martes, 8 de septiembre de 2015

Episodio XXXVIII

Episodio XXXVIII
Continuación de lo acontecido en el episodio anterior, enfatizando en el destino del conde Gonzalo.

Todos quedaron expectantes por unos segundos en los movimientos de Larry y sus consiguientes palabras. El joven luego de delatar a su sospechoso, volvió a su asiento esperando la reacción del consejo. El rey también quedó impresionado por unos segundos; dirigiendo luego su mirada al conde, quien quedó sorprendido ante semejante declaración. La duquesa lo observaba con una sonrisa pensando como lo hundiría para que no queden más dudas de que él, era el traidor que estaban buscando en la Nobleza. Luego de estas manifestaciones, el conde Gonzalo se animó a hablar. 

¿Qué ha dicho usted, campesino? se levantó estupefacto—. Jamás he tenido que ver yo con aquellos individuos. Majestad, le suplico que crea en mis palabras y no en aquellos jóvenes inexpertos. 
No juzgue la inteligencia ajena, conde le contestó el rey—. Antes de acusarle, tendremos que analizar el por qué de tal acusación. Les pido muchachos que sean concisos con sus argumentos. ¿Por qué su incriminación hacia el conde?
Majestad, me gustaría tomar la palabra habló Murriel, mirando a Larry. Éste, asintió con un gesto de aprobación.
Le cedo la palabra, unitario mandó el rey.
¡Esto ha de ser inaudito, Majestad! exclamó el conde con una notable desazón.
Conde Gonzalo, le pido su cautela ante este asunto. Luego usted, tendrá la posibilidad de defenderse.
El conde bufó posando su mirada hacia Murriel, esperando sus palabras.
Gracias, Majestad. Con mi compañero Larry aquí presente, hemos analizado los episodios vividos con los protestantes, para llegar a la conclusión que el traidor existe, y se encuentra entre nosotros comenzó a hablar Murriel.
El conde inició un odio inalterable hacia el unitario sin despegar su mirada de él.
Entiendo que podrá ser singular nuestra acusación a una persona tan respetable como su Alteza dijo haciendo referencia al conde—. Sin embargo, le hemos visto en una actitud de suma sospecha. Mientras manteníamos nuestra charla con mi compañero, le hemos visto a usted, señor conde, salir del castillo en secreto y en una actitud misteriosa, lo que nos hizo pensar y preguntar ¿Por qué un integrante de la Nobleza debe esconderse al salir del castillo?
Eso no es testimonio de nada, su Majestad interrumpió el conde con alteración.
Explíquenos Murriel a que se refiere con lo dicho le pidió amablemente el monarca.
Sé que es complicado de entender y a mí de explicarles, señores. Pero si un miembro de la Nobleza sale a hurtadillas, significa que algo debe ocultar, deduciendo su pronto encuentro con los protestantes. No hemos visto a nadie más en tal situación.
Muchos motivos pueden abarcar tal actitud, Majestad intervino un Marqués.
Pudieron equivocarse con su conclusión le dijo el rey a su unitario.
Así es, Majestad. Debe creer mi fidelidad hacia el reino dijo el conde desesperado.
Quizás nos hemos equivocado, debemos admitir se animó a hablar Larry—. Pero, disculpando mi imprudencia ¿podría usted contestarme una cuestión?
Depende su pregunta, campesino espetó el conde.
Haga su pregunta, muchacho dijo el rey.
¿Por qué ocultarse al salir del castillo siendo un miembro reconocido, honorable y respetado de la Nobleza?
La pregunta fue concisa y astuta de parte de Larry, exponiendo aun más al conde quien quedaba en evidencia absoluta.
No creo que deba incumbirle a usted, campesino sólo pudo contestar Gonzalo.
Le ordeno que responda lo que se le ha preguntado intervino el rey.
¿Cómo pudo permitir que dos campesinos inexpertos participen de nuestra reunión, Majestad? La poca seriedad de su mandato queda expuesta por estos individuos no pertenecientes a nuestro rango dijo con tono altivo.
No debe opinar de mis decisiones. Estos jóvenes han aportado al pueblo mucho más de lo que ustedes han hecho en los últimos tiempos. No intente desviar el asunto y le repito que conteste la pregunta ordenó cambiando su expresión a un semblante serio.
Necesitaba resolver unas cuestiones sobre el reino. Cuestiones políticas y parlamentarias que estos campesinos no podrían discernir.
Pero nosotros si somos entendidos de esa cuestión, conde. ¿Qué clase de asuntos tendría que resolver usted, saliendo a hurtadillas del castillo y sin consultar con nosotros antes? Usted bien sabe que todas esas cuestiones las hemos de discutir con el consejo cuestionó Francisco.
El conde aumentó su inquietud sintiéndose completamente exhibido ante el consejo, la mirada del rey penetraba en su alma como una daga filosa en su interior. No podría justificarse, un simple movimiento lo había hundido, sin percatarse que aquellos jóvenes lo nombrarían. Cada palabra prodigaba lo hundía más en un problema del cual lo sentía sin salida.
Confieso que iba a cometer un acto poco honroso para el reino dijo al fin con retraimiento, sin quedarle otra opción para salir de esa situación.
Quiere decir que los jóvenes no se han equivocado al acusarle repuso el rey.
Si se han equivocado, su Majestad. Yo no iría a encontrarme los protestantes suspiró pesadamente—. Mi objetivo era otro.
El rey acortó la distancia que existía entre él y Gonzalo ¡Hable!—. Exclamó apoyando sus manos sobre la mesa.
Majestad, quiero yo disipar mis acciones…
Le ordeno que diga a que asuntos usted hace referencia, señor exigió el rey con seriedad.
Es cierto lo que los campesinos han revelado, he salido del castillo de una manera que podría considerarse sospechosa. Sin embargo, le vuelvo a confirmar su Majestad, que nada tienen que ver los protestantes en mis decisiones insistió nuevamente consiguiendo que la paciencia del rey llegara a un límite que jamás se le había visto.
Le exijo conde, que largue de una vez sus palabras y explique al consejo que iba hacer usted.
He pretendido hurtar el diamante Venuco confesó agachando su cabeza.
Todos en la habitación quedaron sorprendidos ante la revelación del conde Gonzalo. Un silencio se apoderó por unos segundos.

