Episodio
I
Donde
hace su aparición el personaje principal junto a otros de suma significancia en
la historia.
Año 1400 D.C Reino de Castilla
El rey, con todo
su esplendor, se asomó a su balcón viendo a toda la multitud aclamando por su
llegada. Su bondad logró salvar a mucha gente de la civilización y el
agradecimiento a ese hombre con bigotes blancos y corona dorada era tan enorme
como el mismo reino.
Al levantar su
trono dejando relucir toda su majestuosidad, la muchedumbre no hizo esperar los
chiflidos, los gritos y los halagos.
A pesar de los
enfrentamientos entre musulmanes y cristianos, todo había resultado en un mismo
punto, mantener la fiabilidad del reino y la seguridad de su pueblo. La nobleza
era encargada de defenderlo frente a estos ataques. El rey de Castilla llegó a
un acuerdo con el rey musulmán, logrando consolidar la paz definitiva en su
reino.
—Mis amados civiles, mis iguales. Agradecido
estoy con ustedes por confiar en mí. El gobierno crecerá, implementaremos más
lugares con curanderos para enfermos.
Los gritos
aumentaron aún más logrando arrancar otra sonrisa a su amado rey.
Mientras los suspiros
y las alegrías seguían abordando el reino de Castilla, un joven de unos
veintitantos observaba a lo lejos el gran evento. Este joven siempre ha oído
historias sobre el rey de Castilla Francisco Julio I, ahora quien gobernaba era Francisco Julio III.
Siempre ha querido
conocer al rey, por su bondad y por ser la Salvación para el pueblo, quería aprender
de él, decirle cuanto lo admiraba y si era posible, ser su fiel plebeyo.
Este muchacho cuyo
nombre es Murriel poseía una contextura pequeña, pero con una gran fuerza
interna y sorprendente frente a quien la descubriera.
Su tez blanca,
ojos miel y pelo negro hacían resaltar más su sonrisa avasalladora, poseedor de
un gran espíritu.
El joven se acercó
aún más a la muchedumbre, los halagos hacia el rey eran increíbles, se podía
apreciar lo complacidos que estaban respecto a la política del pueblo de
Castilla.
El quería
conocerlo, su anhelo se había hecho aún más grande cuando su abuelo le contó en
detalle sobre el presunto rey.
Murriel, se
dirigió camino al Castillo; poco a poco la multitud iba desapareciendo despejando
el camino del joven.
Su temor se
incrementaba a medida que se acercaba, la inseguridad parecía augurar que
quizás no tendría el placer de conocerlo aquel día, solo esperaba que esos
fueran falsos y vacilantes presagios. El poseía el conocimiento suficiente para
entender que no era común visitar el rey como si esto se tratara de una tarea
asequible, solo esperaba que le recibiera.
El rey, siguió
observando detrás del ventanal como iba oscureciéndose, siempre le gustaba
sentarse, comer frutos y observar la caída del atardecer. Sus ojos demostraban
melancolía. No era un rey como todos, él creía en la igualdad y siempre estuvo
dispuesto a escuchar a su pueblo. A pesar de todo aquello, un fuerte desamparo
lo embargaba. Siguió observando cómo los civiles se dispersaban regresando a
sus respectivos hogares cuando divisó un grupo de jóvenes reunidos manteniendo
una seria charla. El rey sonrió al creer que se trataba de una unidad que
trataría de organizar algo beneficioso para el pueblo de Castilla.
Murriel,
continuaba con su camino hacia al castillo, pretendiendo que lo atiendan para
obtener algún tipo de cita con el monarca. Su objetivo se desvió temporalmente
al captar su atención al grupo de civiles algo alarmados. Se acercó para ver
que sucedía.
Los mismos se
encontraban discutiendo acerca de algunas opiniones respecto a una posible
construcción de chozas para realizar una enseñanza a los más pequeños.
