Episodio XXXVIII
Continuación de lo acontecido en el episodio anterior, enfatizando en el
destino del conde Gonzalo.
Todos quedaron expectantes por unos segundos en los
movimientos de Larry y sus consiguientes palabras. El joven luego de delatar a
su sospechoso, volvió a su asiento esperando la reacción del consejo. El rey
también quedó impresionado por unos segundos; dirigiendo luego su mirada al conde,
quien quedó sorprendido ante semejante declaración. La duquesa lo observaba con
una sonrisa pensando como lo hundiría para que no queden más dudas de que él,
era el traidor que estaban buscando en la Nobleza. Luego de estas
manifestaciones, el conde Gonzalo se animó a hablar.
—¿Qué ha dicho usted, campesino? —se levantó
estupefacto—. Jamás he tenido que ver yo con aquellos individuos. Majestad, le
suplico que crea en mis palabras y no en aquellos jóvenes inexpertos.
—No juzgue la inteligencia ajena, conde —le
contestó el rey—. Antes de acusarle, tendremos que analizar el por qué de tal
acusación. Les pido muchachos que sean concisos con sus argumentos. ¿Por qué su
incriminación hacia el conde?
—Majestad, me gustaría tomar la palabra —habló
Murriel, mirando a Larry. Éste, asintió con un gesto de aprobación.
—Le cedo la palabra, unitario —mandó el rey.
—¡Esto ha de ser inaudito, Majestad! —exclamó el conde con una notable desazón.
—Conde Gonzalo, le pido su cautela ante este
asunto. Luego usted, tendrá la posibilidad de defenderse.
El conde bufó posando su mirada hacia Murriel,
esperando sus palabras.
—Gracias, Majestad. Con mi compañero Larry
aquí presente, hemos analizado los episodios vividos con los protestantes, para
llegar a la conclusión que el traidor existe, y se encuentra entre nosotros —comenzó a hablar Murriel.
El conde inició un odio inalterable hacia el
unitario sin despegar su mirada de él.
—Entiendo que podrá ser singular nuestra
acusación a una persona tan respetable como su Alteza —dijo haciendo referencia al conde—. Sin embargo, le hemos visto en una actitud de suma sospecha. Mientras
manteníamos nuestra charla con mi compañero, le hemos visto a usted, señor conde,
salir del castillo en secreto y en una actitud misteriosa, lo que nos hizo
pensar y preguntar ¿Por qué un integrante de la Nobleza debe esconderse al
salir del castillo?
—Eso no es testimonio de nada, su Majestad —interrumpió el conde con alteración.
—Explíquenos Murriel a que se refiere con lo
dicho —le pidió amablemente el monarca.
—Sé que es complicado de entender y a mí de
explicarles, señores. Pero si un miembro de la Nobleza sale a hurtadillas,
significa que algo debe ocultar, deduciendo su pronto encuentro con los
protestantes. No hemos visto a nadie más en tal situación.
—Muchos motivos pueden abarcar tal actitud, Majestad —intervino un Marqués.
—Pudieron equivocarse con su conclusión —le
dijo el rey a su unitario.
—Así es, Majestad. Debe creer mi fidelidad
hacia el reino —dijo el conde desesperado.
—Quizás nos hemos equivocado, debemos admitir —se animó a hablar Larry—. Pero, disculpando mi imprudencia ¿podría usted
contestarme una cuestión?
—Depende su pregunta, campesino —espetó el conde.
—Haga su pregunta, muchacho —dijo el rey.
—¿Por qué ocultarse al salir del castillo
siendo un miembro reconocido, honorable y respetado de la Nobleza?
La pregunta fue concisa y astuta de parte de Larry,
exponiendo aun más al conde quien quedaba en evidencia absoluta.
—No creo que deba incumbirle a usted,
campesino —sólo pudo contestar Gonzalo.
—Le ordeno que responda lo que se le ha
preguntado —intervino el rey.