El diamante Venuco, era una de las joyas más importantes de Castilla. Su forma primitiva y cristalina conseguía captar la atención de quien estuviera cerca de tal piedra en bruto. Su peso consistía en 46 quilates. Era una pieza exuberante y la misma había pasado por todas las generaciones de reyes desde el siglo XIII. El diamante se encontraba guardado en un lugar, el cual, sólo lo sabían algunos miembros de la Nobleza.

¿Ha querido sustraer el diamante Venuco? ¿Sabe usted el precio que puede ocasionarle tal acto?
Lo sé, Majestad. Mi arrepentimiento no adecuaría para describir lo desdichado que me siento en estos momentos. Tuve que confesarle ya que se me ha acusado de algo que yo nunca he estado implicado repuso con congoja.
Como miembro de la Nobleza, usted debe saber que se le impondrá un castigo por intento de estafa hacia el consejo, la Nobleza y el parlamento de Castilla.
Adjudíqueme el castigo que crea usted que yo merezca, Majestad dijo con resignación.  
Ese asunto se debatirá en nuestra próxima reunión y acordaremos su castigo. Lamentablemente en estos momentos estamos por otro propósito. El traidor está entre nosotros y de no enterarme en las próximas horas, moveré cielo y tierra para encontrarlo.
Murriel y Larry observaban atentamente la escena, cruzaron sus miradas varias veces confundidos por las palabras dichas y la declaración impredecible del conde.
La duquesa pudo salir de su asombro luego de unos momentos, era su oportunidad. A pesar de que el conde se había salvado por su confesión, ella no permitiría que el rey la descubra, sabía lo estricto que solía ser cuando se lo proponía, por eso decidió intervenir. El conde Gonzalo se encontraba en la cuerda floja en esos momentos, tendría que explotar el contexto de la situación para su beneficio.
Deseo hablar, si así me lo permite, su Majestad Sequetina acaparó todas las miradas en ella.
Duquesa dijo el rey—. Claro que le permito la palabra le sonrió paternalmente.
Le agradezco, su Majestad. Debo decir, que el joven campesino y unitario aquí presentes los señalo a Larry y Murriel—. No han deducido conjeturas fallidas.
El consejo la escuchaba atentamente como si de ella dependiera un gran descubrimiento, la forma decidida en la que hablaba hacia que ninguna mirada se apartara de su figura. El conde, quien tenía su mirada desviada, al escuchar las palabras de la bella mujer, inmediatamente la miró abriendo sus ojos como platos. Se levantó de su asiento unos segundos antes de la siguiente declaración de Sequetina.
El conde Gonzalo, aquí presente ha cometido un acto horroroso y pusilánime, al cual yo lo titulo como una súbita deslealtad hacia usted, su Majestad dicho esto último residió su mirada en el conde quien estaba atónito ante lo escuchado.
¿Cómo se atreve duquesa, a decir cosa semejante? cuestionó Gonzalo.
¡Calle! exclamó el rey caminando nervioso por la habitación, con semblante pensativo.
Yo creo que la sospecha hacia la traición del conde ya tiene más sustento; ha tenido dos acusaciones, de las cuales una pertenece a la duquesa, su Majestad acotó Raimundo.
¡Maldito sea usted también! gritó el conde nervioso.
Le pido que se calme ahora mismo conde repuso el rey—. Sequetina, le pido que continúe con su relato dirigió su mirada hacia la mujer.
Ella miente, su Majestad. Le suplico que no crea en sus falsas palabras dijo el conde empezando a aumentar su preocupación.
Mantengan callado a ese hombre ordenó el rey.
Dos de sus hombres sacaron sus espadas para apuntarlas a Gonzalo. El mismo se volvió a sentar apoyando su cabeza en el medio de sus piernas y agarrando fuertemente sus cabellos.
Claro, su majestad repuso Sequetina haciendo una reverencia—. Yo también he visto al conde en una actitud poco íntegra. Con la historia de los jóvenes acerca de su salida del castillo, recordé los siguientes sucesos que siguieron. Yo le he visto, de hecho, nos hemos cruzado. Le he notado intranquilo y exaltado. Debo acentuar la poca importancia que dispuse de mi parte en ese momento. Sin embargo, luego de su marcha decidí en seguir su mismo camino miró al conde con sagacidad—. Ahí fue cuando le vi hablando con unos hombres a unas millas del reino. Hube de suponer que quizás, eran los protestantes.
