jueves, 20 de agosto de 2015

Episodio XXXIV

Episodio XXXIV
Dónde un posible encuentro pudo haber sucedido entre Camnes y Murriel.

El tiempo seguía pasando para el reino de Castilla. No era novedad las preocupaciones de Murriel, los gritos que de vez en cuando se sentían de parte del rey, todos estaban alterados. La muerte de Dionisio no hizo más que sembrar mucho más temor al rey de Castilla y sus habitantes.
Lo habían encontrado unos días después de su muerte. El cadáver no se encontraba en el mismo lugar donde ocurrieron los hechos. Camnes mandó a sus hombres a que lo dejaran al lado de un lago, el cual se encontraba a unas pocas millas del reino. Cuando este fue encontrado nadie pudo concebir siquiera como había ocurrido tal acto atroz. Murriel y Larry eran quienes lo habían encontrado, llamando a unos guardias y campesinos para que los auxiliasen. Y de tal forma se relatará como acontecieron los hechos.

Le he dicho por enésima vez, que he visto algo extraño, un cuerpo desahuciado cerca del lago 
contó Murriel a su amigo, a quien arrastraba consigo para dirigirse hasta el lugar.
Calme el apuro, Murriel habló Larry luego de unos segundos—. Le creo ¿pero seguro está que debemos dirigirnos solos hacia ese lugar?
¿Qué podría pasarnos? ¿A qué le teme? cuestionó Murriel.
Yo jamás le he temido a alguna cosa en mi vida respondió—. Pero también se ser precavido, usted suele ser fiado, mi amigo.
Deje de tanta manía Larry y si algo extraño vemos llamaremos a nuestros guardias y gentes del pueblo.
Larry sin estar muy convencido, siguió a Murriel para verificar lo que este había dicho ver.
Al llegar, pudieron avistar un cuerpo completamente moribundo el cual emanaba un olor que delataba su deplorable estado. Ambos jóvenes sin acercarse demasiado pudieron reconocer de quien se trataba. Unos ruidos comenzaron a escuchar, temiendo Larry un infligido peligro, se escondió con su amigo.
¿Por qué ese alboroto? preguntó el unitario.
Amigo, hemos de estar en problemas. Ese hombre de allí es Dionisio, nuestro preciado guardia.
Debemos de avisar a los guardias y gente del reino.
Vaya usted, entonces. Yo aquí me quedaré a esperarles repuso Larry ocultando su temor. No quería que Murriel, siendo tan aventurado quedara solo.
Los dueños de tales ruidos se hicieron presentes. Luife, Chrossa y otros hombres de Non Regnum aparecieron.
¡Protestantes! murmuraron al unísono ambos jóvenes.
Escúcheme amigo, ¿seguro está usted de que yo vaya a buscar a nuestra gente?
Así le confirmo Murriel, vaya a buscarles, yo me quedaré aquí y procurare que no me vean.
Sólo le pido que se guarde tranquilo.