La conversación
había comenzado apacible hasta que despego hacia tonos más violentos por la
disputa entre dos campesinos que no se ponían de acuerdo, cuando los temas
políticos se mezclaban con el asunto.
—He de
decirle que su idea es inútil, nunca recaudaremos lo suficiente.
—Es
usted un mal dotado y mal predispuesto —le retrucó el campesino.
—Déjeme
decirle que usted no tiene sentido común —se quejó el otro civil. Continuaron
así por mucho rato, cuando Murriel se había detenido a escuchar lo que decían,
quedándose sorprendido y hasta divertido de tantos rebotes que tenia la charla.
Ambos civiles, se
acercaban impetuosamente, sorprendiendo a sus compañeros quienes intentaban
separarlos ya que se gritaban muy de cerca.
—Disculpe —intervino Murriel preguntando a un campesino quien también observaba
la disputa—¿Cuál ha de ser el inconveniente aquí?
El civil lo miró
curioso —Buenas tardes ¿Usted es de por aquí? —preguntó estudiando al joven—Oh, veo que lleva sus cosas en esa bolsa —dijo sonriente—. Nunca le he visto
¿Es un recién llegado?
—Así
es, señor. He emigrado de Sevilla, vine a cumplir unos objetivos —dijo sin ser
muy explícito.
—Le
doy la bienvenida —le sonrió.
Los otros campesinos continuaban discutiendo
cada vez mas fuerte haciendo que el hombre tuviera que levantar la voz para
hablarle a Murriel.
—Han
de discutir muy fuerte —dijo Murriel tapándose sus oídos.
El civil rio,
luego le comentó acerca del tema que protagonizaba la controversia en ese
momento. Se habían reunido para solucionar un asunto acerca de los niños
quienes carecían de cultura y ciertos acomodos que otros niños disfrutaban.
—Hemos
de discutir acerca de qué hacer con algunos niños. Uno desea resolver el asunto
pidiendo al consejo una pronta solución y que sean encargados de permitirles
usar algunas tierras y que el reino colabore para armar escuelas episcopales.
El otro le discute alegando lo imposible que sería eso y proponiendo de juntar
a la gente del pueblo para encontrar otra manera de cumplir con este sustento.
—Comprendo. Pero lo que no concibo, es el problema —contestó el joven
interesado en el tema.
—¡Ya
deje de tocarme usted, mal engendrado! —se escuchaba el grito del campesino
que estaba peleando.
—No
tiene ningún principio usted ¿Tanto le ha de costar entender otras
perspectivas? —le contestó el otro.
Más civiles
comenzaron a acercarse al barullo, el cual fue aumentando a medida de su
llegada. La gente intervenía y apoyaba a una u otra parte, ocasionando un
estallido que logro llamar la atención de la mitad del pueblo.
El rey,
impresionado, se acercó hacia su ventana nuevamente para divisar la cantidad de
civiles reunidos fomentando alboroto.
Murriel se acercó
hacia los campesinos que seguían entretenidos en su disputa, quiso intervenir
en la misma, pero ambos hombres no le daban la posibilidad, ignorándolo por
completo. El joven bufó varias veces y sonreía tímidamente al grupo de personas
quienes estaban cerca de ellos.
—¡¿Acaso no se oyen cuando hablan ustedes?! —exclamó por fin Murriel.
Los
hombres solo lo miraron con mala cara y continuaron con sus entredichos.
—Yo
les puedo decir que como recién llegado no es agradable encontrarse con tanto
engullido, el discutir de esta manera y sin escucharse alimenta su poca
comunicación y opinión del tema al respecto —dijo Murriel poniéndose en el
medio de ambos.
—¡Córrase usted, señor! —Lo empujó uno de los hombres hacia un costado—. No
intente injerir en lo que no le concierne.
—¿Cómo
dice? ¿Qué no me ha de concernir? —preguntó incrédulo— Yo creo que si puede
interesarme este asunto, por eso me gustaría aportar a su solución.