¡Calumnias, su Majestad! gritó desesperado el conde interrumpiendo el relato de la duquesa.
No le permito hablar ahora, conde le dijo el rey Prosiga duquesa que gustosos estamos por saber y comprender sus argumentos para tal acusación.
Simple es, su Majestad respondió ella con actitud altiva—. Le vuelvo a confirmar que le he visto y he comprobado que con quien hablaba el conde, eran miembros de los protestantes. De ese partido de trogloditas, el es perteneciente sonrió.
¡Esa mujer miente, su Majestad! ¡Le suplico…! gritó el conde desesperado.
¡Calle ya! le respondió con otro grito.
He de decir la verdad, Majestad repitió la duquesa—. He preguntado quienes eran esos hombres a unos aldeanos confirmando así lo que le informo a usted, mi señor. Jamás podría yo mentirle a usted con algo semejante, y más, arriesgando la vida de un inocente.
¡Demonio! ¡Así lo está haciendo! ¡Me está llevando al desgraciado infierno! gritó fuertemente el conde Gonzalo.
No le permito esas ofendas, conde espetó Sequetina cruzándose de brazos.
¿Ofensa? ¿Está usted jugando alguna broma? cuestionó indignado—. Esta acusándome de una cosa no correcta.
¡Silencio, conde! sus palabras no son bienvenidas en estos momentos.
Sería lo último que desearía el culparle a usted, señor habló Sequetina refiriéndose al conde—. Pero así debo hacerlo. Si le cubro a usted, sería cómplice de su horrenda y atroz traición dijo fingiendo aflicción.
Este acto cometido por el conde Gonzalo resulta de ser en extremo grave. Intento de hurto hacia la joya de Venuco, nuestro diamante que ha pasado por generaciones de reyes. Su traición directa hacia el reinado y la Nobleza de Castilla citó Raimundo—. Es un acto con total sanción, Majestad.
Así lo creo. Sin embargo, desearía contar con más indagación al respecto y pruebas que emitan que todos estos hechos relatados son verídicos.
Pido justicia, su Majestad imploró Gonzalo.
La tendrá; pero usted ha admitido su plan de hurto.
De eso me condeno culpable si quiere y aceptaré mi castigo. Del otro asunto nombrado por esos inexpertos campesinos y la duquesa, me quiero desestimar.
Muchos cargos están en su contra, conde contestó el rey—. Y he de confiar en mi joven unitario y mi preciada duquesa, ellos jamás mentirían. Igualmente, verificaremos lo dicho ya que pudo haber alguna equivocación. En partes iremos.
Le confirmo que así ha sido, Majestad.
Yo no estoy de acuerdo. He dado mis argumentos como así me lo ha pedido, Majestad. Debería bastar para declararlo como culpable y traidor intervino la duquesa.
Bastará con testigos, duquesa. Puede usted traer a algunos aldeanos para confirmar el hecho.

Sequetina comenzó a sentirse preocupada, ya que no esperaba tal reacción de parte del rey. El monarca solía dar oportunidades a quien sea y sus intenciones siempre conducían hacia algo bondadoso. Intervino nuevamente indicando que no podría volver a encontrar a dichos aldeanos y basándose en más argumentos que no necesitamos mencionar aquí. El rey comprendió su inquietud por la salvedad del reino ante el encuentro de un supuesto traidor, aunque concluyó diciéndole que no podría culpar a nadie sin tener las pruebas necesarias para continuar con el asunto. La duquesa prometió traer algún testigo y otras justificaciones de ser necesario. Ella no podría quedar expuesta y su única salvación era incriminar al conde, de quien pronto quería deshacerse.
Por otra parte, Murriel y Larry quedaron estupefactos ante tal escena, sintiendo remordimiento por el destino del conde Gonzalo. Sus creencias en la duquesa eran inexistentes, por lo tanto, dejarían en manos del rey confiando con completa probidad en él.
Ellos declararon nuevamente que sólo lo contado fue lo que ellos habían visto, agregando que cuando el conde partió del Castillo, no supieron cual fue su siguiente acto. Sin embargo, la actitud sospechosa del hombre quedaría marcada hasta concretar su fortuna.

Con este clima tenso y perjudicial para algunos personajes, nos retiramos debidamente del episodio.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario