Episodio XXXIII
Hecho desafortunado donde se exhibe la poca importancia de Camnes hacia
la vida, incluyendo además, las preocupaciones del rey respecto a la duquesa.
Sequetina
se escabullía como podía de los guardias quienes eran encargados por parte del rey, de proteger su integridad. Ella se excusaba que iba a visitar a unas
personas cerca de allí, para que la dejaran sola y no sepan de su verdadero
cometido. Algunas veces, se dejaba acompañar por los guardias, desviando el
camino, para que no sospechasen acerca de su verdadera intención respecto a los
protestantes. Como era costumbre en ella, sus quejas hacia el unitario seguían
consistentes. Camnes, quien luego de aquel sueño infausto, la escuchaba
detenidamente queriéndola hacer callar al instante. La imagen de Murriel quedó
impregnada desde ese entonces.
Sin
embargo, pudo despejar sus pensamientos para habituarlos en su estrategia. La duquesa, seguía justificando que su poca información se debía a la intromisión
del unitario, no entendiendo Camnes por que Sequetina era tan poco osada.
Luego
de pasar unos días, Sequetina no logró un buen movimiento, lo cual, podría ser
intrigante y sospechoso. La mujer, quien siempre intentaba visitar a Non
Regnum, ese particular día, fue poco cuidadosa al dirigirse por un camino
fácil. Dionisio, quien era el guardia que solía acompañarla en ciertas
ocasiones, la observó con detenimiento hacia donde ella se dirigía. Dionisio le
ofreció su compañía, recibiendo una respuesta negativa de parte de la mujer. Ella
seguía mintiendo acerca de un grupo de aldeanos, quienes la ayudaban a
compendiar cierta información relevante. Dionisio, terminó resignándose a las
disposiciones de la duquesa.
El rey, quien no recibía dato alguno respecto a la búsqueda de la duquesa, decidió
indagar más sobre ello.
—Dionisio ¿podría decirme usted el paradero de la duquesa? —preguntó en tono preocupado—. Hace ya dos días que no sé nada acerca de ella.
El
guardia lo miró seriamente —Su Majestad —hizo reverencia—. Le informó que la duquesa sigue investigando sobre los protestantes. Según nos ha dicho, todavía
no ha encontrado nada relevante sobre el asunto.
—Muy
bien —respondió—. Pero le he preguntado sobre su paradero.
—Sigue
con su investigación, su Majestad.
—¿Y quién le está acompañando? —cuestionó
turbado.
El
guardia comenzaba a sudar. No podía discernir como explicarle a su rey acerca
de la decisión tomada por la duquesa, sobreponiendo las órdenes de ella por
sobre las de su monarca. —Nosotros le acompañamos, su Majestad, como así nos ha
ordenado. Pero en algunas ocasiones ella se dirige sola, ya que nos ha mencionado
acerca de un grupo de aldeanos quienes le están ayudando a conseguir más
información para su Majestad.
—¿Cómo dice, Dionisio? ¿Acaso están permitiendo
que la duquesa se arriesgue de tal forma? Compete con la nobleza y una dama no
puede defenderse sola. Ella es de ser una testaruda, ustedes, señores, deberían
haber seguido mis órdenes como así les he confiado —dijo algo enfadado.
—Mis perdones hacia usted, su Majestad.
El rey suspiró. No era parte su personalidad enojarse tanto como últimamente lo
estaba haciendo. Notablemente la existencia de los protestantes ha causado
revuelo en su pueblo y las actitudes de todos como comunidad.
—Le perdono, Dionisio —dijo ya más calmado—. Desde ahora en más acaten mis órdenes completamente. Sígala, encuéntrela donde
sea que ella este, no le deje sola. Aunque ella le impugne, no cedan. Cuiden su
integridad – Pidió el rey con congoja, ajeno a lo que realmente hacia Sequetina.
—Se hará con usted diga, su Majestad.
Dionisio
hizo una reverencia y luego se retiró se allí, en busca de la duquesa sin ser
acompañado por otros guardias. El rey ya más tranquilo regreso a sus labores.
