Dónde surge otra charla particular entre Murriel
y el rey Francisco, la cual quizás sea una de las pocas más demostrativas que
podrían ocasionar emoción en el lector.
Todos seguían normalmente con sus labores. El
pueblo no estaba pasando por el mejor momento, pero aún así, todos ponían de su
parte para que todo saliera lo mejor posible respecto a las cosechas, a las
necesidades de los civiles, los aldeanos, entre otros aspectos relevantes. El
reino contaba con varias aldeas a su alrededor, donde de allí provenía muy
buena fuente de agua. Los negocios siempre estaban presentes, el intercambio
cada vez era mayor y en algunos casos surgían contrariedades. Hasta el momento,
el rey con sus plebeyos y la nobleza lograban tener todo bajo control. Murriel
siempre estaba en contacto con los civiles destacándose por el gran trabajo
hecho últimamente.
—Su Majestad —lo saludó Murriel ingresando a
su habitación.
—¡Muchacho! ¿Qué le trae por aquí? Hace unos
días que no tengo el placer de su presencia —le sonrió.
—Pues… —agachó su cabeza.
—¿Qué sucede? —el rey se levantó de su trono
preocupado.
—Nada, Majestad. Usted sabe mi problema,
usted sabe lo que ha de inquietarme.
—Mi unitario —se acercó—. No debe de
preocuparse ni poner en riesgo a su corazón con esos malos sentimientos, su
labor es prodigio —el rey miró a Murriel intentando descifrar sus sentimientos
y emociones—. Murriel
El mismo levantó su cabeza y observó el
semblante del rey —Dígame, su Majestad.
—Muchacho —apoyó su mano sobre el hombro del
joven—. Usted es demasiado conformista y bonachón.
—Disculpe que le contradiga, pero así me
siento en las mil maravillas —sólo le contestó. A él sólo le preocupaban los
protestantes. No quería pensar en otra cosa.
El rey negó con su cabeza —¿Nunca ha aspirado a
más? —preguntó serio.
Murriel lo miró intentando comprender.
—Lo que deseo insinuarle mi unitario, es si
nunca ha pensado como una loca y cautivante idea el ser rey algún día.
—Sería un desquiciado si una idea como tal se
pasara por mi loca mente.
—¿Por qué no, muchacho? —seguía insistiendo
el rey mientras caminaba sobre la fría madera.
—Eso es algo totalmente imposible, su Majestad. No tengo el poder ni las capacidades, mucho menos el conocimiento
suficiente para serlo —explicó confundido respecto a la ocurrente y
descabellada idea del rey.
—¿Sabe algo? —caminó hasta enfrentarse con
Murriel—. Yo hace mucho tiempo creía lo mismo que usted.
—Su Majestad...
El rey sólo sonrió plácidamente.
—No puedo creer que este escuchando eso.
Usted, siendo el monarca de Castilla diciéndome que considere en que quizás la
vida me lleve a ocupar su puesto —repuso con dejo de entusiasmo.
—¿Acaso no lo desea? —quiso indagar el
soberano. A estas alturas, se sospecha que en la única persona en la el rey
confiaba, era Murriel. Su pureza le daba la suficiente seguridad para respaldar
aún más su opinión. Sin embargo, tal pregunta era una manera de probar los
sentimientos del joven.
—Disculpe mi rudeza, pero no deseo exponer
ningún tipo de sentimiento que tenga que ver con reemplazarlo a usted, su Majestad. Mi conformidad está intacta y mi felicidad es innegable. He de estar
perfectamente como su unitario y no deseo más, mi señor.
—Le agradezco su honestidad. Quiero que sepa,
que mi confianza hacia usted incrementa día a día —sonrió nuevamente.
—Le agradezco, mi Señor. Yo no quiero más
nada en este mundo que resguardar su salud e integridad. Es inevitable no
encontrarme preocupado respecto a su vida… los protestantes…
—No es un tema muy amigable para charlar,
Murriel —contestó serio—. Deje que esto lo solucione la nobleza conmigo, a
usted, le pido que se aparte de esta situación tan riesgosa.