El resto de los
civiles miraban a Murriel asombrados por el coraje del joven al interceder en
una disputa donde la gente estaba acostumbrada a escuchar y ver quien
terminaría concluyendo con la misma y siendo el dueño de la razón.
—¿Qué
he dicho? —preguntó incrédulo al notar como lo observaban el resto de los
civiles.
—Muchacho, es mejor que no intente entrometerse —le dijo el campesino quien se
había presentado y le había contado lo sucedido con anterioridad. Tomó a
Murriel por el brazo y lo arrastró con él, permitiendo que los otros hombres
continúen con su controversia.
—Pero
me gustaría contribuir en su objetivo.
—Es
usted un joven muy curioso ¿verdad?
—Soy y
seré así por el resto de mi vida señor y mucha con honradez lo considero. Mi
abuelo me ha enseñado… —no pudo continuar con su relato ya que un fuerte ruido
lo calló.
El civil que estaba con él se metió entre los demás campesinos para
alentar a los que discutían.
Dichos hombres
estaban a punto de iniciar una fuerte riña.
El rey, acompañado
de su considerada fiel duquesa, comenzó a sentirse un poco inquieto.
—¿Qué
ha de suceder allí? —señaló el monarca hacia el grupo de civiles reunidos y
bulliciosos.
—Quizá
sea un simple agrupamiento para hacer sus típicas peticiones a usted, su
majestad —contestó la duquesa con poco interés y mirándose en el espejo.
—No…
no lo creo así, mi dama. Esto no es solo una simple reunión, han de estar
bastante alarmados y eso me turba —contestó el rey preocupado—. Le pido que
primeramente llame usted a los guardias, encargándoles que estén atentos a la
situación y la frenen de ser necesario.
—¿Cree
usted que será necesario? —acotó ella con abulia—. Es decir, majestad, sabe lo
común que es esto, debería dejarles que sigan con sus asuntos y se arreglen
solos, para así aprender como convivir en comunidad.
El rey sin hacerle
caso, nuevamente le exigió hacer lo pedido anteriormente. La bella mujer bufó
pero obedeció a su monarca enviando a un grupo de guardias hacia donde los
civiles se encontraban.
—No
deben ustedes hacer este alboroto, ¿no sería algo impresionante para los niños? —volvió a insistir Murriel entre poniéndose en el medio de los hombres.
—¡Ya
ha agotado mi paciencia, córrase! —gritó el hombre empujando fuertemente a
Murriel haciéndolo caer al suelo.
—Estos
hombres son unos salvajes —dijo el joven mientras intentaba levantarse cuando
el tumulto de gente se seguía acercando a los autores de la agarrada, logrando
que a Murriel le cueste ponerse en pie. Cuando lo consiguió luego de algún
esfuerzo, se alejo unos metros pensando cómo podría parar tal pelea, a la cual,
veía como ridícula.
Los guardias
estaban dirigiéndose hacia el camino del alboroto, muchos civiles comenzaron a
gritar cuando los vieron.
Murriel sintió
algo de pánico, nunca había estado en una especie de protesta como aquella.
Había iniciado con algo tan simple como dos campesinos discutiendo sus
diferencias, y terminó en algo excesivamente escandaloso, lo que nuestro joven
héroe quería evitar en un principio.
Su abuelo siempre
le había comentado acerca de las manifestaciones que a veces se armaban, pero como
siempre le contaba, consiguió frenar varias de ellas. Sonrió al recordarlo.
Murriel aborrecía demostrar sus miedos, por ese motivo, aunque temblara hasta
las entrañas, se arriesgaba a pasar por situaciones engorrosas y complicadas.
El joven se
adentró mucho más con la multitud, quienes ahora aplaudían a uno de los
campesinos dando un discurso respecto a cómo le importaba la integridad de los
niños, no permitiendo que el otro le conteste y tratándolo con violencia.
