Episodio XXXIV
Dónde un posible encuentro pudo haber
sucedido entre Camnes y Murriel.
El tiempo seguía pasando para el reino de Castilla. No era novedad las preocupaciones de Murriel, los gritos que de vez en cuando se sentían de parte del rey, todos estaban alterados. La muerte de Dionisio no hizo más que sembrar mucho más temor al rey de Castilla y sus habitantes.
Lo habían
encontrado unos días después de su muerte. El cadáver no se encontraba en el
mismo lugar donde ocurrieron los hechos. Camnes mandó a sus hombres a que lo
dejaran al lado de un lago, el cual se encontraba a unas pocas millas del
reino. Cuando este fue encontrado nadie pudo concebir siquiera como había
ocurrido tal acto atroz. Murriel y Larry eran quienes lo habían encontrado,
llamando a unos guardias y campesinos para que los auxiliasen. Y de tal forma se
relatará como acontecieron los hechos.
—Le he dicho por enésima vez, que he visto algo extraño, un cuerpo desahuciado cerca del lago —contó Murriel a su amigo, a quien arrastraba consigo para dirigirse hasta el lugar.
—Calme
el apuro, Murriel —habló Larry luego de unos segundos—. Le creo ¿pero seguro
está que debemos dirigirnos solos hacia ese lugar?
—¿Qué
podría pasarnos? ¿A qué le teme? —cuestionó Murriel.
—Yo
jamás le he temido a alguna cosa en mi vida —respondió—. Pero también se ser precavido, usted
suele ser fiado, mi amigo.
—Deje de tanta manía Larry y si algo extraño
vemos llamaremos a nuestros guardias y gentes del pueblo.
Larry sin estar muy convencido, siguió a Murriel
para verificar lo que este había dicho ver.
Al llegar, pudieron avistar un cuerpo completamente
moribundo el cual emanaba un olor que delataba su deplorable estado. Ambos
jóvenes sin acercarse demasiado pudieron reconocer de quien se trataba. Unos
ruidos comenzaron a escuchar, temiendo Larry un infligido peligro, se escondió
con su amigo.
—¿Por qué ese alboroto? —preguntó el
unitario.
—Amigo, hemos de estar en problemas. Ese
hombre de allí es Dionisio, nuestro preciado guardia.
—Debemos de avisar a los guardias y gente del
reino.
—Vaya usted, entonces. Yo aquí me quedaré a
esperarles —repuso Larry ocultando su temor. No quería que Murriel, siendo tan
aventurado quedara solo.
Los dueños de tales ruidos se hicieron presentes.
Luife, Chrossa y otros hombres de Non Regnum aparecieron.
—¡Protestantes! —murmuraron al unísono ambos
jóvenes.
—Escúcheme amigo, ¿seguro está usted de que
yo vaya a buscar a nuestra gente?
—Así le confirmo Murriel, vaya a buscarles,
yo me quedaré aquí y procurare que no me vean.
—Sólo le pido que se guarde tranquilo.
Luego de que el unitario despidiera a su amigo, se
dirigió rápidamente para buscar a la guardia del reino. Se sorprendieron al
escuchar su informe, lamentando la gran pérdida. Al saber que allí posiblemente
se encontrarían los protestantes, enseguida se armaron varios guardias para
dirigirse al lugar. El rey, enterado por el tumulto, quiso interceder pero para
resguardar su integridad le dijeron que luego le contarían lo sucedido,
sembrando en él algo que jamás había sentido con tanta intensidad como hasta
ese momento. El miedo.
Murriel al ver que el monarca no estaba en buen
estado, decidió primero acompañarlo para así contarle lo sucedido, no
queriéndolo hacer ajeno de la situación ya que como rey de Castilla merecía
saber que pasaba con su pueblo y su gente.
Murriel llevó a su preciado rey hacia su
habitación. Allí mismo surgió una charla importante, la cual vale la pena
ser relatada.
—Por amor a esta vida, mi querido unitario
¿Qué ha ocurrido? —preguntó el monarca con congoja.
—Temo que debo informarle malas noticias, su Majestad —contestó Murriel.
—Démelas, sin más vueltas, le pido —suplicó nervioso.
—Los protestantes han ejecutado a Dionisio,
su fiel guardia. Le hemos encontrado muerto en el lago. Luego ellos llegaron,
quiero decir, algunos de ellos.
