miércoles, 26 de agosto de 2015

Episodio XXXVI

Episodio XXXVI
Episodio el cual, podría considerarse largo, donde se tratan algunas cuestiones importantes y el acontecimiento de un hecho poco beneficioso para Sequetina.

La respiración agitada de Sequetina se hacía cada vez más presente en ella, caminando por las afueras del castillo meditó en dirigirse directamente con su ahora actual líder. Últimamente, para ella su vida giraba en torno a los protestantes. Había escuchado ciertos rumores sobre que sospechaban de alguien perteneciente al reino, y aún más fue su asombro cuando al estar a punto de ingresar al castillo pudo escuchar las palabras de los dos jóvenes amigos, refiriéndonos a Murriel y Larry. La duquesa estaba totalmente paranoica, creyendo que la tendrían en la mira y que tal información llegaría al rey, y ahí, estaría perdida. Por completo.
En primera instancia determinó calmar su acelerado corazón, dirigiéndose ahora en dirección contraria por la que estaba yendo hasta el momento.
Tranquila, Sequetina… tranquila se repetía una y otra vez a sí misma, no pudiendo conciliar la apacibilidad.
Absorta en sus profundas preocupaciones, no percató quien venía a su frente, chocándose con una persona.
Mis disculpas a usted, duquesa dijo un hombre con una voz que se podía notar casi temblorosa.
Está bien sólo contestó ella.
Sequetina levantó la mirada para encontrarse con la del conde Gonzalo. Al notarlo, le sonrió plácidamente.
¡Conde! exclamó sorprendida—. He creído que era usted unos de esos fastidiosos campesinos le sonrió ¿Se encuentra usted bien? preguntó al notarlo alterado.
Así es, duquesa. Muy bien estoy. ¿Usted necesita algo?
No. ¿Estaba buscando usted a alguien? preguntó ella intentando desviar su preocupación y que la misma no fuera tan notoria.
A ese punto, se notaba que ambos intentaban lo mismo, ocultar algo acerca de lo que les ofuscaba. Su conversación carecía de algún sentido, ambos deseaban marcharse inmediatamente, pero su estado alarmante les impedía hacerlo.
Necesito resolver algunos asuntos. Sólo eso, duquesa contestó esquivando la mirada de la mujer hacia otro punto.
Bueno, le dejo entonces con esos asuntos sonrió nerviosa.
El Conde hizo una reverencia y se retiró tranquilamente. Al alejarse unos cuantos pasos comenzó a apresurar su caminata.
Sequetina sentía que no podía más con la situación. Al final, terminó yendo hacia la cabaña de Non Regnum.
La bella mujer, había arribado sumamente agitada a la cabaña de los protestantes. Al acercarse, vio a un grupo de los “inferiores” charlando amenamente, aunque su líder no estaba presente. Los saludó con un dejo de cortesía e intriga a la vez. Los hombres la miraron, le devolvieron el saludo y continuaron con sus bromas y cuentos, sin importarles la presencia de la duquesa. Sequetina furiosa por no recibir la atención que según ella merecía, comenzó a quejarse disimuladamente, hasta que los hombres fijaron sus ojos en ella.

¿Camnes? preguntó con interés.
Nuestro Señor no se encuentra aquí, duquesa. ¿A qué se debe su búsqueda tan importante? Un hombre le había respondido, quien, mientras formulaba su pregunta otro lo golpeó con el codo y todos comenzaron a reír. Ante tal acto la duquesa se sonrojó, sorprendiendo a los demás por verla en tal estado.
¿Y porque cree usted? Tengo información para anunciarle se cruzó de brazos. A esa altura la duquesa sentía que iba perdiendo el respecto de quien se dirigía hacia ella. Si no fuese por la palabra “Alteza” seguida de una frase, se sentiría como una campesina ordinaria.
Duquesa se acercó Luife—. Le veo con mucha alteración ¿es cierto?
Luife parecía entender los sentimientos de cada persona, especialmente de las mujeres.
No le entiendo.
