miércoles, 3 de junio de 2015

Episodio XXIII

Episodio XXIII 
Dónde surge otra charla particular entre Murriel y el rey Francisco, la cual quizás sea una de las pocas más demostrativas que podrían ocasionar emoción en el lector.

Todos seguían normalmente con sus labores. El pueblo no estaba pasando por el mejor momento, pero aún así, todos ponían de su parte para que todo saliera lo mejor posible respecto a las cosechas, a las necesidades de los civiles, los aldeanos, entre otros aspectos relevantes. El reino contaba con varias aldeas a su alrededor, donde de allí provenía muy buena fuente de agua. Los negocios siempre estaban presentes, el intercambio cada vez era mayor y en algunos casos surgían contrariedades. Hasta el momento, el rey con sus plebeyos y la nobleza lograban tener todo bajo control. Murriel siempre estaba en contacto con los civiles destacándose por el gran trabajo hecho últimamente.

Su Majestad lo saludó Murriel ingresando a su habitación.
¡Muchacho! ¿Qué le trae por aquí? Hace unos días que no tengo el placer de su presencia le sonrió.
Pues… agachó su cabeza.
¿Qué sucede? el rey se levantó de su trono preocupado.
Nada, Majestad. Usted sabe mi problema, usted sabe lo que ha de inquietarme.
Mi unitario se acercó—. No debe de preocuparse ni poner en riesgo a su corazón con esos malos sentimientos, su labor es prodigio el rey miró a Murriel intentando descifrar sus sentimientos y emociones—. Murriel  
El mismo levantó su cabeza y observó el semblante del rey Dígame, su Majestad.
Muchacho apoyó su mano sobre el hombro del joven—. Usted es demasiado conformista y bonachón.
Disculpe que le contradiga, pero así me siento en las mil maravillas sólo le contestó. A él sólo le preocupaban los protestantes. No quería pensar en otra cosa.
El rey negó con su cabeza ¿Nunca ha aspirado a más? preguntó serio. 
Murriel lo miró intentando comprender.
Lo que deseo insinuarle mi unitario, es si nunca ha pensado como una loca y cautivante idea el ser rey algún día.  
Sería un desquiciado si una idea como tal se pasara por mi loca mente.
¿Por qué no, muchacho? seguía insistiendo el rey mientras caminaba sobre la fría madera.
Eso es algo totalmente imposible, su Majestad. No tengo el poder ni las capacidades, mucho menos el conocimiento suficiente para serlo explicó confundido respecto a la ocurrente y descabellada idea del rey.
¿Sabe algo? caminó hasta enfrentarse con Murriel—. Yo hace mucho tiempo creía lo mismo que usted.
Su Majestad...
El rey sólo sonrió plácidamente.
No puedo creer que este escuchando eso. Usted, siendo el monarca de Castilla diciéndome que considere en que quizás la vida me lleve a ocupar su puesto repuso con dejo de entusiasmo.
¿Acaso no lo desea? quiso indagar el soberano. A estas alturas, se sospecha que en la única persona en la el rey confiaba, era Murriel. Su pureza le daba la suficiente seguridad para respaldar aún más su opinión. Sin embargo, tal pregunta era una manera de probar los sentimientos del joven.
Disculpe mi rudeza, pero no deseo exponer ningún tipo de sentimiento que tenga que ver con reemplazarlo a usted, su Majestad. Mi conformidad está intacta y mi felicidad es innegable. He de estar perfectamente como su unitario y no deseo más, mi señor.
Le agradezco su honestidad. Quiero que sepa, que mi confianza hacia usted incrementa día a día sonrió nuevamente.
Le agradezco, mi Señor. Yo no quiero más nada en este mundo que resguardar su salud e integridad. Es inevitable no encontrarme preocupado respecto a su vida… los protestantes…
No es un tema muy amigable para charlar, Murriel contestó serio—. Deje que esto lo solucione la nobleza conmigo, a usted, le pido que se aparte de esta situación tan riesgosa.
