Episodio XLII
Dónde un mitológico cuento provoca en Murriel sensaciones que hasta el
momento se encontraban dormidas. Destacando también, el estado actual del rey y
una charla interesante.
Murriel se encontraba cerca de la habitación del rey, estaba esperando a que unos curanderos le traigan las hierbas apropiadas para su majestad. El unitario se sentía preocupado, triste y desanimado. Lo último ocurrido fue algo demasiado chocante para su mente y sus emociones. Las súplicas del conde resonaban en su cabeza, como si de un taladro se tratara, sin permitirle poder escapar de ellas. Sintió culpa y tristeza por aquel acto y quedó desorientado por la decisión que había tomado su rey. Sin embargo, siempre aparecía la otra parte en el que lo comprendía. Su admiración no había desaparecido, si no, evolucionado. Más allá de todas sus reflexiones, hubo algo particular que logró llamarle la atención y hasta ese entonces no se había preguntado. La cuestión se trataba de por qué el conde concurrió a él, implorando su ayuda; le hizo sentir sensaciones que ya había experimentado en días pasados, algo que todavía no lograba descubrir. Era evidente que la gente notaba cosas en él, sin que pudiera conferir el mismo en tales controversias. La confianza que incitaba a los demás era algo extraña y hasta pavorosa. Luego de seguir indagando en sí mismo, comenzó a sentir como si un vigor resistente se acercara a su cuerpo, una energía inexplicable y difícil de controlar.
Murriel se encontraba cerca de la habitación del rey, estaba esperando a que unos curanderos le traigan las hierbas apropiadas para su majestad. El unitario se sentía preocupado, triste y desanimado. Lo último ocurrido fue algo demasiado chocante para su mente y sus emociones. Las súplicas del conde resonaban en su cabeza, como si de un taladro se tratara, sin permitirle poder escapar de ellas. Sintió culpa y tristeza por aquel acto y quedó desorientado por la decisión que había tomado su rey. Sin embargo, siempre aparecía la otra parte en el que lo comprendía. Su admiración no había desaparecido, si no, evolucionado. Más allá de todas sus reflexiones, hubo algo particular que logró llamarle la atención y hasta ese entonces no se había preguntado. La cuestión se trataba de por qué el conde concurrió a él, implorando su ayuda; le hizo sentir sensaciones que ya había experimentado en días pasados, algo que todavía no lograba descubrir. Era evidente que la gente notaba cosas en él, sin que pudiera conferir el mismo en tales controversias. La confianza que incitaba a los demás era algo extraña y hasta pavorosa. Luego de seguir indagando en sí mismo, comenzó a sentir como si un vigor resistente se acercara a su cuerpo, una energía inexplicable y difícil de controlar.
Su fuerza interior era impresionante. A pesar de su
carácter tranquilo y su debilidad, dicha fuerza externa lo incitaba como para
mantener una batalla. La sabiduría obtenida en este tiempo, era inmensa. El rey
no se había equivocado con él. Su reciente y milagroso hecho se vio
interrumpido por una grave voz.
—Muchacho —se acercó un señor de tercera edad.
—Muchacho —se acercó un señor de tercera edad.
—Camilo —sonrió.
—Aquí están las medicinas. Quédese
tranquilo, el rey mejorará. Estamos realizando unas combinaciones nuevas que le
harán mucho más efecto. Pero esto le calmará.
—Muchas gracias, Camilo. ¿Qué sería de
nosotros sin usted? —el joven lo abrazó fuertemente traspasando todos sus sentimientos,
lo cual no pasó desapercibido para el viejo curandero.
—Mi joven muchacho…
Murriel lo miró con ojos brillosos.
—Quiero pedirle, que sucede lo que
debe de suceder, nunca desampare a su majestad.
—Le prometo que su sombra seré —le sonrió.
—¿Saben algo de los protestantes? —preguntó interesado.
—No —fue su corta respuesta—. Pero sé que no tardaran en
atacarnos.
—¿Está usted enterado que no es la
primera vez que pasa algo similar, no es así?
Murriel asintió.
—Existe una leyenda, muchacho…
—¿Leyenda? —preguntó interesado.
—Así le confirmo a usted —sonrió—. Una leyenda de hace muchos años.
Murriel no era de creer demasiado en ese tipo de cosas,
pero había algo que le llamaba la atención al escucharlo.
—Un interés particular puedo notar en
su mirada —observó
Camilo.
El chico asintió nuevamente sonriendo tímidamente.
