martes, 29 de septiembre de 2015

Episodio XLII

Episodio XLII
Dónde un mitológico cuento provoca en Murriel sensaciones que hasta el momento se encontraban dormidas. Destacando también, el estado actual del rey y una charla interesante.

Murriel se encontraba cerca de la habitación del rey, estaba esperando a que unos curanderos le traigan las hierbas apropiadas para su majestad. El unitario se sentía preocupado, triste y desanimado. Lo último ocurrido fue algo demasiado chocante para su mente y sus emociones. Las súplicas del conde resonaban en su cabeza, como si de un taladro se tratara, sin permitirle poder escapar de ellas. Sintió culpa y tristeza por aquel acto y quedó desorientado por la decisión que había tomado su rey. Sin embargo, siempre aparecía la otra parte en el que lo comprendía. Su admiración no había desaparecido, si no, evolucionado. Más allá de todas sus reflexiones, hubo algo particular que logró llamarle la atención y hasta ese entonces no se había preguntado. La cuestión se trataba de por qué el conde concurrió a él, implorando su ayuda; le hizo sentir sensaciones que ya había experimentado en días pasados, algo que todavía no lograba descubrir. Era evidente que la gente notaba cosas en él, sin que pudiera conferir el mismo en tales controversias. La confianza que incitaba a los demás era algo extraña y hasta pavorosa. Luego de seguir indagando en sí mismo, comenzó a sentir como si un vigor resistente se acercara a su cuerpo, una energía inexplicable y difícil de controlar.

Su fuerza interior era impresionante. A pesar de su carácter tranquilo y su debilidad, dicha fuerza externa lo incitaba como para mantener una batalla. La sabiduría obtenida en este tiempo, era inmensa. El rey no se había equivocado con él. Su reciente y milagroso hecho se vio interrumpido por una grave voz.

Muchacho se acercó un señor de tercera edad.
Camilo sonrió.
Aquí están las medicinas. Quédese tranquilo, el rey mejorará. Estamos realizando unas combinaciones nuevas que le harán mucho más efecto. Pero esto le calmará. 
Muchas gracias, Camilo. ¿Qué sería de nosotros sin usted? el joven lo abrazó fuertemente traspasando todos sus sentimientos, lo cual no pasó desapercibido para el viejo curandero.
Mi joven muchacho… 
Murriel lo miró con ojos brillosos.
Quiero pedirle, que sucede lo que debe de suceder, nunca desampare a su majestad. 
Le prometo que su sombra seré le sonrió.
¿Saben algo de los protestantes? preguntó interesado.
No fue su corta respuesta—. Pero sé que no tardaran en atacarnos.
¿Está usted enterado que no es la primera vez que pasa algo similar, no es así?  
Murriel asintió.
Existe una leyenda, muchacho… 
¿Leyenda? preguntó interesado.
Así le confirmo a usted sonrió—. Una leyenda de hace muchos años.
Murriel no era de creer demasiado en ese tipo de cosas, pero había algo que le llamaba la atención al escucharlo. 
Un interés particular puedo notar en su mirada observó Camilo.
El chico asintió nuevamente sonriendo tímidamente.
Cuenta esta leyenda, que hace muchos años cuando gobernaban otros reyes, al no tener una política estable en su gobierno, se ocasionaban innumerables guerras y conflictos. Los reyes frustrados por todo lo sucedido, visitaban a un pordiosero que se encontraba en una pequeña aldea a unas pocas millas del reino. Cada visitante, solía descargarle al pordiosero su gran preocupación. Las guerras eran demasiado usuales. El pordiosero les entregaba un poder extraordinario, el cual requería mucha fuerza interna para poseerlo. En algunos afectaban distintivamente que en otros. Los monarcas, querían usar ese poder para acabar con toda la injusticia que estaba despedazando al gobierno aunque no tenían el éxito esperado. Un día, un joven como usted, decidió visitarlo, era un príncipe en aquel entonces. Su padre no gozaba de buena salud, por lo tanto muchos disputaban su cargo para cuando el muriera. Deseaban deshacerse de él y de su hijo, el príncipe. Las guerras se hacían continuas, lo cual asustaban mucho a ese joven. El pordiosero le dio un poder superior distinto a todos los poderes que había otorgado con anterioridad. Sólo se permitía hacerlo con quienes tuvieran un alma pura y sincera, lo que pudo notar en el joven príncipe.
Mientras la guerra seguía culminando, el rey fue asesinado antes de morir por su enfermedad. La ira consumió al príncipe y eso lo impulsó a sacar su poder interno. El castillo comenzó a elevarse con una altura poco común para su peso, dejándolo flotar como una pluma, lo que le dio como significado: El fin de la guerra.
Se dice que si el castillo se encuentra en el aire, la guerra terminará y la paz gobernará. Hay muchas versiones sobre esta leyenda y muchos quienes todavía creen en ella finalizó el viejo curandero.
Es increíble acotó Murriel.
El hombre asintió.
¿Y eso podría volver a suceder? preguntó emocionado.
No lo sé, muchacho. Hasta ahora no he visto a alguien con tal poder.
Además...  
Además tiene que haber una guerra para ello completó la frase Camilo.
Y un afortunado quien tenga ese poder tan extraordinario.  
Así es, muchacho. Veo lo cautivo que lo dejo mi historia dijo curvando una sonrisa en sus labios. Murriel lo miró asintiendo con emoción.
Sí, mi señor. Me ha encantado esa historia. Espero ver que esa leyenda se haga realidad frente a mis ojos.
Todos han de desear eso, luego de escuchar el relato. Sin embargo, muchacho, desde que tengo memoria, no lo he visto jamás suspiró—. Debo partir y continuar con mis otros pacientes, le pido que vaya a llevarle las curas a nuestro rey, volveremos mañana para ver cómo ha seguido.
—Le agradezco mucho, señor Camilo lo saludó mientras el curandero se retiraba levantando su mano.
—Alma pura y sincera murmuró el unitario sonriendo—. No se preocupe Majestad, yo le protegeré dijo mirando las medicinas para ingresar a la habitación de Francisco.

