Episodio XXXII
Un particular recuerdo desmemoriado, hace cambiar radicalmente la visión
de Camnes respecto a nuestro héroe.
En los días que siguieron, los cambios
se hicieron notar, sobre todo en Brumma, se volvió más antipática de lo que era
y fácilmente se dejo influenciar por la sed de venganza y ambición que invadía
a Camnes y sus hombres. Non Regnum era ahora su nuevo hogar. Tenía un objetivo
por el cual vivir. Quería saborear ese poder que tanto anhelaba una parte de su
corazón. Cada vez que ella dudaba, el líder se entrometía en sus pensamientos,
amoldándola hacia al camino que a él le convenía. Así fue, como Brumma se
estaba convirtiendo en una persona resentida e impulsiva. Dejando de lado las
pocas y buenas emociones que le quedaban.
La duquesa seguía con sus continuas
visitas para mantenerlos al tanto acerca de los movimientos del rey. Sin
embargo, muchas veces se veía complicada, ya que Murriel estaba involucrado,
siempre atento a lo que el monarca necesitaba, muy difícil se le hizo poder
obtener más información. A pesar de que lo contado por la duquesa no era
relevante para Camnes, quería seguir manteniendo un lazo con la mujer. Sequetina
le había comentado a Camnes acerca de lo entrometido que era Murriel,
interponiéndose entre los asuntos de ella y el rey. Fastidiada quedó contando
su mera preocupación a los protestantes. A Camnes no le interesaban demasiado
las quejas prodigadas por Sequetina hasta ese entonces. La duquesa, por primera
vez se sentía útil. Camnes se encargaba de que ella se sintiera de tal forma, su
ingenuidad no le permitía ver más allá, era otra pieza que el líder necesitaba.
La hermosa noche se acercó en Castilla, Sequetina, sin poder conciliar un gramo
de sueño, se dirigió a la cabaña de su líder.
—Buenas noches, señor —ingresó
sorpresivamente Sequetina a la cabaña.
—Sorpresa ante mis ojos. ¿Qué desea a estas
horas, su Alteza? —preguntó sin dejar de lado su pizca de ironía.
—No le soporto —comenzó a quejarse—. Ese
muchacho ordinario e ignorante me tiene hasta la coronilla – Repuso mientras se
movía alterada por un rincón de la cabaña.
Camnes se acercó hacia ella, frenándola
con un movimiento intrépido.
—Duquesa… —mordió sus labios— ¿Qué no soporta?
—No me piense mal, Camnes. Murriel, ese
insípido…
—¿Quién carajos es Murriel? ¡Mujer me tiene
atiborrado con tanto lamento!
—¡El unitario! ¿Acaso no recuerda que le he
estado hablando sobre el todo este tiempo? ¿El maldito que se ha interpuesto
siempre en mis planes para traerle información valiosa a usted? —contestó
airada.
—El unitario —repitió el junto a un suspiro—. Si recuerdo…
—Ese mismo entonces, sigue interfiriendo,
persigue al rey en todo momento, no le deja en paz un segundo, ese condenado y
despreciable…
—¿Y qué tanto le importa a usted? —preguntó interrumpiéndola
con cierta irritación a causa de las quejas de la duquesa.
—¿Cómo ha de preguntarme eso? ¿No le ha
visto?
—No, Alteza, nunca le he visto, ni tampoco es
de mi interés —contestó despreocupado.
—Qué extraño —dijo ella.
—¿Qué le parece extraño su Alteza? —cuestionó Camnes levantando su tono de voz— ¿Ha venido acaso a decirme algo
útil o solo despilfarrar sus lágrimas conmigo?
—No he querido molestarle, Camnes. Usted es
quien más conoce mis debilidades y frustraciones. Entienda lo que ese unitario
ha ocasionado desde que llegó, opacándome miserablemente.
El líder hizo un gesto burlón poniendo
sus dedos sobre los labios de la mujer —Usted, mi querida Alteza, ha
consentido tanto a sus vacilaciones que esas mismas le han opacado a usted.
Considero que ese amiguito del gordo con corona, fue un resonante para que
usted se diera cuenta de ello.
—¿Qué está diciendo? —preguntó angustiosa.
—La verdad, su Alteza. Y vea lo considerado
que debo yo ser para permitirle que se vaya sin ninguna reprimenda y deje de
importunar a su líder.
Sequetina se sentía nuevamente invadida
por las deducciones de Camnes, era algo común que todas las mujeres se vieran
sus pensamientos y emociones desnudas frente a ese hombre.
—Usted si le conoce.
—¿A quién, Alteza? ¡Pare de ponerme tan
nervioso! —gritó enfadado.
—Al unitario —respondió ella alevosamente.
—Se equivoca usted, ya le dije que jamás he
visto en mi vida a ese unitario de quien usted tanto le queja.
—En la conferencia —repuso ella—. Usted y
sus hombres arribaron violentamente al reino de Castilla. Cuando usted enfrento
al rey y perdió el duelo.
