miércoles, 12 de agosto de 2015

Episodio XXXIII

Episodio XXXIII 
Hecho desafortunado donde se exhibe la poca importancia de Camnes hacia la vida, incluyendo además, las preocupaciones del rey respecto a la duquesa.

Sequetina se escabullía como podía de los guardias quienes eran encargados por parte del rey, de proteger su integridad. Ella se excusaba que iba a visitar a unas personas cerca de allí, para que la dejaran sola y no sepan de su verdadero cometido. Algunas veces, se dejaba acompañar por los guardias, desviando el camino, para que no sospechasen acerca de su verdadera intención respecto a los protestantes. Como era costumbre en ella, sus quejas hacia el unitario seguían consistentes. Camnes, quien luego de aquel sueño infausto, la escuchaba detenidamente queriéndola hacer callar al instante. La imagen de Murriel quedó impregnada desde ese entonces.
Sin embargo, pudo despejar sus pensamientos para habituarlos en su estrategia. La duquesa, seguía justificando que su poca información se debía a la intromisión del unitario, no entendiendo Camnes por que Sequetina era tan poco osada.
Luego de pasar unos días, Sequetina no logró un buen movimiento, lo cual, podría ser intrigante y sospechoso. La mujer, quien siempre intentaba visitar a Non Regnum, ese particular día, fue poco cuidadosa al dirigirse por un camino fácil. Dionisio, quien era el guardia que solía acompañarla en ciertas ocasiones, la observó con detenimiento hacia donde ella se dirigía. Dionisio le ofreció su compañía, recibiendo una respuesta negativa de parte de la mujer. Ella seguía mintiendo acerca de un grupo de aldeanos, quienes la ayudaban a compendiar cierta información relevante. Dionisio, terminó resignándose a las disposiciones de la duquesa.
El rey, quien no recibía dato alguno respecto a la búsqueda de la duquesa, decidió indagar más sobre ello.

Dionisio ¿podría decirme usted el paradero de la duquesa? preguntó en tono preocupado—.  Hace ya dos días que no sé nada acerca de ella.
El guardia lo miró seriamente Su Majestad hizo reverencia—. Le informó que la duquesa sigue investigando sobre los protestantes. Según nos ha dicho, todavía no ha encontrado nada relevante sobre el asunto.
Muy bien respondió—. Pero le he preguntado sobre su paradero.
Sigue con su investigación, su Majestad. 
¿Y quién le está acompañando? cuestionó turbado. 
El guardia comenzaba a sudar. No podía discernir como explicarle a su rey acerca de la decisión tomada por la duquesa, sobreponiendo las órdenes de ella por sobre las de su monarca. Nosotros le acompañamos, su Majestad, como así nos ha ordenado. Pero en algunas ocasiones ella se dirige sola, ya que nos ha mencionado acerca de un grupo de aldeanos quienes le están ayudando a conseguir más información para su Majestad. 
¿Cómo dice, Dionisio? ¿Acaso están permitiendo que la duquesa se arriesgue de tal forma? Compete con la nobleza y una dama no puede defenderse sola. Ella es de ser una testaruda, ustedes, señores, deberían haber seguido mis órdenes como así les he confiado dijo algo enfadado.
Mis perdones hacia usted, su Majestad.  
El rey suspiró. No era parte su personalidad enojarse tanto como últimamente lo estaba haciendo. Notablemente la existencia de los protestantes ha causado revuelo en su pueblo y las actitudes de todos como comunidad.
Le perdono, Dionisio dijo ya más calmado—. Desde ahora en más acaten mis órdenes completamente. Sígala, encuéntrela donde sea que ella este, no le deje sola. Aunque ella le impugne, no cedan. Cuiden su integridad – Pidió el rey con congoja, ajeno a lo que realmente hacia Sequetina. 
Se hará con usted diga, su Majestad.
Dionisio hizo una reverencia y luego se retiró se allí, en busca de la duquesa sin ser acompañado por otros guardias. El rey ya más tranquilo regreso a sus labores.
El guardia siguió a Sequetina por unos casi treinta minutos, sin encontrar rastro de ella. Se había alejado algunas millas sintiéndose intranquilo por no poder localizarla.

Sequetina caminaba agitada, no quería que nadie la viera, sólo pasar desapercibida. Unos aldeanos la observaban extrañamente. Eso era lo malo de pertenecer a la nobleza, todos la reconocerían, revolvía entre sus pensamientos
Al fin llegue murmuró cansada. 
Ella ya no tenía que pedir permiso, sólo accedía directamente a la cabaña, y si Camnes no se encontraba allí, ella lo esperaba, como siempre lo hacía.

Duquesa saludó uno de los hombres ¿Cómo le ha ido? ¿Ha traído usted información del rey? preguntó el hombre intrigado.
Llame a su líder, por favor contestó de manera despectiva ignorando la pregunta del inferior.  
El señor Camnes no se encuentra, Alteza - Le informó ya resignado.
Entonces aguardaré. Puede ya retirarse de mi vista dijo con aires de superioridad.
Con permiso, su Alteza. 

Por otro lado, nuestro amigo Camnes estaba furioso, ya que su plan estaba retrasado. Brumma estaba cada vez más nerviosa. El hechizo no podía ser concretado porque faltaba uno de los ingredientes que nadie podía localizar. Era una roca metamórfica denominada pizarra. Muchos aldeanos la buscaban para construir nuevas casas, por eso se debe su escasez, sólo necesitaban una de ellas para poder realizar con éxito el hechizo. El protestante estaba encolerizado, sintiendo su impaciencia mucho más próxima, la cual derivaría hacia la exasperación.         
Por una maldita roca, estamos retrasados musitaba furioso—. Estos inútiles no pueden hacer nada como les he pedido. Caminando no se percató que alguien se encontraba cerca de él.

Dionisio quien llego hasta la aldea, la cual hacía no mucho había estado con la duquesa, divisó de repente a un hombre. Sintiendo curiosidad, lo persiguió para saber su destino.
¿Ese hombre no es? preguntó sabiéndole familiar su rostro.
Tembló con sólo recordarlo, el miedo que ese hombre imponía era tan pavoroso que lo podía sentir hasta el más intrépido de los hombres. Al llegar a una cabaña, al mismo lo vio ingresar. Allí se quedó esperando lo que pudiera acontecer.  

¿Cómo fue su día, fortachón? lo saludó Sequetina con una sonrisa mientras vio a Camnes entrar a la cabaña.
Buenos días, Alteza fue su seco saludo.
¿Acaso le ha sucedido algo que deba yo enterarme? preguntó intrigada.
Poco acertada está usted, si cree que debe incumbirle estos asuntos.
¿Y por qué no ha de ser así, señor? insistió ella.
Camnes le dedicó una mirada poco agradable para quien tenga que presenciarla, haciendo que Sequetina se sintiera intimidada.
Le veo mal, Camnes. Quizás si me entero a que se deba su rabia, pueda ayudarle repuso de inmediato.
No podemos de hallar una condenada piedra, la cual la bruja le urge para elaborar el hechizo. 
Podría considerar que yo la buscase si me indica su característica exacta. 
No ha de ser necesario, Alteza contestó con su típica mordacidad ¿No me ha traído información de su amado rey, el petulante gordito? preguntó riendo ante su formulada pregunta.  
Me extraña señor que no me conozca todavía ¿Le he fallado algún momento?
No me interesa su ordinariez, venga el dato mejor.
Su unitario impertinente sigue metiéndose entre mis asuntos, pero aparte su preocupación, que he recolectado algo cautivador dijo Sequetina mostrando orgullo por sí misma.
Le escucho entonces repuso mientras cómodamente se sentaba en su paja, agarrando su filosa espada como costumbre.
Bien se acercó unos centímetros—. El rey estuvo a punto revelarme sobre su sucesor en el trono, en caso de que algo a él le ocurriese comenzó demostrando emoción—. Parece que está pensando en abandonar en algún momento.
¿Está usted segura que él hacía referencia a aquello? preguntó Camnes extrañado por lo escuchado.
No he de estar segura, su endemoniado unitario ha interrumpido nuestra conversación.
¿Y qué tiene de relevante lo que me ha contado, mujer? – Cuestionó indignado.
Óigame, señor. Usted será el líder pero no le permitiré hablarme así.
Usted es sólo una inepta, duquesa. Lástima sólo le siento.
Deje de hacer el imbécil ¿qué se creyó? se acercó la mujer hacia el líder.
Me he creído lo que soy la increpó.
Ambos salieron discutiendo de la cabaña, presentando un acto ridículo el cual era observado por algunos de los hombres de Non Regnum, quienes intentaron interceder en el entre dicho. Sin embargo, Luife los detuvo sabiendo que era inútil intervenir en la pelea de ambos.
Tal alboroto pudo atender Dionisio, sorprendido ante lo visto. 
¿Qué diablos hace la duquesa con ese cretino? musitó.
Dionisio no daba crédito a lo que veía. La duquesa seguía muy entretenida discutiendo con Camnes.
¿Acaso quiere yacer conmigo, idiota? Por eso tal trato dijo cruzada de brazos la duquesa.
Usted esta chalada mujer ¿Yo querer yacer con usted?
Los hombres de Camnes comenzaron a reír fuertemente, lo cual hacía enojar en demasía a Sequetina, haciéndola sentir ridícula.
Le recomiendo, su Alteza, que regrese con información valerosa, no ha de servirme usted de otro modo – Sonrió Camnes pernicioso.
¡Su ingratitud me sorprende, señor! exclamó la duquesa.
  
Dionisio, sin darse cuenta, hizo que su espada se le cayera infligiendo a su vez un ruido el cual, pudo escucharlo uno de los hombres.
¿Qué ha sido eso? se acercó uno de los protestantes.
¿Qué le sucede a usted? preguntó extrañado Luife.
Unos ruidos provienen de allí.
Luife apartó al hombre y se fue acercando hacia donde se encontraba el guardia. El mismo estaba suspirando y su respiración cada vez se hacía más agitada. 
Muy difícil era ya esconder su armadura. La única salida era mostrarse y enfrentar la situación.
Duquesa dijo con su grave voz mientras salía detrás de un árbol.
Camnes comenzó a sentir un coraje inescrutable, con su fuerza salvaje arrastro al guardia hacia donde ellos se encontraban, tirándolo al suelo.
El con mucho pesar se levantó, mientras Camnes seguía tirándolo con vigor.
¿Qué demonios está haciendo este aquí? preguntó al fin a la duquesa.
Enterada no estaba yo de esto repuso Sequetina ¿Qué hace aquí, Dionisio?
Maldita perra sea usted, me ha querido traicionar, mala mujer dijo amenazante acercándose.  
Le juro Camnes, yo desentendida estaba de su perseguimiento, no lo he planeado. Le suplico que no haga algo malo de mí dijo ella con voz temblorosa.
Señor, quizás su Alteza está diciendo la verdad intervino Luife, presintiendo lo que iría a suceder.
Es como dice su compañero, señor, jamás le traicionaría yo repitió Sequetina con un miedo tácito.
¿Piensa que le voy a creer? le contestó mientras la agarraba fuertemente de sus débiles brazos.
¡Suéltela ya mismo, señor! gritó el guardia—. Ella nada tiene que ver en este asunto. Es decir, mi deber era cuidarle. El rey, preocupado por su integridad me ha pedido que le siga.
¡¿Cómo se ha atrevido a desobedecerme?! exclamó la duquesa deshaciéndose del agarre de Camnes. 
¡Calla! le gritó Camnes.
No puedo creer todavía esto, su Alteza. Traicionado al rey con estos desgraciados dijo Dionisio emanando una fuerte decepción en su voz. 
Ingresemos a la cabaña, su Alteza intentó interceder Luife.
Suélteme señor Luife, yo he de saber defenderme.
Camnes se acercó a Dionisio con una sonrisa maliciosa ¿Qué hará ahora, hombre metálico? ¿Qué codicia usted de nosotros? lo indagó.
Trasladar a la duquesa con mi protección al Castillo. Contar como buen defensor de mi rey, a él todo lo acontecido aquí, desgraciado cretino. No le dejaré ganar… 
Fue callado por el fuerte golpe que recibió del fortachón.
¡¿Qué está haciendo?! Lastimarle no ayudará a nuestra situación exclamó horrorizada Sequetina.
Estúpida mujer ¿Cómo pudo usted albergar tanta imprudencia? Hemos de ser descubiertos.
Yo... yo no precaví, lo lamentare toda mi existencia. Podremos remediarlo Camnes, le juro que así podré hacerlo. 
¡Mujer idiota! Aquí no hay remedio. Tendré que matarle contestó sin inmutarse.
¡No! gritó Sequetina—. Le pido que no cometa esa barbaridad suplicó ella mientras se  acercaba a él.
Saque esas ideas locas de su cabeza. Ni piense en entrometerse en este asunto la empujó y la mujer cayó al suelo—. Con esto salvare su pescuezo, Alteza. Y el mío de algún modo, también.  
Camnes sacó su espada, la cual la tenía junto a él como si fuese parte de su cuerpo.
Sequetina comenzó a sollozar fuertemente, sin desear que el hecho a ocurrir se cumpliera. Ver morir a una persona no le era algo apetecedor.
Camnes... murmuró sin poder hacer nada.
El guardia yacía malherido en el piso luego del golpe anteriormente recibido. Sin poder comprender que sucedía fue abriendo sus ojos confundido. Visualizó una imagen borrosa frente suyo. Al divisar correctamente la figura de Camnes sosteniendo su espada y deducir su pretensión, comenzó a gritar desaforadamente suplicando por su vida. Camnes riendo pérfidamente levanto su filosa espada ocasionando el mayor de los temores.
Mi espada determinará su destino le dijo al guardia.
El hombre abrió sus ojos horrorizado cuando sin dejar pasar más de un segundo, sintió un frío correr por todo su cuerpo. El líder clavó tan prontamente la espada en el pecho del hombre que este no tuvo tiempo ni de aullar misericordia.
La sangre comenzaba a fluir cuando Camnes liberó del cuerpo de Dionisio su pieza valiosa de metal. Los hombres miraban sin impresionarse en lo absoluto, acostumbrados ya por siempre presenciar tales circunstancias.
La duquesa por su parte, no lograba salir de la impresión, y esa situación la dejo completamente en shock, por el hecho que se sentía responsable de aquella muerte. Una muerte, que quedaría prendada por el resto de su vida en su mente.

Con esta amedrentada escena, abandonamos el presente episodio para que la duquesa se guarde en su shock.

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