El
guardia siguió a Sequetina por unos casi treinta minutos, sin encontrar rastro
de ella. Se había alejado algunas millas sintiéndose intranquilo por no poder
localizarla.
Sequetina
caminaba agitada, no quería que nadie la viera, sólo pasar desapercibida. Unos
aldeanos la observaban extrañamente. Eso era lo malo de pertenecer a la nobleza,
todos la reconocerían, revolvía entre sus pensamientos
—Al fin llegue —murmuró cansada.
Ella
ya no tenía que pedir permiso, sólo accedía directamente a la cabaña, y si
Camnes no se encontraba allí, ella lo esperaba, como siempre lo hacía.
—Duquesa —saludó uno de los hombres— ¿Cómo le
ha ido? ¿Ha traído usted información del rey? —preguntó el hombre intrigado.
—Llame a su líder, por favor —contestó de
manera despectiva ignorando la pregunta del inferior.
—El señor Camnes no se encuentra, Alteza - Le
informó ya resignado.
—Entonces aguardaré. Puede ya retirarse de mi
vista —dijo con aires de superioridad.
—Con permiso, su Alteza.
Por otro lado, nuestro amigo Camnes estaba furioso, ya que su plan estaba
retrasado. Brumma estaba cada vez más nerviosa. El hechizo no podía ser concretado
porque faltaba uno de los ingredientes que nadie podía localizar. Era una roca metamórfica
denominada pizarra. Muchos aldeanos la buscaban para construir nuevas casas,
por eso se debe su escasez, sólo necesitaban una de ellas para poder realizar
con éxito el hechizo. El protestante estaba encolerizado, sintiendo su impaciencia mucho más
próxima, la cual derivaría hacia la exasperación.
—Por una maldita roca, estamos retrasados —musitaba furioso—. Estos inútiles no pueden hacer nada como les he pedido.
Caminando no se percató que alguien se encontraba cerca de él.
Dionisio
quien llego hasta la aldea, la cual hacía no mucho había estado con la duquesa,
divisó de repente a un hombre. Sintiendo curiosidad, lo persiguió para saber su
destino.
—¿Ese hombre no es? —preguntó sabiéndole
familiar su rostro.
Tembló con sólo recordarlo, el miedo que ese hombre imponía era tan pavoroso que lo podía sentir hasta el más intrépido de los hombres. Al llegar a una cabaña, al mismo lo vio ingresar. Allí se quedó esperando lo que pudiera acontecer.
Tembló con sólo recordarlo, el miedo que ese hombre imponía era tan pavoroso que lo podía sentir hasta el más intrépido de los hombres. Al llegar a una cabaña, al mismo lo vio ingresar. Allí se quedó esperando lo que pudiera acontecer.
—¿Cómo fue su día, fortachón? —lo saludó
Sequetina con una sonrisa mientras vio a Camnes entrar a la
cabaña.
—Buenos días, Alteza —fue su seco saludo.
—¿Acaso le ha sucedido algo que deba yo enterarme? —preguntó intrigada.
—Poco acertada está usted, si cree que debe
incumbirle estos asuntos.
—¿Y por qué no ha de ser así, señor? —insistió ella.
Camnes le dedicó una mirada poco agradable para quien tenga que
presenciarla, haciendo que Sequetina se sintiera intimidada.
—Le veo mal, Camnes. Quizás si me entero a
que se deba su rabia, pueda ayudarle —repuso de inmediato.
—No podemos de hallar una condenada piedra, la
cual la bruja le urge para elaborar el hechizo.
—Podría considerar que yo la buscase si me indica
su característica exacta.
—No ha de ser necesario, Alteza —contestó con su
típica mordacidad— ¿No me ha traído información de su amado rey, el petulante
gordito? —preguntó riendo ante su formulada pregunta.
—Me extraña señor que no me conozca todavía ¿Le
he fallado algún momento?
—No me
interesa su ordinariez, venga el dato mejor.
—Su
unitario impertinente sigue metiéndose entre mis asuntos, pero aparte su
preocupación, que he recolectado algo cautivador —dijo Sequetina mostrando
orgullo por sí misma.
