Episodio XII
El banquete ya había finalizado y de a poco los civiles fueron regresando a sus hogares, el mismo había finalizado con éxito, donde una vez más, el rey era el ser más querido por Castilla. Nuestro joven héroe todavía no podía aclarar de todo su realidad. Larry ya estaba entendido de lo sucedido, pero al verlo a su amigo tan confuso decidió hablarle de otros asuntos respecto a las cosas que habían pasado en su ausencia –Sin mencionar lo contado por Asier respecto a los supuestos protestantes- y Murriel solo asentía lo que le era contado. Al verlo tan encimado en sus pensamientos, el joven campesino se animo a hacerle una pregunta a su amigo.
—¿Esta feliz?
Murriel quedó pensativo ante las palabras de la duquesa. Abandonando su mortificación, se dirigió muy contento hacia la cita del rey.
Más sentimientos del joven unitario y un
pequeño enfrentamiento entre Sequetina y Murriel.
El banquete ya había finalizado y de a poco los civiles fueron regresando a sus hogares, el mismo había finalizado con éxito, donde una vez más, el rey era el ser más querido por Castilla. Nuestro joven héroe todavía no podía aclarar de todo su realidad. Larry ya estaba entendido de lo sucedido, pero al verlo a su amigo tan confuso decidió hablarle de otros asuntos respecto a las cosas que habían pasado en su ausencia –Sin mencionar lo contado por Asier respecto a los supuestos protestantes- y Murriel solo asentía lo que le era contado. Al verlo tan encimado en sus pensamientos, el joven campesino se animo a hacerle una pregunta a su amigo.
—¿Esta feliz?
—¿A qué se debe tal pregunta? —le contestó
mientras levantaba unos platillos de madera de la mesa.
—No se responde con otra pregunta, Murriel. Ya es
todo un unitario, debería de hablar con propiedad —rio Larry.
Murriel arqueó una ceja.
—¿Por qué realiza los labores encargados a los
sirvientes del reino? —lo retó Larry sacándole los platillos para entregarlos a una mujer que se
acercaba.
—Larry. Yo estoy aquí para ayudar. Haber sido
proclamado unitario…
—Personal del rey —completó Larry.
—Eso no significa que sea un superior de nadie —espetó cruzándose de
brazos.
—No se enfade, Murriel.
—Larry, entiéndame, amigo. Estoy muy feliz por haber
conocido al rey Francisco. Jamás hubiera imaginado que me proclamaría unitario,
pero no quiero que los civiles piensen que soy un engreído. Soy un civil
normal, como ellos. La diferencia es que mi labor será distinta a la de un
campesino.
—Nadie duda de sus buenas intenciones, Murriel —le aclaró.
—Usted. El resto de los humanos de Castilla, no me
conocen.
—Así lo ha dicho, mi amigo. No le conocen. Le
conocerán y en un buen contexto, créame —le dio una palmada.
—Espero no se equivoque.
—Confíe en mi, amigo mío.
Otro día se había llevado al
pueblo de Castilla. Murriel sentía que la inquietud lo mortificaba. Su
incertidumbre le ocasionaba perturbación. El saber cómo sería trabajar para el rey y no como un plebeyo; si no como un unitario. Labor que aún no entendía en
su totalidad. El día había comenzado, dos jóvenes estaban impacientes por
ver nuevamente la luz del sol e inmediatamente ir a cumplir con sus labores. A
diferencia de otros civiles, ellos se contentaban con hacer sus tareas
correspondientes. Sería el último día de labor como campesino para Murriel,
preguntándose qué le depararía su nuevo destino.
—¿Está preparado, su Majestad? —bromeaba Larry.
—Suficiente, Larry. Le pido que no haga esos comentarios
frente de otros campesinos.
—Oiga, Murriel —se sentó en su cama de
paja.
—¿Sí? —preguntó mientras dividía sus
herramientas de trabajo.
—¿Por qué le interesa tanto lo que lleguen a pensar
los demás civiles?
El semblante de Murriel cambió de
repente —Lo último que deseo Larry, es que crean que yo me
considero superior a ellos. Aún más considerando que soy un recién llegado y
que no tengo la suficiente experiencia como algunos otros campesinos de tantos
años. Todavía me pregunto que habrá visto el rey en mí para proclamarme como su
unitario.