Murriel revoleó sus ojos pensando lo presuntuoso que se veía aquello. Decidió
no involucrarse más, pensando lo inútil que sería. Su decisión cambio en el
momento que pudo ver a un niño llorar del susto y decir palabras como “Ya no
peleen más” “Madre, no puedo jugar con este ruido, esos señores han de darme
miedo”.
La madre no
escuchaba a su hijo, solo lo tenía sujetado observando con atención la pelea.
Murriel, con furia
comenzó a empujar a los civiles para llegar nuevamente a quienes desataron todo
el escándalo, sorprendido de su acto, consiguió la atención de la multitud,
incluyendo la de los protagonistas de la disputa.
—¡No notan
lo ridículos que han de verse! —gritó.
Los guardias estaban cerca de ellos. —Han conseguido una situación caótica. Los guardias irán a reprenderlos.
—¿Quién es usted, joven? ¡Váyase! —gritó un civil— No sabe usted cómo ha de
funcionar esto, nuestro rey nunca permitiría que nos repriman.
—Han
aprovecharse ustedes de su bondad. Y aunque he llegado aquí hoy, se mucho sobre
su mandato y sé lo que espera de su pueblo y esto puede decepcionarle.
—¡Váyase! —lo intentó arrastrar un campesino.
—¡No
me iré! ¿Acaso ustedes no se dan cuenta lo que han mal logrado? Ustedes
diciendo que quieren lo mejor para los niños y ayudarles cuando el resultado es
el contrario.
—Mejor
es que se vaya, muchacho. Puede ser arriesgado para usted —le dijo en tono
calmado el campesino con quien había hecho charla al principio.
—Si
hago eso, señor, me arrepentiré por no haber expuesto mis pensamientos —dijo
Murriel mirando como los guardias se acercaban.
El joven se apresuró a hablar.
Era asombroso como los civiles que se encontraban allí, guardias y hasta el rey
desde su lugar con algunos miembros de la nobleza, lo observaban detenidamente.
Nunca se imaginó como sería capaz de acaparar su atención, notándolo tan simple
y arriesgado al mismo tiempo —Aquel niño —dijo señalando al pequeño a quien
él lo había escuchado lamentar—. Su disgusto me hizo ver lo equivocados que
ustedes están, más aún de lo que consideraba antes —Murriel dio unos pasos
hacia adelante mirando al niño ofreciéndole su mano—. Venga aquí, pequeñuelo.
El niño se soltó
del agarre de su madre, acercándose hacia Murriel con temor. Los civiles
observaban como el niño avanzaba, mientras le dejaban el paso. Nuestro joven
héroe, continuaba sonriendo hasta la llegada del niño, tomando a este de la
mano. Los guardias llegaron hacia la multitud, notando el silencio que se había
producido a comparación de unos momentos atrás.
—Duquesa —la llamó el rey. La mujer se acercó hacia él— ¿Conoce usted a ese joven? —preguntó señalando a Murriel, quien le había llamado la atención respecto a cómo respondía ante los civiles.
—No le
conozco, majestad, nunca le vi —contestó la duquesa sin demasiado interés.
—Veo
como parte de mi pueblo le presta atención al hablar —sonrió.
El rey quedó
pensativo. Tal actitud de nuestro héroe logró movilizarlo. Su pobre corazón
afligido comenzó a sentir algo parecido a la esperanza.
—¿Ha
de sucederle algo, majestad? —preguntó la bella mujer.
—No
debe preocuparse. Procure que no suceda nada grave allí —señaló a la multitud—. Iré a descansar —dijo con un suspiro—. Si algún civil desea verme, le pido que
le asista, no me he de sentir presentable en estos momentos —sonrió
forzosamente.
—Así
será, majestad —la duquesa lo escoltó hasta su lecho.
Mientras tanto,
Murriel pudo conciliar una especie de acuerdo, el cual le había costado al
principio, luego pudo acomodarlo.
—No
deben ustedes seguir con este absurdo. Deben ustedes de hablar con el rey para
solucionarlo.
