Episodio III
Donde Murriel realiza una explicación breve
acerca del porqué desembocó en Castilla y su particular sueño.
Larry comenzó a servir los aperitivos
sorprendiendo al recién llegado por el olor que la comida emanaba.
—Esto
esta delicioso, Larry —comentó Murriel al dar un bocado.
—Gracias amigo. Pescado es lo que más solemos comer aquí. Y cuénteme ¿Cómo se ha
animado a migrar hasta aquí, solo? —preguntó Larry interesado.
—Desde
niño me ha interesado —confesó—. Mi abuelo solía contarme muchas historias
sobre los reinados, destacando el de Castilla. El ha sido un plebeyo desde
1325. Si mis recuerdos no me han de fallar, en ese momento se encontraba
Alfonso XI, mi abuelo me ha contado muchas anécdotas sobre él, a quien llamaban
“el justiciero”, mi abuelo le admiraba y siempre estuvo satisfecho con su labor —comenzó a contar el joven.
—Comprendo
ahora sus impacientes e inclinados motivos para desear convertirte en un fiel
plebeyo —acotó el joven.
—Lo que
recuerdo de este rey, es que Alfonso XI consiguió un fortalecimiento del poder
real dividiendo a sus enemigos —relataba el joven emocionado, acordándose cada
palabra que su abuelo le había contado—. Desde su infancia demostró sus
magníficos dotes como gobernante, algo muy admirado por el pueblo de Castilla.
Mi abuelo me ha contado que el subió al poder muy joven, tan solo tenía unos
quince años —continuó explicando—. Lo que más me ha llamado la atención de Alfonso
XI fue su alianza con Francia para luego conciliar una tregua con los
musulmanes de Granada. Fue un hombre muy valiente quien supo sacar adelante su
reinado más allá de los conflictos. Luego de su muerte, ocasionada por la
fiebre negra en 1350, su sucesor fue Francisco I. Los restos de Alfonso XI
fueron trasladados a Sevilla, mi pueblo natal y en 1371 lo trasladaron a la
capital real de la central de Córdoba.
Larry arqueó una ceja —¿Cómo recuerda el todo
aquello? ¿Y año por año? —preguntó Larry asombrado.
—Mi
abuelo ha seguido sus pasos en todo ese tiempo, siendo testigo de todo lo
sucedido con el rey. Al ascender Francisco I al trono, el reino no estaba mucho
a su favor ya que hubo inconvenientes con unas modificaciones hechas al parlamento
del rey anterior. Hubieron conflictos y batallas que el rey Francisco I pudo
controlar, pero no por mucho tiempo. Mi abuelo presenció su triste muerte.
—¿Todo
esto que me cuenta es cierto, Murriel? Las lenguas comentan otro relato. El rey
Francisco I ha escapado luego de enterarse que padecía la peste negra. Murió
unos años mas tardes de su huída.
—Ese
dato es falso, querido amigo, el se suicidó —confirmó Murriel—. Mi abuelo ha
estado presente —repitió—. Francisco I no soportaba la desobediencia de su
reino en base a sus ideales políticos. Vivía en la sombra de Alfonso XI, a
quien no pudo reemplazar como un buen rey para sus civiles. Su presión era tanta
que por dicho motivo decidió suicidarse. A los civiles se les ha ocultado este
hecho ya que ocasionaría mucha polémica y discordia, haciendo pasar
desapercibida su abandono al trono, inventando lo que usted sabe sobre su
enfermedad y posterior fallecimiento.
—¡Qué
el diablo me lleve! —llevó sus manos a su boca—. Su abuelo sabía en demasía.
— Así
es, el me ha contado todo acerca de los reinados en los que él estuvo presente.
Como el de Francisco II quien tuvo uno superior a comparación de Francisco I.
Todas las noches esperaba la llegada de mi abuelo para escuchar esas
fascinantes historias. Yo era el único de mi familia a quien le interesaban. El
siempre decía que amaba su labor como plebeyo y estar cerca del rey. Con
Francisco II tuvo una relación más cercana confesándole algunas de sus hazañas.
Mi abuelo se retiró diez años antes de la caída de Francisco II, el cual ya no
estaba capacitado para llevar adelante el reino, asumiendo entonces el rey
Francisco Julio III —sonrió con ensoñación—. A pesar de no haberlo conocido
personalmente, mi abuelo me contó acerca de su manejo con el pueblo y lo último
que sé, es que ha sido declarado como el rey más bondadoso de los últimos
tiempos —terminó de contar con un profundo suspiro.
—Eso me
consta plenamente, mi amigo —comentó Larry sin salir de su asombro—. La verdad
es que hay muchas cosas de las que usted ha dicho que no he sido enterado.
—Confío
en mi abuelo y sé que todo lo que me ha contado ha sido cierto.
—¿Cuál
es el paradero de él, Murriel?
El joven le dedicó una mirada solemne y
desabrida —El ha muerto hace dos años.
—Lo
lamento.
—No lo
haga. Era mejor. Estaba sufriendo, una infección le atacó, ocasionando que no
pueda respirar, sangraba mucho y vomitaba. Veinte días después de esa terrible
agonía, murió.
—Le
compadezco, mi amigo.
—No
existía cura para lo que el padecía —dijo cabizbajo—. Yo estoy aquí para
cumplir mi sueño, y el de mi abuelo —se recompuso sonriendo. Sus ojos
brillaban manifestando la emoción que lo invadía.
—Es
usted una persona muy valiente —le dijo Larry haciendo que Murriel se
sonrojara.
Luego continuaron su charla sobre cosas
triviales hasta finalmente ambos, cayeron en los brazos de Morfeo para
conciliar su apaciguador sueño. Aquí finaliza el presente episodio, con el fin
de dejar descansar a nuestro héroe con su nuevo amigo.
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