Episodio XXXVI
Episodio el cual, podría considerarse largo, donde
se tratan algunas cuestiones importantes y el acontecimiento de un hecho poco
beneficioso para Sequetina.
La respiración agitada de Sequetina se hacía cada vez más presente en ella, caminando por las afueras del castillo meditó en dirigirse directamente con su ahora actual líder. Últimamente, para ella su vida giraba en torno a los protestantes. Había escuchado ciertos rumores sobre que sospechaban de alguien perteneciente al reino, y aún más fue su asombro cuando al estar a punto de ingresar al castillo pudo escuchar las palabras de los dos jóvenes amigos, refiriéndonos a Murriel y Larry. La duquesa estaba totalmente paranoica, creyendo que la tendrían en la mira y que tal información llegaría al rey, y ahí, estaría perdida. Por completo.
En primera
instancia determinó calmar su acelerado corazón, dirigiéndose ahora en
dirección contraria por la que estaba yendo hasta el momento.
—Tranquila, Sequetina… tranquila —se repetía una y otra vez a sí misma, no
pudiendo conciliar la apacibilidad.
Absorta en
sus profundas preocupaciones, no percató quien venía a su frente, chocándose
con una persona.
—Mis
disculpas a usted, duquesa —dijo un hombre con una voz que se podía
notar casi temblorosa.
—Está
bien —sólo contestó ella.
Sequetina
levantó la mirada para encontrarse con la del conde Gonzalo. Al notarlo, le
sonrió plácidamente.
—¡Conde! —exclamó sorprendida—. He creído que era usted unos de esos
fastidiosos campesinos —le sonrió— ¿Se encuentra usted bien? —preguntó al
notarlo alterado.
—Así
es, duquesa. Muy bien estoy. ¿Usted necesita algo?
—No.
¿Estaba buscando usted a alguien? —preguntó ella intentando desviar su
preocupación y que la misma no fuera tan notoria.
A ese punto,
se notaba que ambos intentaban lo mismo, ocultar algo acerca de lo que les
ofuscaba. Su conversación carecía de algún sentido, ambos deseaban marcharse
inmediatamente, pero su estado alarmante les impedía hacerlo.
—Necesito resolver algunos asuntos. Sólo eso, duquesa —contestó esquivando la
mirada de la mujer hacia otro punto.
—Bueno, le dejo entonces con esos asuntos —sonrió nerviosa.
El Conde
hizo una reverencia y se retiró tranquilamente. Al alejarse unos cuantos pasos
comenzó a apresurar su caminata.
Sequetina
sentía que no podía más con la situación. Al final, terminó yendo hacia la
cabaña de Non Regnum.
La bella
mujer, había arribado sumamente agitada a la cabaña de los protestantes. Al
acercarse, vio a un grupo de los “inferiores” charlando amenamente, aunque su
líder no estaba presente. Los saludó con un dejo de cortesía e intriga a la vez.
Los hombres la miraron, le devolvieron el saludo y continuaron con sus bromas y
cuentos, sin importarles la presencia de la duquesa. Sequetina furiosa por no
recibir la atención que según ella merecía, comenzó a quejarse disimuladamente,
hasta que los hombres fijaron sus ojos en ella.
—¿Camnes? —preguntó con interés.
—Nuestro Señor no se encuentra aquí, duquesa. ¿A qué se debe su búsqueda tan
importante? —Un hombre le había respondido, quien, mientras formulaba su pregunta
otro lo golpeó con el codo y todos comenzaron a reír. Ante tal acto la duquesa
se sonrojó, sorprendiendo a los demás por verla en tal estado.
—¿Y
porque cree usted? Tengo información para anunciarle —se cruzó de brazos. A
esa altura la duquesa sentía que iba perdiendo el respecto de quien se dirigía
hacia ella. Si no fuese por la palabra “Alteza” seguida de una frase, se
sentiría como una campesina ordinaria.
—Duquesa —se acercó Luife—. Le veo con mucha alteración ¿es cierto?
Luife
parecía entender los sentimientos de cada persona, especialmente de las
mujeres.
—No le
entiendo.
—No
debe usted esconder nada, nosotros podríamos ayudarle ¿Qué le ocurre? —preguntó directamente Luife poniendo en un aprieto a Sequetina, ya que era
demasiado evidente con sus gesticulaciones y reacciones.
—No
debe preocuparse usted. Perfectamente me siento —sonrió fingiendo calma.
Luego de
unos momentos y de varias insistencias de parte de Luife, la mujer comenzó a
desahogar sus preocupaciones, reservándose cierta información, ya que todavía
no tenía suficiente confianza. La conversación se desvió a un entretenimiento
deleitoso para todos. Sequetina comenzó a reírse por las ocurrencias de los
hombres y los cuentos que contaban. Al notarlo, se asombró de sí misma,
cambiando la perspectiva de su vida, aunque sea por unos escasos momentos. Se
divertía, como hace unos años, cuando adoraba por completo al rey y su
entusiasmo por convertirse en duquesa la hacía sentir viva. Su actualidad había
cambiado. Sin embargo, disfrutaba de aquel momento, sintiéndose acompañada
aunque sea por los protestantes, quienes hasta le parecían personas simpáticas.
Su grato
momento se vio interceptado por la llegada imprevista de Camnes. El líder
presentaba un semblante distante, dedicándole una mirada efímera a la duquesa.
—Camnes —balbuceó ella para luego levantarse
de su asiento y saludarlo con una reverencia.
Los hombres hicieron un pequeño paso atrás,
imitando el saludo de la duquesa, dejándole el paso libre.
Camnes entró en la cabaña velozmente, provocando
que la mujer le siga atrás.
—¿Ha de sucederle algo, Camnes? —preguntó
extrañada.
—No es de su interés, Alteza —contestó
secamente.
—Usual en usted darme tales respuestas.
¿Acaso no le he demostrado que en mi puede confiar? —se acercó al hombre.
—Lo que me pasa no le incluye a usted,
aunque haya sido la disparadora del asunto.
—¿Qué intenta decir? —cuestionó cruzándose
de brazos.
—El unitario —se enfrentó a ella—. Ese
maldito no es más que un estorbo.
—Así le he dicho yo siempre —sonrió la duquesa.
—No creo que usted pueda entender la
molestia que me ocasiona.
—¿Y qué ansía usted hacer?
—Ninguna cosa, por estos momentos. Mi
blanco es el gordo con corona. El sólo es un óbice fácil de derrotar. Quedará
en el final —sonrió perverso.
El resto de los hombres ingresaron a la cabaña para
rendirle cuentas a su líder respecto a que habían avanzado a las posiciones y
estrategias que usarían en el ataque final. Se detuvieron al ver a la duquesa y
Camnes manteniendo una conversación que empezó a interesarles.
—No quiero incumbir en sus asuntos
personales —se le escapó una risita—. Pero estoy afanosa por saber ¿Qué le
preocupa de ese ser tan despreciable y latoso como el unitario?
—Le he soñado —disparó haciendo referencia
al sueño el cual mantuvo hace dos noches.
—Oh, mi señor. ¡Madre santa! —dijo
Sequetina con un gesto exagerado e irónico.
—¿Me está burlando usted, Alteza? —preguntó fingiendo calma.
—Claro que no sería capaz de mofarme de
usted, mi señor —contestó controlando su pronta risa.
—Nuestro líder toma muy adustamente sus
sueños. No sería agradable que usted use eso para su gracia, Alteza —intervino
Luife, sabiendo cómo podría reaccionar Camnes ante la situación, evitando un
posible drama.
—He dicho que no le estoy mofando, señor.
—¿No lo hace, duquesa? ¿Y si le relato mi
sueño? —preguntó Camnes capcioso.
—Mis oídos desean deleitarse con su sueño,
Camnes. Le escucho si usted quiere contarme —repuso la duquesa.
—¿Reirá usted?
—Nunca le he visto así ¿Por qué tanto interés?
—Le explico, su Alteza —comenzó a caminar
por la cabaña—. Si hay algo que tolero aún más que la traición, es que de mí se
mofen, es un acto inadmisible que no puedo concebir.
—Cada día ha de sorprender mucho más,
Camnes —dijo Sequetina con una amplia sonrisa gozadora.
—He de verlo. Desde que usted me ha
especificado quien es el unitario, mi mente comenzó rememorar los hechos de mi
irrupción a la conferencia, el día el cual, el duelo he perdido. La mirada de
aquel impertinente se ha clavado en mí como una molestia sagaz. Al evitarle
completamente mi mente se desvió de camino, pero usted duquesa, lo ha devuelto
nuevamente hacia ese lugar.
—No le comprendo sus palabras.