—¿Acaso cree usted que no lo hemos pensado ya? No es tan simple como se lo ve.
—Me
han dicho que el rey siempre ha escuchado sus necesidades.
—Y
testigos somos de aquello —le contestó un civil—. Pero no siempre se consiguen
cumplir nuestras peticiones, el consejo es parte de la decisión.
—Usted
porque es un cobarde que no se anima a enfrentar a la nobleza —le dijo el
campesino con el cual había participado de la disputa.
—Yo he
de creer que si se presentan organizadamente, colaborando entre todo el pueblo
y presentando su idea les tendrán mucho más en cuenta que de la manera clásica
que lo hacen.
Los civiles lo
observaban extrañados. A pesar que lo dicho por Murriel pudiera sonar muy
simple, nunca habían recurrido a ese recurso. Poco a poco, los civiles fueron calmándose,
consiguiendo que los guardias no les repriman y pueda estabilizarse la
situación. No solo lo dicho por Murriel consiguió tal cosa, si no que su manera
espontánea y valiente al enfrentarse a toda esa multitud, dejo en evidencia que
se puede luchar por sus propias convicciones.
Los civiles
comenzaron a conversar con tonos diferentes, tomando en cuenta el consejo de su
recién llegado. A pesar de las diferencias, consiguieron volver a reunirse en
los próximos días para tomar una decisión que logre satisfacer a todos de
alguna manera equilibrada. Algunos campesinos agradecieron y admiraron a
Murriel por haber enfrentado a la multitud y a los hombres de la pelea, quienes
no estaban dispuestos a ceder ante nada.
Sin mucho más para agregar respecto a este particular hecho que tuvo que transitar nuestro héroe, no hubo mucho más que lo relatado. El joven despidió con amabilidad a los civiles para dirigirse a su principal objetivo, conocer al rey. Murriel sabía e intuía lo dificultoso que podría ser, pero también había escuchado por los civiles que se podría pactar una cita para realizar alguna petición y él lo recibiría gustoso. El problema es que al joven no se le ocurría ningún tipo de petición respecto al pueblo, más que ser su fiel plebeyo. Tampoco estaba demasiado seguro como se arreglaban tales entrevistas. Su arriesgado corazón exigía ir en ese mismo instante a intentar conocer y hablar con el monarca.
El joven y
reciente civil de Castilla, comenzó a recordar la sabiduría de su abuelo y todo
lo que este le dejó como la más valiosa herencia en su peculiar corazón. Miró
al cielo y sonrió inocentemente. Con mucho más anhelo, se dispuso a ir
directamente por su objetivo y enfrentar cualquier impedimento que se le presentase
para cumplir el sueño que siempre ha tenido compartido con su abuelo.
Al encontrarse a
pocos metros del Castillo, lo observó con admiración, deteniéndose en su
estructura, su emoción iba acrecentando con cada paso dado.
Murriel pudo
llegar a la entrada del castillo donde allí fue detenido.
—No está
permitido pasar, señor —lo detuvo un guardia del Castillo quien poseía grandes
armaduras y un casco de metal mayúsculo.
Murriel soltó una pequeña risita
imaginando como se debería sentir ese hombre con tal pesada pieza de metal.
El guardia lo miró
confundido.
—Ya le he informado que no tiene permitido el paso —repitió.
—Mis
disculpas, hombre de metal —sonrió pero al guardia no le hizo demasiada gracia—. Disculpe
nuevamente mi señor, deseo ver al Rey —pidió con voz temblorosa.
—No le
podré conceder tal deseo.
—¿Cuál
es el motivo de su severa negación? Verlo y hablar con él, es mi única petición…
señor —dijo nuevamente mirándolo con gracia.
—Le aconsejo
retirarse, hombrecito. —el guardia estaba por echarlo, cuando su acto fue
interrumpido.