—¿Cómo pudo permitir que dos campesinos inexpertos
participen de nuestra reunión, Majestad? La poca seriedad de su mandato queda
expuesta por estos individuos no pertenecientes a nuestro rango —dijo con tono
altivo.
—No debe opinar de mis decisiones. Estos
jóvenes han aportado al pueblo mucho más de lo que ustedes han hecho en los
últimos tiempos. No intente desviar el asunto y le repito que conteste la
pregunta —ordenó cambiando su expresión a un semblante serio.
—Necesitaba resolver unas cuestiones sobre el
reino. Cuestiones políticas y parlamentarias que estos campesinos no podrían
discernir.
—Pero nosotros si somos entendidos de esa
cuestión, conde. ¿Qué clase de asuntos tendría que resolver usted, saliendo a
hurtadillas del castillo y sin consultar con nosotros antes? Usted bien sabe que
todas esas cuestiones las hemos de discutir con el consejo —cuestionó
Francisco.
El conde aumentó su inquietud sintiéndose
completamente exhibido ante el consejo, la mirada del rey penetraba en su alma
como una daga filosa en su interior. No podría justificarse, un simple
movimiento lo había hundido, sin percatarse que aquellos jóvenes lo nombrarían.
Cada palabra prodigaba lo hundía más en un problema del cual lo sentía sin
salida.
—Confieso que iba a cometer un acto poco
honroso para el reino —dijo al fin con retraimiento, sin quedarle otra opción
para salir de esa situación.
—Quiere decir que los jóvenes no se han
equivocado al acusarle —repuso el rey.
—Si se han equivocado, su Majestad. Yo no
iría a encontrarme los protestantes —suspiró pesadamente—. Mi objetivo era
otro.
El rey acortó la distancia que existía entre él y
Gonzalo —¡Hable!—. Exclamó apoyando sus manos sobre la mesa.
—Majestad, quiero yo disipar mis acciones…
—Le ordeno que diga a que asuntos usted hace
referencia, señor —exigió el rey con seriedad.
—Es cierto lo que los campesinos han
revelado, he salido del castillo de una manera que podría considerarse
sospechosa. Sin embargo, le vuelvo a confirmar su Majestad, que nada tienen que
ver los protestantes en mis decisiones —insistió nuevamente consiguiendo que
la paciencia del rey llegara a un límite que jamás se le había visto.
—Le exijo conde, que largue de una vez sus
palabras y explique al consejo que iba hacer usted.
—He pretendido hurtar el diamante Venuco —confesó agachando su cabeza.
Todos en la habitación quedaron sorprendidos ante
la revelación del conde Gonzalo. Un silencio se apoderó por unos segundos.
El diamante Venuco, era una de las joyas más importantes de Castilla. Su forma primitiva y cristalina conseguía captar la atención de quien estuviera cerca de tal piedra en bruto. Su peso consistía en 46 quilates. Era una pieza exuberante y la misma había pasado por todas las generaciones de reyes desde el siglo XIII. El diamante se encontraba guardado en un lugar, el cual, sólo lo sabían algunos miembros de la Nobleza.
El diamante Venuco, era una de las joyas más importantes de Castilla. Su forma primitiva y cristalina conseguía captar la atención de quien estuviera cerca de tal piedra en bruto. Su peso consistía en 46 quilates. Era una pieza exuberante y la misma había pasado por todas las generaciones de reyes desde el siglo XIII. El diamante se encontraba guardado en un lugar, el cual, sólo lo sabían algunos miembros de la Nobleza.
—¿Ha querido sustraer el diamante Venuco? ¿Sabe usted el precio que puede ocasionarle tal acto?
—Lo sé, Majestad. Mi arrepentimiento no
adecuaría para describir lo desdichado que me siento en estos momentos. Tuve
que confesarle ya que se me ha acusado de algo que yo nunca he estado implicado —repuso con congoja.
—Como miembro de la Nobleza, usted debe saber
que se le impondrá un castigo por intento de estafa hacia el consejo, la Nobleza
y el parlamento de Castilla.
—Adjudíqueme el castigo que crea usted que yo
merezca, Majestad —dijo con resignación.
—Ese asunto se debatirá en nuestra próxima
reunión y acordaremos su castigo. Lamentablemente en estos momentos
estamos por otro propósito. El traidor está entre nosotros y de no enterarme en
las próximas horas, moveré cielo y tierra para encontrarlo.
Murriel y Larry observaban atentamente la escena,
cruzaron sus miradas varias veces confundidos por las palabras dichas y la
declaración impredecible del conde.
La duquesa pudo salir de su asombro luego de unos
momentos, era su oportunidad. A pesar de que el conde se había salvado por su
confesión, ella no permitiría que el rey la descubra, sabía lo estricto que
solía ser cuando se lo proponía, por eso decidió intervenir. El conde Gonzalo
se encontraba en la cuerda floja en esos momentos, tendría que explotar el
contexto de la situación para su beneficio.
—Deseo hablar, si así me lo permite, su Majestad —Sequetina acaparó todas las miradas en ella.
—Duquesa —dijo el rey—. Claro que le
permito la palabra —le sonrió paternalmente.
—Le agradezco, su Majestad. Debo decir, que
el joven campesino y unitario aquí presentes —los señalo a Larry y Murriel—. No han deducido conjeturas fallidas.
El consejo la escuchaba atentamente como si de ella
dependiera un gran descubrimiento, la forma decidida en la que hablaba hacia
que ninguna mirada se apartara de su figura. El conde, quien tenía su mirada
desviada, al escuchar las palabras de la bella mujer, inmediatamente la miró
abriendo sus ojos como platos. Se levantó de su asiento unos segundos antes de la
siguiente declaración de Sequetina.
—El conde Gonzalo, aquí presente ha cometido
un acto horroroso y pusilánime, al cual yo lo titulo como una súbita deslealtad
hacia usted, su Majestad —dicho esto último residió su mirada en el conde
quien estaba atónito ante lo escuchado.
—¿Cómo se atreve duquesa, a decir cosa
semejante? —cuestionó Gonzalo.
—¡Calle! —exclamó el rey caminando nervioso
por la habitación, con semblante pensativo.
—Yo creo que la sospecha hacia la traición
del conde ya tiene más sustento; ha tenido dos acusaciones, de las cuales una
pertenece a la duquesa, su Majestad —acotó Raimundo.
—¡Maldito sea
usted también! —gritó el conde nervioso.
—Le pido que se calme ahora mismo conde —repuso el rey—. Sequetina, le pido que continúe con su relato —dirigió su
mirada hacia la mujer.
—Ella miente, su Majestad. Le suplico que no
crea en sus falsas palabras —dijo el conde empezando a aumentar su
preocupación.
—Mantengan callado a ese hombre —ordenó el rey.
Dos de sus hombres sacaron sus espadas para
apuntarlas a Gonzalo. El mismo se volvió a sentar apoyando su cabeza en el
medio de sus piernas y agarrando fuertemente sus cabellos.
—Claro, su majestad —repuso Sequetina
haciendo una reverencia—. Yo también he visto al conde en una actitud poco
íntegra. Con la historia de los jóvenes acerca de su salida del castillo,
recordé los siguientes sucesos que siguieron. Yo le he visto, de hecho, nos
hemos cruzado. Le he notado intranquilo y exaltado. Debo acentuar la poca
importancia que dispuse de mi parte en ese momento. Sin embargo, luego de su
marcha decidí en seguir su mismo camino —miró al conde con sagacidad—. Ahí fue
cuando le vi hablando con unos hombres a unas millas del reino. Hube de suponer
que quizás, eran los protestantes.
—¡Calumnias, su Majestad! —gritó desesperado
el conde interrumpiendo el relato de la duquesa.
—No le permito hablar ahora, conde —le dijo
el rey— Prosiga duquesa que gustosos estamos por saber y comprender sus
argumentos para tal acusación.
—Simple es, su Majestad —respondió ella con
actitud altiva—. Le vuelvo a confirmar que le he visto y he comprobado que con
quien hablaba el conde, eran miembros de los protestantes. De ese partido de
trogloditas, el es perteneciente —sonrió.