Larry suspiró pesadamente.
—¿Quiere dejar de mortificarse? —dijo su amigo indignado— ¿Por qué tiene tan poca confianza en
usted, Murriel? ¿Acaso no se cree capaz de ser un consagrado unitario?
—No se trata de eso —contestó cabizbajo—. No quiero que los demás campesinos…
—Ya no piense más en eso —lo interrumpió—. Viva este
momento —colocó sus manos sobre sus hombros—. Como lo
hubiera deseado su abuelo —dijo logrando arrancar una sonrisa en su testarudo
amigo.
—Gracias Larry. Ha sido usted un gran amigo desde
que arribé a Castilla —ante estas palabras ambos jóvenes se abrazaron efusivamente quedando como
testigo la magnífica amistad que se profesaban.
La mañana marchó sin
inconveniente alguno. Murriel trabajo como cualquier día normal, el rey todavía
no lo había mandado a llamar, acto que le pareció un tanto extraño, aunque no
le dio demasiada importancia. Al ponerse el sol, la duquesa se acercó
hacia él, ignorando a los campesinos quienes la saludaban con entusiasmo.
—Joven campesino.
—Su Alteza —hizo una reverencia. La duquesa lo miró adustamente. El sentimiento que le producía ese muchacho se
acercaba mucho a la repugnancia.
—Me dirijo hacia usted para recordarle que tiene un
compromiso con el rey y el consejo —le dijo sin rodeos y emoción
alguna.
—Lo sé, Alteza —sonrió el joven.
—Lamento informarle, campesino, que unos
inconvenientes han surgido en cuanto a tal compromiso. Murriel la miró
incrédulo.
—¿Su Alteza podría enunciarme cuales son tales
inconvenientes?
—Han habidos desacuerdos respecto a la proclamación
del rey. El término “unitario” —dijo con gesto asqueroso—. Es un cargo que solo existe y existirá,
probablemente en el mandato del rey Francisco.
—Disculpe mi intromisión, su Alteza, pero no
comprendo sus palabras.
La mujer sonrió
irónicamente —Lo que quiero aclararle, campesino, es que en ningún reinado existe tal
cargo, como “unitario”. El rey lo ha conformado para adjudicar unanimidad al pueblo.
Usted correspondería a una labor presuntuosa. No es un oficio existente entre
la nobleza.
—Pero tengo entendido que no es una labor
perteneciente a la nobleza —le retrucó.
—Claro que no —contestó demostrando seguridad—. Pero las confusiones siempre están
presentes, por eso le afirmo el poco valor que consideramos, la nobleza y yo
respecto a ese cargo.
—Comprendo —contestó desilusionado.
—Sin embargo —continuó—. Es un
cargo muy importante dentro de los conceptos de nuestro rey, lo cual estamos
obligados a obedecerle. De pronto, una pequeña llama de esperanza se
encendió en el interior del futuro unitario, aunque todavía nadie puede
ensalzar con seguridad dicho destino.
—Disculpe mi ignorancia, su Alteza. ¿Qué quiere
comunicar con todo lo relatado?
—Es un joven afortunado ¿lo ha notado? —preguntó, sin
comprenderse con qué intención lo hacía.
—Aparentemente, su Alteza— respondió Murriel con un dejo de nerviosismo.
—Aparentemente, su Alteza— respondió Murriel con un dejo de nerviosismo.
—No lo hace, joven. Yo le sugiero que se cuide, por
que el consejo no está de acuerdo con esta absurda proclamación. No es más que
una burla ante nuestro reinado.
—No considero, su Alteza, que una decisión tomada
por el rey, sea con intención de burla. Su pretensión solo lleva a cabo mejorar
el pueblo para que sus habitantes tengan una mejor calidad de vida —le contradijo.
—Eso lo veremos —le contestó amenazadora. Giró
para retirarse—. Otra cuestión —se detuvo nuevamente en su misma posición—. El rey aguardará por usted en un cuarto
de hora. Diríjase por la escalera LX—dicho
esto, siguió su camino.
—Qué mujer extraña —murmuró el joven.
Murriel quedó pensativo ante las palabras de la duquesa. Abandonando su mortificación, se dirigió muy contento hacia la cita del rey.
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