Una figura
femenina muy bella se había acercado. Cabellos rubios, tez suave y blanca, poseía
una Tiara alta con unos diamantes blancos y brillantes haciendo remarcar mucho
más su belleza. Su atuendo era un vestido largo y rojo que reafirmaba su
preciado busto con unos adornos de plata.
—¡Duquesa! —exclamó el guardia dejándole el paso adelante.
—¡Qué
un rayo me parta en este mismo instante si no consigo congeniar lo que mis ojos
presencian! ¿Usted es…? —el atolondrado joven no pudo terminar su pregunta.
—Aquí
presente, la Duquesa de Castilla —se presentó— ¿Qué se le ofrece joven? —preguntó ella con una mirada indescifrable.
—Un
placer conocerla a usted, su Alteza —hizo una reverencia.
Ella lo saludó de
la misma manera.
—Disculpe
mi intromisión... preciso ver al rey —pidió nuevamente, esperando una
respuesta afirmativa de parte de la mujer.
—Joven,
hemos de notar su reciente espectáculo con otros civiles. ¿Le urge acaso algún
tipo de necesidad? —preguntó apacible pero fríamente.
—¿Acaso
los ojos del rey se han clavado en mi persona? —preguntó sorprendido mientras
se arreglaba sus rebeldes cabellos.
—No es
lo que he querido decirle —contestó rápidamente cortando la pronta emoción de
Murriel—. El rey se ha de preocupar por su pueblo y si una controversia llega a surgir, el quiere estar al tanto del asunto. Por mi parte verlo aquí me ha
venido como anillo al dedo para averiguar y así comunicarle a su Majestad.
—Entiendo. Lamento si he ocasionado disturbios o molestias a su Majestad. Yo
recién he arribado a este pueblo, provengo de Sevilla. Mi deseo ahora es poder
entrevistarme con el rey.
—Debería ser citado por el mismo, como todos
en el pueblo. Verá —comenzó a explicar—, muchos civiles desean hablar todos
los días con su Majestad, el Rey Francisco. Estas se basan en problemas que
urgen y aquejan al pueblo. No puede recibir por cualquier situación ¿me
comprende, campesino?
Murriel asintió
desilusionado.
—¿Para qué necesita usted a su Majestad? —preguntó la duquesa.
—Lo mío es algo personal. Yo… —unas pequeñas
gotas de sudor podían notarse en su frente—Me gustaría ofrecerles mis
servicios como su fiel plebeyo —disparó de repente.
La duquesa lo
observo intrigada.
—Ya hay suficientes, no creo que el rey
necesite otro plebeyo.
—Déjeme intentar hablar con él, le suplico.
Si no necesita, me gustaría que le fuera el que me lo anuncie —dijo firme. No
desistiría tan fácil.
—Lo lamento joven, yo no puedo hacer nada al
respecto —se cruzó de brazos.
—¿No hay manera de…?
—¡No insista, por favor! Quizás algún día
tenga la oportunidad de hablar con él, pero este, no será el momento —dicho
esto, se retiró con altivez.
El guardia miró
burlón a Murriel.
—¿Es mi cara un motivo de burla para usted,
señor? ¡Pues váyase al mismo infierno! —Exclamó con enojo.
—No pierda el tiempo, jovenzuelo, jamás será
un plebeyo del rey.
El joven bufó y se
retiró entristecido y decepcionado.
En esos momentos,
sintió que había sido en vano haber hecho tal fatigoso viaje a Castilla.
Sin embargo, recordó las palabras que su abuelo siempre solía decirle.
“Jamás renuncies a tus objetivos. Los impedimentos que se presenten no
te harán rendir, te harán luchar”
Murriel volteó
para mirar una vez más al Castillo, una sonrisa se hizo presente en su rostro
al recordar tal frase. Como si una nueva iluminación se hubiera acercado.
—No renunciaré, abuelo —murmuró para luego
buscar un lugar en el cual comenzar su nueva vida.
Aquí es donde comienza la verdadera aventura de Murriel, sin renunciar ante el sueño anhelado y la promesa compartida con su abuelo.
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