—Cuenta esta leyenda, que hace muchos
años cuando gobernaban otros reyes, al no tener una política estable en su
gobierno, se ocasionaban innumerables guerras y conflictos. Los reyes
frustrados por todo lo sucedido, visitaban a un pordiosero que se encontraba en
una pequeña aldea a unas pocas millas del reino. Cada visitante, solía
descargarle al pordiosero su gran preocupación. Las guerras eran demasiado
usuales. El pordiosero les entregaba un poder extraordinario, el cual requería
mucha fuerza interna para poseerlo. En algunos afectaban distintivamente que en
otros. Los monarcas, querían usar ese poder para acabar con toda la injusticia
que estaba despedazando al gobierno aunque no tenían el éxito esperado. Un día,
un joven como usted, decidió visitarlo, era un príncipe en aquel entonces. Su
padre no gozaba de buena salud, por lo tanto muchos disputaban su cargo para
cuando el muriera. Deseaban deshacerse de él y de su hijo, el príncipe. Las
guerras se hacían continuas, lo cual asustaban mucho a ese joven. El pordiosero
le dio un poder superior distinto a todos los poderes que había otorgado con
anterioridad. Sólo se permitía hacerlo con quienes tuvieran un alma pura y
sincera, lo que pudo notar en el joven príncipe.
Mientras la guerra seguía culminando, el rey fue asesinado
antes de morir por su enfermedad. La ira consumió al príncipe y eso lo impulsó
a sacar su poder interno. El castillo comenzó a elevarse con una altura poco
común para su peso, dejándolo flotar como una pluma, lo que le dio como
significado: El fin de la guerra.
Se dice que si el castillo se encuentra en el aire, la
guerra terminará y la paz gobernará. Hay muchas versiones sobre esta leyenda y
muchos quienes todavía creen en ella —finalizó el viejo curandero.
—Es increíble —acotó Murriel.
El hombre asintió.
—¿Y eso podría volver a suceder? —preguntó emocionado.
—No
lo sé, muchacho. Hasta ahora no he visto a alguien con tal poder.
—Además...
—Además tiene que haber una guerra para ello —completó la frase Camilo.
—Y un afortunado quien tenga ese poder tan
extraordinario.
—Así es, muchacho. Veo lo cautivo que
lo dejo mi historia —dijo
curvando una sonrisa en sus labios. Murriel lo miró asintiendo con
emoción.
—Sí, mi señor. Me ha encantado esa
historia. Espero ver que esa leyenda se haga realidad frente a mis ojos.
—Todos han de desear eso, luego de escuchar el relato. Sin
embargo, muchacho, desde que tengo memoria, no lo he visto jamás —suspiró—. Debo
partir y continuar con mis otros pacientes, le pido que vaya a llevarle las
curas a nuestro rey, volveremos mañana para ver cómo ha seguido.
—Le agradezco mucho, señor Camilo —lo saludó mientras el curandero se retiraba levantando su
mano.
—Alma pura y sincera —murmuró el unitario sonriendo—. No se preocupe Majestad, yo le protegeré —dijo mirando las medicinas para ingresar a la habitación
de Francisco.
No sólo Murriel se dirigía a visitar al rey para
entregarle sus curas.
—Maldigo mi desgraciado destino —se quejaba Sequetina—, esos miserables tendrán toda la
excitación mientras yo he de cuidar al patoso rey —hablaba por lo bajo mientras subía
las escaleras dirigiéndose a la habitación LX.
El rey se encontraba tranquilo y relajado en su trono.
Murriel ya había traído las hierbas que le entregó el curandero. Uno se los
plebeyos se encargaba de realizar la infusión para que el rey la tome
amenamente. Hablando
de cosas triviales, apareció una bella figura femenina.
—¡Sequetina! —exclamó contento el rey— Mi bella dama, acérquese.
Siempre le gustaba tenerla cerca y cuidarla. El solía demostrar
su paternal cariño que le profesaba, tenía mucha confianza y fe en ella. La
duquesa se acercó y depositó un falso beso en su mejilla.
—Duquesa —la saludó cordialmente Murriel
mirándola a los ojos para luego besar su mano por cortesía. A Murriel, no le
daba buena espina esa mujer. No entendía como el rey confiaba ciegamente en
ella.
—Buenas tardes, Murriel —le devolvió el saludo ella sin
demasiado entusiasmo.
La mujer estaba adentrada en el tema de los protestantes,
deseando que el unitario no arruine esta vez su estrategia. El joven siempre
terminaba entrometiéndose sin saberlo. Su inocencia era algo que repugnaba a
Sequetina. A pesar de aquello, estaba contenta y emocionada por lo que iría a
suceder.
—Su humor me sorprende, duquesa —comentó el rey.
Sequetina lo miró desconcertada ante su comentario.
—Oh, su Majestad —contestó ella disimuladamente—. Siempre ha de ponerme de buen
humor estar con usted para atenderle —agregó con su típica sonrisa.