—¡Esa mujer miente, su Majestad! ¡Le
suplico…! —gritó el conde desesperado.
—¡Calle ya! —le respondió con otro grito.
—He de decir la verdad, Majestad —repitió la duquesa—. He preguntado quienes eran esos hombres a unos aldeanos confirmando así lo que le informo a usted, mi señor. Jamás
podría yo mentirle a usted con algo semejante, y más, arriesgando la vida de un
inocente.
—¡Demonio! ¡Así lo está haciendo! ¡Me está
llevando al desgraciado infierno! —gritó fuertemente el conde Gonzalo.
—No le permito esas ofendas, conde —espetó
Sequetina cruzándose de brazos.
—¿Ofensa? ¿Está usted jugando alguna broma? —cuestionó indignado—. Esta acusándome de una cosa no correcta.
—¡Silencio, conde! sus palabras no son
bienvenidas en estos momentos.
—Sería lo último que desearía el culparle a
usted, señor —habló Sequetina refiriéndose al conde—. Pero así debo hacerlo.
Si le cubro a usted, sería cómplice de su horrenda y atroz traición —dijo
fingiendo aflicción.
—Este acto cometido por el conde Gonzalo
resulta de ser en extremo grave. Intento de hurto hacia la joya de Venuco,
nuestro diamante que ha pasado por generaciones de reyes. Su traición directa
hacia el reinado y la Nobleza de Castilla —citó Raimundo—. Es un acto con
total sanción, Majestad.
—Así lo creo. Sin embargo, desearía contar
con más indagación al respecto y pruebas que emitan que todos estos hechos
relatados son verídicos.
—Pido justicia, su Majestad —imploró
Gonzalo.
—La tendrá; pero usted ha admitido su plan de
hurto.
—De eso me condeno culpable si quiere y
aceptaré mi castigo. Del otro asunto nombrado por esos inexpertos campesinos y
la duquesa, me quiero desestimar.
—Muchos cargos están en su contra, conde —contestó el rey—. Y he de confiar en mi joven unitario y mi preciada duquesa,
ellos jamás mentirían. Igualmente, verificaremos lo dicho ya que pudo haber
alguna equivocación. En partes iremos.
—Le confirmo que así ha sido, Majestad.
—Yo no estoy de acuerdo. He dado mis
argumentos como así me lo ha pedido, Majestad. Debería bastar para declararlo
como culpable y traidor —intervino la duquesa.
—Bastará con testigos, duquesa. Puede usted
traer a algunos aldeanos para confirmar el hecho.
Sequetina comenzó a sentirse preocupada, ya que no
esperaba tal reacción de parte del rey. El monarca solía dar oportunidades a
quien sea y sus intenciones siempre conducían hacia algo bondadoso. Intervino
nuevamente indicando que no podría volver a encontrar a dichos aldeanos y
basándose en más argumentos que no necesitamos mencionar aquí. El rey
comprendió su inquietud por la salvedad del reino ante el encuentro de un
supuesto traidor, aunque concluyó diciéndole que no podría culpar a nadie sin
tener las pruebas necesarias para continuar con el asunto. La duquesa prometió
traer algún testigo y otras justificaciones de ser necesario. Ella no podría
quedar expuesta y su única salvación era incriminar al conde, de quien pronto
quería deshacerse.
Por otra parte, Murriel y Larry quedaron
estupefactos ante tal escena, sintiendo remordimiento por el destino del conde
Gonzalo. Sus creencias en la duquesa eran inexistentes, por lo tanto,
dejarían en manos del rey confiando con completa probidad en él.
Ellos declararon nuevamente que sólo lo contado fue
lo que ellos habían visto, agregando que cuando el conde partió del Castillo,
no supieron cual fue su siguiente acto. Sin embargo, la actitud sospechosa del
hombre quedaría marcada hasta concretar su fortuna.
Con este clima tenso y perjudicial para algunos personajes, nos retiramos debidamente del episodio.
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