Donde se comprende una charla de suma
importancia entre Murriel y el rey
Murriel había llegado al castillo. Le urgía la necesidad por hablar con el rey. Quería saber si el mismo estaba al tanto sobre los protestantes y todas las supuestas “corrupciones” que había en el reinado en algunos sectores del pueblo.
—Majestad —lo saludó con una reverencia. Murriel había cambiado mucho en este tiempo, ha seguido con lujo de detalles las indicaciones del rey. Ya no se encorvaba, podía relacionarse sin problemas con los civiles y ayudar como el rey así le había encomendado; pero aún así, le faltaba creer más en sí mismo.
—Hijo —lo saludó de igual manera.
—Espero que disculpe mi notado entusiasmo
por lo que me urge de hablar con su Majestad —dijo con semblante serio.
—Muchacho, usted sabe que no es necesario mi
permiso. Puedo concederle ese deseo cada vez que me lo pida siempre que este
apto para ello —contestó apaciguador.
Ambos se
dirigieron a la habitación por la escalera LX mientras el silencio se apoderaba
de su camino.
El rey caminó hacia su ventanal observando su maravilloso reino —¿No coincide usted conmigo
en lo mucho que hemos reconfortado al reino de Castilla? —largó un leve
suspiro.
—Coincido plenamente en ello, su Majestad —aprobando su comentario mientras divagaba en comentarle aquello que en cierta
manera lo atormentaba.
—Hemos trabajado tan duro, con tanta
precisión, con tanta emoción y unidad que me conmueve.
Murriel solo lo
miró sonriendo, parecía todo tan perfecto, un Reinado tan inusual, tan
particular, que nadie querría salir de tal ensoñación.
—¿Acaso me equivoco si mi loca mente cree
que a usted le pasa algo? —preguntó el rey suspicaz.
—También me siento dichoso de los últimos
resultados respecto a nuestro adorado reino. Aunque solo sea en una parte —cerró los ojos rápidamente arrepintiéndose de esa última frase.
—¿Alguna parte? —se acercó el rey.
—Es decir… —se notaba nervioso, Murriel
comenzaba a sentirse acobardado.
—¿Qué le sucede a mi unitario? Sabe usted
que siempre podrá contar con mi confianza.
Murriel pestañó
varias veces, y se encaminó hacia la ventana. No entendía por qué le costaría
tanto hablar de algo que probablemente, el rey lo vaya a tomar con naturalidad
ya que estaría acostumbrado a tener tales controversias para su reino.
—¿No me
contestará lo que le pido? —insistió nuevamente intrigado por la mirada del
joven.
—Sólo deseo
comentarle, su Majestad, acerca de cómo me estoy desenvolviendo en nuestro
reino… su reino —habló sin abandonar su nerviosismo.
El rey posó unas de sus famosas
sonrisas —Le escucho.
Mientras el joven entrelazaba sus manos
nerviosamente comenzó a contar acerca de los aldeanos, acerca de los niños, de
implementar un terreno para que ellos se entretengan y el estaría dispuesto a
animarlos. También acerca de la comida, no había mucho cultivo y necesitaban
provisiones. Acerca de cómo había resuelto algunos inconvenientes con los
curanderos y que las enfermedades, las cuales habían disminuido en este tiempo.
—¿Eso es todo? —preguntó el rey.
Murriel no pudo contestar.
El rey posó su mano sobre su hombro —Muchacho...
—Lo sé, es
que... quizás yo... yo no deba —titubeaba.
El rey hizo un gesto para que comience
a hablar.
—No sé si usted
es dueño de la información que le brindaré, su Majestad. Hubo una serie de
acontecimientos extraños en el pueblo, mejor dicho, rumores alimentando dichos
posibles acontecimientos. He sido conocedor de la existencia de ciertos
protestantes que causan una perturbación a nuestro reino. Tampoco sé si es
verídico lo que le he relatado —dijo al fin.
—¿Protestantes? —arqueó una ceja.
—Así lo afirmo,
mi rey. No sé muchos más detalles, pero tengo entendido que no están a favor de
las políticas de este reino. Creo también que algunos civiles están infiltrados
en su partido, parecen ser peligrosos. Su Majestad, usted no puede cargar con
esos desgraciados protestantes, siento que ambicionan a arruinar todo el trabajo
forzoso que ha logrado —contó preocupado e intranquilo.
—Le pido que
calme su ansiosa alma, unitario —le contestó sin preocupación.
—No puede usted pedirme semejante cosa —repuso.
—No me mire con tal aspecto, muchacho. Le
digo esto, porque no es la primera vez que algo semejante ocurre.
—¿No? —se sorprendió.
El rey comenzó a dejar fluir una de sus típicas risas apacibles —Por supuesto que
no —confirmó—. Es de lo más habitual que sucedan estas inquietudes.
—Admiro su
tranquilidad, su Majestad. Lamento contradecirlo, pero no creo que solo de
inquietudes se tratasen.
—Verá, hijo. Con el paso del tiempo comenzará a despreocuparse. No veo que valga la
pena en estos momentos alarmarse por los típicos protestantes de turno. Lo
único que harán, es pararse en frente del castillo y molestar con sus supuestos
jaleos. Yo me encargaré, pierda cuidado —le sonrió.
—De todas formas
¿No ha de precisar mi ayuda?
El
monarca negó con la cabeza —No ha de ser necesario, prosiga con su labor, que
muy bien lo está concibiendo.
—Prométame que
me pedirá ayuda —Murriel sabía que el rey era demasiado orgulloso.
—Dudo de tal
necesidad, pero si eso lo tranquiliza, será el primero a quien recurra —le
sonrió.
Luego de continuar con la charla que poca
importancia tiene relatarla, Murriel se despidió del rey para retirarse de su habitación
dejando al soberano de Castilla abstraído en lo dicho por el joven.
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