquesa en tono pendenciero.
Murriel comenzó a
acercarse a ella con indignación, cuando un aura misteriosa volvió a salir de
su ser, parecía ser casi invisible, pero suficiente para poder ser inteligible
por el resto de los presentes.
La duquesa llevó
sus delicadas manos a su boca no pudiendo creer lo que veía.
—Usted
es un maldito brujo —dijo la mujer sin salir de su asombro.
Murriel se miró a
sí mismo, abrió sus ojos con entera sorpresa y corrió inmediato del lugar para dirigirse
rápidamente a asistir al pueblo de Castilla.
Casas destrozadas, cosechas arruinadas, gente
herida y mucha desesperación fue el resultado de tal temblor.
La gente seguía asustada, muchos caían en los
huecos abiertos provocados por el temblor. Algunos intentaban sacar a la gente
atrapada y otros estaban preocupados por la destrucción irremediable de sus
hogares. Los guardias se encontraban en el castillo, sólo podrían mantenerse
atentos ante cualquier otro percance que podría ocurrir en esos momentos. Murriel
seguía desorientado por lo que le ocurría. La energía salía de sí de manera
pura e imprevista y luego volvía a su estado natural. Eso le sucedió casi más
de cinco veces desde que salió de la habitación del rey.
—¿Qué ha de sucederme? —dijo en tono elevado
sin desviar la mirada de sí mismo.
Unos gritos y pedidos de auxilio lo sacaron de
su reflexión para ir asistir a los civiles.
Los temblores comenzaron a hacerse cada vez más
leves hasta que dejaron de sentirse paulatinamente. Brumma cayó extenuada al suelo y con una gran pesadumbre. No podía creer lo que había hecho, ni
tampoco quería mirar el resultado de su "obra". Los gritos de dolor y
consternación eran desgarradores para su órgano auditivo.
Comenzó a sollozar lastimosamente preguntándose
que había hecho, llegando a un fuerte agobio. Como
pudo, regresó nuevamente a su cabaña, su único lugar de consuelo en el mundo.
Ya no tenía ningún tipo de interés; ni el poder, ni la nobleza, tampoco
pertenecer al reino, no se sentía merecedora de tales cosas. Deseosa de
olvidarse de todo para siempre y volver a ser la misma ermitaña que había sido.
Se había dejado corromper fácilmente y le habían robado lo poco de dignidad que
le quedaba, cegándola frente a sus propias convicciones.
Comenzó a rezar con alaridos fuertes.
—6Dise perdime, dise perdime —las
lágrimas continuaban cayendo—. Tuma me luma yute se matisgaca. Curasu siplote.
La mujer se encerró en su cabaña sin querer
saber los resultados de su creación. Sus ojos se abrieron imprevistamente al
recordar una posible salvación de Castilla. La imagen del unitario apareció por
su mente. Con inconveniente y esfuerzo se levantó para empezar con la
realización de otro hechizo.
Prescindimos del concurrente episodio para dejar a Brumma que continúe con su labor. Mientras nos concentraremos en lo que nuestro villano está haciendo.
6 – Dios perdóname, dios perdóname. Toma mi
alma, tuya es, castígame. Corazón explota.
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