No debe usted esconder nada, nosotros podríamos ayudarle ¿Qué le ocurre? preguntó directamente Luife poniendo en un aprieto a Sequetina, ya que era demasiado evidente con sus gesticulaciones y reacciones.
No debe preocuparse usted. Perfectamente me siento sonrió fingiendo calma.
Luego de unos momentos y de varias insistencias de parte de Luife, la mujer comenzó a desahogar sus preocupaciones, reservándose cierta información, ya que todavía no tenía suficiente confianza. La conversación se desvió a un entretenimiento deleitoso para todos. Sequetina comenzó a reírse por las ocurrencias de los hombres y los cuentos que contaban. Al notarlo, se asombró de sí misma, cambiando la perspectiva de su vida, aunque sea por unos escasos momentos. Se divertía, como hace unos años, cuando adoraba por completo al rey y su entusiasmo por convertirse en duquesa la hacía sentir viva. Su actualidad había cambiado. Sin embargo, disfrutaba de aquel momento, sintiéndose acompañada aunque sea por los protestantes, quienes hasta le parecían personas simpáticas.
Su grato momento se vio interceptado por la llegada imprevista de Camnes. El líder presentaba un semblante distante, dedicándole una mirada efímera a la duquesa.
Camnes balbuceó ella para luego levantarse de su asiento y saludarlo con una reverencia.
Los hombres hicieron un pequeño paso atrás, imitando el saludo de la duquesa, dejándole el paso libre.
Camnes entró en la cabaña velozmente, provocando que la mujer le siga atrás.
¿Ha de sucederle algo, Camnes? preguntó extrañada.
No es de su interés, Alteza contestó secamente.
Usual en usted darme tales respuestas. ¿Acaso no le he demostrado que en mi puede confiar? se acercó al hombre.
Lo que me pasa no le incluye a usted, aunque haya sido la disparadora del asunto.
¿Qué intenta decir? cuestionó cruzándose de brazos.
El unitario se enfrentó a ella—. Ese maldito no es más que un estorbo.
Así le he dicho yo siempre sonrió la duquesa.
No creo que usted pueda entender la molestia que me ocasiona.
¿Y qué ansía usted hacer? 
Ninguna cosa, por estos momentos. Mi blanco es el gordo con corona. El sólo es un óbice fácil de derrotar. Quedará en el final sonrió perverso.
El resto de los hombres ingresaron a la cabaña para rendirle cuentas a su líder respecto a que habían avanzado a las posiciones y estrategias que usarían en el ataque final. Se detuvieron al ver a la duquesa y Camnes manteniendo una conversación que empezó a interesarles.
No quiero incumbir en sus asuntos personales se le escapó una risita—. Pero estoy afanosa por saber ¿Qué le preocupa de ese ser tan despreciable y latoso como el unitario?
Le he soñado disparó haciendo referencia al sueño el cual mantuvo hace dos noches.
Oh, mi señor. ¡Madre santa! dijo Sequetina con un gesto exagerado e irónico.
¿Me está burlando usted, Alteza? preguntó fingiendo calma.
Claro que no sería capaz de mofarme de usted, mi señor contestó controlando su pronta risa.
Nuestro líder toma muy adustamente sus sueños. No sería agradable que usted use eso para su gracia, Alteza intervino Luife, sabiendo cómo podría reaccionar Camnes ante la situación, evitando un posible drama.
He dicho que no le estoy mofando, señor.
¿No lo hace, duquesa? ¿Y si le relato mi sueño? preguntó Camnes capcioso. 
Mis oídos desean deleitarse con su sueño, Camnes. Le escucho si usted quiere contarme repuso la duquesa.
¿Reirá usted? 
Nunca le he visto así ¿Por qué tanto interés?
Le explico, su Alteza comenzó a caminar por la cabaña—. Si hay algo que tolero aún más que la traición, es que de mí se mofen, es un acto inadmisible que no puedo concebir.
Cada día ha de sorprender mucho más, Camnes dijo Sequetina con una amplia sonrisa gozadora.