—Es usted un encanto, dama mía —le dijo el rey admirándola como un
padre a una hija.
Murriel desquitó un largo suspiro, mientras acomodaba
algunas pertenencias.
—¿A usted le sucede algo, Murriel? —preguntó el monarca, desviando su
mirada al unitario.
—No debe usted preocuparse, el
cansancio llega hacia a mí, a veces —hizo una forzosa sonrisa—. Debo buscarle más infusión.
—Pare, Murriel —lo detuvo rápidamente el rey.
—¿Su Majestad necesita algo más? —preguntó el joven queriéndose ir de
ese lugar. La presencia de Sequetina le originaba cierto rechazo.
—Necesito mantener una conferencia con
ambos —dijo
el rey sorprendiendo a los presentes—. Ustedes saben que han de ser en quienes más yo
confío y encomiendo.
—Está bien Majestad, me quedaré si así
usted lo desea —contestó resignado el joven.
—Agradezco este gesto, Murriel. No les
quitaré demasiado tiempo. He de necesitar su opinión con lo sucedido respecto
al conde Gonzalo. Se lo impresionante que ha sido, quizás más para usted,
unitario. Jamás ha presenciado tal acto —dijo mirándolo serenamente.
—Así
es, majestad. Jamás he asistido en tal función —contestó cabizbajo.
—Deben
de creerme lo mal que me siento por este asunto. Ni la seguridad acopla mi
corazón respecto a que él sea realmente el traidor.
Al escuchar esto último el corazón de Sequetina empezó a
sobresaltarse.
—¿Qué dice, Majestad? —indagó la mujer extrañando a ambos
hombres.
—Entiendo los nervios que este tema
puede ocasionarle, ya que usted le acusó. No quiero que se sienta culpable de
estas cuestiones, todos conformamos esta unidad y el objetivo es seguir
manteniéndola, protegiéndonos entre nosotros.
—Comprendo esas palabras, mi señor. Lo
que no puedo discernir es el motivo de por qué usted ha de creer que existe la
posibilidad que el conde no le haya traicionado.
—Tal duda crece en mí, duquesa. No
puedo confirmarle ahora estos recientes sentimientos. Pero he de jurar a partir
de ahora, no tomaré decisiones tan apresuradas. El peligro y las circunstancias
que están sucediendo en nuestro pueblo me han hecho actuar de esa manera tan
acuciada.
—Disculpe mi atrevimiento, Majestad,
pero no he de corresponder a esa idea suya. El conde ha demostrado su perfecta
traición, confesando adicionalmente lo del diamante venuco.
—Y usted disculpe mi intromisión,
duquesa, pero yo he de creer en las palabras del conde y puedo atestiguar que
el conde ha sido inocente en lo que se le ha acusado. Sin embargo, mi
justificación no avala lo del diamante…
—¿Y usted que ha de saber, insolente? —interrumpió Sequetina con un ligero
color rojo en sus mejillas, acercándose hacia el unitario.
—¿Por qué reacciona de esta manera?
Estoy expresando la opinión que su Majestad ha pedido no sólo de usted, sino
también de mí.
—Está usted en desacierto con tal
opinión, campesino ordinario.
—¡Sequetina! —exclamó el rey— Le pido que la calma le
aguarde.
—Este joven, Majestad. Ha de sacarme
de mis niveles de paciencia ¿acaso no le oye?
—Si le he escuchado, como a usted
también. Arrepentido estoy ahora de haber sacado nuevamente este tema en una conversación.
Ninguno está preparado para hablar al respecto todavía.
Murriel y Sequetina se miraban como si una guerra
entre ellos iría a comenzar. Sus sentimientos eran mutuos, la mujer no
soportaba la libertad que tenía Murriel al manejarse y como el rey depositaba
su confianza él, otorgándole tanto consentimiento. El unitario aumentaba sus
sospechas hacia la mujer.
—Mis disculpas a usted su Majestad,
pero debo retirarme a buscarle a usted más hierbas, con su permiso —Murriel se retiró de la habitación dejando
a un rey perplejo y a Sequetina con una cólera incipiente.
—¿Debo comprender por qué ambos se
llevan de tal forma?
—Sólo debo admitirle que mis
reacciones no fueron las adecuadas y mis disculpas siguientes por eso. Sin
embargo, nunca he estado de acuerdo de la preponderancia que le ha dispensado a
ese campesino.
—Deje de llamarle así, duquesa. Él es
mi unitario y usted bien lo sabe —dijo demostrando enojo en sus palabras.
—Lamento no coincidir con sus
opiniones.
De pronto el rey engendró un sonido de dolor.
