Episodio XXXIX
Donde se concreta definitivamente la fortuna y destino del conde Gonzalo.
La tensión invadía el alma del conde. Sin poder comprender como había llegado a tal punto, sentía su cuerpo desfallecer, una acusación tan grave y espinosa que podría poner en riesgo su título, su posición, su reputación; pero sobre todas las cosas, su vida. Desesperado, buscando aliados, alguien en quien confiar y quien lo amparara en ese momento escabroso, su búsqueda terminó concluyendo en la desesperanza. Supo comprender que su perdición apenas comenzaba. Intentó hablar con Sequetina, pero dicha conversación terminó en un rotundo fracaso. La mujer no quería ceder ante nada de lo ofrecido. Él, sin saber sus verdaderas intenciones, y ajeno a que ella era verdaderamente la traidora del reino.
La tensión invadía el alma del conde. Sin poder comprender como había llegado a tal punto, sentía su cuerpo desfallecer, una acusación tan grave y espinosa que podría poner en riesgo su título, su posición, su reputación; pero sobre todas las cosas, su vida. Desesperado, buscando aliados, alguien en quien confiar y quien lo amparara en ese momento escabroso, su búsqueda terminó concluyendo en la desesperanza. Supo comprender que su perdición apenas comenzaba. Intentó hablar con Sequetina, pero dicha conversación terminó en un rotundo fracaso. La mujer no quería ceder ante nada de lo ofrecido. Él, sin saber sus verdaderas intenciones, y ajeno a que ella era verdaderamente la traidora del reino.
El rey había pactado con Gonzalo en darle una
oportunidad, la misma consistía en la búsqueda de testigos quienes avalen si
los hechos contados por Sequetina eran verídicos. La duquesa, manteniendo su
calma, consiguió algunos aldeanos para que la secundaran en la misión, no sin
prometerles una confinada recompensa.
Por otra parte, el rey, confiaba plenamente en
Sequetina, su casi considerada hija. Por tal motivo, creía en sus palabras sin
pedirle demasiado.
Los aldeanos tomaron sus lugares y testimoniaron todo
lo practicado con Sequetina. La suerte de Gonzalo se vio expuesta a la
inexistencia de personas quienes podrían ayudarlo. Estaba completamente solo.
Su soberbia y egolatría del pasado, lo condujeron hacia esa situación, sin tener a nadie con mínimas intenciones de hacer algo beneficioso hacia su persona.
Desesperado continuó defendiéndose con argumentos
innecesarios y que tampoco eran evidencia de nada a su favor. El rey descolocado, realizó nuevamente una reunión con el resto de los miembros de la Nobleza para tomar una decisión respecto al futuro del conde. Los últimos
hechos ocurridos en Castilla, ocasionaban mucho caos e incertidumbre
en el ambiente. La paranoia se hacía presente ante cada acto sospechoso, sobre
todo, entre los cargos más involucrados con el parlamento del reinado.
Por otra parte, Murriel y Larry se sentían
completamente ajenos a esa situación, sin saber cómo reaccionar o qué aportar
respecto a lo que estaba sucediendo. Una vida se encontraba en riesgo y quizás, hasta muchas más de ser verdad que el traidor fuese Gonzalo.
—No sé si hemos cometido una gran falta —dijo en tono preocupado el unitario.
—Tiene que saber que no será así, Murriel. Sólo
hemos relatado lo visto y concluido. La duquesa se ha encargado de trasladarlo
a la muerte —contestó su amigo.
—No he de comprender. ¿Cómo pudo ser que la duquesa haya estado presente en todos los actos siguientes del conde?—Algo así ha podido suceder, Murriel. Sabe
que yo no soy de confiar en esa mujer. Sin embargo, esta vez, le creo. Sus testimonios,
sus relatos y la coherencia de los mismos lo han comprobado.
—No quiero saber que castigo le impondrán al conde.
—Decapitación.