—Le
escucho entonces —repuso mientras cómodamente se sentaba en su paja, agarrando
su filosa espada como costumbre.
—Bien —se acercó unos centímetros—. El rey estuvo a punto revelarme sobre su sucesor
en el trono, en caso de que algo a él le ocurriese —comenzó demostrando
emoción—. Parece que está pensando en abandonar en algún momento.
—¿Está
usted segura que él hacía referencia a aquello? —preguntó Camnes extrañado por
lo escuchado.
—No he de estar segura, su endemoniado
unitario ha interrumpido nuestra conversación.
—¿Y qué tiene de relevante lo que me ha
contado, mujer? – Cuestionó indignado.
—Óigame, señor. Usted será el líder pero no
le permitiré hablarme así.
—Usted es sólo una inepta, duquesa. Lástima
sólo le siento.
—Deje de hacer el imbécil ¿qué se creyó? —se
acercó la mujer hacia el líder.
—Me he creído lo que soy —la increpó.
Ambos salieron discutiendo de la cabaña, presentando un acto ridículo el
cual era observado por algunos de los hombres de Non Regnum, quienes intentaron
interceder en el entre dicho. Sin embargo, Luife los detuvo sabiendo que era
inútil intervenir en la pelea de ambos.
Tal alboroto pudo atender Dionisio, sorprendido ante lo visto.
—¿Qué diablos hace la duquesa con ese cretino? —musitó.
Dionisio no daba crédito a lo que veía. La duquesa seguía muy
entretenida discutiendo con Camnes.
—¿Acaso quiere yacer conmigo, idiota? Por eso
tal trato —dijo cruzada de brazos la duquesa.
—Usted esta chalada mujer ¿Yo querer yacer
con usted?
Los hombres de Camnes comenzaron a reír fuertemente, lo cual hacía
enojar en demasía a Sequetina, haciéndola sentir ridícula.
—Le recomiendo, su Alteza, que regrese con
información valerosa, no ha de servirme usted de otro modo – Sonrió Camnes
pernicioso.
—¡Su ingratitud me sorprende, señor! —exclamó la duquesa.
Dionisio, sin darse cuenta, hizo que su espada se le cayera infligiendo
a su vez un ruido el cual, pudo escucharlo uno de los hombres.
—¿Qué ha sido eso? —se acercó uno de los
protestantes.
—¿Qué le sucede a usted? —preguntó extrañado
Luife.
—Unos ruidos provienen de allí.
Luife apartó al hombre y se fue acercando hacia donde se encontraba el
guardia. El mismo estaba suspirando y su respiración cada vez se hacía más
agitada.
Muy
difícil era ya esconder su armadura. La única salida era mostrarse y enfrentar
la situación.
—Duquesa —dijo con su grave voz mientras salía detrás
de un árbol.
Camnes
comenzó a sentir un coraje inescrutable, con su fuerza salvaje arrastro al
guardia hacia donde ellos se encontraban, tirándolo al suelo.
El
con mucho pesar se levantó, mientras Camnes seguía tirándolo con vigor.
—¿Qué demonios está haciendo este aquí? —preguntó al fin a la duquesa.
—Enterada no estaba yo de esto —repuso Sequetina— ¿Qué hace aquí, Dionisio?
—Maldita perra sea usted, me ha querido
traicionar, mala mujer —dijo amenazante acercándose.
—Le juro Camnes, yo desentendida estaba de su
perseguimiento, no lo he planeado. Le suplico que no haga algo malo de mí —dijo ella con voz temblorosa.
—Señor, quizás su Alteza está diciendo la
verdad —intervino Luife, presintiendo lo que iría a suceder.
—Es como dice su compañero, señor, jamás le
traicionaría yo —repitió Sequetina con un miedo tácito.
—¿Piensa que le voy a creer? —le contestó mientras la agarraba fuertemente de sus débiles brazos.
—¡Suéltela ya mismo, señor! —gritó el guardia—. Ella nada tiene que ver en este asunto. Es decir, mi deber era cuidarle. El rey, preocupado por su integridad me ha pedido que le siga.