—No necesita usted hacerlo. Mi cuento es
muy personal, afortunada es usted al escucharlo. Ese mismo día —continuó—. He
soñado con aquel unitario, haciéndome sentir el ser más fallido y malogrado de
todos —dijo con rabia—. Sin dejar de repetir mi mente una frase, la cual aparece
cada vez que algo sale dañoso.
—¿Y cuál será? —preguntó la mujer
fingiendo interés.
—El fracaso que usted siente, es la
alegoría de nuestra gloria.
Sequetina comenzó a reír tan lastimosamente, que
muchos de los hombres presentes tuvieron que cubrir sus oídos. Camnes la
observaba sonriendo con sarcasmo habiendo predicho que ella respondería de tal
forma.
—¿Mucha gracia le causa mi cuento, Alteza? —se acercó camuflando su cólera.
—Me disculpo con usted Camnes —volvió a reír—. Pero así le confirmo, ha sido algo muy agradable para el humor. No ha de
venir mal.
—¿Mofarse de mí?
—No me malentienda, le ruego. Sin embargo,
debe usted admitir que ha sido muy jocoso de escuchar.
Camnes mantuvo el silencio por unos momentos
intercambiando gestos destinados a la duquesa, los cuales variaban entre
cólera, rabia, pasividad y represalia. Sequetina sin sentir un gramo de susto,
fue hacia el fortachón riéndose nuevamente y comentando sobre el tal sueño,
alegando que no podía comprender como un ser tan inofensivo como el unitario, podía
ocasionarle tal aflicción, acompañando a cada frase por una risa fastidiosa y
atosigadora.
—¿Usted ha visto alguna vez a mudo? —le
preguntó cambiando de tema.
—No le recuerdo ¿Y eso en que se relaciona
con lo que estamos conversando, Camnes? -—preguntó comenzando a enfadarse.
—Chrossa, llame a mudo —ordenó—. Quiero
que la duquesa le conozca —dijo inquisidor.
—¿El le ha consolado con el sueño? —volvió
a hablar en tono burlón—. ¿O sólo es que le escucha por ser mudo?
Camnes la acompaño con una falsa risa. Un hombre
adulto, flaco, morocho, de estatura media, con escasa dentadura y ojos negros
ensordecedores se acercó a ellos haciendo una reverencia.
—Hace rato no le veo, amigo —lo saludó
cordialmente Camnes.
El hombre hizo un gesto simpático para devolverle
el saludo. El líder y el hombre comenzaron a mantener una conversación con
palabras de parte de Camnes y gesticulaciones y señas confusas de parte de
mudo. El único entendedor era Camnes y Chrossa quienes solían tratarlo más a
menudo. El hombre se encargaba de arduos trabajos para mantener a Non Regnum
alimentado y acobijado, cortando leña y realizando labores similares a un
plebeyo.
—Le
presento a la duquesa de Castilla —Camnes la acercó con su fuerte brazo que ni
tiempo le dejo a la mujer de aquejarse.
—Buenas, señor —lo saludó ella sin mucho
entusiasmo.
El hombre se quitó su sombrero hecho de trapos y
paja para hacer una doble reverencia frente a la mujer, a la cual miraba
afanosamente produciendo en Sequetina cierto pudor.
—Puedo notar mudo, que le ha gustado la duquesa
El mudo asintió felizmente mirando a Sequetina en
su totalidad y haciendo gestos insinuantes.
—¿Qué pretende usted con esta ridícula presentación,
Camnes? —cuestionó indignada e incómoda.
—La paciencia no es su virtud —repuso el líder
con una sonrisa.
—No lo será si se sigue comportándose como
un caricato4.
—Mi linda dama —dijo con un dejo de
sarcasmo—. Le contaré otro cuento para deleitarse.
Hace tiempo atrás, Mudo convivía con un hombre llamado Raimundo, su amo, el cual le solía maltratar por sus frecuentes torpezas. Un día bello y soleado, ambos fueron a buscar leña ya que era una época muy fría. En su trayecto, se encontraron con un lobo bastante feroz y hambriento. Mudo le conocía ya que siempre le daba algunas sobras de su comida. Su señor se atemorizaba con tales bestias y al verle, comenzó a gritar y correr por todo el lugar. El lobo, por mando de su amigo mudo, lo corrió sin hacerle el menor daño con intención sólo de asustarle. Mudo rio y gozó de la escena. Luego de que la bestia se calmó, Raimundo enojase mucho con mudo y al escuchar su risa tan insufrible y molesta, le mando a cortar la lengua. Desde ese día recibió el nombre con el cual fue llamado hasta nuestro presente —relató Camnes atrapando la atención de todos los presentes, incluida la duquesa.