He de verlo. Desde que usted me ha especificado quien es el unitario, mi mente comenzó rememorar los hechos de mi irrupción a la conferencia, el día el cual, el duelo he perdido. La mirada de aquel impertinente se ha clavado en mí como una molestia sagaz. Al evitarle completamente mi mente se desvió de camino, pero usted duquesa, lo ha devuelto nuevamente hacia ese lugar.
No le comprendo sus palabras.
No necesita usted hacerlo. Mi cuento es muy personal, afortunada es usted al escucharlo. Ese mismo día continuó—. He soñado con aquel unitario, haciéndome sentir el ser más fallido y malogrado de todos dijo con rabia—. Sin dejar de repetir mi mente una frase, la cual aparece cada vez que algo sale dañoso.
¿Y cuál será? preguntó la mujer fingiendo interés.
El fracaso que usted siente, es la alegoría de nuestra gloria.
Sequetina comenzó a reír tan lastimosamente, que muchos de los hombres presentes tuvieron que cubrir sus oídos. Camnes la observaba sonriendo con sarcasmo habiendo predicho que ella respondería de tal forma.
¿Mucha gracia le causa mi cuento, Alteza? se acercó camuflando su cólera.
Me disculpo con usted Camnes volvió a reír—. Pero así le confirmo, ha sido algo muy agradable para el humor. No ha de venir mal.
¿Mofarse de mí? 
No me malentienda, le ruego. Sin embargo, debe usted admitir que ha sido muy jocoso de escuchar.
Camnes mantuvo el silencio por unos momentos intercambiando gestos destinados a la duquesa, los cuales variaban entre cólera, rabia, pasividad y represalia. Sequetina sin sentir un gramo de susto, fue hacia el fortachón riéndose nuevamente y comentando sobre el tal sueño, alegando que no podía comprender como un ser tan inofensivo como el unitario, podía ocasionarle tal aflicción, acompañando a cada frase por una risa fastidiosa y atosigadora. 
¿Usted ha visto alguna vez a mudo? le preguntó cambiando de tema.
No le recuerdo ¿Y eso en que se relaciona con lo que estamos conversando, Camnes? -preguntó comenzando a enfadarse.
Chrossa, llame a mudo ordenó—. Quiero que la duquesa le conozca dijo inquisidor.
¿El le ha consolado con el sueño? volvió a hablar en tono burlón—. ¿O sólo es que le escucha por ser mudo?
Camnes la acompaño con una falsa risa. Un hombre adulto, flaco, morocho, de estatura media, con escasa dentadura y ojos negros ensordecedores se acercó a ellos haciendo una reverencia.
Hace rato no le veo, amigo lo saludó cordialmente Camnes.
El hombre hizo un gesto simpático para devolverle el saludo. El líder y el hombre comenzaron a mantener una conversación con palabras de parte de Camnes y gesticulaciones y señas confusas de parte de mudo. El único entendedor era Camnes y Chrossa quienes solían tratarlo más a menudo. El hombre se encargaba de arduos trabajos para mantener a Non Regnum alimentado y acobijado, cortando leña y realizando labores similares a un plebeyo.
Le presento a la duquesa de Castilla Camnes la acercó con su fuerte brazo que ni tiempo le dejo a la mujer de aquejarse.
Buenas, señor lo saludó ella sin mucho entusiasmo.
El hombre se quitó su sombrero hecho de trapos y paja para hacer una doble reverencia frente a la mujer, a la cual miraba afanosamente produciendo en Sequetina cierto pudor.
Puedo notar mudo, que le ha gustado la duquesa 
El mudo asintió felizmente mirando a Sequetina en su totalidad y haciendo gestos insinuantes.
¿Qué pretende usted con esta ridícula presentación, Camnes? cuestionó indignada e incómoda.
La paciencia no es su virtud repuso el líder con una sonrisa.
No lo será si se sigue comportándose como un caricato4.
Mi linda dama dijo con un dejo de sarcasmo—. Le contaré otro cuento para deleitarse.
Hace tiempo atrás, Mudo convivía con un hombre llamado Raimundo, su amo, el cual le solía maltratar por sus frecuentes torpezas. Un día bello y soleado, ambos fueron a buscar leña ya que era una época muy fría. En su trayecto, se encontraron con un lobo bastante feroz y hambriento. Mudo le conocía ya que siempre le daba algunas sobras de su comida. Su señor se atemorizaba con tales bestias y al verle, comenzó a gritar y correr por todo el lugar. El lobo, por mando de su amigo mudo, lo corrió sin hacerle el menor daño con intención sólo de asustarle. Mudo rio y gozó de la escena. Luego de que la bestia se calmó, Raimundo enojase mucho con mudo y al escuchar su risa tan insufrible y molesta, le mando a cortar la lengua. Desde ese día recibió el nombre con el cual fue llamado hasta nuestro presente 
relató Camnes atrapando la atención de todos los presentes, incluida la duquesa.
¡Oh santos míos! exclamó la mujer horrorizada—. Lamento su accidente le dijo palmeando levemente la espalda de mudo.
El hombre hizo gestos con sus manos demostrando que ya había superado el suceso.
Abra la boca mudo ordenó Camnes.
Y así lo hizo, exponiendo su boca en totalidad, al verla se podía notar con claridad la nuez de Adán y solamente el inicio de su lengua cortada, un pedacito de carne de color morado. Sequetina tapo su boca conteniendo un grito de impresión.
Pobre mudo, si tan sólo no se hubiera mofado así de su amo, ahora tendría palabra para conversarnos repuso Camnes abrazándolo de costado.
¿Y qué pretende decirme con esta demostración, Camnes? preguntó sintiendo como su corazón comenzaba a acelerarse.
Hay algo en que Raimundo y yo nos hemos de parecer. Ambos no disculpamos a quienes se burlan de nuestra persona. La risa de mudo provocó en su amo, lo mismo que la suya en mí se acercó desafiantemente hacia Sequetina.
Camnes comenzó a reír sin parar un segundo, como si su respiración pudiera exhalarla con cada carcajada que prodigaba. Sus hombres lo acompañaron contagiados por tanto goce.
¿Qué ha de causarle gracia, señor? preguntó Sequetina cortando las carcajadas de Camnes tan rápido como cuando las empezó.                                 
El hombre la miró mientras nuevamente se acercaba a ella. La duquesa reculó unos pasos sintiendo un pánico inminente por ese hombre tan malvado que le provocaba una sensación tan
amarga que superaba en demasía las veces anteriores. El líder miró a sus hombres con complicidad para luego decir sin ninguna emoción Córtenle la lengua luego de soltar tal frase, miró a los ojos de Sequetina demostrando su casto goce, y regalando otras de sus tantas sarcásticas  sonrisas.
 ¿Qué ha de decir, Camnes? ¿No será cierto, verdad? se está mofando de mi como lo he hecho con usted dijo con vos temblorosa—. Usted sabe que yo sólo he reído para divertirlos quiso defenderse. Sus palabras no modificaban en nada la actitud del líder, manteniéndolo en su misma postura.
Creo que usted habla en abundancia le dijo en un suspiro pausado—. Como pesa ver estas cosas, pero así tendrá que ser sonrió nuevamente mostrando sus dientes.
Dos hombres cogieron a la mujer, para luego arrojarla a un bulto de paja. Uno se sentó encima de ella para aprisionarla, mientras otro se disponía a tomar su espada. Sequetina gritaba desgarradoramente mientras gruesas lágrimas acompañaban su dolor. 
¡Espere Lucko! lo detuvo Camnes. La duquesa sintió un golpe de esperanza sabedora de que Camnes pararía esa locura.
Mejor tome mi espada se la entregó al hombre—. Está mucho más filosa fijó sus ojos en los de Sequetina produciendo en ella mucho más pavor.
Camnes… sólo pudo decir Sequetina, mientras su voz era opacada por el llanto. Su Angustia no le permitía más que sollozar— ¡Le suplico Camnes, que pare con esta demencia!
Deje de lloriquear, mujer. ¿Por qué no entendió razones antes?
Le ruego que me perdone. Usted sabe lo que le admiro, mis intenciones nunca han sido las que usted ha interpretado, por favor…
Su súplica se vio interrumpida por otra fuerte risa propinada por el líder.