—¡Majestad! —lo agarró la duquesa fingiendo
preocupación— ¿Qué
sucede con usted? ¿Le molesta algo?
—Muchas
perturbaciones siento, hija —contestó el rey con esfuerzo.
—¿Le
duele su cansado corazón? —preguntó ella sabiendo la respuesta.
La idea de que la vida del rey pronto llegará a su fin le
hizo sentir una sensación extraña, como si un buen sentimiento intentara
colarse dentro de su negra alma.
—No debe usted preocuparse, cuando me
siento nervioso, preocupado o inclusive decepcionado me suele suceder esto,
pero no deben alarmarse —rio intentando evadir la situación.
—Rey… debo de confesarle algo.
—Hija ¿sabe qué así yo a usted la
considero no? —levantó la cara de la mujer con su mano para que lo mirara
a los ojos.
La mujer sólo asintió.
—A veces he de sentir una opresión muy
fuerte aquí en mi pecho —dijo tocándoselo.
—Yo no he de querer que le suceda nada
a usted —sonrió
Sequetina dejándose llevar por unos sentimientos incomprensibles para ella
misma.
—Se que he sido culpable de este destino
mío, no he parado nunca con mis labores, los curanderos mismos me lo han
advertido. Quizás no ha de quedarme mucho tiempo.
—Oh, rey…
—No se aflija mi bella dama, confió en
usted para lo que pueda suceder. Y también en mi fiel unitario…
Sequetina se levantó rápidamente y todos sus prontos
sentimientos al arrepentimiento, serenidad y bondad hacia el rey habían
desaparecido de inmediato al recordar la existencia de nuestro héroe.
—No debe de decir usted esas cosas, mi
señor. No le sucederá nada —dijo con un tono seco.
—Su Majestad —se acercó nuevamente hacia el
poniendo cabeza en su objetivo—, sé que no es apropiado que le hable de esto, pero
¿podría usted explicarme porque el estrés y la decepción influyen tanto en su
estado anímico?
El rey la miró aturdido, pensando en lo terca que podría
ser su considerada hija.
—Hace bastante tiempo que yo he de
encontrarme en este estado. Ya he tenido dos ataques al corazón.
Sequetina llevó sus manos a su boca fingiendo preocupación
y tristeza.
—No quería contárselos a ustedes por
la preocupación que les podría acarrear, pero las discusiones y todo lo que
conlleva manejar un reino no es fácil de llevar a cabo.
—Yo he sabido acerca de su mal estado
y su enfermo corazón, pero no a tal grado, es imposible que una preocupación no
me acarree en estos momentos.
—Sólo le pido discreción con este
asunto, duquesa. Sin embargo, si mi estado sigue así en los próximos tiempos,
veré de ceder el trono… quizás.
Sequetina abrió sus ojos como platos —¿Cómo dice, su Majestad? —preguntó aún más interesada.
—Si mi estado continúa de esta manera,
quizás tenga que ceder mi trono y un nombre se me cruza por mi mente.
—¿Y podría usted decirme quién es?
—No sé si corresponde, duquesa, es una
idea que ha pasado recientemente por mi cabeza. Puedo decirle que esa persona
debe ser…
—Aquí he regresado, su Majestad —regresó atolondradamente Murriel con
su infusión en la mano.
—No se apresure tanto, muchacho, que
le dará un infarto —rio el rey.
—Lamento mis modales, su Majestad.
Sequetina sólo le dirigió una mirada de desaprobación al
joven unitario. Había
interrumpido una charla importante, clave y demasiado interesante.
—Si su Majestad me disculpa, debo
retirarme, le dejo en manos de su… unitario —dijo enojosa retirándose del lugar y costándole de sobre
manera tener, aunque sea una pizca de cordialidad con Murriel.
El unitario sonrió inocentemente entregándole otra
infusión al rey y luego volvió a dirigir su mirada por donde la duquesa había
salido, sintiéndose extrañado por la actitud de la mujer. El rey hizo otro
aullido de dolor para captar luego toda la atención de Murriel. El monarca le
aseguró que no era nada y que su preocupación no tendría sentido en esos
momentos. El joven insistió en buscar nuevamente al curandero, siendo frenado
nuevamente por el rey para pedirle sólo que lo acompañe y que comparta un
momento con el sin hablar de responsabilidades ni asuntos que lo pusieran
nervioso. Murriel le hizo pasar un grato momento contándole anécdotas de su
abuelo y su vida.
Y de esta forma nos desprendemos de este episodio, dejando que rey y unitario pasen una ocasión tranquila antes de todo el caos que podría llegar a suceder.
Y de esta forma nos desprendemos de este episodio, dejando que rey y unitario pasen una ocasión tranquila antes de todo el caos que podría llegar a suceder.
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