—¡Quién les ha
parido! —exclamó el rey mientras unas lágrimas caían de sus ojos. Recordaba aquel momento en que él le pidió que fuera a buscar a
Sequetina. Jamás imaginó que tendría tal trágico final—. Mi culpa quizás ha
sido. Yo le he mandado solo a buscar por la duquesa —dijo, sentándose pesadamente en su trono.
—Le pido
sólo calma, su Majestad. Las cuestiones…
—¡Murriel! —lo interrumpió.
El unitario sintió temor por unos segundos al notar el semblante de su rey, nunca hasta ese entonces lo había visto en tal estado —La calma ahora en mi no yace, ni creo que yacerá jamás. Esto sólo es un comienzo de lo que esos individuos pretenden hacer con nuestro reino y nuestra gente —suspiró—. Le pido si puede llamar a la duquesa.
El unitario sintió temor por unos segundos al notar el semblante de su rey, nunca hasta ese entonces lo había visto en tal estado —La calma ahora en mi no yace, ni creo que yacerá jamás. Esto sólo es un comienzo de lo que esos individuos pretenden hacer con nuestro reino y nuestra gente —suspiró—. Le pido si puede llamar a la duquesa.
—Le
llamaré ahora mismo, su Majestad. Disculpe si le he ofendido. Yo no puedo
concebir que usted jamás goce de la paz. Le aseguro que mientras permanezca
aquí, le cuidaré hasta mis últimos días.
El rey hizo un
gesto consolador para luego dibujar una armoniosa sonrisa, aunque casi forzosa, todavía podía mantener el cariño profesado hacia el unitario a pesar del
estado crítico en el cual se encontraba.
Al llegar la duquesa
a la habitación ella intentó confortarlo con sus falsas palabras. Sequetina se
hacia la desentendida respecto al suceso ocurrido con Dionisio, aunque una
molesta sensación no la dejaba en paz, un sentimiento que le ennegrecía el alma
y no le permitía concebir la quietud. Era remordimiento. El rey, luego de
recitar algunas oraciones en pesar del guardia, le prohibió luego a Sequetina
que continúe con su cometido de buscar información. La quería salva. La misma
tuvo que aceptar el pedido hecho por su rey, muy en desacuerdo, aunque no
rehusaría en seguir teniendo encuentros con Camnes para continuar su
estrategia.
Los guardias de
Castilla llegaron rápidamente hacia el lugar, donde encontraron a Dionisio
muerto. Indignados buscaron a los protestantes quienes se habían marchado
antes. Larry salió de su escondite para informarles acerca de lo visto.
Camnes, decidió
dirigirse hacia el lugar, para terminar con lo que había empezado y enterrar de
una vez al hombre asesinado.
Sorpresa sintió al
ver a las personas quienes se encontraban en el lago. Particularmente, Larry llamó su atención ya que coincidía con algunas características que le había
descripto Sequetina respecto al unitario, confundiéndole con Murriel. Una
pérfida sonrisa apareció en sus labios.
—Veo
que hemos de tener visitas —habló Camnes.
Solo tres hombres de Non Regnum lo acompañaban, entre ellos Luife.
Solo tres hombres de Non Regnum lo acompañaban, entre ellos Luife.
—¡Miserable! ¿Usted ha hecho esto? —preguntó uno señalando el cuerpo del
muerto.
—¿Y le
es de importancia? —cuestionó inquisidor.
—Una
guerra nos acaba de declarar —habló otro guardia
Larry observaba
boquiabierto toda la escena, sintiendo miedo por la imponencia de Camnes.
—Eso
ha comenzado hace rato ya, señor mío —rio fuertemente.
—¿Qué
busca usted, señor? —le preguntó el guardia.
—Muchas cosas anhelo buscar y encontrar. No deseo informarle a ustedes, señores,
cuales son —contestó egocéntrico mientras se acercó hacia el cuerpo de
Dionisio.
—No le
permito —se interpuso un guardia sacando su espada.
Camnes sonriendo
sarcásticamente, agarró la espada del guardia con su mano, sacándosela tan
velozmente que no le dio tiempo al hombre para realizar movimiento alguno.
El guardia
reculó unos pasos sorprendido.