Luego de que el unitario despidiera a su amigo, se dirigió rápidamente para buscar a la guardia del reino. Se sorprendieron al escuchar su informe, lamentando la gran pérdida. Al saber que allí posiblemente se encontrarían los protestantes, enseguida se armaron varios guardias para dirigirse al lugar. El rey, enterado por el tumulto, quiso interceder pero para resguardar su integridad le dijeron que luego le contarían lo sucedido, sembrando en él algo que jamás había sentido con tanta intensidad como hasta ese momento. El miedo.
Murriel al ver que el monarca no estaba en buen estado, decidió primero acompañarlo para así contarle lo sucedido, no queriéndolo hacer ajeno de la situación ya que como rey de Castilla merecía saber que pasaba con su pueblo y su gente.
Murriel llevó a su preciado rey hacia su habitación. Allí mismo surgió una charla importante, la cual vale la pena ser relatada.
Por amor a esta vida, mi querido unitario ¿Qué ha ocurrido? preguntó el monarca con congoja.
Temo que debo informarle malas noticias, su Majestad contestó Murriel.
Démelas, sin más vueltas, le pido suplicó nervioso.
Los protestantes han ejecutado a Dionisio, su fiel guardia. Le hemos encontrado muerto en el lago. Luego ellos llegaron, quiero decir, algunos de ellos.  
¡Quién les ha parido! exclamó el rey mientras unas lágrimas caían de sus ojos. Recordaba aquel momento en que él le pidió que fuera a buscar a Sequetina. Jamás imaginó que tendría tal trágico final—. Mi culpa quizás ha sido. Yo le he mandado solo a buscar por la duquesa dijo, sentándose pesadamente en su trono.
Le pido sólo calma, su Majestad. Las cuestiones…
¡Murriel! lo interrumpió.
El unitario sintió temor por unos segundos al notar el semblante de su rey, nunca hasta ese entonces lo había visto en tal estado
La calma ahora en mi no yace, ni creo que yacerá jamás. Esto sólo es un comienzo de lo que esos individuos pretenden hacer con nuestro reino y nuestra gente suspiró—. Le pido si puede llamar a la duquesa.
Le llamaré ahora mismo, su Majestad. Disculpe si le he ofendido. Yo no puedo concebir que usted jamás goce de la paz. Le aseguro que mientras permanezca aquí, le cuidaré hasta mis últimos días.
El rey hizo un gesto consolador para luego dibujar una armoniosa sonrisa, aunque casi forzosa, todavía podía mantener el cariño profesado hacia el unitario a pesar del estado crítico en el cual se encontraba.
Al llegar la duquesa a la habitación ella intentó confortarlo con sus falsas palabras. Sequetina se hacia la desentendida respecto al suceso ocurrido con Dionisio, aunque una molesta sensación no la dejaba en paz, un sentimiento que le ennegrecía el alma y no le permitía concebir la quietud. Era remordimiento. El rey, luego de recitar algunas oraciones en pesar del guardia, le prohibió luego a Sequetina que continúe con su cometido de buscar información. La quería salva. La misma tuvo que aceptar el pedido hecho por su rey, muy en desacuerdo, aunque no rehusaría en seguir teniendo encuentros con Camnes para continuar su estrategia.