Hace tiempo atrás, Mudo convivía con un hombre llamado Raimundo, su amo, el cual le solía maltratar por sus frecuentes torpezas. Un día bello y soleado, ambos fueron a buscar leña ya que era una época muy fría. En su trayecto, se encontraron con un lobo bastante feroz y hambriento. Mudo le conocía ya que siempre le daba algunas sobras de su comida. Su señor se atemorizaba con tales bestias y al verle, comenzó a gritar y correr por todo el lugar. El lobo, por mando de su amigo mudo, lo corrió sin hacerle el menor daño con intención sólo de asustarle. Mudo rio y gozó de la escena. Luego de que la bestia se calmó, Raimundo enojase mucho con mudo y al escuchar su risa tan insufrible y molesta, le mando a cortar la lengua. Desde ese día recibió el nombre con el cual fue llamado hasta nuestro presente —relató Camnes atrapando la atención de todos los presentes, incluida la duquesa.
—¡Oh santos míos! —exclamó la mujer
horrorizada—. Lamento su accidente —le dijo palmeando levemente la espalda de
mudo.
El hombre hizo gestos con sus manos demostrando que
ya había superado el suceso.
—Abra la boca mudo —ordenó Camnes.
Y así lo hizo, exponiendo su boca en totalidad, al
verla se podía notar con claridad la nuez de Adán y solamente el inicio de su lengua
cortada, un pedacito de carne de color morado. Sequetina tapo su boca
conteniendo un grito de impresión.
—Pobre mudo, si tan sólo no se hubiera
mofado así de su amo, ahora tendría palabra para conversarnos —repuso Camnes
abrazándolo de costado.
—¿Y qué pretende decirme con esta
demostración, Camnes? —preguntó sintiendo como su corazón comenzaba a
acelerarse.
—Hay algo en que Raimundo y yo nos hemos de
parecer. Ambos no disculpamos a quienes se burlan de nuestra persona. La risa
de mudo provocó en su amo, lo mismo que la suya en mí —se acercó
desafiantemente hacia Sequetina.
Camnes comenzó a reír sin parar un segundo, como si
su respiración pudiera exhalarla con cada carcajada que prodigaba. Sus hombres
lo acompañaron contagiados por tanto goce.
—¿Qué ha de causarle gracia, señor? —preguntó Sequetina cortando las carcajadas de Camnes tan rápido como cuando las
empezó.
El hombre la miró mientras nuevamente se acercaba
a ella. La duquesa reculó unos pasos sintiendo un pánico inminente por ese
hombre tan malvado que le provocaba una sensación tan
amarga que superaba en demasía las veces
anteriores. El líder miró a sus hombres con complicidad para luego decir sin
ninguna emoción —Córtenle la lengua —luego de soltar tal frase, miró a los
ojos de Sequetina demostrando su casto goce, y regalando otras de sus tantas
sarcásticas sonrisas.
—¿Qué ha de decir, Camnes? ¿No será cierto,
verdad? se está mofando de mi como lo he hecho con usted —dijo con vos
temblorosa—. Usted sabe que yo sólo he reído para divertirlos —quiso
defenderse. Sus palabras no modificaban en nada la actitud del líder,
manteniéndolo en su misma postura.
—Creo que usted habla en abundancia —le
dijo en un suspiro pausado—. Como pesa ver estas cosas, pero así
tendrá que ser —sonrió nuevamente mostrando sus dientes.
Dos hombres cogieron a la mujer, para luego
arrojarla a un bulto de paja. Uno se sentó encima de ella para aprisionarla,
mientras otro se disponía a tomar su espada. Sequetina gritaba
desgarradoramente mientras gruesas lágrimas acompañaban su dolor.
—¡Espere Lucko! —lo detuvo Camnes. La duquesa sintió un golpe de esperanza sabedora de que Camnes pararía esa locura.
—Mejor tome mi espada —se la entregó al
hombre—. Está mucho más filosa —fijó sus ojos en los de Sequetina produciendo
en ella mucho más pavor.
—Camnes… —sólo pudo decir Sequetina,
mientras su voz era opacada por el llanto. Su Angustia no le permitía más que
sollozar— ¡Le suplico Camnes, que pare con esta
demencia!