No sólo Murriel se dirigía a visitar al rey para entregarle sus curas.
Maldigo mi desgraciado destino se quejaba Sequetina—, esos miserables tendrán toda la excitación mientras yo he de cuidar al patoso rey hablaba por lo bajo mientras subía las escaleras dirigiéndose a la habitación LX. 
El rey se encontraba tranquilo y relajado en su trono. Murriel ya había traído las hierbas que le entregó el curandero. Uno se los plebeyos se encargaba de realizar la infusión para que el rey la tome amenamente. Hablando de cosas triviales, apareció una bella figura femenina.
¡Sequetina! exclamó contento el rey Mi bella dama, acérquese.
Siempre le gustaba tenerla cerca y cuidarla. El solía demostrar su paternal cariño que le profesaba, tenía mucha confianza y fe en ella. La duquesa se acercó y depositó un falso beso en su mejilla.
Duquesa la saludó cordialmente Murriel mirándola a los ojos para luego besar su mano por cortesía. A Murriel, no le daba buena espina esa mujer. No entendía como el rey confiaba ciegamente en ella.
Buenas tardes, Murriel le devolvió el saludo ella sin demasiado entusiasmo. 
La mujer estaba adentrada en el tema de los protestantes, deseando que el unitario no arruine esta vez su estrategia. El joven siempre terminaba entrometiéndose sin saberlo. Su inocencia era algo que repugnaba a Sequetina. A pesar de aquello, estaba contenta y emocionada por lo que iría a suceder.
Su humor me sorprende, duquesa comentó el rey.
Sequetina lo miró desconcertada ante su comentario.
Oh, su Majestad contestó ella disimuladamente—. Siempre ha de ponerme de buen humor estar con usted para atenderle agregó con su típica sonrisa.
Es usted un encanto, dama mía le dijo el rey admirándola como un padre a una hija.
Murriel desquitó un largo suspiro, mientras acomodaba algunas pertenencias.
¿A usted le sucede algo, Murriel? preguntó el monarca, desviando su mirada al unitario.
No debe usted preocuparse, el cansancio llega hacia a mí, a veces hizo una forzosa sonrisa—. Debo buscarle más infusión.
Pare, Murriel lo detuvo rápidamente el rey.
¿Su Majestad necesita algo más? preguntó el joven queriéndose ir de ese lugar. La presencia de Sequetina le originaba cierto rechazo.
Necesito mantener una conferencia con ambos dijo el rey sorprendiendo a los presentes—. Ustedes saben que han de ser en quienes más yo confío y encomiendo.
Está bien Majestad, me quedaré si así usted lo desea contestó resignado el joven.
Agradezco este gesto, Murriel. No les quitaré demasiado tiempo. He de necesitar su opinión con lo sucedido respecto al conde Gonzalo. Se lo impresionante que ha sido, quizás más para usted, unitario. Jamás ha presenciado tal acto dijo mirándolo serenamente.
Así es, majestad. Jamás he asistido en tal función contestó cabizbajo.
Deben de creerme lo mal que me siento por este asunto. Ni la seguridad acopla mi corazón respecto a que él sea realmente el traidor.
Al escuchar esto último el corazón de Sequetina empezó a sobresaltarse.
¿Qué dice, Majestad? indagó la mujer extrañando a ambos hombres.
Entiendo los nervios que este tema puede ocasionarle, ya que usted le acusó. No quiero que se sienta culpable de estas cuestiones, todos conformamos esta unidad y el objetivo es seguir manteniéndola, protegiéndonos entre nosotros.