Deje de hacer tiempo, Alteza contestó haciendo una seña a Lucko para que continuara.
¡Por favor, le ruego Camnes, pare esto! Sequetina seguía gritando con lágrimas bordeando sus bellos ojos. El líder quedaba expectante de la horrorosa escena, divirtiéndose y saboreando su venganza.
La duquesa se movía intentando salir del agarre de los hombres, pero cada movimiento era en vano, la hundía mucho más en la miseria. Uno de los hombres siguió haciendo fuerza para que la mujer no pueda escapar, apoyándose nuevamente en su espalda. La tortura era inexplicable, los demás protestantes miraban atentos a la situación. Luife en parte, deseaba intervenir, pero sabia como era Camnes, nadie podía contradecir sus decisiones.
Lucko se agachó para tomar la cara de Sequetina, quien seguía inquieta, gritando, llorando y con una desesperación jamás sentida. Cualquiera podría sentir empatía por la mujer, sólo se necesitaba un gramo de compasión. Quedaba en total evidencia, que Camnes carecía de tal característica.
El hombre, tragó en seco mirando con arrepentimiento a su líder, éste mismo le dirigió una mirada amenazante, lo cual alcanzó para que Lucko prosiguiera con su trabajo.
Volvió a inmovilizar la cara de la duquesa abriéndole la boca. Las lágrimas seguían corriendo por los ojos de la mujer hasta llegar a sus rosados pómulos, manteniendo aún los gritos con la poca movilidad que le permitían sus músculos fisonómicos.
La habilidad de Lucko se denotaba en su precisión cogiendo la lengua de la mujer, para luego apoyarla en una áspera madera. Sequetina alargaba su aquejoso llanto, mientras su corazón palpitaba fuertemente, sabiendo el destino deparado. Perder su lengua no era una opción que hubiera imaginado. Era consciente respecto a la actitud y frialdad de Camnes, pero nunca imaginó encontrarse en tal situación. 
Lucko mantenía su mano izquierda aprisionando la lengua de ella, mientras con la derecha tomó la espada filosa que minutos atrás su líder le había entregado.
La levantó como si fuese a cortar leña, como si de una simple labor se tratara. Los ojos pendientes de Sequetina se encontraban posados en el filo de metal, pudiendo observar los movimientos que tal pieza hacía. La espada comenzó a bajar acercándola a la raíz de la lengua. La duquesa temblando, en su estado deplorable, cerró sus ojos por inercia, sintiendo como un frío peregrinaba por su lengua.
Lucko comenzó a acariciarle con su espada aumentando aún más su desasosiego. El líder se regocijaba plenamente con la escena, el sufrimiento y la vulnerabilidad ajena era algo que siempre lo hacía sentir con vida.
Lucko volvió a levantar la espada, para realizar el corte determinante. Sequetina, manteniendo sus ojos cerrados sintió que su vida, terminaría en el instante que la espada atravesara su lengua.
Un fuerte ruido se escuchó, dejando en completa perplejidad en el ambiente.
Camnes comenzó nuevamente con su ola de risa, seguido luego por todos sus hombres, quienes continuaron luego de unos segundos. Sequetina abrió sus ojos desconcertada para encontrarse con el coro de los hombres riéndose frente suyo. Confundida, vio que la espada se encontraba unos centímetros alejada de su lengua. Un alivio la recorrió al percatarse de su realidad.
Lucko la ayudó a levantarse para escoltarla luego frente a Camnes.
¿Qué le ha parecido mi broma, duquesa?
No la he de considerar necesaria se cruzó de brazos. Su voz aún era temblorosa.
Sabe que usted pudo haber perdido su lengua, de no ser porque la necesito. De nada me serviría usted siendo muda repuso manteniendo su sarcasmo.
No puedo entender como es usted de esta manera, Camnes.
Ya le he explicado, duquesa dijo entre dientes—. No creo que usted quiera sacarme de quicio, nuevamente. Un dedo si podría perder la amenazó.