—¡¿Cómo se ha atrevido a desobedecerme?! —exclamó
la duquesa deshaciéndose del agarre de Camnes.
—¡Calla! —le gritó Camnes.
—No puedo creer todavía esto, su Alteza.
Traicionado al rey con estos desgraciados —dijo Dionisio emanando una fuerte
decepción en su voz.
—Ingresemos a la
cabaña, su Alteza —intentó interceder Luife.
—Suélteme señor Luife, yo he de saber
defenderme.
Camnes
se acercó a Dionisio con una sonrisa maliciosa —¿Qué hará ahora, hombre
metálico? ¿Qué codicia usted de nosotros? —lo indagó.
—Trasladar a la duquesa con mi protección al
Castillo. Contar como buen defensor de mi rey, a él todo lo acontecido aquí,
desgraciado cretino. No le dejaré ganar…
Fue
callado por el fuerte golpe que recibió del fortachón.
—¡¿Qué está haciendo?! Lastimarle no ayudará a
nuestra situación —exclamó horrorizada Sequetina.
—Estúpida mujer ¿Cómo pudo usted albergar tanta
imprudencia? Hemos de ser descubiertos.
—Yo... yo no precaví, lo lamentare toda mi
existencia. Podremos remediarlo Camnes, le juro que así podré hacerlo.
—¡Mujer idiota! Aquí no hay remedio. Tendré que
matarle —contestó sin inmutarse.
—¡No! —gritó Sequetina—. Le pido que no cometa
esa barbaridad —suplicó ella mientras se acercaba a él.
—Saque
esas ideas locas de su cabeza. Ni piense en entrometerse en este asunto —la
empujó y la mujer cayó al suelo—. Con esto salvare su pescuezo, Alteza. Y el
mío de algún modo, también.
Camnes
sacó su espada, la cual la tenía junto a él como si fuese parte de su cuerpo.
Sequetina
comenzó a sollozar fuertemente, sin desear que el hecho a ocurrir se cumpliera.
Ver morir a una persona no le era algo apetecedor.
—Camnes... —murmuró sin poder hacer nada.
El
guardia yacía malherido en el piso luego del golpe anteriormente recibido. Sin
poder comprender que sucedía fue abriendo sus ojos confundido. Visualizó una
imagen borrosa frente suyo. Al divisar correctamente la figura de Camnes
sosteniendo su espada y deducir su pretensión, comenzó a gritar desaforadamente
suplicando por su vida. Camnes riendo pérfidamente levanto su filosa espada
ocasionando el mayor de los temores.
—Mi
espada determinará su destino —le dijo al guardia.
El hombre abrió sus ojos horrorizado cuando sin dejar pasar más de un segundo, sintió un frío correr por todo su cuerpo. El líder clavó tan prontamente la espada en el pecho del hombre que este no tuvo tiempo ni de aullar misericordia. La sangre comenzaba a fluir cuando Camnes liberó del cuerpo de Dionisio su pieza valiosa de metal. Los hombres miraban sin impresionarse en lo absoluto, acostumbrados ya por siempre presenciar tales circunstancias.
El hombre abrió sus ojos horrorizado cuando sin dejar pasar más de un segundo, sintió un frío correr por todo su cuerpo. El líder clavó tan prontamente la espada en el pecho del hombre que este no tuvo tiempo ni de aullar misericordia. La sangre comenzaba a fluir cuando Camnes liberó del cuerpo de Dionisio su pieza valiosa de metal. Los hombres miraban sin impresionarse en lo absoluto, acostumbrados ya por siempre presenciar tales circunstancias.
La duquesa por su parte, no lograba salir de la impresión, y esa situación la dejo
completamente en shock, por el hecho que se sentía responsable de aquella
muerte. Una muerte, que quedaría prendada por el resto de su vida en su mente.
Con esta amedrentada escena, abandonamos el presente episodio para que la duquesa se guarde en su shock.
Con esta amedrentada escena, abandonamos el presente episodio para que la duquesa se guarde en su shock.
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