Comprendo esas palabras, mi señor. Lo que no puedo discernir es el motivo de por qué usted ha de creer que existe la posibilidad que el conde no le haya traicionado.
Tal duda crece en mí, duquesa. No puedo confirmarle ahora estos recientes sentimientos. Pero he de jurar a partir de ahora, no tomaré decisiones tan apresuradas. El peligro y las circunstancias que están sucediendo en nuestro pueblo me han hecho actuar de esa manera tan acuciada.
Disculpe mi atrevimiento, Majestad, pero no he de corresponder a esa idea suya. El conde ha demostrado su perfecta traición, confesando adicionalmente lo del diamante venuco.
Y usted disculpe mi intromisión, duquesa, pero yo he de creer en las palabras del conde y puedo atestiguar que el conde ha sido inocente en lo que se le ha acusado. Sin embargo, mi justificación no avala lo del diamante…
¿Y usted que ha de saber, insolente? interrumpió Sequetina con un ligero color rojo en sus mejillas, acercándose hacia el unitario.
¿Por qué reacciona de esta manera? Estoy expresando la opinión que su Majestad ha pedido no sólo de usted, sino también de mí.
Está usted en desacierto con tal opinión, campesino ordinario.
¡Sequetina! exclamó el rey Le pido que la calma le aguarde.
Este joven, Majestad. Ha de sacarme de mis niveles de paciencia ¿acaso no le oye?
Si le he escuchado, como a usted también. Arrepentido estoy ahora de haber sacado nuevamente este tema en una conversación. Ninguno está preparado para hablar al respecto todavía.
Murriel y Sequetina se miraban como si una guerra entre ellos iría a comenzar. Sus sentimientos eran mutuos, la mujer no soportaba la libertad que tenía Murriel al manejarse y como el rey depositaba su confianza él, otorgándole tanto consentimiento. El unitario aumentaba sus sospechas hacia la mujer.
Mis disculpas a usted su Majestad, pero debo retirarme a buscarle a usted más hierbas, con su permiso Murriel se retiró de la habitación dejando a un rey perplejo y a Sequetina con una cólera incipiente.
¿Debo comprender por qué ambos se llevan de tal forma?
Sólo debo admitirle que mis reacciones no fueron las adecuadas y mis disculpas siguientes por eso. Sin embargo, nunca he estado de acuerdo de la preponderancia que le ha dispensado a ese campesino.
Deje de llamarle así, duquesa. Él es mi unitario y usted bien lo sabe dijo demostrando enojo en sus palabras.
Lamento no coincidir con sus opiniones.
De pronto el rey engendró un sonido de dolor.
¡Majestad! lo agarró la duquesa fingiendo preocupación ¿Qué sucede con usted? ¿Le molesta algo?
Muchas perturbaciones siento, hija contestó el rey con esfuerzo.
¿Le duele su cansado corazón? preguntó ella sabiendo la respuesta. 
La idea de que la vida del rey pronto llegará a su fin le hizo sentir una sensación extraña, como si un buen sentimiento intentara colarse dentro de su negra alma.
No debe usted preocuparse, cuando me siento nervioso, preocupado o inclusive decepcionado me suele suceder esto, pero no deben alarmarse rio intentando evadir la situación.
Rey… debo de confesarle algo.
Hija ¿sabe qué así yo a usted la considero no? levantó la cara de la mujer con su mano para que lo mirara a los ojos.
La mujer sólo asintió.
A veces he de sentir una opresión muy fuerte aquí en mi pecho dijo tocándoselo.
Yo no he de querer que le suceda nada a usted sonrió Sequetina dejándose llevar por unos sentimientos incomprensibles para ella misma.