—Deje de lloriquear, mujer. ¿Por qué no
entendió razones antes?
—Le ruego que me perdone. Usted sabe lo que
le admiro, mis intenciones nunca han sido las que usted ha interpretado, por
favor…
Su súplica se vio interrumpida por otra fuerte risa
propinada por el líder.
—Deje de hacer tiempo, Alteza —contestó haciendo
una seña a Lucko para que continuara.
—¡Por favor, le ruego Camnes, pare esto! —Sequetina seguía gritando con lágrimas bordeando sus bellos ojos. El líder quedaba expectante de la horrorosa escena, divirtiéndose y saboreando su
venganza.
La duquesa se movía intentando salir del agarre de
los hombres, pero cada movimiento era en vano, la hundía mucho más en la
miseria. Uno de los hombres siguió haciendo fuerza para que la mujer no pueda
escapar, apoyándose nuevamente en su espalda. La tortura era inexplicable, los
demás protestantes miraban atentos a la situación. Luife en parte, deseaba
intervenir, pero sabia como era Camnes, nadie podía contradecir sus decisiones.
Lucko se agachó para tomar la cara de Sequetina,
quien seguía inquieta, gritando, llorando y con una desesperación jamás
sentida. Cualquiera podría sentir empatía por la mujer, sólo se necesitaba un
gramo de compasión. Quedaba en total evidencia, que Camnes carecía de tal
característica.
El hombre, tragó en seco mirando con
arrepentimiento a su líder, éste mismo le dirigió una mirada amenazante, lo
cual alcanzó para que Lucko prosiguiera con su trabajo.
Volvió a inmovilizar la cara de la duquesa
abriéndole la boca. Las lágrimas seguían corriendo por los ojos de la mujer hasta
llegar a sus rosados pómulos, manteniendo aún los gritos con la poca movilidad
que le permitían sus músculos fisonómicos.
La habilidad de Lucko se denotaba en su precisión
cogiendo la lengua de la mujer, para luego apoyarla en una áspera madera.
Sequetina alargaba su aquejoso llanto, mientras su corazón palpitaba
fuertemente, sabiendo el destino deparado. Perder su lengua no era una opción
que hubiera imaginado. Era consciente respecto a la actitud y frialdad de
Camnes, pero nunca imaginó encontrarse en tal situación.
Lucko mantenía su mano izquierda aprisionando la
lengua de ella, mientras con la derecha tomó la espada filosa que minutos atrás
su líder le había entregado.
La levantó como si fuese a cortar leña, como si de
una simple labor se tratara. Los ojos pendientes de Sequetina se encontraban
posados en el filo de metal, pudiendo observar los movimientos que tal pieza
hacía. La espada comenzó a bajar acercándola a la raíz de la lengua. La duquesa
temblando, en su estado deplorable, cerró sus ojos por inercia, sintiendo como
un frío peregrinaba por su lengua.
Lucko comenzó a acariciarle con su espada aumentando
aún más su desasosiego. El líder se regocijaba plenamente con la escena, el
sufrimiento y la vulnerabilidad ajena era algo que siempre lo hacía sentir con
vida.
Lucko volvió a levantar la espada, para realizar el
corte determinante. Sequetina, manteniendo sus ojos cerrados sintió que su
vida, terminaría en el instante que la espada atravesara su lengua.
Un fuerte ruido se escuchó, dejando en completa
perplejidad en el ambiente.
Camnes comenzó nuevamente con su ola de risa,
seguido luego por todos sus hombres, quienes continuaron luego de unos
segundos. Sequetina abrió sus ojos desconcertada para encontrarse con el coro
de los hombres riéndose frente suyo. Confundida, vio que la espada se
encontraba unos centímetros alejada de su lengua. Un alivio la recorrió al
percatarse de su realidad.
Lucko la ayudó a levantarse para escoltarla luego
frente a Camnes.
—¿Qué le ha parecido mi broma, duquesa?
—No la he de considerar necesaria —se cruzó
de brazos. Su voz aún era temblorosa.
—Sabe que usted pudo haber perdido su lengua,
de no ser porque la necesito. De nada me serviría usted siendo muda —repuso
manteniendo su sarcasmo.
—No puedo entender como es usted de esta
manera, Camnes.
—Ya le he explicado, duquesa —dijo entre
dientes—. No creo que usted quiera sacarme de quicio, nuevamente. Un dedo si
podría perder —la amenazó.