—No
crean que ustedes podrán hacer demasiado —disparó Camnes—. No me tomaría ni
unos minutos hacerlos trizas a todos juntos.
Los hombres de
Castilla, mirándose unos a otros no daban duda de aquello. Ese hombre era
superior a ellos en cuanto a fuerza y velocidad además de tener a dos de sus
hombres con él, que bien entrenados parecían estar.
—No
hemos de temerle a usted, señor. A nuestro compañero lo llevaremos nosotros —se animó a hablar otro guardia.
En la charla,
otro hombre se posicionó a espaldas de Camnes para darle una fuerte golpiza.
Sintiendo el líder su respiración detrás de sí y confiado de que sus hombres lo
auxiliarían, no se movió de su lugar. Luife
impidió que ese golpe fuera propinado.
—¡Loado
sea dios, Lombardo! —gritaron los guardias yendo a ayudar a su compañero.
Los hombres de
Non Regnum y del reino comenzaron una batalla con sus piezas de hierro y metal.
Mientras eso
ocurría, el líder fue en camino hacia Larry, quien asustado estaba observando
la escena.
—Usted —lo llamó.
—¿Qué
quiere? —preguntó temeroso.
—Usted
es el fastidioso unitario —lo acusó.
Larry abrió sus
ojos sorpresivamente agradeciendo a todos los santos existentes que su amigo no
se encontrara allí, sabiendo que ese hombre lo estaba buscando y no parecía ser
por buenos motivos.
—¿Tan
miedoso resulto ser? —se burlaba el líder.
—No es miedo, señor —se defendió
el campesino—. Es que usted equivocado está.
El fortachón lo tomó de sus
desalineadas vestiduras acercándolo hacia él con mirada amenazante.
—Escúcheme, si no quiere
morir en este momento, le pido con la poca afabilidad que me queda que deje de
entrometerse en mis asuntos.
—Se ha equivocado usted
señor —volvió a repetir Larry sin poder esconder su grima—. No soy quien usted
dice.
—No me haga perder mi
escasa paciencia —gruñó el líder apretándolo aún más fuerte dejando al pobre
de Larry sin aire.
—Le digo que no soy ese
quien usted dice —insistió largando su voz estrechamente sin poder respirar.
—Señor, el joven es dueño
de la razón, es solo un campesino del reino. El unitario no se encuentra aquí —le informó en tono elevado Luife agitado mientras continuaba con su batalla.
Camnes lo miró con furia y
detenimiento, soltándolo de repente. Larry cayó al suelo y comenzó a respirar oscilante,
poniendo su mano sobre su cuello por la sensación que el líder le había dejado.
—Si le ve a ese
individuo, mándele mi mensaje —sonrió punzante Camnes mirando al campesino.
Larry le devolvió una mirada con disgusto.
El fortachón se dirigió hacia sus
hombres quienes todavía seguían luchando con los demás. Hizo un gesto de
negación.
—No hacen más que verse
ridículos —les dijo.
De un impulso quitó las espadas a
los guardias y las tiró con fuerza al piso.
—Ha terminado ya, paren
de ser tan imbéciles.
Los hombres de Non Regnum
guardaron sus espadas mirando mal a los guardias quienes quedaron anonadados
ante la actitud del líder.
Los protestantes sin decir más
palabra regresaron a su camino.
Larry se levantó de repente
colérico e impotente.
—¿Qué quiere usted del
unitario, maldito miserable? —gritó Larry viendo como los hombres se alejaban.
Camnes se dio vuelta dándole una
risa gozadora y siguió su trayecto.
—¡Malditos sean!
—Mantenga usted la calma,
joven —le dijo un guardia— ¿Se encuentra bien?
El joven campesino solo asintió.
Muy a su pesar, los guardias y Larry se
dispusieron a enterrar el cuerpo de Dionisio. Luego de aquello,
partieron nuevamente hacia el reino, para informar lo ocurrido a su monarca.
Larry mantuvo silencio en todo el viaje, preocupado por la integridad de su
amigo, preguntándose constantemente por que el empeño del protestante en
encontrarlo. No comprendía por qué Murriel estaría entrometiéndose en sus
asuntos.
De repente, su rostro cambió a un
semblante sorpresivo, sospechando a que podía deberse tal acción por parte del
líder de Non Regnum.
Sin relatar más, con tal
incógnita nos despedimos de este sacudido episodio.
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