Se que he sido culpable de este destino mío, no he parado nunca con mis labores, los curanderos mismos me lo han advertido. Quizás no ha de quedarme mucho tiempo.
Oh, rey…
No se aflija mi bella dama, confió en usted para lo que pueda suceder. Y también en mi fiel unitario…
Sequetina se levantó rápidamente y todos sus prontos sentimientos al arrepentimiento, serenidad y bondad hacia el rey habían desaparecido de inmediato al recordar la existencia de nuestro héroe.
No debe de decir usted esas cosas, mi señor. No le sucederá nada dijo con un tono seco.
Su Majestad se acercó nuevamente hacia el poniendo cabeza en su objetivo—, sé que no es apropiado que le hable de esto, pero ¿podría usted explicarme porque el estrés y la decepción influyen tanto en su estado anímico?  
El rey la miró aturdido, pensando en lo terca que podría ser su considerada hija. 
Hace bastante tiempo que yo he de encontrarme en este estado. Ya he tenido dos ataques al corazón.
Sequetina llevó sus manos a su boca fingiendo preocupación y tristeza.
No quería contárselos a ustedes por la preocupación que les podría acarrear, pero las discusiones y todo lo que conlleva manejar un reino no es fácil de llevar a cabo.
Yo he sabido acerca de su mal estado y su enfermo corazón, pero no a tal grado, es imposible que una preocupación no me acarree en estos momentos.
Sólo le pido discreción con este asunto, duquesa. Sin embargo, si mi estado sigue así en los próximos tiempos, veré de ceder el trono… quizás.
Sequetina abrió sus ojos como platos ¿Cómo dice, su Majestad? preguntó aún más interesada.
Si mi estado continúa de esta manera, quizás tenga que ceder mi trono y un nombre se me cruza por mi mente.
¿Y podría usted decirme quién es?
No sé si corresponde, duquesa, es una idea que ha pasado recientemente por mi cabeza. Puedo decirle que esa persona debe ser…
Aquí he regresado, su Majestad regresó atolondradamente Murriel con su infusión en la mano.
No se apresure tanto, muchacho, que le dará un infarto rio el rey.
Lamento mis modales, su Majestad.
Sequetina sólo le dirigió una mirada de desaprobación al joven unitario. Había interrumpido una charla importante, clave y demasiado interesante.
Si su Majestad me disculpa, debo retirarme, le dejo en manos de su… unitario dijo enojosa retirándose del lugar y costándole de sobre manera tener, aunque sea una pizca de cordialidad con Murriel.
El unitario sonrió inocentemente entregándole otra infusión al rey y luego volvió a dirigir su mirada por donde la duquesa había salido, sintiéndose extrañado por la actitud de la mujer. El rey hizo otro aullido de dolor para captar luego toda la atención de Murriel. El monarca le aseguró que no era nada y que su preocupación no tendría sentido en esos momentos. El joven insistió en buscar nuevamente al curandero, siendo frenado nuevamente por el rey para pedirle sólo que lo acompañe y que comparta un momento con el sin hablar de responsabilidades ni asuntos que lo pusieran nervioso. Murriel le hizo pasar un grato momento contándole anécdotas de su abuelo y su vida.

Y de esta forma nos desprendemos de este episodio, dejando que rey y unitario pasen una ocasión tranquila antes de todo el caos que podría llegar a suceder.

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