Los guardias de Castilla llegaron rápidamente hacia el lugar, donde encontraron a Dionisio muerto. Indignados buscaron a los protestantes quienes se habían marchado antes. Larry salió de su escondite para informarles acerca de lo visto.
Camnes, decidió dirigirse hacia el lugar, para terminar con lo que había empezado y enterrar de una vez al hombre asesinado.
Sorpresa sintió al ver a las personas quienes se encontraban en el lago. Particularmente, Larry llamó su atención ya que coincidía con algunas características que le había descripto Sequetina respecto al unitario, confundiéndole con Murriel. Una pérfida sonrisa apareció en sus labios.
Veo que hemos de tener visitas habló Camnes.
Solo tres hombres de Non Regnum lo acompañaban, entre ellos Luife.
¡Miserable! ¿Usted ha hecho esto? preguntó uno señalando el cuerpo del muerto.
¿Y le es de importancia? cuestionó inquisidor.
Una guerra nos acaba de declarar habló otro guardia
Larry observaba boquiabierto toda la escena, sintiendo miedo por la imponencia de Camnes.
Eso ha comenzado hace rato ya, señor mío rio fuertemente.
¿Qué busca usted, señor? le preguntó el guardia.
Muchas cosas anhelo buscar y encontrar. No deseo informarle a ustedes, señores, cuales son contestó egocéntrico mientras se acercó hacia el cuerpo de Dionisio.
No le permito se interpuso un guardia sacando su espada.
Camnes sonriendo sarcásticamente, agarró la espada del guardia con su mano, sacándosela tan velozmente que no le dio tiempo al hombre para realizar movimiento alguno.
El guardia reculó unos pasos sorprendido. 
No crean que ustedes podrán hacer demasiado disparó Camnes—. No me tomaría ni unos minutos hacerlos trizas a todos juntos.
Los hombres de Castilla, mirándose unos a otros no daban duda de aquello. Ese hombre era superior a ellos en cuanto a fuerza y velocidad además de tener a dos de sus hombres con él, que bien entrenados parecían estar.
No hemos de temerle a usted, señor. A nuestro compañero lo llevaremos nosotros se animó a hablar otro guardia.
En la charla, otro hombre se posicionó a espaldas de Camnes para darle una fuerte golpiza. Sintiendo el líder su respiración detrás de sí y confiado de que sus hombres lo auxiliarían, no se movió de su lugar. Luife impidió que ese golpe fuera propinado.
¡Loado sea dios, Lombardo! gritaron los guardias yendo a ayudar a su compañero.
Los hombres de Non Regnum y del reino comenzaron una batalla con sus piezas de hierro y metal.
Mientras eso ocurría, el líder fue en camino hacia Larry, quien asustado estaba observando la escena. 
Usted lo llamó.
¿Qué quiere? preguntó temeroso.
Usted es el fastidioso unitario lo acusó.
Larry abrió sus ojos sorpresivamente agradeciendo a todos los santos existentes que su amigo no se encontrara allí, sabiendo que ese hombre lo estaba buscando y no parecía ser por buenos motivos.
¿Tan miedoso resulto ser? se burlaba el líder.
No es miedo, señor se defendió el campesino—. Es que usted equivocado está.
El fortachón lo tomó de sus desalineadas vestiduras acercándolo hacia él con mirada amenazante.
Escúcheme, si no quiere morir en este momento, le pido con la poca afabilidad que me queda que deje de entrometerse en mis asuntos.
Se ha equivocado usted señor volvió a repetir Larry sin poder esconder su grima—. No soy quien usted dice.
No me haga perder mi escasa paciencia gruñó el líder apretándolo aún más fuerte dejando al pobre de Larry sin aire.
Le digo que no soy ese quien usted dice insistió largando su voz estrechamente sin poder respirar.
Señor, el joven es dueño de la razón, es solo un campesino del reino. El unitario no se encuentra aquí le informó en tono elevado Luife agitado mientras continuaba con su batalla.
Camnes lo miró con furia y detenimiento, soltándolo de repente. Larry cayó al suelo y comenzó a respirar oscilante, poniendo su mano sobre su cuello por la sensación que el líder le había dejado.
Si le ve a ese individuo, mándele mi mensaje sonrió punzante Camnes mirando al campesino. Larry le devolvió una mirada con disgusto.
El fortachón se dirigió hacia sus hombres quienes todavía seguían luchando con los demás. Hizo un gesto de negación.
No hacen más que verse ridículos les dijo.
De un impulso quitó las espadas a los guardias y las tiró con fuerza al piso.
Ha terminado ya, paren de ser tan imbéciles.
Los hombres de Non Regnum guardaron sus espadas mirando mal a los guardias quienes quedaron anonadados ante la actitud del líder.
Los protestantes sin decir más palabra regresaron a su camino.
Larry se levantó de repente colérico e impotente.
¿Qué quiere usted del unitario, maldito miserable? gritó Larry viendo como los hombres se alejaban.
Camnes se dio vuelta dándole una risa gozadora y siguió su trayecto.
¡Malditos sean! 
Mantenga usted la calma, joven le dijo un guardia ¿Se encuentra bien?
El joven campesino solo asintió.
Muy a su pesar, los guardias y Larry se dispusieron a enterrar el cuerpo de Dionisio. Luego de aquello, partieron nuevamente hacia el reino, para informar lo ocurrido a su monarca. Larry mantuvo silencio en todo el viaje, preocupado por la integridad de su amigo, preguntándose constantemente por que el empeño del protestante en encontrarlo. No comprendía por qué Murriel estaría entrometiéndose en sus asuntos.
De repente, su rostro cambió a un semblante sorpresivo, sospechando a que podía deberse tal acción por parte del líder de Non Regnum. 

Sin relatar más, con tal incógnita nos despedimos de este sacudido episodio.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario