Donde los
infaustos hechos, dejan una marca en el pueblo de Castilla.
La noticia impactó a Gonzalo a pesar de haber
supuesto desde la falsa declaración de la duquesa. Su mirada comenzó a perderse
al escuchar las últimas palabras. Su vida llegaría a su fin en ese momento, sin
poder enmendar los errores cometidos en su vida y pagando por un hecho que él
jamás había cometido. Analizó una y otra vez el por qué de la insistencia de
Sequetina en acusarlo, y varias ideas pasaron por su mente, pero hasta ese
momento ninguna se acercaba a que ella era la verdadera traidora.
—Le suplico que piense su determinación, Majestad —habló el conde con angustia.
—No he de poder hacer eso, esa decisión la
hemos definido con el consejo. Sabe usted muy bien que no puedo contradecir las
decisiones de común acuerdo.
—Moriré injustamente, Majestad. Le suplico
que crea en mis palabras. Nunca le he traicionado —volvió a insistir.
—¿Qué hay acaso del diamante Venuco? Usted ha
confesado sus intenciones. ¿Por qué no he yo de creer que usted es el traidor?
Apártenlo de mi vista —ordenó el rey fríamente.
Dos hombres se llevaron a un asolado Gonzalo del
lugar, para así trasladarlo a su calabozo hasta el nuevo aviso.
El rey, se retiró a continuar con sus labores, sin
dejar de pensar en el destino del conde. El quería a todos los miembros del
consejo a pesar de verlos egoístas y codiciosos. Sin embargo, no podría aceptar
que su pueblo siga en riesgo.
Gonzalo se encontraba en un calabozo a unas pocas
millas del castillo. Algunos guardias no tardaron en empezar a golpearlo y
lastimarlo, tomándose atribuciones no correspondientes a las órdenes del rey.
El conde se encontraba agitado, abrumado,
decepcionado y mutilado. No podía comprender como había podido llegar a tal
situación. Hace unos pocos días era enteramente respetado y venerado por
cualquier persona perteneciente a cualquier rango. Sus mejillas estaban
encendidas por el calor que sentía en ese lugar, mezclándose con la sangre que
derramaba su cuerpo con cada golpe recibido.
—Quedará aquí hasta el nuevo aviso del rey —le dijo uno de los guardias.
—Esto es en nombre de nuestro compañero
Dionisio —dijo el otro guardia golpeándolo fuertemente en el rostro con una armadura
de metal.
Gonzalo cayó al suelo sintiendo como su vida estaba
acabando sólo en unos pocos segundos.
Se estaban realizando una serie de preparativos
para concretar la condena del conde Gonzalo. Murriel observaba el trabajo
de los hombres, quienes mostraban una naturalidad indemne. Riéndose y
disfrutando del futuro espectáculo que verían dentro de unas pocas horas.
El unitario se sentía impotente. En parte era su
deber obedecer al rey y las decisiones tomadas por el mismo, sabiendo que no
era en su totalidad su resolución, si no que lo habían determinado con el
consejo. Por otro lado, compadecía la situación del conde.
El joven no podía comprender ciertas determinaciones
de parte de la Nobleza y su manejo con el pueblo. Supuso que no debería ser
fácil mantener un estado conforme y equilibrado. Sin embargo, muchas cuestiones
no terminaban de cerrarle.
La duquesa miraba con altivez a quien pasaba por su
lado, sintiéndose triunfadora de haber escapado de una situación comprometedora
y de una posible muerte, dejando que Gonzalo ocupara su lugar. Ella, a tales
circunstancias, era consciente del daño ocasionado a otro ser humano pero poco
le importaba. El poder, su individualismo, su egoísmo, la cegaban de todo
aquello. Ella sólo quería salir exenta y ganar su posición que ella creía merecer.
El tiempo no tardó demasiado en marcar la hora
adecuada para el infausto acto. Un conde totalmente desarmado, desorientado,
tullido y angustiado apareció a la vista de todos para concretar su rumbo.
La Nobleza, los clérigos, campesinos, varios
aldeanos y el rey, se encontraban presenciando tal devastada imagen.
El conde fue colocado en el centro para que pueda
ser visto por la multitud. Un barrote de madera se encontraba detrás de él. Su
mirada comenzó a recorrer a quienes lo estaban observando, luego posó la misma
sobre el unitario a quien reclamaba impetuosamente.
El rey dio comienzo al típico discurso hecho, el
cual no relataremos en detalle. Explicando el motivo de la determinación al
enviar a uno de sus miembros hacia la otra vida.
Mientras el discurso era dado, el conde llamó a
Murriel con sus esforzados gestos.
Murriel sorprendido se señaló así mismo para
confirmar que era a él a quien llamaba. El conde asintió desesperadamente, a lo
que el joven caminó hasta donde él se encontraba. Agachado y aprisionado por un
guardia, no podía levantar del todo su cabeza, pero se las ingenió para poder
mantener una conversación con el unitario.
—He de comprender, unitario, que usted es muy
querido por nuestra Majestad. No puede usted descifrar como me siento en estos
momentos —comenzó a hablar con mucho esfuerzo por la presión que sentía en su
garganta—. Lo que puedo decirle, es que todos le admiran. Sé que mi
comportamiento no ha sido el mejor hacia usted. Quiero pedirle un favor,
Murriel —dijo en tono de súplica a lo que el unitario no creía capaz de
negarse.
—Usted puede pedirme lo que sea —dijo nuestro unitario conmocionado por la situación.