—Es un demente —respondió ella en voz baja
exponiendo su completo temor. Sus lágrimas se habían secado, siendo
reemplazadas por otras que anunciaban salir de sus ojos. No podía aguantar tal
humillación, lo que había vivido... No lo olvidaría jamás.
—Ya no se aflija, Alteza —dijo Camnes
simulando una especie de puchero con su boca—. Puede contarme que le sucede. He
notado que ha tenido una larga conversación con mis hombres.
—No he de
desear hablar ahora Camnes —sólo le dijo, sin salir del trauma que le provocó
la reciente situación.
—¿Ahora
usted va a negarme información? —preguntó con un dejo de furia el fortachón.
—La duquesa está preocupada que en el reino
sospechen de ella, mi señor —intervino Luife, intentando desviar la angustia
de la duquesa hacia otra dirección para hacerla sentir contenida.
—¿Así que de eso ha de tratarse? —preguntó
Camnes mirando nuevamente a la mujer.
—Sí, Camnes —contestó la mujer mientras más
lágrimas salían de sus ojos.
—¿Y por qué desconfiarían de usted?
Sequetina observó a Camnes con bronca, no pudiendo
compendiar como ese hombre se tomaba de tal forma las cosas. Ella, sintiéndose
completamente vulnerable ante él y todo lo que le había hecho.
—¿Acaso es
que usted no va a contarme, Alteza? —la cuestionó en tono gozador.
—¡Le he
dicho que no he de sentirme bien! ¿O acaso es que usted no entiende, bestia? —exclamó abriendo sus ojos con sorpresa y tapándose su boca al percatarse de lo
último dicho.
—¿Cómo me
ha dicho usted? —se acercó Camnes tomándola del cuello.
—Señor, la duquesa está asustada por la broma que usted le ha hecho —habló Luife. Camnes
lo miró con enojo—. Claro que
no le contradigo a usted, mi señor, pero entienda su estado. Sigue siendo una
mujer indefensa.
—¿Qué le
ha de pasar a usted, Luife? ¿Acaso ha de interesarle la duquesa? —Camnes soltó
salvajemente a la mujer y esta se acercó hacia Luife.
—No se
trata de eso, mi señor.
—Entonces
si tanto usted puede interceder para ayudarle, interceda para que cuente lo que
le pasa. ¡Maldita estúpida! —gritó Camnes mirando a la duquesa
Luife le hizo un gesto a Sequetina de consolación y
luego le pidió que le cuente a su líder el motivo de su preocupación. La mujer
suspiró profundamente.
—He escuchado al unitario hablando con su
amigo. Luego de que usted le amenazó, comenzaron a sacar conjeturas del porque
saben tanto acerca de ellos.
—¿Amenazar? ¿Acaso esos idiotas se atreven a
llamarle eso una amenaza? —rio fuertemente—. Que par de bisoños.
—Así es, Camnes, han de sospechar de mí —dijo con preocupación.
Camnes rodó sus ojos.
—No tienen ninguna información segura para
culparle a usted una traición. Nosotros podemos investigar sobre ellos por
otros medios.
—Igualmente han de sospechar y por el
encuentro que tuvieron con usted y sus hombres —lo acusó sin intención.
—¿Quiere decir que es mi falta, Alteza? —la indagó acercándose aún más a ella.
—No… Camnes. No he de decir eso. No…
—¿Mal entienda? —el líder completó la frase
con una sonrisa—. Puedo tenerle una solución para esta cuestión que tanto le
aqueja.
—¿Cuál sería esa solución? —preguntó
Sequetina casi en un ruego.
—Culpe a alguien más —disparó el fortachón.
La duquesa se quedó pensativa por varios instantes,
mientras el líder se dirigía hacia sus hombres para exigirles su comida y así
saciar su hambre.
—¿Y a quién sugiere usted que yo culpe? —cuestionó luego de unos momentos la mujer.
—Ese, es un problema suyo —le contestó el
líder con la boca llena de comida.
La duquesa se sentía atrapada, no sabría como
culpar a una persona, ni como probar esa mentira para cubrirse. Su miedo
aumentaba al pasar los segundos. Su gran enigma era a quien condenaría para
paliar sus actos.
Sin tratar más, nos despedimos de este agitado episodio para proseguir con lo relatado en el siguiente.
4- Lo que se le solían llamar payasos.
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