Episodio XLV
Donde comienza el
principio de una batalla.
Mientras Murriel se encontraba cuidando al rey por su repentino ataque, lo cual alarmó a casi la mitad del consejo, entre ellos, Sequetina, quien se entrometió. Luego quedaron solos la duquesa, el rey y el unitario. La mujer trataba de buscar oportunidad para que Francisco le contara acerca de quien él pretendía dejar en el trono, en caso de que algo le ocurriese, sus intentos no tuvieron demasiado éxito.
—¿Se ha de sentir mejor su majestad? —preguntó Murriel en tono desesperado.
—Deben
tranquilizarse, me lo ha preguntado cinco veces en lo que va de este poco rato.
—Lo lamento —dijo
cabizbajo—. Sólo siento mucha preocupación por su salud.
—Eso ya lo hemos
de saber —murmuró Sequetina en tono de fastidio.
—¿Ha dicho algo,
duquesa? —preguntó Murriel arqueando una ceja.
—He dicho que
todos hemos de sentirnos preocupados por la salud de nuestro rey —contestó
ella secamente.
—¿Qué pasa con
ustedes? —preguntó el rey divertido— Yo he de sentirme bien y tranquilo.
Paren ya de decir disparates.
—Lo sé, su Majestad. Jamás hemos querido
causarle molestia.
—Lo dirá por usted, unitario —dijo con tono
repulsivo—. Yo le molesto, señor, porque me preocupo por su salud —acarició
los blancos cabellos del monarca—, pero creo que usted es fuerte y su salud le
acompaña en tal fortaleza.
—Le agradezco a ambos —sonrió el hombre— pero he de preferir hablar de otros asuntos.
—Como diga —Sequetina miró a Murriel
desafiante— su Majestad.
El unitario no emitió palabra y suspirando, sólo
continuó limpiando los muebles, vajillas y pertenencias de su rey.
Por
otro lado, Larry se encontraba hablando con algunos civiles consultando a
Murriel, cuando en un momento pudo distinguir unas figuras lejanas.
—¿Me han dicho
ustedes que saben dónde está Murriel? —preguntó con su mirada perdida hacia
otro lugar.
—Ya le he dicho
joven que no le he visto —contestó una mujer.
Larry
sólo asintió perdido en el seguimiento de las
figuras extrañas, examinándolas.
—¿Sucede algo
con usted, muchacho? —preguntó el hombre mientras sujetaba a la mujer de la
cintura.
—No. Sólo
preocupación por encontrar a mi amigo —contestó devolviendo su mirada en ellos.
—Si hemos de
saber algo en otro momento, le diremos Larry —la pareja sonrió.
—Les agradezco. Ustedes recuerden el lago que
les he sugerido. Allí mismo podrán adquirir agua en el mejor estado.
—Le
agradecemos, compañero —le contestó el hombre.
Larry
despidió a los campesinos, para luego seguir indagando en las figuras que había
notado y lo tenían enteramente atrapado.
Al
acercarse, pudo notar que tenían reacciones sospechosas, las mismas se
ocultaban, volvían a salir, luego realizaban movimientos como si estuvieran
practicando una especie de simulacro. Curioso ante lo visto, dedujo que
inmediatamente su amigo tendría que saberlo. La suposición de Larry era que un
peligro se acercaba nuevamente al pueblo. El joven campesino se dirigió al
castillo solicitando hablar con Murriel. Los guardias lo detuvieron, negándole
su petición. Larry volvió a suplicar explicando que muchas veces ya había
entrado en compañía del unitario, pero los mismos guardias le volvieron a
obstaculizar la entrada no interesándoles lo que el joven decía. Larry,
colérico, condujo hacia la dirección opuesta para buscar otra entrada al
castillo.
Volviendo nuevamente con nuestro héroe, el mismo
se encontraba sumido en sus pensamientos, mientras el rey continuaba charlando
amenamente con la duquesa. Repentinamente, un sonido potente se escuchó a lo
lejos del reino. Sequetina y Murriel taparon sus sensibles oídos.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó el unitario
mirando por la ventana.
—¿Por qué han tocado el claro? – Preguntó el
rey intentando levantarse de su trono.
Luego de unos pocos segundos una copa de plata
ubicada en un estante, cayó salvajemente al suelo.
El
joven, fue deprisa a levantar la copa, preocupado que se haya dañado. La ubico
nuevamente en su lugar, sonriendo en dirección al rey.
De
pronto, un temblor comenzó a hacerse presente, congregando todo el castillo. La
copa y varios objetos cayeron montuosamente en toda la habitación.
—¡¿Qué rayos?! —exclamó el joven sorprendido.
Sequetina
también cayó inevitablemente al piso, el trono del rey se movía de un lado
hacia otro haciendo desmoronar al rey del mismo.
—¡Su Majestad! —Murriel intento ayudarlo, tropezándose.
Los
temblores aumentaron considerablemente. Se escuchaban gritos de los civiles ya
que toda Castilla estaba vibrando.
—¡Un terremoto! —se escuchaban gritos de afuera.
—¿Un terremoto? —preguntó Murriel alterado.
Sequetina
seguía tirada en el piso sonriendo maliciosamente —Acaba de comenzar —caviló
emocionada.
Los
civiles comenzaron a entrar en pánico, alarmados por la integridad de sus seres
queridos, intentando rehuir del supuesto desastre natural que estaba provocando
todo aquello. Mientras todo tipo de emociones invadían Castilla, ensimismados
en sus cuestiones, no se percataron que un grupo de hombres dispersos iban en
camino hacia el castillo.
Los
protestantes, habían ingresado a las tierras de sus enemigos en un tiempo
ecuánime, lo cual les permitía seguir las órdenes de su líder de manera
intacta.
—¡Ahora es el
momento! —gritó Chrossa mientras su grupo lo seguía.
Otros
grupos hacían lo mismo, abarcando todas las posibles entradas. Unos pocos
lograron darse cuenta de quienes podrían tratarse, gritando de espanto, pero
siendo frenados con un puñetazo o alguna lastimadura concedida por las espadas
de los forzudos hombres. Por otro lado, Camnes, se encontraba escondido a poca
distancia del castillo. El fortachón sonrió excelso ante el panorama visto,
sintiendo la gloria muy cerca de sí. Al divisar a sus hombres a pocos metros,
extrajo su espada, para dar comienzo a una batalla tan anhelada, provocando que
su aptitud, se viera inclinada hacia el deseo de obtener el colosal poder que
tanto había esperado.
Sin alargar más este introductorio episodio, continuaremos relatando más de esta enigmática batalla, en el siguiente.
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