Lo… lo lamento dijo cabizbajo mientras una lágrima se arrojaba por sus ojos—. Yo solo quiero decirle que tengo fuertes motivos por mi preocupación. Usted sabe que he perdido a mi abuelo por una desgraciada enfermedad. Puede comprender quizás que no debo entrometerme en este asunto, pero le suplico que no me aparte ni me sea ajeno de él, necesito velar por su sanidad, es usted lo más cercano que tengo a mi abuelo. Sus historias me hacían vivir cada día de su grandiosa vida, mostrándome que hay esperanzas para las personas quienes eran tan desgraciados como nosotros. Él le admiraba aunque no le conocía y lamentaba no poder haber llegado como plebeyo en su gobierno a causa de su vejez. Sin embargo, él seguía todos sus pasos como un gran adepto suyo. Dichos sentimientos los ha trasladado a mi corazón que albergaba cumplir este sueño ya hecho realidad por usted, su Majestad. Heme aquí, frente suyo. Se lo orgulloso que se encontraría mi abuelo si viviera… yo… su voz se comenzó a quebrar. El rey se acerco profundamente conmocionado. El mismo intento hablar, pero el unitario no se lo permitió—. No quiero perturbarle su Majestad y me disculpo por ello. Es complicado para mi persona dirigirme hacia usted declarando mis profundas emociones, pero aún así, deseo contarle lo que sucede de dentro de mi desde que pude formar parte de su suntuoso reinado; su habilidad me enorgullece provocando el mejor de los tumultos en mi corazón. Su bondad puede apreciarla desde el ser más necio hasta el más inocente. Yo he de dar mi vida por usted si el destino así lo impusiera. Junto con mi difunto abuelo, usted su Majestad, es el ser con el alma más pura que mis rebeldes sentidos han podido reconocer. Su sonrisa y su paz me recuerdan a la espontaneidad que poseía mi abuelo, queriéndole aún más. Reitero mis disculpas si le he ofendido con mi imprudencia, entiendo que un ser humano como yo no debería regir con estas agallas hacia su Majestad. Más le juro que mis intenciones carecen de trampa, antes me daría por muerto que mentirle a usted finalizó limpiándose una lágrima que concluía en caer a sus preciados pómulos.
Sus palabras me enorgullecen y me deleitan, hijo. No quiero que piense que deseo apartarlo de mi camino. Aunque sabiendo que su extravagante pensamiento no lo acepte, yo también pretendo protegerle. No quiero que la muerte siga presentando su vil acto ante mis ojos lo último dicho por el rey, agitó la preocupada alma de Murriel, sin embargo lo próximo dicho por el rey lo hizo evitar analizar el significado de dichas palabras.
Sigo manteniendo que usted es capaz, si algún día debiera reemplazarme. Su ayuda, su afecto incondicional han demostrado lo único que he deseado conocer de las personas y solo usted, con sus actitudes sinceras y genuinas lo han evidenciado. Le quiero muchacho, le quiero como si fuese mi hijo por el cual a un padre le inspiran a vivir todos los días.
Mi gran Señor… mi Rey, en mi mente no pasa palabra alguna que mi boca pueda traducir. He de quererlo con la misma intensidad…
Ambos se quedaron mirándose uno al otro cuando unos fuertes gritos interrumpieron su conmovedora situación. Lo que hizo que ambos se miraran aturdidos, por el ruido y por sus recientes confesiones.
¿Qué sería tal alboroto? preguntaron al unísono mientras sus miradas se cruzaban.
Iré a ver. Usted permanezca aquí le dijo asustado. Salió corriendo como un santiamén a ver qué sucedía.
Por supuesto que tiene mucho potencial, muchacho, y más de lo que su loca y despistada mente le permita redituar susurró el rey mientras Murriel se retiraba de su habitación.

Aquí finaliza otro episodio donde se expusieron varios sentimientos de nuestro particular héroe, sin más preámbulos, proseguimos con el siguiente.

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