Murriel observó a Larry sorpresivamente. En los
reinados, era común decapitar y sancionar con la muerte a quien era capaz de
traicionar a su monarca o su pueblo. Murriel, tenía en claro ese desafortunado
concepto. Sin embargo, era entendedor que el rey había modificado ciertas
cuestiones del parlamento, creyendo que incluía algunas de esas clausulas
relacionadas con la pena de muerte.
—No ha de poder ser, Larry. El rey no
permitiría tal cosa.
—¿En qué planeta vive usted, amigo? —le preguntó Larry palmeando su espalda.
—Se lo que eso significa, pero el rey
Francisco es diferente, el siempre ha marcado una diferencia con reinados
anteriores.
—¿Acaso cree usted que ha podido modificar
todo el parlamento? Hay cuestiones que decide junto al consejo, y este tipo de
asuntos tan delicados no pasan de largo para un reinado como el de Castilla.
Murriel analizó por unos largos minutos la actual
situación. Comprendía que el rey, antes de tomar una determinación fatal para
otro ser humano, tendría en claro que ganaría su pueblo con tal resolución.
Luego de un arduo silencio, ambos decidieron en mantenerse informados del
asunto, para prevenir cualquier tipo de contrariedades.
El conde Gonzalo se encontraba con su mirada
perdida en un rincón del castillo musitando para sí mismo quejas y demás
palabras inentendibles. Su decaído y apesadumbrado corazón no resistiría una
noticia negativa.
El rey se entrevistó nuevamente con los
involucrados, incluyendo al unitario y Larry por haber hecho su declaración.
Una decisión ya estaba tomada.
—Hemos definido el dictamen de nuestro
miembro, el conde Gonzalo. No he podido concebir la decepción que me ha causado
al enterarme que él era mi traidor, siendo capaz de sonreírme todos los días.
—Majestad… —quiso intervenir el conde.
—No he finalizado, conde. Le pido silencio y el
merecimiento de ser escuchado.
Obligado, el conde no emitió más palabras de su boca con un semblante triste y decaído.
—Hubiera discurrido antes de actuar como
usted lo ha hecho, señor —dijo el rey en tono severo.
—Jamás haría algo para dañarle a usted... Majestad —unas
lágrimas aspiraban a salir de sus ojos.
—Sabe usted como todos los aquí presentes,
que el daño ocasionado hacia mí, mucho no es de mi interés a comparación de lo
que le hubiera podido ocurrir a mi pueblo. Saben todos lo mucho que he dejado
en este reinado y todo lo he combatido, disputado y enfrentado para mantenerlo
a salvo de cualquier amenaza. Estamos en una época complicada y han de saberlo
todos. ¿Cree usted, conde, que yo podría dejarle pasar un acto como el que ha
cometido?
—Se que no, su Majestad. Yo he sido testigo
de todo lo dicho por usted. Así como no puede concebir mis supuestos actos,
tampoco yo puedo concebir tal acusación. ¡Nunca le he traicionado!
—Los hechos han de declarar otro desenlace, conde.
—¡Los hechos un bledo! ¿Acaso cómo están tan
inequívocos al respecto?
—Ha visto nuestro procedimiento y no quiera
contradecir mis resoluciones —espetó el rey.
—Cometerá un error que la vida le costará, mi señor. Usted, al culparme a mí, inocente de ser un traidor, deja exento a quien
que lo es verdaderamente.
—El dictamen está hecho. Usted es condenado
al castigo correspondiente por sus faltas.
—¿Qué castigo se me ha impuesto? ¡Oh, La
injusticia recae sobre mí!
—Debo informarle —intervino Raimundo—. Su sentencia se resumirá a la pena de muerte.
Todos los presentes intuían el resultado, exceptuando
a nuestro héroe quien quedó abrumado ante la información recibida.
Sin más interrupciones despedimos este episodio para continuar en uno nuevo, algo que quizás vaya a terminar.
Sin más interrupciones despedimos este episodio para continuar en uno nuevo, algo que quizás vaya a terminar.
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