—Innecesariamente veo que deba de
recordármelo —le contestó frustrado.
—Sin embargo, el unitario casi se entromete
de nuevo, intentando frenarlos a usted y sus hombres. El incitó a los civiles
de Castilla a chillarle y echarle como un pordiosero. A partir de ese momento,
su nombre quedó impregnado en su mente, deseándole el peor de los destinos y
prometiéndose a sí mismo y al pueblo de Castilla que no le permitirá a usted
conseguir su objetivo —dijo recordando aquel momento vivido cuando Murriel
habló a los civiles.
—¿Pretende asustarme con esos cuentos?
—Sé que a usted no le asusta nada y puedo
recalcar entre todas sus virtudes la fuerte valentía que posee. Sin embargo,
quiero que le recuerde y le tome la misma bronca que le he tenido desde que
piso el pueblo de Castilla. Si él no hubiera estado en esa conferencia, quizás
usted no hubiera sido derrotado.
—¿En qué pudo haber influido ese debilucho en
mi derrota?
—El es el corazón del rey, para mi lamento.
Desde su llegada, el rey ha cambiado, se ha transformado. Le confía tanto a ese
infeliz que deja representarle en el reino.
—Suposiciones, Alteza. Es sólo eso lo que
usted me está diciendo. No creo en las estúpidas energías, las cosas suceden
porque así debieron serlo. He sido demasiado considerado con ese maldito rey,
debería haberlo asesinado frente a todo su estúpido pueblo —dijo traspasando
su espada por una pila de paja encontrada a su lado.
—Esa fuerte ira e impenetrable impotencia que
usted demuestra, siento yo al hablarle de este individuo. Le suplico de su
entendimiento, señor.
—¿Quiere que le mande a matar? —peguntó
burlonamente.
—No ha de poder, señor. Nadie puede contra
ese estúpido unitario. Además sería actuar por un impulso. Yo le deseo
sufrimiento, le deseo que vea como su adorado rey muere frente a sus ojos, es
el mejor castigo —sonrió.
—Lo más astuto que le he escuchado decir en
todo este tiempo —repuso riéndose.
—Espero que le haya recordado.
—No me interesa, duquesa. Ya he escuchado
suficiente. Regrese solo cuando adquiera información que me ha de servir.
—Sabe que así lo hare. Sólo reflexione esta
noche y piense que su enemigo no es el rey, si no, su unitario —dichas esas
palabras se retiró con una reverencia.
—Unitario —murmuró.
En la noche, Camnes cayó fácilmente en
los brazos de Morfeo. Unas imágenes comenzaron a fluir en su mente, como si un
sueño se las hiciera recapitular. Con un movimiento astuto e imprevisto, su
espada voló por los aires para hundirse en la tórrida arena, dejando expuesto
el éxito del rey ante el pueblo de Castilla. Una vertiginosa furia y
frustración ciñeron en todo su ser dejándolo completamente en ridículo.
Humillado, predispuso a retirarse con su orgullo el cual, jamás permitiría que
fuera dañado, siquiera por una sintiente ilícita derrota. Sus ojos se cruzaron
con aquel muchacho, quien lo miraba insoldable y silenciosamente. Su mirada lo
transportaba hacia un lugar donde no había estado jamás, como si aquel muchacho
supiera ya todos sus planes y futuras estrategias antes que el mismo.
Devolviéndole una mirada amenazante, creyendo que eso lo intimidaría y pararía
con toda esa revolución que le ocasionaba, el mismo se la mantuvo, sin mostrar
efecto alguno, empezando a quebrar su poderoso orgullo. Camnes perturbado, no
pudo discernir el por qué de la fortaleza de aquella débil persona. Un sudor
corría por su cuerpo, mientras yacía completamente dormido, las imágenes de
aquel muchacho aparecían y luego se esfumaban muy rápido como para poder
divisarlas en su totalidad. Una risa comenzó a escucharse impenetrablemente en
sus oídos, la misma persona de aquella mirada se reía lastimando sus sentidos
auditivos, evidenciando aún más su presunta derrota. Camnes cayó en la arena
siendo abandonado por el resto de sus hombres, sintiendo que una fuerza lo
aprisionaba, el muchacho acercándose tan cerca como pudo, le susurró a su oído: El fracaso que usted siente, es la alegoría de nuestra gloria.
Camnes se levantó sudado y atemorizado.
Hace tiempo que no sentía tal sensación, el sudor que seguía corriendo en su
piel delataba su estado deplorable de calamidad.
—Maldita duquesa.
Recordando lo comentado por Sequetina,
abrió sus ojos sorpresivamente cuando al fin, pudo entender de quien tanto le
estuvo hablando todo ese tiempo.
—¡Maldito unitario! —gritó.
Luego de ese imprudente sueño, Camnes
no pudo regresar con Morfeo en toda la noche. Dejando a nuestro antagonista
cavilar en sus nuevas emociones, finalizamos con el episodio.
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