Es un demente respondió ella en voz baja exponiendo su completo temor. Sus lágrimas se habían secado, siendo reemplazadas por otras que anunciaban salir de sus ojos. No podía aguantar tal humillación, lo que había vivido... No lo olvidaría jamás.
Ya no se aflija, Alteza dijo Camnes simulando una especie de puchero con su boca—. Puede contarme que le sucede. He notado que ha tenido una larga conversación con mis hombres.
No he de desear hablar ahora Camnes sólo le dijo, sin salir del trauma que le provocó la reciente situación.
¿Ahora usted va a negarme información? preguntó con un dejo de furia el fortachón.
La duquesa está preocupada que en el reino sospechen de ella, mi señor intervino Luife, intentando desviar la angustia de la duquesa hacia otra dirección para hacerla sentir contenida.
¿Así que de eso ha de tratarse? preguntó Camnes mirando nuevamente a la mujer.
Sí, Camnes contestó la mujer mientras más lágrimas salían de sus ojos.
¿Y por qué desconfiarían de usted?
Sequetina observó a Camnes con bronca, no pudiendo compendiar como ese hombre se tomaba de tal forma las cosas. Ella, sintiéndose completamente vulnerable ante él y todo lo que le había hecho.
¿Acaso es que usted no va a contarme, Alteza? la cuestionó en tono gozador.
¡Le he dicho que no he de sentirme bien! ¿O acaso es que usted no entiende, bestia? exclamó abriendo sus ojos con sorpresa y tapándose su boca al percatarse de lo último dicho.
¿Cómo me ha dicho usted? se acercó Camnes tomándola del cuello.
Señor, la duquesa está asustada por la broma que usted le ha hecho habló Luife. Camnes lo miró con enojo—. Claro que no le contradigo a usted, mi señor, pero entienda su estado. Sigue siendo una mujer indefensa.
¿Qué le ha de pasar a usted, Luife? ¿Acaso ha de interesarle la duquesa? Camnes soltó salvajemente a la mujer y esta se acercó hacia Luife.
No se trata de eso, mi señor.
Entonces si tanto usted puede interceder para ayudarle, interceda para que cuente lo que le pasa. ¡Maldita estúpida! gritó Camnes mirando a la duquesa
Luife le hizo un gesto a Sequetina de consolación y luego le pidió que le cuente a su líder el motivo de su preocupación. La mujer suspiró profundamente.
He escuchado al unitario hablando con su amigo. Luego de que usted le amenazó, comenzaron a sacar conjeturas del porque saben tanto acerca de ellos.
¿Amenazar? ¿Acaso esos idiotas se atreven a llamarle eso una amenaza? rio fuertemente—. Que par de bisoños.
Así es, Camnes, han de sospechar de mí dijo con preocupación.
Camnes rodó sus ojos.
No tienen ninguna información segura para culparle a usted una traición. Nosotros podemos investigar sobre ellos por otros medios.
Igualmente han de sospechar y por el encuentro que tuvieron con usted y sus hombres lo acusó sin intención.
¿Quiere decir que es mi falta, Alteza?  la indagó acercándose aún más a ella.
No… Camnes. No he de decir eso. No…
¿Mal entienda? el líder completó la frase con una sonrisa—. Puedo tenerle una solución para esta cuestión que tanto le aqueja.
¿Cuál sería esa solución? preguntó Sequetina casi en un ruego.
Culpe a alguien más disparó el fortachón.
La duquesa se quedó pensativa por varios instantes, mientras el líder se dirigía hacia sus hombres para exigirles su comida y así saciar su hambre.
¿Y a quién sugiere usted que yo culpe? cuestionó luego de unos momentos la mujer.
Ese, es un problema suyo le contestó el líder con la boca llena de comida.
La duquesa se sentía atrapada, no sabría como culpar a una persona, ni como probar esa mentira para cubrirse. Su miedo aumentaba al pasar los segundos. Su gran enigma era a quien condenaría para paliar sus actos. 

Sin tratar más, nos despedimos de este agitado episodio para proseguir con lo relatado en el siguiente.

4- Lo que se le solían llamar payasos.

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