—Lo… lo lamento —dijo cabizbajo mientras una
lágrima se arrojaba por sus ojos—. Yo solo quiero decirle que tengo fuertes
motivos por mi preocupación. Usted sabe que he perdido a mi abuelo por una
desgraciada enfermedad. Puede comprender quizás que no debo entrometerme en
este asunto, pero le suplico que no me aparte ni me sea ajeno de él, necesito
velar por su sanidad, es usted lo más cercano que tengo a mi abuelo. Sus
historias me hacían vivir cada día de su grandiosa vida, mostrándome que hay
esperanzas para las personas quienes eran tan desgraciados como nosotros. Él le
admiraba aunque no le conocía y lamentaba no poder haber llegado como plebeyo en
su gobierno a causa de su vejez. Sin embargo, él seguía todos sus pasos como un
gran adepto suyo. Dichos sentimientos los ha trasladado a mi corazón que albergaba
cumplir este sueño ya hecho realidad por usted, su Majestad. Heme aquí, frente
suyo. Se lo orgulloso que se encontraría mi abuelo si viviera… yo… —su voz se
comenzó a quebrar. El rey se acerco profundamente conmocionado. El mismo
intento hablar, pero el unitario no se lo permitió—. No quiero perturbarle su Majestad y me
disculpo por ello. Es complicado para mi persona dirigirme hacia usted
declarando mis profundas emociones, pero aún así, deseo contarle lo que sucede
de dentro de mi desde que pude formar parte de su suntuoso reinado; su
habilidad me enorgullece provocando el mejor de los tumultos en mi corazón. Su
bondad puede apreciarla desde el ser más necio hasta el más inocente. Yo he de
dar mi vida por usted si el destino así lo impusiera. Junto con mi difunto
abuelo, usted su Majestad, es el ser con el alma más pura que mis rebeldes
sentidos han podido reconocer. Su sonrisa y su paz me recuerdan a la
espontaneidad que poseía mi abuelo, queriéndole aún más. Reitero mis disculpas
si le he ofendido con mi imprudencia, entiendo que un ser humano como yo no
debería regir con estas agallas hacia su Majestad. Más le juro que mis
intenciones carecen de trampa, antes me daría por muerto que mentirle a usted —finalizó limpiándose una lágrima que concluía en caer a sus preciados pómulos.
—Sus palabras me enorgullecen y me deleitan,
hijo. No quiero que piense que deseo apartarlo de mi camino. Aunque sabiendo
que su extravagante pensamiento no lo acepte, yo también pretendo protegerle. No
quiero que la muerte siga presentando su vil acto ante mis ojos —lo último
dicho por el rey, agitó la preocupada alma de Murriel, sin embargo lo próximo
dicho por el rey lo hizo evitar analizar el significado de dichas palabras.
—Sigo manteniendo que usted es capaz, si
algún día debiera reemplazarme. Su ayuda, su afecto incondicional han
demostrado lo único que he deseado conocer de las personas y solo usted, con
sus actitudes sinceras y genuinas lo han evidenciado. Le quiero muchacho, le
quiero como si fuese mi hijo por el cual a un padre le inspiran a vivir todos
los días.
—Mi gran Señor… mi Rey, en mi mente no pasa
palabra alguna que mi boca pueda traducir. He de quererlo con la misma
intensidad…
Ambos se quedaron mirándose uno al otro cuando unos
fuertes gritos interrumpieron su conmovedora situación. Lo que hizo que ambos
se miraran aturdidos, por el ruido y por sus recientes confesiones.
—¿Qué sería tal alboroto? —preguntaron al
unísono mientras sus miradas se cruzaban.
—Iré a ver. Usted permanezca aquí —le dijo
asustado. Salió corriendo como un santiamén a ver qué sucedía.
—Por supuesto que tiene mucho potencial, muchacho,
y más de lo que su loca y despistada mente le permita redituar —susurró el rey
mientras Murriel se retiraba de su habitación.
Aquí finaliza otro episodio donde se expusieron varios sentimientos de nuestro particular héroe, sin más preámbulos, proseguimos con el siguiente.
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