—No le confíe nada a la duquesa. Esa mujer
quiere arruinar la vida de quien se cruce en sus planes. Yo le respetaba, y vea
lo que me ha hecho —dijo angustioso—. Sé que usted no puede intervenir, pero le
pido que intente parar esto… unitario —suplicó con mucho ahínco.
—Puedo ver lo difícil que es esto para usted, señor. Nada he de poder hacer… yo.
—¡Le suplico, unitario! ¡Sálveme de este atroz
castigo! ¡La duquesa debería ocupar mi lugar! —exclamó tan fuerte que el
guardia quien lo tenía golpeó su cara contra el suelo.
—¡Déjenlo! —gritó Murriel.
—¡Unitario! —intervino el rey— ¡Callen a
ese hombre! —agregó refiriéndose a Gonzalo.—¡No debo yo de morir! ¡No debo yo de morir! —gritaba el conde con sacrificio— ¡Véngueme unitario, véngueme!
—Retírese, Murriel —le ordenó el rey.
El joven estaba cesante, sin saber que reacción era
adecuada seguir; procuró alejarse aunque sin dejar de apartar su mirada en Gonzalo, quien continuaba con suplicas.
La multitud comenzaba a alertarse, observando la
locura del conde, quien intentaba zafarse de los guardias. Lo seguían
aprisionándolo contra el suelo para al fin, concluir con su destino.
Sequetina se puso al lado del rey, a quien le
susurró unas palabras. El mismo cambió su semblante para dar la orden definida
anteriormente. El monarca dio la vuelta sintiéndose aun abrumado por varios
instantes. Cerró sus ojos permitiendo que una lágrima escapara de ellos. La duquesa lo abrazó en un intento de consuelo.
—Ha hecho lo correcto, Majestad —le dijo
mientras lo rodeaba con sus brazos.
—¡No moriré! —exclamaba Gonzalo— ¡Unitario
usted me ayudará, convenza al rey! —seguía insistiendo— ¡Usted es quien debe
de mantenernos unidos! ¡Unitario!
Murriel miró al rey, como si con de esa manera,
pudiera impedir lo que iba a suceder.
Eso era algo que ni el ser más poderoso e imponente
podría evitar, la muerte de Gonzalo ya estaba dictada.
Murriel volvió a observarlo notando su expuesto desespero. Una muerte indigna para alguien quien no creía merecer tal expiación. Eternos segundos parecían ser, cuando Gonzalo pudo divisar de costado, como una espada era levantada para que la misma atravesara su garganta. La multitud observando —como solía ser costumbre— ese tipo de espectáculos, la expuesta mortificación ajena, para quien era declarado traidor del reino. La espada posó unos segundos en el aire, para luego rosar su filo sobre el cuello del conde y terminar su trabajo en perforar la cabeza del hombre por completo. Sus últimas miradas fueron dirigidas hacia Murriel, siendo el único en quien confiaba en sus concluyentes minutos de vida. El joven, sólo pudo cerrar sus ojos por el impacto que le produjo. La cabeza cayó al suelo, para luego ser levantada por uno de los hombres quienes eran encargados de ese aterrador trabajo. La alzó para exhibirla y la multitud comenzó a gritar, chiflar y cantar.
Murriel volvió a observarlo notando su expuesto desespero. Una muerte indigna para alguien quien no creía merecer tal expiación. Eternos segundos parecían ser, cuando Gonzalo pudo divisar de costado, como una espada era levantada para que la misma atravesara su garganta. La multitud observando —como solía ser costumbre— ese tipo de espectáculos, la expuesta mortificación ajena, para quien era declarado traidor del reino. La espada posó unos segundos en el aire, para luego rosar su filo sobre el cuello del conde y terminar su trabajo en perforar la cabeza del hombre por completo. Sus últimas miradas fueron dirigidas hacia Murriel, siendo el único en quien confiaba en sus concluyentes minutos de vida. El joven, sólo pudo cerrar sus ojos por el impacto que le produjo. La cabeza cayó al suelo, para luego ser levantada por uno de los hombres quienes eran encargados de ese aterrador trabajo. La alzó para exhibirla y la multitud comenzó a gritar, chiflar y cantar.
El rey no se sentía a gusto con lo que acaba de
ver. Sin embargo, sabía que era necesario para demostrarles a los protestantes
que con su reino no podrían meterse. Un traidor no era admitido y todo aquel
que se atreviera a conspirar contra su pueblo, eran merecedores de tal castigo.
Sin saber lo equivocado que estaba, ya que comprendemos quien es el verdadero
traidor de esta historia, quiso retirarse nuevamente a descansar su afligido
cuerpo; acompañado por su considerada fiel duquesa. Ajeno de la verdadera realidad,
despidió amablemente su pueblo, indicando las órdenes correspondientes respecto
al cuerpo del conde y el manejo de la multitud a sus obedientes.
Murriel quedó impactado, interviniendo también en calmar a los civiles quienes se les venían encima, tomando su responsabilidad como unitario.
El joven, nunca había vivido una situación
semejante, su amigo Larry lo acompañaba en su labor, conteniendo su impresión y
agregando sus relatos respecto a sus previas experiencias en estos tipos de
casos, confirmando que luego uno llega a acostumbrarse, y que los reinos, tienen
ese tipo de funcionamiento. Las palabras del campesino retumbaban en el
unitario como si las escuchara distantes. Sin interrumpir su trabajo, quedó
adentrado en sus emociones y pensamientos, intuyendo que luego de lo vivido,
marcaría el famoso “antes y después” en su vida.
Sin alargar más, partimos del actual episodio, para regresar con otros personajes que teníamos abandonados, dejando que nuestro héroe descanse un poco con todos sus recientes e impresionantes sucesos.
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